El Dios que vigila en silencio

El silencio de Dios, ese silencio que algunos han definido como estruendoso después de Auschwitz, ha obligado a los teólogos, a los beatos y los crédulos a dar lo mejor de sí mismos para encontrar una explicación convincente. ¿Por qué Dios permanece callado ante tantos crímenes? ¿Por qué no quiere intervenir cuando esos crímenes se cometen incluso en su nombre?

Uno de los argumentos para defender a Dios es el del examen: nosotros somos los alumnos y Dios es el profesor. La materia del examen son los preceptos revelados por Dios, por ejemplo los Diez Mandamientos entregados a Moisés. La fecha del examen será el Segundo Advenimiento, si somos cristianos, o algún tipo de juicio final, o una prueba oral en las puertas del cielo, en la que nos ganaremos la eternidad con los bienaventurados o la condena eterna en el infierno, según sea nuestra calificación en ese examen.

El argumento del examen divino, sin embargo, presenta unos cuantos problemas. El primero de ellos tiene que ver con el libro de texto. Casi siempre es muy ambiguo y está sujeto a mil y una interpretaciones divergentes. Si el significado de una lección puede ser éste o aquél, parece complicado aprobar el examen. El autor (o el Autor) ha escrito demasiados libros que, además, son contradictorios, y también tiene la costumbre de revelar sus verdades de maneras muy cambiantes.

Si ampliamos un poco la metáfora y consideramos que Dios no es exactamente el profesor que nos calificará, sino el tribunal final de un curso académico, podríamos delegar la responsabilidad de la interpretación del libro o los libros de texto en cada uno de los profesores con los que nos hemos preparado para el examen.

Lamentablemente, esos profesores se han estado peleando durante siglos acerca de lo que significa incluso un mismo libro de texto. No sólo han mantenido disputas académicas, sino que se han perseguido, torturado e incluso asesinado por culpa de la interpretación de un vulgar versículo. Llamemos a estos profesores Doctor Católico, Doctor Ortodoxo, Doctor Protestante, Doctor Judío o Doctor Islam… Después de haber creado su propia asignatura o su propia Cátedra, no satisfechos con esa primera disensión han creado más y más interpretaciones divergentes. El Doctor Islam ha impartido cursos enfrentados, a los que ha llamados Sunitas, Chiitas, Sufís, Ismaelitas. El Doctor Cristiano, tras sus primeros discípulos Católico y Ortodoxo, ha visto como su mensaje se transmite y reinterpreta por profesores que tampoco se ponían de acuerdo: cátaros, bogomilos, adventistas, anglicanos, puritanos…

William Hogarth

Los creyentes suelen decir, en una muestra más de esa prodigiosa capacidad que tienen de no observarse a sí mismos, que la diferencia entre la ciencia y la religión es que la ciencia es un conocimiento siempre cambiante, mientras que la religión revelada ofrece una verdad eterna e inmutable. Pero sucede precisamente lo contrario: nada cambia más, nada se transforma con más pertinacia que la religión revelada, nada es más mudable. Incluso algo tan simple como la idea de la Trinidad divina da origen a mil interpretaciones cambiantes que llevan a sus partidarios, de nuevo, a expulsar de la Cátedra, de la Facultad o incluso de la vida a quienes disienten, como se hizo con los arrianos poco después del «católico» emperador Constantino, que al parecer murió arriano.

La transubstanciación según los anglicanos (¿ilustración a partir de William Hogarth?)

En cuanto a la ciencia, es cierto que cambia también de tanto en tanto, pero cuando lo hace muestra y demuestra por qué lo hace, y no necesita expulsar ni exterminar a los profesores díscolos, sino que le basta con llevarlos al laboratorio, mostrarles ciertos datos o proponerles a ellos mismos que hagan el experimento o propongan otro mejor. La historia de cualquier religión es siempre la de una sucesión de herejes que niegan las palabras del maestro anterior, no solo ya el Moisés que sube a la montaña y regresa con un nuevo Dios para su pueblo, sino el Jesucristo que niega la interpretación de los textos revelados (¡revelados por él mismo, si es que Jesucristo es Dios!). Este continuo juego de maestros y discípulos herejes se encuentra incluso en el budismo chan y zen, en el que se supone que debería existir poco terreno para la divergencia, puesto que la iluminación o satori es tan convincente que no debería dar lugar a tantas disputas y divergencias cómo las que encontramos en las historias de la (accidentada) transmisión de la doctrina.

Parafraseando la célebre y magnífica definición de la ciencia de Richard Feynman: «La ciencia es el método que hemos inventado para dejar de engañarnos a nosotros mismos», se podría decir que la ciencia cambia para corregir los errores, mientras que la religión cambia para seguir manteniéndolos.

[2018]

 

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