La ciencia explica por qué no razonamos bien en política
(La página noALT /002)

En el año 2004 se publicaron varios artículos haciéndose eco de un interesantísimo experimento realizado en la Universidad de California. Los resultados son muy interesantes y confirman la tendencia que tenemos contemplar la realidad política como campos enfrentados, y cómo observamos lo que tenemos delante una vez que hemos tomado partido. La conclusión es que interpretamos de manera diferente una misma acción política si quien la lleva a cabo es de nuestro partido o del partido rival.

A continuación, copio la noticia acerca del experimento tal como fue publicada en la revista El Ciervo.

“Los experimentadores colocan en la máquina a un votante convencido de Bush y le ponen una imagen del presidente.
El cerebro reacciona así: “Este es el mío, mira que bueno y guapo es”. Luego sale Kerry, el rival, y en el cerebro del paciente se activa una sección más racional, capaz de distinguir entre lo malo (sobre todo) y lo bueno del personaje.
O sea, que cuando ves a tu candidato la respuesta es emocional: este es el mío, que nadie lo toque, yo soy como él, todo lo hace bien.” Y cosas así. En cambio, cuando sale el otro, se activa la parte del raciocinio, de buscar por dónde flaquea. Qué curioso.”    (“El mío es un amor”, El Ciervo, mayo 2004)

 John Kerry      George Bush
El experimento parece mostrar lo poco de fiar que somos como analistas políticos, pues parece muy difícil que nuestras opiniones se puedan separar de nuestra ideología y de nuestros deseos. La conclusión es que nuestros argumentos están motivados más por el odio y el amor que por la razón.

Como decía un ilustrado francés: “Nuestras razones son las esclavas de nuestras pasiones”. Primero decidimos que es lo que queremos pensar y, una vez decidido, buscamos razones para justificar esa elección.

Nassim Nicholas Taleb pone un ejemplo de cómo funciona nuestra incapacidad de para razonar cuando hay emociones de por medio:

 “El problema de la confirmación es un asunto omnipresente en nuestra vida moderna ya que en la raíz de muchos conflictos se halla el siguiente sesgo mental: cuando los árabes y los israelíes ven las noticias, perciben historias diferentes en la misma sucesión de hechos. Asimismo, demócratas y republicanos miran a partes distintas de los mismos datos y nunca convergen en las mismas opiniones. Una vez que en la mente habita una determinada visión del mundo, se tiende a considerar sólo los casos que demuestren que se está en lo cierto. Paradójicamente, cuanta más información tenemos, más justificados nos encontramos en nuestras ideas.”

Es muy posible que la única vez que hayamos razonado sea aquella primera vez, tal vez en la adolescencia, en la que elegimos nuestro bando. A partir de entonces, adquirida ya la seguridad de nuestra ideología, nunca hemos necesitado volver a pensar de verdad.

Es evidente que si a alguien la mera visión de un político le causa irritación, sarpullidos, alergia o ira incontenible, sus opiniones acerca de cualquier cosa que diga ese político no resultarán muy fiables.

Una reacción emocional extrema es comprensible en un momento concreto, pero su persistencia en toda situación impide cualquier posibilidad de entender algo acerca de la realidad, o de intercambiar opiniones de manera razonable con otras personas, excepto como compartirían una conversación un par de magnetofonos (como decía Ortega) o como la comparten dos hinchas del mismo equipo después de un penalty dudoso.

Las reacciones instintivas y la razón son casi siempre incompatibles. Es por eso que no es recomendable legislar en un momento de gran excitación social, por ejemplo, tras una serie de terribles asesinatos.

Cuando a Primo Levi, que había estado prisionero en el campo de exterminio de Auschwitz, se le preguntó cómo reaccionaba instintivamente ante una injusticia, el respondió: “Yo no respondo nunca instintivamente, y si lo hago, intento controlarlo”. Una cosa, en efecto, es sentir emociones y entusiasmos, lo que es del todo razonable, y otra muy distinta intentar legislar o dictaminar en medio del entusiasmo.

EL PORQUÉ DEL PENSAMIENTO ALTERNANTE

El experimento, de todos modos, confirma la tendencia partidista que tenemos, pero no la explica. Muestra que los votantes de Bush ya han decidido que Bush es bueno y que Kerry es malo, así que es lógico que se activen las zonas de sus cerebros relacionadas con la razón o con la emoción, según el caso. Pero el experimento no nos dice por qué han decidido con tanto ardor que Bush es un monstruo o un héroe.

Tras esa clave andan ahora muchos investigadores: si se consigue averiguar cómo meter dentro de un cerebro una opinión, quizá se descubra como conseguir algo que a menudo parece imposible: cómo sacar una opinión de un cerebro.

Me gustaría añadir ahora, en 2011, que el experimento, por otra parte, explica de manera clara esa asombrosa situación en la que nos vemos tantas veces, cuando hablamos con una persona acerca de los crímenes de Fulano y estamos completamente de acuerdo en que son detestables, pero luego empezamos a hablar de Mengano y, ante las mismas situaciones que acabamos de condenar resulta que nuestro interlocutor no las considera criminales.

Lo anterior parece demostrar que cualquiera puede distinguir los crímenes mediante la razón. Eso es bueno. Lo malo es que también parece demostrar que cualquiera es capaz de ocultar los crímenes cuando tocan  a su emoción. Podemos encontrar ejemplos de que sucede así si pensamos en cualquier polémica política alternante o dicotómica o maniquea o partidista, como: Israel/Palestina, Estados Unidos/URSS, derecha/izquierda, fascismo/comunismo, etcétera. Se razona con precisión y fiereza acerca de un lado de cada par y se olvida al instante todo lo que se acaba de decir cuando se pasa a analizar lo que ha hecho o dicho el otro lado.

La única escapatoria a ese pensamiento alternante es encontrar algo que pueda situarse por encima del par de opuestos a discutir, por ejemplo, el oponerse a toda acción criminal venga de donde venga.


 

NOTA 2012: Cómo sé que nada puede ser confirmado de manera definitiva, ni siquiera por la ciencia, no empleo la expresión “La ciencia confirma noALT” de manera dogmática, sino, digamos, como sinónimo de “La ciencia (un experimento científico) aumenta la probabilidad de que noALT sea cierto”.


Lazslo Toth

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