La apuesta de Buda

(A modo de epílogo a Acerca del karma)

Es muy conocida la apuesta de Pascal.
Blaise Pascal era un matemático prodigioso que sufrió o disfrutó de una iluminación súbita y se transformó en un piadoso cristiano. Como todavía amaba las matemáticas, se planteó su ardiente fe como un problema de probabilidades.
El enunciado de su problema era el siguiente:

Podemos pensar que dios existe o que dios no existe.
Si no existe, es casi seguro qué debemos decir adiós a la inmortalidad o a la vida eterna.
Pero si dios existe, entonces lo más probable es que también exista la vida eterna.
Pues bien, supongamos a modo de hipótesis, que dios existe.
En ese caso, si durante nuestra vida hemos creído y adorado a dios, entonces después de morir seremos admitidos en el Reino de los Cielos.
Pero si no hemos creído en él, entonces seremos rechazados.

La conclusión es que si no creemos en dios perdemos en todos los casos el reino de los cielos, tanto si existe como si no. Pero si creemos en dios, entonces nos aseguramos de que al menos en uno de los casos seremos admitidos en el Reino de los Cielos.

Esa es la razón por la que debemos apostar a favor de la existencia de dios: podemos ganar la apuesta del Reino de los Cielos. Por el contrario, si no creemos y resulta que si existe dios, entonces perderemos la recompensa eterna.

No cabe duda, concluye Pascal, de que lo más sensato es creer.

Al fin y al cabo, si resulta que dios no existe nunca lo sabremos, tanto si creemos como si no.


Ahora bien, la apuesta de Pascal no debería llamarse así, o al menos el concepto o paradoja filosófica al que se refiere. Debería ser conocida universalmente como “la apuesta de Buda”, del mismo modo que el adjetivo maquiavélico debería ser sustituido por hanfeinesco (por Han Fei  zi) o shangnesco (por el Señor de Shang) o incluso kautiliesco (por Kautyla). Todos ellos se adelantaron en siglos o milenios a Nicolás Maquiavelo.

Pues bien, Buda también se adelantó a Pascal y propuso su apuesta más de dos mil años antes, aunque para él lo que estaba en juego no era la existencia de un dios o de un reino de los cielos, sino el samsara o rueda de los reencarnaciones.

La de Buda se conoce precisamente como “la apuesta (o garantía) segura”.

Así dice el propio Buda en el Majjhima Nikaya:

“En caso de que exista una vida futura quienes han realizado malas acciones, han errado dos veces el tiro”.

Esas personas no solo padecerán en este mundo, sino también el otro.

Los que han apostado por seguir los preceptos del Buda, por el contrario, estarán en mejor situación en la otra vida, pues no serán víctimas de sus propias malas acciones en las vidas futuras.

Pero Buda lleva un poco más allá la apuesta de Pascal: si realizan buenas acciones y no dañan a los demás, incluso si no hay una vida futura, las personas ya habrán obtenido cierta recompensa en esta.

Es decir que mientras que en la apuesta de Pascal el resultado era de 1 sobre 4, en el caso de Buda es de 2 sobre 4.

El filósofo K.N. Jayatikele lo expresa así:

p = el renacimiento basado en acciones morales es verdad

Si es cierto p…                 Si p no es cierto…

Apostamos p

Por lo tanto…

somos felices en la próxima vida y somos alabados por los sabios en esta.

 

Apostamos no p
Por lo tanto…

somos infelices en la próxima vida y somos condenados por los sabios en esta vida.

Esta singular apuesta se encuentra también en el Kalama Sutta.

Lamentablemente, tanto la apuesta de Buda como la de Pascal parten de un supuesto erróneo, o cuando menos discutible. Dan por seguro qué:

a) Existe el dios cristiano.
b) Es bueno no hacer daño.

Cientos o miles de religiones se oponen a la idea de que existe el dios cristiano.

