La crítica de Hume a la noción de causa, y la cuántica

Los argumentos de Hume contra la noción de causa son tal vez irrefutables, pero no demasiado convincentes.

Lo serían si pudiésemos afirmar precisamente lo contrario de lo que él sostiene. Es decir:

“¿Hemos observado alguna vez que en una misma situación se produzcan dos efectos diferentes?”

Me dirás:

_Por supuesto, lo hemos observado muchas veces.

_¿Seguro?  ¿Puedes demostrar que era la misma situación en ambos casos?

Eso es algo que no siempre resulta imposible demostrar, aunque en ocasiones sería algo tan o más complicado que demostrar la noción de causa. Y sin embargo, no existen casos en los que, más allá de una duda razonable, se pueda afirmar que la misma situación produjo efectos diferentes.

Me dirás:

_¿Y la impredicibilidad del fotón en los experimentos cuánticos?¿Acaso no se trata de una misma causa que produce efectos diferentes?

_Es posible, por supuesto, pero el mundo cuántico es todavía demasiado inmanejable para poder asegurar que la situación en la que es lanzado un fotón se pueda repetir sin variar ninguno de los elementos. Pensemos simplemente en lo difícil que resultaría incluso con objetos macroscópicos, como las balas, obtener exactamente el mismo resultado. Por ejemplo una bala que se incrusta exactamente (hasta la medida de milímetros o micras) que una bala anterior.

Quedándonos, pues, en el mundo macroscópico, no es fácil observar distintos efectos de causas idénticas. Es tan difícil que, precisamente a cosas como esas se las llama milagros.

Retrato de David Hume en el friso de los escoceses ilustres, en la Gran Sala de la Galería Nacional Escocesa del Retrato. Realizado por William Brassey Hole

UN DEBATE MUY INTERESANTE

Copio aquí en 2020 los comentarios que recibió esta entrada, que por su interés merecen ser destacados mejor.

Jesús Zamora Bonilla, autor de varios libros y de la página A bordo del Otto Neurath comentó

El argumento de Hume no requiere que las situaciones sean “exactamente” idénticas, sólo lo suficientemente parecidas como para que las podamos considerar “iguales”. Lo importante es, según Hume, el efecto psicológico que se sigue en nosotros de observar esa regularidad entre dos fenómenos que se siguen igual “siempre” (el “siempre” también es relativo: basta que sea “con una frecuencia muy alta”).
Lo que intenta demostrar Hume es que en la noción de causa sólo tenemos dos cosas: la regularidad (cuando observamos A, observamos B) y nuestra propensión a esperar B cuando observamos A. Pero no hay nada “objetivo” en A que sea “lo que produce” B.

 

A lo que respondí:

Sí, en efecto, eso que dices es lo que intentaba demostrar Hume, que el hecho de que tengamos la noción de causa, no demuestra que existan causas.
Cierto, pero no era a eso a lo que quería referirme en esa nota apresurada.
Quería referirme fundamentalmente a dos cosas:
1) Que aunque no se pueda demostrar que existe la noción de causa metafísica, ontológica u óntica, quizá si se pueda mostrar que existe la percepción de la causalidad en nuestra psicología. Que la percepción de la causalidad sea uno de los componentes de la naturaleza humana, ya se deba a la evolución o a cualquier otra razón.

2) Que el argumento de Hume demuestra la fragilidad de nuestra noción de causa, pero no demuestra que a las mismas causas no le sigan los mismos efectos.
Para demostrar eso habría que conseguir obtener u observar eso que menciono en el texto: causas comprobablemente idénticas que producen efectos comprobablemente diferentes. O, si se prefiere, sucesos comprobablemente idénticos que son seguidos de sucesos comprobablemente diferentes.

