El determinismo biológico

Segunda aproximación kármika

Yo soy hijo de un padre y de una madre. Con mi madre comparto algunos rasgos físicos y algunas características fisiológicas. Con mi padre, otras. Mi ADN, el código genético que me define desde un punto de vista biológico, es una combinación del de mi padre y el de mi madre. En ese ADN están inscritos muchos de mis caracteres físicos, y tal vez también algunos que suelen considerarse mentales.

Si yo hubiese tenido otros padres, mis características físicas serían tan distintos que, en realidad, sería absurdo decir que ese otro yo con distintos padres fuese yo. Las personas que se lamentan por no haber tenido otro padre (por ejemplo, un padre más alto) no se dan cuenta de que no se puede tener otro padre biológico sin dejar de ser quien se es. Elegir otro padre u otra madre es  autoeliminarse del mundo y dar entrada a otra persona, que a lo mejor será más alta y más feliz, pero que no será la misma que se lamenta ahora de su suerte.

Y, sin embargo, volveremos a hablar de este asunto.

Regresemos a la herencia. Yo soy heredero del ADN combinado de mis padres, pero también del de mis abuelos, bisabuelos o tatarabuelos. Llevo en mi cuerpo los genes de seres que existieron hace millones de años. Desciendo de personas que vivieron en tiempos del imperio romano, en la época de los sumerios y en las épocas prehistóricas. Y si la teoría de la evolución ortodoxa es correcta, también soy heredero de un pez que abandonó el mar y se estableció en tierra firme.

¿Hasta dónde puedo retroceder en busca de mi herencia?

Bueno, hubo un tiempo en que no había animales, ni siquiera plantas, así que mi origen se encuentra en combinaciones entre elementos químicos, que tuvieron lugar hace millones de años, antes incluso de que existieran la Tierra y el sistema solar. Todas estas acciones, esas combinaciones, fusiones y mezclas que se han sucedido desde hace millones de años han permitido que ahora exista yo. Una pequeña variación en cualquier instante de la historia del universo habría significado mi no existencia.

Debido a todo lo anterior, estoy en deuda con todos mis ancestros: hombres, animales, vegetales, minerales y elementos químicos. No soy el único: también han contraído esa deuda, tal vez involuntariamente, todas las personas que ahora existen, incluido el paciente lector que ha aguantado hasta el final de esta segunda aproximación a la noción de acumulación kármica.

 


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Un asunto inquietante y enfermizo

El asunto inquietante y enfermizo al que me refería (en El reloj interno) es el siguiente: del mismo modo que indicamos a nuestra mente que se despierte a determinada hora, podemos pedirle que nos recuerde, cuando veamos a un amigo, que nos tienen que devolver un libro. Y así sucede: nos olvidamos durante horas o días del libro y lo recordamos precisamente cuando vemos al amigo.

También podemos preparar a nuestra mente (y para esto hay buenas técnicas) para que se vaya preparando para el examen del día siguiente. Etcétera.

El problema es que nuestra mente puede llegar a ser demasiado obediente. Es sabido que tenemos una imagen interna de nosotros mismos que a veces nos retiene y a veces nos impulsa: muchas veces no somos capaces de hacer ciertas cosas porque una censura interior nos prohíbe imaginarnos haciéndolas. Etcétera.

¡Y qué diablos! Lleno páginas y páginas sin llegar al asunto. Claro, porque quiero hacer plausible y razonable (o al menos sugeridor de uan leve duda) un asunto que no pasa de ser un capricho conceptual, que muy bien podría valer para el argumento de un cuento. ¡Pero hay tantas cosas que me gustaría aclarar para no dejar expuesto sin defensa este pequeño capricho mío!

En fin. Un joven, casi un adolescente, lee mucha literatura francesa: Nerval, Champavert, Maupassant. También le gustan Poe y los fantásticos alemanes. El paso del tiempo, el suicidio, la enfermedad crónica, la melancolía. Alguien le dice que tiene el aspecto de un poeta romántico: pálido y ojeroso, de mirada turbia y sonrisa escéptica.

“Deja un hermoso cadáver”, “los poetas y los héroes mueren jóvenes”, esos son los lugares comunes que acostumbra a visitar. No se concibe a sí mismo viejo. Imagina que morirá todavía joven. A los 29 años, a los 30 o a los 33. La idea va quedando día a día grabada en su cerebro.

