Los espejos de Shanghai

La realidad etiquetada

En casi todas las culturas se ha dado siempre mucha importancia a la diferencia entre lo masculino y lo femenino. En las definiciones de los principios chinos del yin y del yang, una de ellas es que el yin representa lo femenino y el yang lo masculino.

línea femenina

línea masculina

En el también chino oráculo del Yijing (I Ching) las líneas cortadas son femeninas y las continuas masculinas, probablemente por una fácil identificación entre los órganos genitales del macho y los de la hembra. Los chinos de la época zhou (y quizá también los de la época shang anterior) se anticiparon en tres o cuatro mil años a Sigmund Freud, que estaba obsesionado por encontrar falos o vaginas en todas partes:

“La fusta, el bastón, la pica y otros muchos objetos de este género son corrientes símbolos fálicos”.

“En los sueños de los hombres encontramos muchas veces la corbata como símbolo del pene, no sólo por colgar por delante y ser prenda característica del hombre, sino porqu e puede ser elegida a capricho, cosa que la naturaleza no nos permite hacer con respecto al miembro simbolizado”.

“símbolos de los genitales femeninos… huecos (estuches, cajas, cajones, etc.)”

Freud, que siempre llevaba un puro en la mano, tuvo que luchar contra sus propios discípulos interpretadores y en una ocasión, cuando le llamaron la atención acerca del símbolo fálico que sostenía en la mano, respondió enfurecido: “A veces un puro es sólo un puro”.

También en la cultura judeo-cristiana-islámica encontramos la férrea distinción entre la mujer y el hombre, que ya en el Paraíso muestran sus cualidades, siendo la de la mujer la de la curiosidad inmoderada, que lleva a la perdición a la especie humana y que nos condena por culpa del pecado de nuestra primera madre. Algo semejante ocurre cuando la también curiosa Pandora abre la caja de los bienes y los deja escapar (según otras versiones, la caja contenía los males).

La unanimidad que encontramos en casi todas las culturas acerca de los dos principios opuestos de lo femenino y lo masculino, es obvio que nos está indicando algo, y que sería un error pasar por alto tanta insistencia. Podemos atribuir la distinción al dominio de los varones y al sometimiento de las mujeres, o podemos considerar que ese dominio nace a partir de la diferencia biológica entre los dos sexos, o en la observación de ciertas particularidades, como que sólo uno de los dos sexos tiene la capacidad de albergar una nueva vida.

Es cierto que la unanimidad de las culturas al enfrentarse a una situación psicológica, social o biológica nos dice algo, aunque el problema es que no nos lo dice con toda la claridad deseable. Y por otra parte, y quizá más importante, incluso aunque aceptáramos que existen diferencias biológicas o naturales entre hombres y mujeres, eso no implica de ninguna manera que esas diferencias se deban mantener, potenciar o estimular en el seno de una sociedad que intenta ir más allá de los impulsos y las limitaciones que la biología parece indicarnos. Hay que recordar que también es un asunto unánime en casi todas las culturas la guerra, el conflicto violento y la agresión, pero no por ello nos resignamos a aceptar tales cosas como inevitables, y mucho menos como deseables o recomendables.

De lo que no cabe duda es de que esa unanimidad en la distinción férrea entre lo masculino y lo femenino ha llevado de manera casi universal a la discriminación de la mujer, al desprecio de lo femenino, a la consideración de la mujer como un ente de categoría inferior al varón, y a que se prohibiera o no se estimulara a las mujeres, para que se desarrollaran como individuos y alcanzara un pleno desarrollo personal, social e intelectual. Así ha sucedido en China, en la India y en las civilizaciones cristianas, musulmanas y judías, pero también, por lo que sabemos, en casi todas las culturas antiguas o modernas, primitivas o desarrolladas. El cambio más significativo y casi inédito e inaudito en toda la historia de la humanidad (aunque algunos y algunas parezcan empeñados en negarlo) se ha producido en los últimos cuarenta o cincuenta años, aunque su origen se remonta a la segunda mitad del siglo XIX.

Es cierto que hay quienes dicen que existió un matriarcado primitivo, pero lo cierto es que no tenemos por el momento ninguna prueba decisiva de que haya sido así, más allá de ciertas comunidades muy concretas y muy limitadas. Por otra parte, la existencia del matriarcado no implica que la distinción obsesiva entre lo masculino y lo femenino no existiera (más bien parecería confirmar esa obsesión dualista), y tampoco que se tratara de una sociedad más justa, tanto para los varones como para las mujeres.

