El yin, el yang y el yin del yang

La filosofía de la etiqueta 6

En casi todas las culturas siempre se ha dado mucha importancia a la diferencia entre lo masculino y lo femenino. En la filosofía del yin y el yang, el yin representa lo femenino y el yang lo masculino.

En el oráculo del Yijing (I Ching) las líneas cortadas son femeninas y las continuas masculinas, sin duda por una fácil identificación entre los órganos genitales del macho y los de la hembra. Los chinos de la época Zhou (y quizá también los de la época Shang anterior, más allá del 1200 antes de nuestra era) se anticiparon en tres o cuatro mil años a Sigmund Freud, que estaba obsesionado por encontrar falos o vaginas en todas partes:

“La fusta, el bastón, la pica y otros muchos objetos de este género son corrientes símbolos fálicos”.

 

“En los sueños de los hombres encontramos muchas veces la corbata como símbolo del pene, no sólo por colgar por delante y ser prenda característica del hombre, sino porque puede ser elegida a capricho, cosa que la naturaleza no nos permite hacer con respecto al miembro simbolizado”.

“símbolos de los genitales femeninos… huecos (estuches, cajas, cajones, etc.)”

Freud, que siempre llevaba un puro en la mano, tuvo que luchar contra sus propios discípulos interpretadores y en una ocasión, cuando le llamaron la atención acerca del símbolo fálico que sostenía en la mano, respondió enfurecido: “A veces un puro es sólo un puro”.

También en la religión judeo-cristiana-islámica encontramos la férrea distinción entre la mujer y el hombre, que ya muestran en el Paraíso cualidades divergentes. La de la mujer es la curiosidad inmoderada, que lleva a la perdición a la especie humana y que nos condena a todos por culpa del pecado de nuestra primera madre. En Grecia, la también curiosa Pandora abre la caja de los bienes y los deja escapar (según otras versiones, la caja contenía los males). Hoy en día, quizá desde 1700, la curiosidad nos parece no un defecto, sino quizá la mayor cualidad de la especie humana.

La coincidencia que encontramos en casi todas las culturas acerca de los dos principios opuestos de lo femenino y lo masculino sin duda nos está indicando algo, y sería un error pasar por alto tanta insistencia. Podemos atribuir la distinción al dominio de los varones y al sometimiento de las mujeres, o podemos considerar que ese dominio nace a partir de la diferencia biológica entre los dos sexos, o partir de la observación de ciertas particularidades, como que sólo uno de los dos sexos tiene la capacidad de albergar una nueva vida.

Es cierto que la unanimidad de las culturas al enfrentarse a una situación psicológica, social o biológica nos está diciendo algo, pero el problema es que no nos lo dice con toda la claridad deseable.

Ahora bien, aunque aceptáramos que existen diferencias biológicas o “naturales” entre hombres y mujeres, eso no implica de ninguna manera que esas diferencias se deban mantener, potenciar o estimular en una sociedad que intenta ir más allá de los impulsos y las limitaciones que la biología parece imponernos. Hay que recordar que también son asuntos unánimes en casi todas las culturas la guerra, el conflicto violento y la agresión, pero no por ello nos resignamos a aceptar todo eso como inevitable, y mucho menos como deseable o recomendable.

Por otra parte, hay quienes piensan que existió un matriarcado primitivo, pero por el momento no existe ninguna prueba decisiva de que haya sido así, más allá de ciertas comunidades muy concretas. Por otra parte, la existencia del matriarcado no implica que la distinción obsesiva entre lo masculino y lo femenino no existiera allí, pues su misma existencia parecería confirmar la obsesión dualista; y tampoco que se tratara de una sociedad más justa, tanto para los varones como para las mujeres. Todos sabemos que las sociedades llamadas heteropatriarcales no solo han discriminado a las mujeres, sino que han maltratado y explotado también a los hombres. Incluso lo han hecho las homopatriarcales, como lo era, quizá, la espartana.

De lo que no cabe duda es de que la coincidencia y obsesión por distinguir entre lo masculino y lo femenino ha llevado de manera casi universal a la discriminación de la mujer, al desprecio de lo femenino, a la consideración de la mujer como un ser de categoría inferior al varón y a que se prohibiera o no se estimulara a las mujeres para que desarrollaran todas sus posibilidades, con el objetivo de alcanzar un desarrollo personal, social e intelectual parecido al de lo varones. Así sucedió en China y así sucedió en la India; así sucedió en las civilizaciones cristianas, musulmanas y judías y, por lo que sabemos, también en casi todas las culturas antiguas o modernas, primitivas o desarrolladas. El cambio más significativo y casi inédito e inaudito en toda la historia de la humanidad (aunque algunos y algunas parezcan empeñados en negarlo) se ha producido en los últimos cuarenta o cincuenta años, aunque su origen se remonta a la segunda mitad del siglo XIX.

El contrato sexual, de Carole Pateman

Otros avispados intérpretes nos recuerdan que en el símbolo del yin y el yang los opuestos no se deben interpretar de manera absoluta, puesto que en el yin hay un poco de yang y en el yang hay un poco de yin, como se puede observar con claridad en la bandera coreana. De acuerdo, es una bonita interpretación, pero si examinamos la historia de China y de las culturas que han usado este símbolo, descubriremos que esa supuesta mezcla o contaminación de los opuestos no se ha traducido en ninguna mejora en el respeto a las mujeres, que como bien señala Carole Pateman en El contrato sexual, ha sido muy semejante y a menudo idéntica a la de un esclavo (una esclava, en este caso). Ya lo dijeron John Stuart Mill y Harriet Taylor en su libro, de elocuente título, The subjection of Women, que puede traducirse como La sujeción o la esclavitud o el sometimiento de las mujeres).

John Stuart Mill apartando a los varones para que dejen pasar a las sufragistas

El sometimiento de las mujeres

Pues bien, cuando parecía que por fin nos íbamos a librar de esas dos férreas identidades que eran lo masculino y lo femenino, los opuestos yinyangnescos, esa dualidad impuesta durante siglos por las sociedades represoras que trasladaban de manera simplista lo biológico al terreno de la vida social y la psicológica, descubrimos que las identidades no se han disuelto, sino que se han multiplicado.

 

Continuará…

 

 

 

[7 de agosto de 2020]

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