Pasan los años. El poeta va olvidando aquellas ideas. Ahora se imagina centenario. Piensa incluso que vivirá 139 años…

Ahora bien: ese antiguo poeta romántico soy yo. Tengo 33 años.


2020: Tal vez no queda claro el argumento del cuento o de la pesadilla: el poeta romántico programa su propia muerte temprana, quizá sin quererlo, del mismo modo que programamos nuestro reloj interno o recordamos lo que debemos decirle a un amigo. Y la sentencia, sin él quererlo, amenazaba cumplirse. Pero no se cumplió, de lo que puedo dar fe.


[1996]

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Un universo sin conciencia

Primera aproximación kármica

Imaginemos un universo en el que no interviene la conciencia,  es decir, la intencionalidad, el deseo o la voluntad. En ese universo todo se reducirá a una sucesión de acciones físicas absolutamente determinadas. Si admitimos, además, que en ese universo sin conciencia hay razones o causas para que sucedan las cosas, entonces un evento físico, como el calentamiento del agua, tendrá una consecuencia física: el hervor del agua.

Pero quizá tenemos que justificar por qué tiene que haber causas y efectos. 

El poeta y filósofo Lucrecio decía que nada surge de la nada, y lo argumentaba bien: si algo pudiese surgir de la nada, todo podría surgir de cualquier cosa. De una piedra podría nacer un caballo, y de la luna, un reloj. No creo necesario demostrar por qué esto es así.

Comprendo que, a primera vista, se puede pensar que la frase «nada surge de la nada» no implica necesariamente la conclusión «todo puede surgir de cualquier cosa». A mí tampoco me pareció tan evidente cuando lo leí por primera vez. Dejo al lector que recorra su propio camino si le hace falta. Mi opinión es que el argumento de Lucrecio se puede discutir, pero dando varios saltos de nivel que, a fin de cuentas, no acaban de ser legítimos si se trata de discutir verdaderamente con Lucrecio, que vivió en el siglo uno antes de nuestra era. Recomiendo, pues, no buscarle tres pies al gato antes de tiempo: para poder criticar un argumento a menudo es imprescindible no solo oírlo antes. También hay que escucharlo sin prejuicios o, mejor aún, suspendiendo transitoriamente el juicio, por mucho que nos molesten ciertas inexactitudes de detalle.

Nos encontramos, pues, ante un universo que hemos querido imaginar sin conciencia, donde sólo se dan acciones físicas, que sólo producen efectos físicos: una cadena ininterrumpida de causas físicas que provocan efectos físicos. Estos efectos, a su vez, son causas para otros efectos. En un universo como éste, todo tiene consecuencias: si un átomo se descompone, eso tendrá algún efecto sobre alguna parte del sistema total, y este o estos efectos seguirán actuando instante tras instante, produciendo más y más efectos. Esto significa que un efecto actual es heredero de un efecto o de muchos efectos que tuvieron lugar hace milenios. Esta es la primera aproximación a la noción de acumulación kármica.

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El reloj interno

Una de las cosas que más me ha impresionado siempre es la siguiente: nos acostamos por la noche. Tenemos que despertarnos a las 7 de la mañana. Como no tenemos despertador, nos decimos a nosotros mismos que debemos despertarnos a las 7 de la mañana, sin ayuda exterior. Nos dormimos. Al despertarnos, miramos el reloj: son las 7 de la mañana.

Hace mucho tiempo, yo era incapaz de producir este milagro, pero conocía a gente que si poseía la magia. Bastaba que deseasen despertarse a una hora cualquiera para despertarse precisamente a esa hora. Yo los admiraba.

Años después descubrí que yo también podía hacerlo. Creo que lo primero que advertí (pero esto es una tentativa de reconstrucción memorística) fue que me despertaba unos instantes antes de que sonase el teléfono o el despertador.

Siempre intento buscar una explicación para todas las cosas, aunque (también mediante la razón) he sabido que hay cosas a las que no hay por qué buscar una explicación. Mejor dicho: no hay cosas, sino momentos en los que no hay que buscar explicaciones y entregarse sin más, como decía Keats.

Si me despertaba justo antes de que sonase el despertador o el teléfono, la explicación podía ser sencilla: mi cerebro percibía las ondas electromagnéticas que precedían a la alarma. Es una explicación estupenda.

