Nueva visita a la gruta primigenia

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No se puede decir que la búsqueda de la identidad sea un fenómeno nuevo, porque la especie humana siente una indesmayable obsesión por establecer compartimentos estancos en los que habitar junto a los suyos, en aquella mítica cueva primordial en la que protegerse de las fieras del exterior. No cabe duda de que en tiempos lejanos refugiarse en una gruta o cueva podía ser beneficioso para mantenerse a salvo de las fieras, de los caníbales o de los enemigos, pero el problema es que con el tiempo hay que pagar el alquiler por el alojamiento. Los guardianes de las esencias identitarias no trabajan gratis.

Vivir en ese cómodo refugio que son las identidades de familia, grupo o nación supone siempre un pago, a veces en dinero contante y sonante, como descubrieron los emperadores romanos cuando la guardia pretoriana y el ejército les fueron aumentando el peaje por mantenerlos en sus privilegiadas posiciones.

Pero el pago más habitual no consiste en dinero, ni siquiera en obediencia, sino en la renuncia a una de las mejores cualidades de las personas: la de pensar por sí mismas. El individuo que busca su identidad en el espejo de los otros siempre pierde lo mejor que posee, aunque ni siquiera se da cuenta de que lo está perdiendo. Pierde su propia identidad como individuo. Y lo peor es que casi siempre lo hace de manera voluntaria.

A pesar de que hay quienes intentan explicar la transformación aludiendo a malignos monstruos identitarios que se apoderan de las almas desvalidas, más bien sucede que nosotros mismos somos los que buscamos de manera voluntaria la jaula que nos corresponde. A veces incluso la fabricamos con nuestras propias acciones. Debido a los vicios o instintos sociales o culturales de la educación o a las pulsiones de la genética, poseemos un instinto gregario. La necesidad de buscar un grupo al que pertenecer parece un impulso natural al que resulta difícil resistirse, y la única duda suele ser tan solo qué grupo elegir.

Del mismo modo que somos herederos de ciertos instintos de las bestias que hemos sido, que se han conservado en la estructura de nuestro cerebro primitivo o arqueocerebro, a pesar de los cambios evolutivos en la corteza cerebral, también somos herederos de una memoria que no es genética, sino cultural. Casi todos los mitos culturales fueron fabricados hace miles de años pero todavía perviven con inusitada fuerza. Son mitos que se refieren a la fidelidad, a la valentía, a la generosidad, a la solidaridad, a la pertenencia a un grupo. Pero muchas de estas fábulas, bajo su apariencia virtuosa, perpetúan una concepción de la realidad heredada de las sociedades jerárquicas. Y, bajo esa apariencia asociada a la bondad y la justicia, a menudo descubrimos, como en los pueblos inocentes, limpios y decentes que David Lynch imagina en Twin Peaks o en Terciopelo Azul, que debajo todo está podrido.

Continuará


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