La igualdad grupal

La realidad etiquetada

La primera cosa que advertimos, si examinamos con algo de atención la moderna obsesión por la identidad, es que el ansia por adquirir una identidad compartida no significa ni mucho menos que se busque la comunión con la humanidad, y tampoco que se busque reivindicar rasgos personales o individuales. La obsesión identitaria, como ya hemos visto, se sitúa muy lejos del individualismo y el universalismo, pero no a una equilibrada distancia y en un moderado término medio, sino igual de infinitamente distante de ambas posibilidades.

No se busca la realización personal mediante el elogio de lo individual, pero tampoco se persigue la universalidad, sino que lo que se pretende es delimitar un territorio de fronteras bien definidas, en el que convivir con los iguales. Para los amantes de la etiqueta, lo único que cuenta es la comunidad o el grupo compuesto por quienes comparten la misma identidad y que lucen la misma etiqueta, aquellos que opinan lo mismo en todo lo fundamental y que rechazan cualquier opinión discordante.

A los que elogian lo individual, los etiquetadores les dicen que son demasiado individualistas, y por tanto egoístas e insolidarios, mientras que a los que defienden el universalismo les acusan de haber roto los lazos con su comunidad y su grupo, o les reprochan que hablen desde una posición de privilegio que les hace olvidar a todos los que no gozan de esas ventajas. Los y las policías del pensamiento, que empiezan a proliferar por todas partes, pueden perseguir con el mismo ardor a la cantante Rosalia por apropiarse de la que se supone que no es su cultura, como a la política francesa Rachida Dati, por no encarnar de manera conveniente a la cultura que supuestamente debe representar (su padre es marroquí, su madre argelina). A Dati siempre le están recordando sus orígenes y regañándola por no cumplir con las expectativas a las que debe ajustarse una mujer de origen magrebí. En una ocasión, una periodista le preguntó: «Cuando a usted le reprochan que se vista demasiado bien, ¿no están reprochándole traicionar su condición?». Dati le preguntó a la periodista cuál iba a ser la próxima pregunta: «¿Tal vez si iba demasiado limpia y aseada por proceder de la clase social de la que procedía?».

Con la identidad del siglo XXI se hace realidad aquella célebre frase que afirmaba que todos somos iguales… pero unos más iguales que otros. Más que invitar a sumergirse en el océano universal o a nadar en un lago de aguas tranquilas, la búsqueda de la identidad actual se puede comparar con construir una embarcación, ni muy grande ni muy pequeña, en la que navegar a gusto con los que son como tú. Un barco diferente y separado de los otros barcos que navegan por ese mar universal, en el que nadie quiere zambullirse, no vaya a ser que se disuelva en él la identidad tan duramente ganada.

Continuará…


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