Para ponerla a prueba, y ponerme también a prueba a mí, solo podía hacer una cosa: no usar ni el teléfono ni el despertador. Si la alarma ya no iba a sonar, no llegaría a mí su anuncio electromagnético (o incluso mecánico, en un reloj de cuerda).

Hice la prueba varias veces. Tal vez se produjeron algunos fracasos. De hecho esto no fue una investigación sistemática, sino que iba desarrollándose de manera ocasional a lo largo de los años. Pero también hubo éxitos: conseguía despertarme a la hora que había encargado a mi mente al acostarme. Era asombroso.

Había, sin embargo, otras muchas posibles explicaciones.
La primera: Mi cerebro percibía el movimiento de rotación terrestre, la posición del sol o cualquier otra circunstancia cosmológica que pudiera indicarle la hora.

Tampoco está mal esta explicación. No la puedo descartar en todos sus puntos, pero si puedo descartar algunas posibilidades.

La luz: probé a dormir con luz, sin luz, con las persianas bajadas, en una habitación interior, con un antifaz en los ojos.

La orientación: dormí orientado hacia cada uno de los cuatro puntos cardinales.

El ruido: dormí en lugares silenciosos y en lugares ruidosos.

La atmósfera: en lugares aireados y en lugares aislados.

Etcétera.

Y el milagro seguía produciéndose.

En cuanto a las fuerzas cosmologicas, he dormido sobre el ecuador, en el trópico y bajo el ecuador: en Yucatán, en la Isla Mauricio, en Hamburgo, en California y en Nueva York…

En cualquier caso, se plantean varios problemas complejos [que dificultan esa capacidad de despertarse a la hora prevista]: nuestro cerebro no maneja unos datos estables, sino que estos son cambiantes: el sol que se va desplazando sobre la eclíptica, la rotación terrestre en torno al Sol y a su propio eje. Demasiado complicado. A ello hay que sumar la influencia de la luna.

Pero el aspecto más misterioso es cómo podemos transmitir a nuestro cerebro la orden temporal. Es decir: podemos indicarle que queremos despertarnos a las 8 de la mañana, pero también podemos ordenarle que nos despertemos al cabo de tres, dos o una hora: esto pasa cuando salimos de juerga y tenemos que trabajar al día siguiente, tan solo una hora después. Y en todos los casos funciona.

Podemos, por otra parte, saber la hora que es o ignorarla. Podemos bromear con nuestro despertador cerebral, decirle que dentro de una hora, o dos… o no, mejor una… y lo sorprendente es que acaba despertándonos de la manera correcta. Podemos indicarle que nos despierte un instante a las 7, y de nuevo a las 8…

Se podría pensar sobre este asunto durante páginas y horas, pero resulta que no es de esto de lo que quería hablar. Esto es solo una introducción necesaria para un tema más inquietante y enfermizo, cómo ha de ser lo está libreta [Ocurrencias de un enfermo]. Lo cuento a vuelta de página.

La lectura es atemporal: puede tener lugar en cualquier momento. La escritura no lo es: sucede en un momento concreto y no se repite.

Este tampoco es el asunto del que quiero hablar.

Con esto solo quiero decir que voy a interrumpir la escritura para ir a buscar unas cervezas para mi amigo Luis y unos zumos para mí. Porque son las 7:30 de la tarde. Si este cuaderno a de tener un lector (y al menos uno creo que tendrá) ese lector puede continuar leyendo si ninguna urgencia semejante se lo impide.

Si yo no hubiese dicho nada, probablemente habría sido imposible saber que ha habido (o que va a haber) una interrupción. ¡Quién sabe cuántas  interrupciones ha habido en todas las novelas que se han escrito! La espada que amenaza el corazón de Arturo pudo tardar dos semanas en ser detenida por Excalibur. Seguiré.


2020: no sé si se entiende lo de la lectura atemporal y la escritura que no lo es. Quizá no sea esa la manera de escribirlo. Me refiero a que alguien puede escribir que Mordred acerca su lanza al corazón de Arturo, y entonces el autor puede interrumpir la escritura y dejar allí a los dos personajes, detenidos en la nada de la batalla final, hasta que unos días después regresa a su mesa de trabajo y escribe. “…y la lanza atravesó el cuerpo de Arturo de parte a parte”. Los lectores no sabrán que pasaron días entre que Mordred acercó su lanza y que la lanza mató a Arturo y les parecerá un instante continuo y breve. Lo mismo me sucedió a mí al escribir este texto, que tuve que dejar a medias por la llegada de mi amigo Luis. Tiempo después lo continué.