Hay que tener en cuenta en todo esto que el hecho de mostrar, como hace Hume, que la percepción de la causalidad es meramente psicológica no implica que no existan causas y efectos: tan sólo que no podemos demostrar que existan.
Suponer lo contrario sería una errónea aplicación del modus ponens o del tollens de la lógica (si recuerdo bien). El que no se pueda demostrar que a A le sigue B no implica que a A no le siga B.

Por otra parte, en toda esta discusión es difícil decir que algo se pueda demostrar, cuando no creemos siquiera que existan causas y efectos, pero, como los escépticos antiguos o como Descartes, hacemos la vista gorda, porque, si no, no habría manera de hablar de nada, ni siquiera de que la demostración de Hume sea válida, pues se construye también a partir de una sucesión de causas y efectos. El propio Hume, en sus libros de historia por ejemplo, parece creer una y otra vez que ciertas causas (ciertas acciones) producían ciertos efectos (ciertas consecuencias).
Es un error frecuente, incluso en libros de filosofía, creer que Hume ha demostrado que no existen causas y que, como diría Lucrecio, cualquier cosa puede salir de cualquier otra y un caballo nacer de la simiente de un tomate. Hume sólo demostró que no podemos demostrar la noción que tenemos de la causalidad. Algo que es semejante, en cierto sentido al teorema de Godel en matemáticas: el hecho de que la matemática no se pueda “demostrar” no nos impide seguir creyendo que si juntamos dos manzanas con otras tres tendremos cinco manzanas.

Por cierto, esa diferencia la explicaba en otra entrada. Como estas son notas sueltas y desordenadas, a menudo es fácil malinterpretarlas, porque no explico en detalle algo que ya he contado en otro lugar. Esta es la otra entrada: El principio de causalidad ontológico frente al psicológico

Jesús contestó entonces:

Claro, lo que hace Hume es precisamente demostrar que no es posible demostrar que las causas son “objetivas”; él admite que existen regularidades (que no podemos saber si seguirán siendo válidas, sólo lo creemos), y lo más importante, que con eso es suficiente para el conocimiento científico. Es decir, no nos hace falta un “principio de causalidad ontológico” (que, además, tampoco podemos saber de ninguna manera si es válido o no).
Sobre la cuestión de si “causas iguales pueden tener efectos diferentes”, Hume no podía saberlo, desde luego (aunque para él lo importante era sólo que, por mucho que a una causa le haya seguido siempre el mismo efecto, no se puede demostrar que vaya a seguir siendo siempre así, o que haya sido siempre así cuando no lo hemos observado; él no quiere “demostrar que a las mismas causas NO les siguen los mismos efectos”, sólo dice que es imposible demostrar lo contrario). Ahora bien, nosotros sabemos ya un poco más que Hume, y, aplicando el criterio de que lo mejor que podemos saber sobre el mundo es lo que nos dicen sobre él las teorías mejor confirmadas, resulta que las leyes de la física cuántica afirman precisamente eso: los sucesos cuánticos están radicalmente (“ontológicamente”) indeterminados; p.ej., de dos isótopos radiactivos exactamente iguales (y son iguales porque no tienen en qué diferenciarse), uno se desintegrará, y el otro no, por ninguna “razón ontológica” (ya digo que son exactamente iguales en todo), pues la ley de su desintegración es esencialmente estadística.

A lo  que, finalmente, contesté:

Sí, Jesús, veo que estamos de acuerdo en lo de Hume.
En el tema de la física cuántica no quise entrar para no complicar las cosas, pero también en eso estamos de acuerdo.
Al menos en la medida en que puede estar de acuerdo alguien como yo, cuyos conocimientos en física cuántica no van más allá de los libros de divulgación y algún ensayo propio acerca del asunto que ya queda lejos. Si fuera cierto lo que decía Feynman, que nadie que no entienda el formulismo matemático cuántico puede tener una mínima idea del asunto, yo estoy claramente fuera de juego.

