La suavidad de las costumbres

Enrique José Varona, un filósofo cubano que vivió entre 1849 y 1933, decía:

  “El hombre no se moraliza con mandatos; suavícese el medio natural y social en que se desenvuelve y se suavizarán sus costumbres, y su inteligencia será el reflejo de esos sentimientos más humanos y por consiguiente más morales”.

Esto es tan cierto, creo yo, que hay que evitar siempre que se pueda el ejemplo brutal y asocial: la guerra, la disputa enconada y sangrante, la descalificación del adversario como persona o como ser humano, no sólo por lo que de malo tienen en sí tales cosas, sino por el peligro de que sean imitadas.

La primera Guerra Mundial, aquella guerra que iba a acabar con todas las guerras, rompió todos los tabúes que la sociedad europea había ido adquiriendo con gran esfuerzo, y volvió a poner la violencia en primer plano político. Seguramente fue la influencia determinante que hizo que el movimiento obrero se inclinase de una manera lamentable hacia la violencia y la revolución violenta. Y también fue el ejemplo que permitió el surgimiento del fascismo y del nazismo. En vez de apartarse horrorizados del infierno de esa guerra, los seres humanos parecieron quedar fascinados. La violencia llama a la violencia.

Tenemos ejemplos más recientes: el terrorismo islámico despertó la violencia imperial de Estados Unidos, que a su vez alentó de nuevo el terrorismo. Las guerras y el terrorismo contra Israel provocan la represión bárbara israelí, que a su vez realimenta el criminal terrorismo palestino, que a su vez realimenta los métodos brutales y asesinos de Israel. Al final ya nadie se acuerda de cuál es la causa y cuál el efecto y lo más probable es que sea imposible saberlo con precisión, pero la violencia continúa sin fin.

Vuelvo a Varona.

Creo que, como él dice, hay muchos aspectos brutales en la cultura que se van corrigiendo a medida que se suavizan las costumbres. Un ejemplo es el de cómo la gente del campo trataba a los animales. Frente a la idealización de la sensibilidad del hombre primitivo, del “buen salvaje” y del hombre de campo, la realidad suele ser muy diferente y la insensibilidad que muestran hacia los animales puede llegar a resultarnos incomprensible y bárbara: les importa o importaba bien poco el sufrimiento de los animales, porque para ellos eran tan solo instrumentos.

Del mismo modo, poco a poco se van abandonando costumbres bárbaras en las sociedades desarrolladas. Espero que la próxima sea la de la fiesta de los toros. Cualquiera que esté en contra de esta ceremonia cruel sabe que es muy difícil convencer a sus partidarios, pues esgrimen mil y una razones cuidadosamente elaboradas a lo largo de decenios de dialéctica: tradición, supervivencia del toro de lidia, arte… Razones similares se utilizaron para justificar el esclavismo, las luchas de gladiadores o los castrati.

Los castrati eran muchachos a los que se castraba para que en la adolescencia no cambiaran la voz y unieran a la clara voz infantil el dominio de la técnica de un adulto y su control. Ahora, con toda razón, nos parece que esta práctica es una barbarie que no se puede permitir. Existe una grabación del último castrato, Alessandro Moreschi, al que encontraron unos periodistas de la BBC en el Vaticano cuando iban a entrevistar a Pio X, creo. Era un hombre ya mayor, pero conservaba algo de aquella extraña voz que fue considerada la más excelsa, por encima de la de contratenor y la de tenor.

Los castrati habían sido por lo general chicos pobres del sur de Italia, que estaban condenados a una vida miserable, de la que escapaban gracias a ser castrados. Se consideraban a sí mismos unos privilegiados, como puede verse en las Memorias de Casanova (que se enamoró de uno de ellos) y en la película Farinelli. La castración, por tanto, sacaba a estos niños, de la pobreza y se sabe, además, que si la operación se hacía con atención podían conservar la virilidad, aunque no la capacidad de procrear. A pesar de ello, con horror y con razón, nos alejamos siquiera de plantear ahora esa posibilidad. Sin embargo, todavía muchos aceptan argumentos a favor de la fiesta de los toros, razones que ocultan el horror que significa que allí, en la plaza, haya un animal al que están martirizando, mientras que nosotros, en vez de reaccionar o vomitar, contemplamos ese espectáculo e incluso somos capaces de disfrutar de ello.

Goya mostró que no sólo los toros sufrían la fiesta, sino también los caballos

La fiesta de los toros, que antes se practicaba en muchos países de Europa, como Inglaterra, fue prohibida a medida que las costumbres se fueron suavizando. Tal vez el aislamiento de España impidió que aquí también fuesen prohibidas, pues durante la República las ideas antitaurinas avanzaban rápidamente. Lamentablemente, también en los toros, todavía somos hijos de la dictadura franquista y de su rancia brutalidad, que hizo de este rito una de sus señas de identidad.


[Escrito el 9 de julio de 2004]


ÉTICA, SOCIEDAD Y COSTUMBRES

[Se incluyen temas como “optimismo y pesimismo”, virtudes y defectos”, etc]

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