Por otra parte, años después se descubrió cómo funciona este reloj interno que tanto me asombraba (y que me asombra), pero no es este lugar para explicarlo.


[Escrito en 1996. Publicado en la red en 2011. Revisado en 2020]

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Efectos mentales de las acciones físicas

Pues bien, una vez admitido que podemos hablar de acciones mentales, aún cuando no sea posible observarlas en el mundo físico, podemos volver al tema de las acciones y sus efectos.

A primera vista puede parecer que las acciones mentales producen efectos físicos (pensamos en hacer algo y lo hacemos) y también efectos mentales (pensamos en hacer algo y luego pensamos en cómo hacerlo), mientras que las acciones físicas sólo producen efectos físicos.

Me parece que alguien sostenía con bastante rigor y sensatez lo anterior, aunque no consigo recordar quién, tal vez un filósofo francés, pero no estoy pensando en el ingenioso Malebranche, que también se refería a esto de una manera curiosa, que no debo comentar aquí.

Sin embargo, es fácil darse cuenta de que las acciones físicas también producen efectos mentales: cuando golpeamos una piedra, eso nos produce dolor, que es la excitación física de un nervio, pero también una sensación… mental.

Como dice Ortega, del dolor de muelas de otra persona sólo tenemos su espectáculo. Es cierto que un dentista puede comprobar que el paciente tiene el nervio inflamado y que, en consecuencia, es probable que sienta dolor, pero si la intensidad de sus lamentos está justificada o no, eso es algo que no podemos dictaminar con precisión.

Si el ejemplo del dolor no resulta convincente como efecto mental, tomemos el miedo: podemos sentir miedo hacia algo o hacia alguien que acaba de causarnos algún tipo de dolor. Su acción física externa ha provocado nuestra reacción mental interna.

Un último ejemplo: el amor. Todo amor se inicia en una acción física: ver a otra persona, escuchar sus palabras, sentir sus caricias. En el origen de todo amor parece inevitable una primera acción física: ver, oír, sentir.

Podemos, en definitiva, decir que las acciones físicas producen efectos físicos, pero también mentales; y que las acciones mentales producen efectos mentales, pero también físicos. Con esto, como ya anuncié, dejo la cuestión en suspenso y vuelvo a la explicación del karma, de la acumulación kármica.

Continúa en Los efectos físicos de las acciones y deseos


Lo que digo de Malebranche tiene cierta relación con esto: La ceguera voluntaria, o con esto Juan José Millás y la percepción malebranchiana

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Los efectos físicos de las acciones y deseos

Hemos llegado a la conclusión de que podemos hablar de acciones mentales, aunque  nuestro conocimiento de ellas solo se dé por introspección y comparación.

Por introspección, porque por experiencia íntima sabemos que nuestras acciones físicas casi siempre tienen su origen en intenciones y deseos, en acciones mentales.

Por comparación, porque, al observar en otras personas acciones físicas similares a otras que nosotros mismos hemos realizado, suponemos que detrás de esas acciones hay motivos, deseos, intenciones y acciones mentales parecidas a las que a nosotros nos llevan a actuar de manera parecida.

En definitiva, cuando hablamos con personas, suponemos que no estamos ante robots o seres programados, sino que detrás de su comportamiento existe una intención, o al menos un pensamiento. Lo creemos incluso en cuando tratamos con un militar que actúa de la manera más similar a como actuaría un robot bien entrenado: obedece órdenes, es cierto, pero es de suponer que opinará algo sobre esas órdenes, o al menos sobre la necesidad de obedecerlas y cumplirlas.

Es cierto, sin embargo, que cada persona suele percibir su propio comportamiento como plenamente libre y voluntario, mientras que considera el comportamiento de los demás como determinado por esto o aquello.

Algunos historiadores marxistas califican a las personas como entes sociales cuyo comportamiento está determinado por factores económicos e históricos. Lo curioso es que no parecen incluir dentro de dicha calificación la propia labor interpretativa que ellos realizan. Eso, como es obvio, les conduciría a un círculo vicioso que pondría en cuestión el carácter científico del propio marxismo. Ya veremos que este es un asunto que tiene que ver con nuestro argumento principal, pero que se relaciona mucho más con la sociología, la historia, la economía y otras ciencias afines o subalternas, como la estadística.

Mujeres como un engranaje más de la maquinaria.