Ahora bien, la filosofía todavía no se rinde ante la cuántica y el principio de los indiscernibles de Leibniz quizá se pueda aplicar incluso a los isótopos radioactivos: dos cosas no pueden ser exactamente iguales a no ser que ocupen también la misma posición espacial y temporal, cosa que ningún par de isótopos cumple.
Yo me inclino a pensar que todavía nos esperan algunas sorpresas (al contrario de Hawking, no creo que estemos a punto de saberlo todo), y sospecho que una de ellas será el cuestionamiento de las leyes estadísticas en tanto que leyes de pleno derecho. No creo que los isótopos se desintegren sólo por amor a la estadística, sino más bien que la estadística muestra que una cierta cantidad de isótopos sometidos a los rayos cósmicos o a cualquier otro tipo de influencia conocida o desconocida, se desintegran en una cierta proporción. Del mismo modo que el ADN sufre mutaciones que podemos considerar espontáneas o azarosas, pero que son causadas, por ejemplo, por esos rayos cósmicos o por otro tipo de radiaciones (como las de una central nuclear o una bomba atómica).
Pero admito de nuevo que soy un absoluto ignorante en muchos de estos asuntos.
Aún así, creo que es interesante lo que decía Ingraham: al final y en el origen de todo experimento físico hay un proceso psíquico que le da sentido.

Y no lo decía Ingraham (lo escribió en 1908) desde el punto de vista necesariamente ontológico (como en la cuántica, el principio de incertidumbre o el principio antrópico: el observador que crea lo observado), sino desde el puramente empírico.
Bueno, son temas muy interesantes y te agradezco tus comentarios tan estimulantes. Espero que disculpes el que no me haya explicado mejor, pero son tantas cosas relacionadas que no acabaría nunca. Mejor ir poco a poco, error tras error hasta la confusión final :)

Por su parte, Luis escribió este comentario, muy interesante porque dice con brevedad y precisión lo que yo intenté explicar en el mío de manera quizá farragosa:

Esto me recuerda al juego en que se tiran fichas y caen rebotando en pivotes, parece imposible predecir en que ranura caerán pero llegan allí por unas leyes físicas inmutables.
Las leyes tienen que estar tengamos o no la capacidad para explicarlas. Parece que los físicos toman la postura de ¿No podemos, entonces que más da?. Pues no conformarse por si las moscas.

Daniel en 2020: es decir, no explicamos lo que les sucede a las fichas al caer en esta ranura porque actúen unas supuestas fuerzas estadísticas, sino porque chocan o no con este o aquel pivote, por ejemplo.  Si tapamos una ranura, ahora las fichas caerán más en las otras ranuras y la estadística será otra, pero no habremos cambiado con ello las fuerzas estadísticas de la naturaleza, sino elementos materiales que afectan a las fichas en su caída.

Creo que esta comparación, que debo a Luis, es una buena imagen para mostrar que las leyes estadísticas, que son deliciosas y útiles, uno de los grades descubrimientos de la humanidad, son, al fin y al cabo, dependientes de los fenómenos que explican, es decir, lo que suele llamarse epifenómenos, como el ruido respecto a la máquina que lo produce: la máquina causa el ruido, pero el ruido no causa el funcionamiento de la máquina.

Por otra parte, yo mismo me considero escéptico como Hume (o como tantos escépticos griegos y latinos) y estoy de acuerdo en que no se puede demostrar que la noción psicológica de causa se corresponda con una causa ontológica (que algo sea causa de un efecto)… sí, pero del mismo modo que no se puede demostrar  ninguna otra cosa, por ejemplo, que Hume haya demostrado que no se puede demostrar que la noción psicológica de causa tenga un sentido ontológico. Es la paradoja constante de las refutaciones escépticas.

