La etiqueta como identidad

La realidad etiquetada

Tras la marea identitaria de la década de los años 10, cualquiera habría pensado que ya habíamos tenido bastante, pero los años que estamos viviendo parecen anunciar que la búsqueda obsesiva de la identidad va a agravar en los años 20, que tal vez la década de los 20 acabe mereciendo la denominación de “los años de la etiqueta”. Mejor dicho: “de las etiquetas”.

Porque ahora ya no es suficiente con tener una identidad, sino que empieza a convertirse en obligatorio lucir la etiqueta que proclama esa identidad, y en un lugar bien visible. La etiqueta nos permite re—conocernos, es decir, conocer con toda certeza lo que somos, pero también nos ayuda a reconocer a los que no son como nosotros.

Como ya he señalado, la tendencia individualista o comunal de los años sesenta sin duda tenía rasgos gregarios, puesto todo movimiento, ideología o activismo acaba por adoptar de algún modo lo lo que se ha llamado “sentido de pertenencia de grupo”, pero también estaba cercana al egocentrismo (o al egotismo, que diría Stendhal) y buscaba la autorrealización personal y la vida en una comunidad de personas afines. En ese sentido se opondría a la búsqueda identitaria actual, que lo que pretende es disolver el yo en una esfera habitada por réplicas de mi yo, de mi yo más definitorio, de mi identidad. Ahora parecería como si todos quisieran encontrar a ese doble que aterrorizaba a Baoyu y fundirse con él. La presencia del otro Yo se ha transformado de pesadilla en nirvana. Se quiere encontrar al que es como yo, al menos en los rasgos esenciales, pero no porque ese encuentro con el doble nos conduzca a algún tipo de revelación o aprendizaje, sino por la pura y simple identificación gregaria.

Y en cuanto a la otra gran corriente de los años 60 y 70, la que buscaba la liberación del individuo a través de la liberación de la humanidad, tampoco tiene nada que ver con el ansia identitaria actual, que ya no pretende ser universal, sino solo local, que no aspira a la unidad del género humano, sino más bien a la dispersión en mil y un géneros, ya sean sexuales, políticos, étnicos o incluso generacionales. Se trata de crear identidades, muchas identidades, cuantas más mejor.

A esa tarea de entomólogo se dedican ahora intelectuales y activistas, cada uno en su pequeña área de acción, pero también a menudo alentados por los gobiernos o las instituciones, que quizá consideran preferible disgregar a los individuos en vez de unirlos, aunque, para ser sinceros, desconfío bastate de las teorías que explican los sinsentidos sociales recurriendo a la confabulación de poderes en la sombra. Más bien supongo que la explicación es que unos y otros se realimentan, como en un mecanismo homeostático o cibernético: la búsqueda de identidad hace que las instituciones reparen en esa obsesión y, a su vez, esa atención de las instituciones refuerza la búsqueda identitaria.

Continuará…


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