La música de la tierra

Lectura del Zhuangzi /13

En Los soplos de la voz prometí una interpretación de las opiniones de Zhuangzi acerca del lenguaje, interpretación que no he encontrado en ningún comentador, quizá porque la mayoría de los comentadores no se aventuran a discutir con nuestro querido amigo Zhuangzi. Hay que recordar, no obstante, que un excesivo respeto hacia un autor es tal vez una de las formas del desprecio.

Tanto en aquel lugar como en otro anterior (Palabras en el viento) surgieron ciertas dudas acerca de si el maestro Zhuang pretendía criticar el lenguaje cuando lo compara con el viento. Dice que las «palabras no son como el viento», una expresión que nos hace recordar el dicho latino Scripta manent verba volant («Lo escrito permanece, lo hablado vuela»). ¿Está diciendo Zhuangzi que las palabras no desaparecen sin más, como sí lo hace el viento que viene y que va? ¿Esta diciendo que las palabras permanecen, que no son volanderas o volátiles?

Iñaki Preciado Ydoeta opina lo contrario: la frase podría ser un elogio, pero no de las palabras, sino del viento. Para Zhuangzi el viento no sería eso que solemos entender: una brisa, aire o tempestad que sopla sin sentido y sin significado. Podría ser algo superior y más importante.

Para buscar la solución a este este enigma debemos retroceder un poco en nuestra lectura.

En los comienzos del libro segundo del Zhuangzi conocimos a un personaje llamado Ziqi de Nanguo (ver La música del cielo), que decía que el viento habla a través de las oquedades de la tierra. Ziqi parecía capaz de entrar en un trance místico y entrar en comunión con la naturaleza. Cuando su amigo Yangcheng Ziyou le pregunta qué le sucede en esos momentos en los que parece «un tronco seco» sin conciencia, Ziqi le responde:

«¿Sabes? Hace un momento he perdido mi yo.
Aunque oigas la música de los hombres,
no oyes la música de la tierra.
Aunque oigas la música de la tierra,
no oyes la música del cielo».

Su amigo le pregunta entonces qué músicas son esas, las de la tierra y el cielo:

«Viento es lo que exhala la Tierra respirando
-dijo Ziqi-. Inmóvil hasta que se levantan
y braman con furia todas las oquedades.
Allí, en las montañas,
en los bosques profundos,
las hendiduras de los gigantescos troncos
son como narices, bocas, orejas,
muescas, tazas, morteros,
hoyos y hondonadas: todos ellos
susurran, silban, chillan,
sollozan, rugen, vociferan.
Unos llaman y otros son eco.
Unos son dulce brisa, otros
huracán desaforado.

 

Cuando el viento poderoso se detiene,
las oquedades se vacían de silencio.

¿No has visto tú la danza última
de las hojas, de las ramas
el último temblor?» 

Podemos entender este pasaje de muchas maneras. Hay quien dice, entre ellos Liliana Chaves, que Zhuangzi o Ziqi de Nanguo piensan que la tierra es un ser vivo dotado de conciencia:

«Creo entender que la tierra para el divino Zhuang es un ser viviente y por lo tanto es conciencia».

El traductor del Zhuangzi Carmelo Elorduy cita a un comentarista chino de la dinastía Tang, Cheng Xuanying que identifica a la Tierra («la Gran Masa») con el Creador, o bien con la naturaleza o el Universo. Elorduy nos recuerda, además, otro pasaje del Zhuangzi en el que se dice «La Gran Masa me ha cargado con mi cuerpo» (cap.6), y compara esta concepción con la de algunos filósofos griegos, como Anaximandro o Anaxímenes, que hablaban de la respiración de la tierra, y con otros que consideraban que la Tierra era un animal viviente, dotado de «un Alma Universal».