 

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5 comentarios en “La crítica de Hume a la noción de causa, y la cuántica

  1. El argumento de Hume no requiere que las situaciones sean “exactamente” idénticas, sólo lo suficientemente parecidas como para que las podamos considerar “iguales”. Lo importante es, según Hume, el efecto psicológico que se sigue en nosotros de observar esa regularidad entre dos fenómenos que se siguen igual “siempre” (el “siempre” también es relativo: basta que sea “con una frecuencia muy alta”).
    Lo qeu intenta demostrar Hume es que en la noción de causa sólo tenemos dos cosas: la regularidad (cuando observamos A, observamos B) y nuestra propensión a esperar B cuando observamos A. Pero no hay nada “objetivo” en A que sea “lo que produce” B.

  2. Sí, en efecto, eso que dices es lo que intentaba demostrar Hume, que el hecho de que tengamos la noción de causa, no demuestra que existan causas.
    Cierto, pero no era a eso a lo que quería referirme en esa nota apresurada.
    Quería referirme fundamentalmente a dos cosas:
    1) Que aunque no se pueda demostrar que existe la noción de causa metafísica, ontológica u óntica, quizá si se pueda mostrar que existe la percepción de la causalidad en nuestra psicología. Que la percepción de la causalidad sea uno de los componentes de la naturaleza humana, ya se deba a la evolución o a cualquier otra razón.

    2) Que el argumento de Hume demuestra la fragilidad de nuestra noción de causa, pero no demuestra que a las mismas causas no le sigan los mismos efectos.
    Para demostrar eso habría que conseguir obtener u observar eso que menciono en el texto: causas comprobablemente idénticas que producen efectos comprobablemente diferentes. O, si se prefiere, sucesos comprobablemente idénticos que son seguidos de sucesos comprobablemente diferentes.

    Hay que tener en cuenta en todo esto que el hecho de mostrar, como hace Hume, que la percepción de la causalidad es meramente psicológica no implica que no existan causas y efectos: tan sólo que no podemos demostrar que existan.
    Suponer lo contrario sería una errónea aplicación del modus ponens o del tollens de la lógica (si recuerdo bien). El que no se pueda demostrar que a A le sigue B no implica que a A no le siga B.

    Por otra parte, en toda esta discusión es difícil decir que algo se pueda demostrar, cuando no creemos siquiera que existan causas y efectos, pero, como los escépticos antiguos o como Descartes, hacemos la vista gorda, porque, si no, no habría manera de hablar de nada, ni siquiera de que la demostración de Hume sea válida, pues se construye también a partir deu na sucesión de causas y efectos. El propio Hume, en sus libros de historia por ejemplo, parece creer una y otra vez que ciertas causas (ciertas acciones) producían ciertos efectos (ciertas consecuencias).
    Es un error frecuente, incluso en libros de filosofía, creer que Hume ha demostrado que no existen causas y que, como diría Lucrecio, cualquier cosa puede salir de cualquier otra y un caballo nacer de la simiente de un tomate. Hume sólo demostró que no podemos demostrar la noción que tenemos de la causalidad. Algo que es semejante, en cierto sentido al teorema de Godel en matemáticas: el hecho de que la matemática no se pueda “demostrar” no nos impide seguir creyendo que si juntamos dos manzanas con otras tres tendremos cinco manzanas.

    Por cierto, esa diferencia la explicaba en otra entrada. Como estas son notas sueltas y desordenadas, a menudo es fácil malinterpretarlas, porque no explico en detalle algo que ya he contado en otro lugar. Esta es la otra entrada: http://caracteres.wordpress.com/2007/08/11/el-principio-de-causalidad-ontologico-frente-al-psicologico/

