La peste en Atenas

|| Tucídides y la democracia /28

Ahora en 2020, en tiempos del coronavirus, retomo la publicación de esta investigación (eso es lo que significa historia) que hice para mi amigo Marcos Méndez Filesi, y la casualidad quiere que la narración continúe tras la muerte de Pericles a causa de la terrible peste que acabó con un tercio de la población de Atenas y que determinó el curso de la guerra, y que también probablemente significó, aunque no de manera inmediata, el final de la democracia en el mundo antiguo. No es mi intención establecer una analogía entre aquellos y estos tiempos, sino que tan solo señalo aquí esas similitudes, que espero no se completen. Recojo ahora, por su interés con el tiempo presente, lo que nos dice Tucídides acerca de esa epidemia.

La misteriosa epidemia comenzó en el segundo año de la guerra, durante el verano. Al parecer, ya había habido casos en la isla de Lemnos y en otros lugares, «aunque no se recordaba que se hubiera producido en ningún sitio una peste tan terrible y una tal pérdida de vidas humanas». Los médicos no sabían cómo hacer frente a la enfermedad, que era completamente desconocida, y ellos mismos fueron sus primeras víctimas, «por cuanto eran los que más se acercaban a los enfermos».

La peste de Atenas, de Michael Sweerts (c.1652-1654)

William Mac Arthur sugirió que esta enfermedad solo podía ser el tifus, por ser la enfermedad que con más justicia recibe el apelativo de morbus medicorum (matamédicos). Supongo que en la actualidad muchos habrán empezado a sospechar si no se trataría de una enfermedad parecida al sars o a su variante, el coronavirus. Pero ya veremos que los síntomas de la enfermedad no parecen coincidir.

Como sucede en cualquier momento y como sucede incluso ahora, muchos creyeron que había algún modo mágico o religioso de combatir la enfermedad. En vano:

«Elevaron, asimismo, súplicas en los templos, consultaron a los oráculos y recurrieron a otras prácticas semejantes; todo resultó inútil, y acabaron por renunciar a estos recursos vencidos por el mal».

En cuanto al foco original de la enfermedad, Tucídides dice que probablemente se originó en Etiopía y que de allí pasó a Egipto y Libia y los territorios persas. Después, de algún modo, probablemente por los barcos que atracaban en el puerto de El Pireo, llegó a Atenas. El origen en Etiopía ha hecho pensar a otros expertos que se trataba de viruela, enfermedad endémica en África. Y, por supuesto, no faltaron teorías conspirativas como las de ahora, como las que acusaron a los espartanos de haber envenenado los pozos.

Los síntomas

Tucídides, que fue infectado y sobrevivió  a la enfermedad, describe los síntomas, imitando el proceder de los médicos hipocráticos, a los que, como se ha señalado a menudo, no solo admira, sino que en cierto modo imita, al intentar escribir su historia de la guerra al estilo de los médicos, pues ellos eran en aquel momento quienes mejores métodos empleaban para observar la realidad, en este caso al enfermo. Mediante el reconocimiento y el testimonio del propio enfermo, el médico hacía la prognosis o pronóstico, conectando el pasado de la enfermedad (anamnesis) con su futuro (logismos) En la prognosis se incluye el diagnóstico. Es decir, se deducía el pasado y el futuro a partir de la observación de lo presente.

Hipócrates salvando a los atenienses de la plaga

Los síntomas de la peste o plaga eran los siguientes: se iniciaba con una intensa sensación de calor en la cabeza y un enrojecimiento e inflamación en los ojos, la faringe y la lengua quedaban enseguida inyectadas en sangre y la respiración se volvía irregular y despedía un aliento fétido. Después venían los estornudos y la ronquera y  la enfermedad bajaba al pecho, desencadenándose una tos violenta. Tras esto, atacaba al estómago y venían los vómitos, bilis y un malestar terrible, además de arcadas sin vómito. Lo curioso es que el cuerpo por fuera no estaba excesivamente caliente ni amarillento, sino rojizo, cárdeno, acompañado de ampollas y úlceras. Sin embargo, por dentro el cuerpo ardía y los enfermos no podían soportar el contacto de la tela más delicada, y con gusto se lanzaban al agua helada si no los retenían. Solían morir a los nueve o a los siete días. En fin, si sobrevivían, sus males todavía continuaban.

Algunos de estos síntomas, como la necesidad de lanzarse al agua fresca y beber, han hecho pensar en el sarampión, mientras que el hecho de que lo enfermos pese a todo no quedaran postrados y conservaran fuerzas ha hecho que se descartara la viruela.

Finalmente, muchos se salvaban pero perdían los extremos de las manos, de los pies, los genitales e incluso los ojos, consecuencias que se pueden dar con el tifus. Otros perdían por completo la memoria y caían en una amnesia total.

Un asunto que le llamó mucho la atención es que los animales que comían carne humana , «aves y cuadrúpedos», se alejaban de los enfermos y si los probaban perecían, en especial los perros. Eso sí, una vez curados, los enfermos no contraían de nuevo la enfermedad, o al menos existía un alto grado de inmunización, y solían presentarse como voluntarios para atender a los enfermos.

La descripción de los enfermos y muertos por las calles de Atenas ha inspirado muchos cuadros a lo largo de la historia:

«cuerpos de moribundos yacían unos sobre otros, y personas medio muertas se arrastraban por las calles y alrededor de todas las fuentes movidos por su deseo de agua. Los santuarios en los que se habían instalado estaban llenos de cadáveres, pues morían allí mismo; y es que ante la extrema violencia del mal, los hombres, sin saber lo que sería de ellos, se dieron al menosprecio tanto de lo divino como de lo humano».

Tucídides también menciona un verso que todos recordaban:

«Vendrá una guerra doria y con ella una peste».

Esta supuesta profecía, cuya procedencia los anotadores por desgracia no aclaran es comentada con ingenio y sensatez por Tucídides, quien dice que al parecer en el verso original no se decía «peste» sino «hambre»:

«En aquellas circunstancias venció, naturalmente, la opinión de que se había  dicho «peste»; la gente, en efecto, acomodaba su memoria al azote que padecía. Y sospecho que si después de ésta un día estalla otra guerra doria y sobreviene el hambre, recitarán el verso con toda probabilidad en este sentido».

Más adelante se hablará del más ilustre de los muertos a causa de esta terrible peste: Pericles.

continuará


[Escrito hacia 1991. Esta entrada no figuraba en el trabajo original y ha sido escrita entera en 2020]

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