Narciso multiplicado

La filosofía de la etiqueta 5

Los antiguos griegos eran muy imaginativos. No solo inventaron muchos de los mitos que todavía nos influyen, y que Sigmund Freud y su discípulo hereje Carl Gustav Jung elevaron (o más bien degradaron) al rango de complejos o arquetipos, sino que, una vez creados esos mitos, los propios griegos los refutaron.

En cada una de las leyendas griegas encontramos alguna variante que la niega. Según algunos mitos, Helena de Esparta se fue a Troya con el bello Paris por su propia voluntad, pero otros piensan que fue raptada a la fuerza, o por la decisión invencible de los dioses o, como nos dice el sofista Gorgias, por el logos, es decir por los discursos seductores del príncipe troyano. Según otras versiones, como la del poeta Estesícoro, Helena ni siquiera estuvo en Troya, sino que su lugar fue ocupado por un fantasma, mientras ella permanecía en Egipto.

Uno de estos mitos cambiantes es el del primer hombre que vivió la presencia de su doble no como una pesadilla, sino como un nirvana. Narciso.

La leyenda cuenta que Narciso se miraba en las aguas quietas de un lago porque estaba enamorado de sí mismo. Siglos después, Freud se abalanzó sobre esa imagen con todo su arsenal psicoanalítico. Sin embargo, existe una variante del mito que nos ofrece una interpretación inesperada y nos revela que Narciso no era narcisista, sino más bien incestuoso. Narciso, nos dice este mito, estaba enamorado de su hermana. Cuando se miraba en el lago, no lo hacía por amor a sí mismo, sino porque le parecía ver en las aguas calmas a su hermana gemela, que se había ahogado tiempo atrás en aquel lugar. El rostro que buscaba no era su reflejo, sino el del cadáver de su hermana, que le miraba bajo las aguas. Podemos suponer que cuando el cadáver se descompuso o quedó cubierto por el limo, Narciso todavía podía adivinar en su propio rostro reflejado el de aquella hermana tan amada, y al mismo tiempo asistir a un anuncio de su propia e inevitable muerte.

Aceptemos, no obstante, el mito en su versión más conocida y pensemos en Narciso como ese hombre que se enamora de su propio reflejo, que siente que no hay nada más interesante en el mundo que contemplar sus propios rasgos, encontrar a alguien como él, alguien que comparta su identidad, aunque a fin de cuentas se trate de un reflejo en las aguas. Aquí la pesadilla del muchacho chino Baoyu que se asustaba ante su doble se convierte en el sueño de felicidad. Las quietas aguas del lago le devuelven su propio rostro al Narciso narcisista. Ese placer es el anticipo y también el símbolo del placer que muchos sentimos al reconocernos, no ya en un espejo, sino en otra persona. En alguien que, siendo otro, es también uno mismo, alguien que a pesar de ser diferente comparte los rasgos esenciales de la identidad. Ya no hace falta mirarse en el lago o llevar un espejo a cuestas, sino que nuestra personalidad se duplica o multiplica en aquellos que son como yo, quizá no en su figura y apariencia, pero sí en las características esenciales con las que he decidido definirme a mí mismo.

No cabe duda de que este deseo de reconocimiento ha sido constante en la historia de la humanidad, y que tal vez está inscrito en nuestra biología, si Richard Dawkins tiene razón cuando en El gen egoísta, explica que los genes son los primeros que quieren duplicarse, multiplicarse y perpetuarse. Pero una cosa es querer parecerse a alguien y otra muy diferente querer parecerse a un grupo, a una identidad gregaria. Es quizá la diferencia entre el pensamiento propio y el instinto.

El sentido de pertenencia a un grupo se encuentra en casi todas las especies animales: en los bancos de peces, en las manadas de lobos, en las piaras de cerdos. Ese sentimiento de pertenencia de grupo llega a su máxima expresión en las abejas, las homigas y el ser humano, que siempre se ha reunido en grupos, familias, clanes, comunidades o naciones, costumbre que no tiene nada malo en sí misma, pero que empieza a ser inquietante cuando la identidad de grupo se alimenta y se sostiene en la no identidad de grupo de los otros, de todos los que no pertenecen al grupo, es decir, cuando se propone una oposición brutal entre ellos y nosotros.

En estos años de la etiqueta que estamos viviendo, que parecen la continuación enloquecida de los años de la identidad, la pasión humana por la pertenencia de grupo ha llegado a su extremo. Buscamos la identidad grupal de manera maniática, compulsiva, de manera mucho más obsesiva que en años anteriores. Y al mismo tiempo, aunque parezca paradójico, se multiplican las identidades, se disgregan los grupos recién formados, se producen constantes escisiones y re-etiquetados.

Continuará…


[1 de agosto de 2020]

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