La década de la identidad

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Tom Wolfe puso nombres a varias décadas del siglo XX. A los años 70 los llamó «la década del Yo», a los 60 «los años del desmadre». Siguiendo su ejemplo, a los años 10 del siglo XXI podríamos llamarlos «la década de la identidad».

Aunque a primera vista puede parecer que la década del Yo es lo mismo que la década de la identidad, en realidad significa todo lo contrario.

En los años sesenta y setenta (las «décadas púrpura», según Wolfe) existían dos tendencias dominantes. La primera era universalista, que buscaba la unión de toda la humanidad y que promovía su salvación mediante una lucha política en la que todos los seres humanos compartían una identidad común. La segunda era individualista, y sostenía que no se podía salvar a la humanidad a través de la lucha política, sino que la salvación debía comenzar por el individuo y por pequeñas comunidades de personas iluminadas, o al menos capaces de escapar de los prejuicios y represiones de la sociedad; incluidos los prejuicios de quienes preferían la lucha social, que solían tener un pensamiento más conservador de lo que ellos mismos presumían, por ejemplo en asuntos como el sexo.

La caricatura de estas dos tendencias se resumía en dos palabras: los progres y los hippies.

¿Cómo vas a cambiar el mundo si antes no eres capaz de cambiarte a ti mismo?, decían John Lennon, Paul McCartney, Ringo Starr y, especialmente, George Harrison y su gurú, el maharishi. Era una advertencia bastante atinada.

En el bando contrario, los comprometidos con la lucha social respondían: ¿Cómo vas a cambiarte a ti mismo si el mundo no te deja intentarlo? Por ejemplo si has nacido en una familia y en un ambiente que no te permite el acceso a las fuentes de información y de crecimiento personal, a las que sí podían acceder la mayoría de los hippies. Lo que también es bastante cierto.

Esta diferencia entre las dos mentalidades es más o menos la que siempre se ha dado en todas las culturas, civilizaciones y religiones entre los animales sociales y los esteparios, entre lo común y las comunas, entre los confucianistas y los taoístas, entre los aristotélicos y los cínicos, entre los budistas del mahayana o Gran Camino y los del hinayana o pequeño camino, entre los monjes eremitas y la Iglesia establecida. Ahora bien, a pesar de su diferencia esencial, casi todos ellos, y también las dos tendencias de los años 60 y 70, compartían un rasgo común: pensaban que cualquier persona podía participar en ese tarea de salvación individual, comunal o social, sin distinción de sexo, etnia, territorio, características o preferencias de cualquier tipo. Todo ello es muy diferente de la tendencia actual, que busca identidades y etiquetas con las que sentirse a salvo.

Continuará…


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