Manifiesto contra los mundos posibles

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La humanidad siempre ha tenido la asombrosa capacidad de convertir los paraísos en infiernos y los remedios en enfermedades; la droga, decía Seingalt, es medicina en manos del sabio y veneno en las del necio. Vemos una y otra vez los buenos propósitos empedrando el camino que lleva al infierno, los sueños que se convierten en pesadillas (el sueño de la razón produce monstruos) y las utopías que devienen cárceles. Un mundo feliz se convierte en el peor de los mundos posibles y la felicidad en un instrumento para la represión, la ceguera y la guerra entre unos y otros.

Los seres humanos lo imitan todo, pero inclinándose siempre hacia el mal, el hombre es un lobo para el hombre, pues no somos como mansos corderos sino como fieros tigres. El arte también es imitación de la vida, pero empieza copiando lo más hermoso y acaba reproduciendo tan sólo el horror, así que no es extraño que también la vida imite las peores creaciones del arte y  que Stalin lleve a la práctica la premonición de Orwell en 1948. Podemos elegir entre ascender hacia los ángeles o descender hacia las bestias, pero somos peores que los animales salvajes y carecemos de las virtudes de las criaturas celestes.

Al ver a los buitres devorando los restos del carnaval, a los amigos que se convierten en verdugos de quienes aman, a las víctimas extender sumisas el cuello, al observar que la amistad entre las naciones aumenta con la distancia y que entre vecinos el desprecio, el odio y la guerra son la norma, al ver que quien hoy te salva mañana te condena, al contemplar el triste espectáculo de dos amantes que al separarse convierten el amor en odio, al advertir que la ciencia es un laboratorio para la devastación, el crimen y la explotación, al descubrir que el derecho a una muerte digna es la excusa para el asesinato de los pobres, al constatar que la tecnología no ayuda a la humanidad sino que es su peor enemigo, al contemplar toda esa suma de muerte, pobreza, abandono, alienación, cobardía, traición, fingimiento y falsedad, al ver todo esto, lo más natural es querer escapar.

Escapar, salvarse, emigrar, buscar otro mundo, salir de la cueva platónica o agustina, huir de la prisión que es el sueño de la vida, saltar a otro plano de existencia, elevarse desde el mundo de una dimensión a otro de dos, pero únicamente para descubrir que tan sólo se multiplica el sufrimiento, el abuso, que se refinan los métodos de tortura, que el dolor se duplica y hay que escapar de nuevo: tres, cuatro dimensiones, dolor infinito en todas direcciones.

Porque todo es igual en todas partes, como dijo Arlequín y nos confirman las leyes de todas las físicas, la relativista, la newtoniana revisada, la semiofísica de Aristóteles, la mecánica cuántica: miles de universos paralelos multiplicando el dolor. Millones de átomos entre los dos abismos de Pascal, entre el infinito de lo grande y el de lo pequeño: la misma calavera reflejada en las infinitas mónadas leibnicianas.

Y no hay escapatoria, no hay refugio, no existe un lugar apartado del ruido y la furia, una isla en la que nacer de nuevo como Robinsón o Andrenio, una Luna habitada como la de Cyrano o la de Luciano, una Atlántida platónica o baconiana, el interior de la Tierra de Verne o Casanova, un Erewhon en el que destruyen las máquinas cuando descubren que se han convertido en sus esclavos, el país de Nuncajamás, América o la tierra de los bienaventurados, la Ciudad del Sol o la de Dios, una comarca poblada por salvajes inocentes, por taoístas puros, por comunistas sin propiedad privada, por cristianos verdaderos.

Nada de todo eso existe o ha existido, porque también esos mundos ficticios son provincias del horror, habitadas por ángeles o demonios lobotomizados. Felicidad a granel para todos con la única condición de no pensar.