Quizá sea oportuno mencionar aquí el zumbido (the hum) de la Tierra, del que empezó a hablarse mucho durante los años 80 y que nos recuerda esa música de la tierra de la que nos habla Zhuang. Aquí lo puedes escuchar (son 12 horas, así que no lo escuches hasta el final):

Algunas personas dijeron que escuchaban un sonido, que parecía emitir el planeta, un ruido semejante a motores de camiones en la distancia. Aunque parece que solo personas de oído extremadamente sensible podían escucharlo, los investigadores lograron captar en 1989 un zumbido terrestre. Después de muchas investigaciones, hacia el 2008 se pudo establecer con bastante seguridad que esa música o zumbido de la Tierra se debía al movimiento de las olas profundas sobre el fondo marino y a la colisión de las olas entre sí y su golpear contra la costa oeste de Estados Unidos y de Europa. Pero probablemente no es este sonido al que se refiere Zhuangzi, al hablar de la música que el viento produce al atravesar «las oquedades de la tierra».

Se detectan menos vibraciones en el planeta. Fuente

Curiosamente, ahora en 2020, debido al aislaamiento humano en tiempos de coronavirus, los sismólogos han logrado captar sonidos del planeta a los que era difícil acceder debido al ruido que produce la civilización. Los datos obtenidos en estos días podrían ser muy útiles para detectar futuros temblores de tierra.

Sea como sea, Ziqi habla de la música de los hombres, de la música de la Tierra y de la música del Cielo como tres cosas diferenciadas:

«La música del Cielo 
¿de dónde viene ese soplo múltiple y plural
que penetra en cada cosa
y que cada cosa inhala por sí misma?».

¿Qué músicas son estas? ¿Por qué si escuchas la música de la tierra no puedes escuchar la de la tierra y si escuchas la de la tierra no puedes escuchar la del Cielo?

Es un asunto complejo que ha sido interpretado de muy diversas formas, según las preferencias de cada lector.

El comentarista de la dinastía Tang del que habla Carmelo Elorduy, Cheng Xuanying (fl. 631-652), era budista, o al menos estaba muy influido por el budismo que había llegado a China unos siglos antes. Ese budismo indio cuando llegó a China encontró muchas semejanzas con el taoísmo, con el que a veces se fusionó o cohabitó. De la mezcla de la escuela dhyana del budismo con tradiciones chinas taoístas nació el Chan, que tiempo después evolucionó en Japón para convertirse en el zen.

En cuanto al propio Carmelo Elorduy, que fue un extraordinario sinólogo pionero, era jesuita y creía en el dios cristiano.

Por mi parte, para ser justos en esta mención de los condicionantes que afectan a cada comentador del Zhuangzi, yo soy ateo y materialista, si es que esas palabras significan algo muy definido, más allá de la desconfianza en la existencia en los dioses y los espíritus imaginados por las diversas culturas y religiones.

Cada uno de nosotros, taoístas, cristianos, budistas, ateos o agnósticos queremos apropiarnos de las bellezas y de la inteligencia del Zhuangzi y eso nos puede hacer ver tan solo lo que queremos ver y no prestar atención a lo que no nos  gusta de los deliciosos pasajes de este libro incomparable. Por fortuna, Zhuangzi, como Shakespeare, se escapa de todas las redes que le lanzamos los interpretadores, y está bien que así suceda, porque los libros con un único significado son poca cosa. Aunque es mi intención en esta lectura del Zhuangzi intentar mirar incluso lo que no quiero ver y dejar hablar a Zhuang (y a otros posibles autores del libro), de vez en cuando ofrezco mi propia interpretación, sabiendo que es completamente personal y subjetiva, pero respetando unas reglas para leer textos filosóficos que me impuse a mí mismo hace muchos años, y que puedes leer aquí: Reglas para leer textos de filosofía.

Vuelvo ahora al Zhuangzi y limito mi comentario a un objetivo modesto acerca del lenguaje y la música del cielo y de la tierra, dejando para más adelante las discusiones acerca de un Creador o una interpretación monista o panteísta de la naturaleza y el universo.

Words are wind, por Fiona Reeves

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continuará

 


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