El reloj interno

Una de las cosas que más me ha impresionado siempre es la siguiente: nos acostamos por la noche. Tenemos que despertarnos a las 7 de la mañana. Como no tenemos despertador, nos decimos a nosotros mismos que debemos despertarnos a las 7 de la mañana, sin ayuda exterior. Nos dormimos. Al despertarnos, miramos el reloj: son las 7 de la mañana.

Hace mucho tiempo, yo era incapaz de producir este milagro, pero conocía a gente que si poseía la magia. Bastaba que deseasen despertarse a una hora cualquiera para despertarse precisamente a esa hora. Yo los admiraba.

Años después descubrí que yo también podía hacerlo. Creo que lo primero que advertí (pero esto es una tentativa de reconstrucción memorística) fue que me despertaba unos instantes antes de que sonase el teléfono o el despertador.

Siempre intento buscar una explicación para todas las cosas, aunque (también mediante la razón) he sabido que hay cosas a las que no hay por qué buscar una explicación. Mejor dicho: no hay cosas, sino momentos en los que no hay que buscar explicaciones y entregarse sin más, como decía Keats.

Si me despertaba justo antes de que sonase el despertador o el teléfono, la explicación podía ser sencilla: mi cerebro percibía las ondas electromagnéticas que precedían a la alarma. Es una explicación estupenda.

Para ponerla a prueba, y ponerme también a prueba a mí, solo podía hacer una cosa: no usar ni el teléfono ni el despertador. Si la alarma ya no iba a sonar, no llegaría a mí su anuncio electromagnético (o incluso mecánico, en un reloj de cuerda).

Hice la prueba varias veces. Tal vez se produjeron algunos fracasos. De hecho esto no fue una investigación sistemática, sino que iba desarrollándose de manera ocasional a lo largo de los años. Pero también hubo éxitos: conseguía despertarme a la hora que había encargado a mi mente al acostarme. Era asombroso.

Había, sin embargo, otras muchas posibles explicaciones.
La primera: Mi cerebro percibía el movimiento de rotación terrestre, la posición del sol o cualquier otra circunstancia cosmológica que pudiera indicarle la hora.

Tampoco está mal esta explicación. No la puedo descartar en todos sus puntos, pero si puedo descartar algunas posibilidades.

La luz: probé a dormir con luz, sin luz, con las persianas bajadas, en una habitación interior, con un antifaz en los ojos.

La orientación: dormí orientado hacia cada uno de los cuatro puntos cardinales.

El ruido: dormí en lugares silenciosos y en lugares ruidosos.

La atmósfera: en lugares aireados y en lugares aislados.

Etcétera.

Y el milagro seguía produciéndose.

En cuanto a las fuerzas cosmologicas, he dormido sobre el ecuador, en el trópico y bajo el ecuador: en Yucatán, en la Isla Mauricio, en Hamburgo, en California y en Nueva York…

En cualquier caso, se plantean varios problemas complejos [que dificultan esa capacidad de despertarse a la hora prevista]: nuestro cerebro no maneja unos datos estables, sino que estos son cambiantes: el sol que se va desplazando sobre la eclíptica, la rotación terrestre en torno al Sol y a su propio eje. Demasiado complicado. A ello hay que sumar la influencia de la luna.

Pero el aspecto más misterioso es cómo podemos transmitir a nuestro cerebro la orden temporal. Es decir: podemos indicarle que queremos despertarnos a las 8 de la mañana, pero también podemos ordenarle que nos despertemos al cabo de tres, dos o una hora: esto pasa cuando salimos de juerga y tenemos que trabajar al día siguiente, tan solo una hora después. Y en todos los casos funciona.

Podemos, por otra parte, saber la hora que es o ignorarla. Podemos bromear con nuestro despertador cerebral, decirle que dentro de una hora, o dos… o no, mejor una… y lo sorprendente es que acaba despertándonos de la manera correcta. Podemos indicarle que nos despierte un instante a las 7, y de nuevo a las 8…

Se podría pensar sobre este asunto durante páginas y horas, pero resulta que no es de esto de lo que quería hablar. Esto es solo una introducción necesaria para un tema más inquietante y enfermizo, cómo ha de ser lo está libreta [Ocurrencias de un enfermo]. Lo cuento a vuelta de página.

La lectura es atemporal: puede tener lugar en cualquier momento. La escritura no lo es: sucede en un momento concreto y no se repite.

Este tampoco es el asunto del que quiero hablar.

Con esto solo quiero decir que voy a interrumpir la escritura para ir a buscar unas cervezas para mi amigo Luis y unos zumos para mí. Porque son las 7:30 de la tarde. Si este cuaderno a de tener un lector (y al menos uno creo que tendrá) ese lector puede continuar leyendo si ninguna urgencia semejante se lo impide.

Si yo no hubiese dicho nada, probablemente habría sido imposible saber que ha habido (o que va a haber) una interrupción. ¡Quién sabe cuántas  interrupciones ha habido en todas las novelas que se han escrito! La espada que amenaza el corazón de Arturo pudo tardar dos semanas en ser detenida por Excalibur. Seguiré.


2020: no sé si se entiende lo de la lectura atemporal y la escritura que no lo es. Quizá no sea esa la manera de escribirlo. Me refiero a que alguien puede escribir que Mordred acerca su lanza al corazón de Arturo, y entonces el autor puede interrumpir la escritura y dejar allí a los dos personajes, detenidos en la nada de la batalla final, hasta que unos días después regresa a su mesa de trabajo y escribe. “…y la lanza atravesó el cuerpo de Arturo de parte a parte”. Los lectores no sabrán que pasaron días entre que Mordred acercó su lanza y que la lanza mató a Arturo y les parecerá un instante continuo y breve. Lo mismo me sucedió a mí al escribir este texto, que tuve que dejar a medias por la llegada de mi amigo Luis. Tiempo después lo continué.

Por otra parte, años después se descubrió cómo funciona este reloj interno que tanto me asombraba (y que me asombra), pero no es este lugar para explicarlo.


[Escrito en 1996. Publicado en la red en 2011. Revisado en 2020]

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1 comentario en “El reloj interno

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