Fantaciencia y ciencia fantasiosa

Contra el juicio instantáneo /6

Continuó con el asunto de la demarcación entre ciencia, falsa ciencia y seudociencia. Me gustaría ahora reivindicar el derecho a la fantasía y al error, a fabular acerca de cualquier cosa, a lanzar hipótesis más o menos extravagantes.

Algunas fábulas seguirán siendo siempre fábulas y otras poco a poco entrarán por el camino seguro de la ciencia. Pondré un ejemplo: es muy improbable que la telepatía exista o haya existido, pero es casi seguro que existirá en el futuro. Si no me equivoco, ya se ha logrado enviar mensajes telepáticos sencillos entre dos cerebros conectados mediante algo semejante a un wifi o bluetooth neuronal. En mi opinión, casi todo lo que los fabuladores han imaginado a lo largo de la historia, como Luciano, Cyrano de Bergerac, los escritores de ciencia ficción o los aficionados al mundo paranormal, acabará por ser, no descubierto, sino inventado. Casi cualquier cosa imaginable, o al menos cualquier cosa que se pueda convertir en un algoritmo, será tarde o temprano posible.

ciencia

Es muy probable que las teorías acerca de la presencia extraterrestre en nuestro planeta sean todas pura fantasía, pero eso no hace imposible que no haya existido esa presencia extraterrestre. También es casi seguro que todas las religiones son pura fábula, pero eso no impide que exista eso que llamamos Dios. Lo cierto es que la probabilidad de que nos hayan venido a visitar los marcianos o cualquier otro vecino galáctico es muchísimo más alta que la de que exista una entidad similar a eso que llaman Dios. Como es obvio, quien quiera demostrar una u otra cosa deberá hacer un gran esfuerzo para encontrar las pruebas, pero cualquiera es libre de fabular, siempre y cuando no presente sus hipótesis como certezas indiscutibles.

En definitiva, al alejarnos de los farsantes a menudo nos alejamos también o negamos uno de los procedimientos básicos del descubrimiento científico: la formulación de hipótesis extravagantes. Los estudiosos del método científico distinguen entre el contexto del descubrimiento y el contexto de verificación o justificación. Una cosa es cómo se elabora una teoría y otra muy diferente cómo se comprueba que es cierta, o al menos que es probable, o al menos que no es falsa.

En la discusión de hipótesis y probabilidades podemos ser muy locos e incluso debemos serlo. En la verificación, sin embargo, debemos ser conscientes de que no es tan fácil creer en algo como demostrarlo. Para creer solo hace falta un pequeño esfuerzo de la voluntad. Para demostrarlo hay que trabajar mucho más: hay que ser capaz, en primer lugar, de ponerlo a prueba, de investigarlo, de vigilarlo, hasta que contamos con los suficientes datos, observaciones dirigidas y experimentos verificados como para darle una pequeña o gran probabilidad.

Al escuchar o leer a personas que dicen o dan a entender que hablan en nombre de la ciencia, a veces me parece estar escuchando a los aristotélicos medievales que decían que las cosas eran verdad porque las decía Aristóteles. Las cosas no son verdad porque las diga la ciencia, sino que la ciencia lo que dice, de manera diferente en cada caso particular, es que algo puede ser verdad o que, al menos, es muy probable. El hecho de que algo no tenga contraindicaciones o contradicciones observadas no quiere decir que no las tenga, ni permite a la ciencia afirmar que no las tiene, en especial si es algo reciente, sino que quizá no ha sido todavía investigado a fondo.

La investigación en la ciencia nunca se detiene y siempre puede mejorarse, por lo que a veces puede resultar frustrante ver que lo que hace diez años aconsejaba la ciencia, por ejemplo la ciencia médica o la ciencia nutricional, ahora ya no se cree que sea bueno. Hay pocas teorías en ese tipo de terrenos que sobrevivan más de treinta años, como tampoco sobreviven demasiado tiempo las teorías de la antropología, la sociología o la psicología. En el futuro sin duda descubriremos algunas contraindicaciones de cosas que ahora hemos empezado a usar, porque ya he dicho que tienen que pasar al menos treinta años en la mayoría de los casos para que lleguen resultados fiables en ciencia. Por eso, creo que hay que ser prudentes y no apostar de manera dogmática por cosas que todavía están bajo las investigaciones iniciales.

Recientemente, Umberto Eco dijo que las redes sociales han impulsado al tonto del pueblo a portador de la verdad, lo que es sin duda cierto, como hemos visto al hablar de la extensión de la seudociencia en internet, pero, como ya he dicho más arriba, creo que existe una consecuencia quizá más negativa que esa: internet y las redes sociales también han logrado que los que nunca han sido tontos del pueblo acaben por comportarse como ellos.

Como sucedía en la política (Animales políticos), la economía (El fenómeno fan en economía) y en cualquier otro terreno (¿Somos cebras o termostatos?), creo que lo más recomendable es evitar emitir juicios y dictámenes instantáneos (y además de manera pública y en redes sociales) y detenerse a pensar. Detenerse a pensar, no solo para formarnos una opinión más compleja e interesante acerca del asunto que tenemos delante, sino también detenerse a pensar en cómo vamos a expresar esa opinión. Si empezamos a hablar como hablan los fanáticos y los lunáticos, usando la ciencia para golpear la cabeza de nuestros enemigos más que para convencerlos, ellos también tendrán todo el derecho a pensar que nosotros exigimos razonar pero que no sabemos hacerlo.


 


CONTRA EL JUICIO INSTANTÁNEO

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