El contrato sexual, de Carole Pateman

Otros avispados intérpretes nos recuerdan que en el símbolo del yin y el yang los opuestos no lo son de manera absoluta, puesto que en el yin hay un poco de yang y en el yang hay un poco de yin, como se puede observar con claridad en la bandera coreana. De acuerdo, es una bonita interpretación, pero si examinamos la historia de China y de las otras culturas que han usado este símbolo, descubriremos que esa contaminación de los opuestos no se ha traducido en ninguna mejora en el respeto a las mujeres, que como bien señala Carole Pateman en El contrato sexual, ha sido muy semejante y a menudo idéntica a la de un esclavo (una esclava, en este caso). Ya lo dijeron John Stuart Mill y Harriet Taylor en su libro, de elocuente título, The subjection of Women, que puede traducirse por La sujeción/la esclavitud/el sometimiento de las mujeres).

John Stuart Mill apartando a los varones para que dejen pasar a las sufragistas

El sometimiento de las mujeres

Pues bien, cuando parecía que por fin nos íbamos a librar de esas dos férreas identidades que eran lo masculino y lo femenino, impuestas durante siglos por las sociedades represoras que trasladaban de manera simplista lo biológico al terreno de la vida social y psicológica, descubrimos que las identidades no se han disuelto, sino que se han multiplicado.

Nos encontramos ahora ante una nueva pesadilla multiplicadora, que no es la del espejo o la del agua del lago que devuelve su imagen a Narciso, sino que se trata más bien de una inmensa galería de espejos en los que se multiplica nuestra imagen, algo así como aquella galería de espejos de feria  que Orson Welles mostró en el desenlace de La Dama de Shanghai, cuando los personajes se ven una y otra repetidos decenas de veces y ya no saben a qué imagen deben disparar.

Ya no nos miramos de manera obsesiva en un espejo buscando nuestra identidad, o en un símbolo del yin-yang que nos recuerda opuestos simples como lo negro y lo blanco, lo femenino y lo masculino, la fuerza y la debilidad, sino que nos miramos en decenas de espejos. Cada vez son más quienes dedican sus mejores esfuerzos no a disolver o atenuar el peso de las identidades que nos han definido y encerrado durante siglos en compartimentos definidos, sino a multiplicarlas, a re-definirnos de esta o de aquella manera, inventando mil y una identidades, para que cada uno y cada una sepa a qué celda exacta pertenece. Todo esto nos lleva no a rebajar la obsesión por las clasificaciones sino a reforzarla.

Chesterton decía que en el siglo XX se había dejado de creer en Dios, pero no para no creer en nada, sino para creer en todo. Lo mismo sucede en el siglo XXI con la identidad: se ha dejado de creer en las identidades tradicionales (o eso parece a primera vista) pero a cambio se ha empezado a creer en decenas de identidades.

El verbo fundamental aquí es «creer». Hay que creer en algo. Y si los grandes proyectos universales nos fatigan o nos parecen antiguos (modernos en vez de posmodernos), ¿por qué no creer en una pequeña comunidad de élite a la que no puede pertenecer todo el mundo, en la que compartimos una misma identidad ajena a las otras?

Con verdadero entusiasmo, los rastreadores de la identidad se han puesto a cartografiar el mundo, como en el siglo XIX lo hicieron los ingleses para hacerse con el dominio de Asia Central, y buscan identidades definidas en cualquier asunto imaginable : en el sexo, en el género y en los gustos sexuales (hetero, lesbiana, gay, bisexual, asexual, trans, detrans, no binario), en las naciones con o sin estado (húngaro, polaco, catalán, vasco), en las aficiones más inocentes (nerd, friki, hipster), en el año en el que uno ha nacido (milenials, centenials, babyboomer o boomers), en la etnia o cultura (negro, mulato, latino, inca, mexica, catalán, polaco, magiar). Algunas de estas etiquetas caen desde el cielo de las ideas sobre las cabezas de sus desdichados propietarios, que de pronto descubren que les han encasillado en una cosa u otra y que, por ejemplo, les persiguen hasta el exterminio por culpa de un etiqueta, como a los rohingas de Myanmar, pero otras muchas etiquetas son adoptadas con entusiasmo por personas que parecen tener en sus manos la máquina etiquetadora de los supermercados: ellos mismos se colocan la etiqueta que les sitúa en el estante que les corresponde en el gran supermercado de la vida social.

Continuará


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