Pero, si de eso se trata, no hace falta viajar a Utopía, a Ucronía, a todo lo que puede ser y no es, al millón de mundos imaginarios. Quédate en nuestro pequeño mundo y ponle una cremallera a tu cerebro. No dejes que salgan las ideas, no pienses, no sientas con verdad, no tengas emociones que cuestionen lo establecido, la construcción social de la realidad aceptada y certificada en las urnas o en las espadas, en la punta de las bayonetas o en el estruendo de los cañones. Sé feliz como nosotros y no busques más, no busques otra cosa. Libertad, ¿libertad para qué? Libertad para hacer lo que hay que hacer, lo que el Estado dice que hay que hacer, la libertad hegeliana, la libertad para obedecer los dictados del Partido, la libertad marxista-leninista, la libertad para que los más ricos puedan ser libres para matarte de hambre. Sonríe mientras agonizas.

Y ahora, por fin, algo todavía mejor: la utopía convertida en realidad, una utopía doméstica, la utopía hecha a la medida de cada cual. ¿No puedes entenderte con tus semejantes, con tus amigos, con tu novio, con tus vecinos? ¿Desearías matar a tu familia y a tu jefe? ¿Renunciarías a ser feliz con tal de que ellos tampoco lo fueran? ¿Quieres una felicidad privada? ¿Una isla para ti solo? ¿Un lugar en el que todo suceda a tu antojo, en el que no tengas que dar explicaciones a nadie, en el que tú seas el legislador, el juez y todas las partes implicadas? ¿Es eso lo que quieres, lo que deseas, lo que has estado anhelando toda tu vida?

Eres afortunado, has heredado un mundo, te ha tocado la lotería, te ha llovido maná del cielo, porque ya está aquí. Ayer tuviste un sueño y hoy se ha cumplido. Ya ha llegado, está a tu alcance, lo tienes en la palma de la mano. Es barato y efectivo, funciona las
veinticuatro horas del día de los doce meses de todos los años de tu vida. Un mundo creado exclusivamente para ti, diseñado en todos sus detalles tan sólo para ti, sin aristas, sin problemas, sin nada que te pueda molestar, aleluya por ti porque puedes tener todo lo que tú quieras, todo lo que te gusta: mujeres, hombres, animales, coches, grandes ciudades, campos inmensos, hoteles de diecisiete estrellas, restaurantes de cuarenta tenedores, mansiones victorianas con chimeneas y caballerizas, conversaciones interesantes, sexo a todas horas. Todo lo que tú quieras. Todo, absolutamente todo. Ahora puedes cambiar el presente y el pasado, hacerlos a tu medida. ¿Quisieras que Shakespeare hubiera escrito el Quijote, que Trotsky no hubiese asesinado a Stalin o que Alejandro Magno hubiese conquistado China? ¿Te gustaría que Inglaterra no hubiera sido nazi o que Julio César nunca hubiese sido emperador? Puedes tenerlo todo: un pasado a tu medida y un presente a tu antojo.

Vamos, amigo, compañero, hermano, primo, vecino, ciudadano, compadre, conéctate, enchufa tu alma a la utopía, deja que por tus venas circule el fluido eléctrico de los sueños, convierte tus deseos en realidad. Ya no tienes que moverte, no tienes que hacer nada, clava los electrodos en tu blanda masa encefálica y disfruta de una nueva realidad hecha a imagen y semejanza de ti mismo. Un universo nacido de tu mejor paja.

Date prisa, hay pocas plazas. Abandona este mundo superpoblado, huye de las calles saturadas, hazte parte de la máquina y así harás algo por ti y por los demás: desde tu lecho virtual ingresarás en un mundo en el que sobra sitio, en el que podrás moverte, saltar, correr, bailar, conducir un coche a más de cinco kilómetros por hora. No sólo encontrarás la libertad, tú libertad, además harás algo bueno por los demás: les dejarás un poco de sitio a los menos afortunados, a los que no pueden costearse la utopía, a los que no pueden pagar por una mentira tan hermosa. Porque tú ya no eres uno de ellos, ya no vas a necesitar tu coche ni tu casa, ya no te hace falta tu mesa en la oficina, una butaca en las salas de entretenimiento, un banco en el parque, porque a partir de ahora tan sólo ocuparás dos metros por uno. Bienvenido a tu tumba, a la tumba que te dará una nueva vida.


Lee el Comentario de los antólogos del siglo 25 a este Manifiesto


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