¿Y si nos hemos equivocado de dios y por lo tanto, estamos siguiendo los preceptos equivocados? Eso puede suceder incluso si se trata del mismo dios, pero que es adorado por una religión diferente, cómo sucede con el cristianismo, el judaísmo y el Islam, que en principio adoran a un mismo dios pero que no creen que nuestras almas se salven de la misma manera.

En cuanto al precepto budista, “es bueno no hacer daño”, no opinan lo mismo los entusiastas del Bhagavad Gita hinduista, en el que se recomienda con entusiasmo la matanza inmisericorde para que el universo funcione de la manera adecuada. Heinrich Himmler, el filósofo al servicio de Hitler, adoraba el Bhagavad Gita y quería llevar a la práctica los consejos de Krishna al guerrero Arjuna, exterminando a judíos, gitanos, eslavos o cualesquiera otros seres humanos que no coincidieran con los ideales de su casta de guerreros.

Es decir, que si tiene razón el belicoso Krishna y no el pacífico Buda, podemos acabar por descubrir que nuestra apuesta segura ha fallado.

Creo que la verdadera fuerza del argumento de Buda no es la de ninguna apuesta segura, o que consiste en una apuesta más modesta pero más accesible:

“La ley del karma de que toda acción provoca una reacción debe limitarse a lo que conocemos”.

Es decir, a esta vida que vivimos día a día en este vulgar mundo terrenal que habitamos.

Las ideas budistas o cristianas empiezan a fallar cuando pretenden hacer creer a los demás que tenemos la certeza de que existen dioses (que cuidan de nosotros o que nos castigan) o que existe el renacimiento, samsara o rueda de las reencarnaciones, o la extinción y el nirvana, o que todo es uno y uno es todo. El error comienza cuando la ética necesita de la metafísica para sostenerse. Es entonces cuando se convierte en religión.

Hay buenas razones para sospechar que Buda nunca pretendió saber (o al menos afirmar de manera dogmática) que existan o no otros mundos más allá del mundo material que conocemos, y que los primeros budistas se preocuparon fundamentalmente del karma que se manifiesta, que se crea y que se paga en esta vida terrenal, y no en otras hipotéticas existencias.

En consecuencia, podemos recuperar ahora esa hipótesis que dejamos en suspenso al comienzo de este ensayo, la hipótesis acerca cómo aplicar el karma a las vidas futuras.  Y una vez recuperada, podemos dejarla para siempre en suspenso, o en espera de respuestas más confiables. Quien quiera reflexionar o fabular sobre ello puede hacerlo, por supuesto, pero como un entretenimiento más, y no para justificar nuestro comportamiento en esta vida presente, que es la única que conocemos. Eso es precisamente lo que parece decir Buddha en el Culamalunkya Sutta:

Tanto si se tiene la opinión de que “el mundo es eterno” como la de que “el mundo no es eterno”, existe el nacer, envejecer, morir, la pena, el lamento, el dolor, la aflicción y la tribulación, cuya aniquilación en este mismo mundo, es lo que sí enseño.

Si al comienzo de esta reflexión proponía aplicar el karma a esta vida, ahora propongo que se quede aquí y no siga girando en la rueda de samsaras imposibles de conocer. La recompensa de la acción virtuosa y los efectos del karma o ley de la causa y el efecto, son en primer lugar la acción misma. Pero si existiera, además, otra recompensa secundaria a nuestras acciones, deberíamos esperarla y obtenerla en esta vida.
En consecuencia, todo lo que se ha dicho en Acerca del karma puede leerse  ahora como lo que siempre ha sido: una invitación al aprendizaje en esta vida, más allá de cualquier metafísica o especulación ultraterrena.


[Escribí Acerca del karma en 1992. Lo he revisado en diversas ocasiones y de manera especial en 2020. Este epílogo (La apuesta de Buddha) lo he escrito en 2020 en Madrid, en junio, durante la pandemia]


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