  3. Claro, lo que hace Hume es precisamente demostrar que no es posible demostrar que las causas son “objetivas”; él admite que existen regularidades (que no podemos saber si seguirán siendo válidas, sólo lo creemos), y lo más importante, que con eso es suficiente para el conocimiento científico. Es decir, no nos hace falta un “principio de causalidad ontológico” (que, además, tampoco podemos saber de ninguna manera si es válido o no).
    Sobre la cuestión de si “causas iguales pueden tener efectos diferentes”, Hume no podía saberlo, desde luego (aunque para él lo importante era sólo que, por mucho que a una causa le haya seguido siempre el mismo efecto, no se puede demostrar que vaya a seguir siendo siempre así, o que haya sido siempre así cuando no lo hemos observado; él no quiere “demostrar que a las mismas causas NO les siguen los mismos efectos”, sólo dice que es imposible demostrar lo contrario). Ahora bien, nosotros sabemos ya un poco más que Hume, y, aplicando el criterio de que lo mejor que podemos saber sobre el mundo es lo que nos dicen sobre él las teorías mejor confirmadas, resulta que las leyes de la física cuántica afirman precisamente eso: los sucesos cuánticos están radicalmente (“ontológicamente”) indeterminados; p.ej., de dos isótopos radiactivos exactamente iguales (y son iguales porque no tienen en qué diferenciarse), uno se desintegrará, y el otro no, por ninguna “razón ontológica” (ya digo que son exactamente iguales en todo), pues la ley de su desintegración es esencialmente estadística.

  4. Sí, Jesús, veo que estamos de acuerdo en lo de Hume.
    En el tema de la física cuántica no quise entrar para no complicar las cosas, pero también en eso estamos de acuerdo.
    Al menos en la medida en que puede estar de acuerdo alguien como yo, cuyos conocimientos en física cuántica no van más allá de los libros de divulgación y algún ensayo propio acerca del asunto que ya queda lejos. Si fuera cierto lo que decía Feynman, que nadie que no entienda el formulismo matemático cuántico puede tener una mínima idea del asunto, yo estoy claramente fuera de juego.
    Ahora bien, la filosofía todavía no se rinde ante la cuántica y el principio de los indiscernibles de Leibniz quizá se pueda aplicar incluso a los isótopos radioactivos: dos cosas no pueden ser exactamente iguales a no ser que ocupen también la misma posición espacial y temporal, cosa que ningún par de isótopos cumple.
    Yo me inclino a pensar que todavía nos esperan algunas sorpresas (al contrario de Hawking, no creo que estemos a punto de saberlo todo), y sospecho que una de ellas será el cuestionamiento de las leyes estadísticas en tanto que leyes de pleno derecho. No creo que los isótopos se desintegren sólo por amor a la estadística, sino más bien que la estadística muestra que una cierta cantidad de isótopos sometidos a los rayos cósmicos o a cualquier otro tipo de influencia conocida o desconocida, se desintegran en una cierta proporción. Del mismo modo que el ADN sufre mutaciones que podemos considerar espontáneas o azarosas, pero que son causadas, por ejemplo, por esos rayos cósmicos o por otro tipo de radiaciones (como las de una central nuclear o una bomba atómica).
    Pero admito de nuevo que soy un absoluto ignorante en muchos de estos asuntos.
    Aún así, creo que es interesante lo que decía Ingraham: al final y en el origen de todo experimento físico hay un proceso psíquico que le da sentido. Y no lo decía Ingraham (lo escribió en 1908) desde el punto de vista necesariamente ontológico, como en la cuántica, el principio de incertidumbre o el principio antrópico (el observador que crea lo observado), sino desde el puramente empírico.
    Bueno, son temas muy interesantes y te agradezco tus comentarios tan estimulantes. Espero que disculpes el que no me haya explicado mejor, pero son tantas cosas relacionadas que no acabaría nunca. Mejor ir poco a poco, error tras error hasta la confusión final :)

  5. Esto me recuerda al juego en que se tiran fichas y caen rebotando en pivotes, parece imposible predecir en que ranura caerán pero llegan allí por unas leyes físicas inmutables.
    Las leyes tienen que estar tengamos o no la capacidad para explicarlas. Parece que los físicos toman la postura de ¿No podemos, entonces que más da?. Pues no conformarse por si las moscas.

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