 

Continúa en Un universo sin conciencia

 


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La percepción de las acciones mentales

Ya hemos visto que las personas llevan a cabo acciones físicas y mentales. Las acciones físicas y sus efectos físicos pueden ser observados fácilmente. Las mentales sólo pueden ser observadas si producen efectos físicos.

Aquí alguien dirá:

“Si las acciones físicas son las únicas que pueden ser observadas, ¿qué es lo que nos permite hablar de acciones mentales que no podemos observar?”

La respuesta es:

“Nuestra propia experiencia íntima, la observación interna o introspección”.

Ya sé que ésta no es una respuesta muy convincente. Los psicólogos conductistas la rechazarían de plano y dirían que sólo se puede hablar de los comportamientos observables para cualquier persona.

La psicología conductista ha dominado durante varios decenios sobre sus rivales y parece claro que hubo buenas y sólidas razones para ese éxito. Durante los años del predominio conductista no estaba permitido (era sencillamente mentalista, místico o estúpido) decir que Juan ha hecho tal o cual cosa porque deseaba hacerla, o que ha matado a Pedro porque le odiaba. Lo único que se podía decir es que Juan ha hecho tal o cual cosa porque ha recibido éste o aquél estímulo. Si no se conocen los estímulos, tan sólo se podrá describir la acción realizada por Juan; si se conocen esos estímulos, habrá que volver a someter a Juan de nuevo a esos estímulos y comprobar si su reacción es la misma. Es decir, habrá que poner a Juan en la misma situación para que haga tal o cual cosa… o habrá que dejar que vuelva  a matar a Pedro. Por el último  ejemplo, ya se puede intuir que no siempre es fácil replicar una misma situación y unos mismos efectos.

En resumen, para el conductismo o behaviorismo, sólo existen acciones físicas, o comportamientos observables, entre los que se incluyen las explicaciones que el propio Juan nos ofrece de las razones que le llevaron a hacer eso que hizo. Estas explicaciones han de ser tomadas en sí mismas, en su carácter puramente físico, es decir, como expresiones verbales o escritas, no en cuanto que remitan a algo mental que pretenden expresar o desvelar. Esa es la postura conductista.

Actualmente [1992], sin embargo, la psicología conductista se halla en franca decadencia y va perdiendo uno tras otro los territorios conquistados tras dura lucha con las psicologías mentalistas. Una de las razones de su declive puede ser, como acabamos de ver con el doble asesinato de Pedro, que es casi imposible repetir en un laboratorio los estímulos recibidos por una persona… incluso si los ha recibido en ese laboratorio. Si aceptamos que eso fuera posible, todavía nos queda una dificultad: el sujeto ya no es el mismo cuando recibe por primera vez un estímulo y al recibirlo en ocasiones sucesivas. Lo más curioso del asunto es que, quienes se molesten en leer las investigaciones de Pavlov, descubrirán que ni siquiera el perro de Paulov, símbolo del conductismo, era un conductista estricto: un mismo perro, nos dice el propio Pavlov, reacciona de distinta manera incluso ante un mismo estímuloUna de las razones para que esto suceda es sin duda que ningún perro puede recibir un estímulo dos veces por primera vez: la repetición del estímulo encontrará a un perro diferente, puesto que ya conoce ese estímulo.

Sean cuales sean las razones de la derrota del conductismo, ahora domina la llamada psicología cognitiva, que dice que el ser humano no es un sujeto de laboratorio conductista, puesto que no se somete pasivamente a los estímulos, sino que es un buscador activo de información y de estímulos, por lo que, a menudo, importa más la autoestimulación que los estímulos puramente externos o no buscados. La psicología cognitiva, en consecuencia, recupera algunas de las ideas de las psicologías mentalistas, aunque vestidas con ropas nuevas y menos llamativas, gracias a la labor realizada durante años por el sobrio sastre conductista. No voy a detenerme a examinar los méritos y deméritos de la psicología cognitiva; tan sólo he querido dejar claro que ya no es tan escandaloso hablar de deseos e intenciones: la intencionalidad es hoy en día [1992] uno de los asuntos que más interesa a los investigadores.

 

Continúa en Los efectos físicos de las acciones y deseos


[Escrito en 1992, publicado en 1997. Revisado en 2020]

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John Keats (1795-1821)

El ilustre enfermo

Nació en Londres el 31 de octubre de 1795. A los quince años era huérfano de padre y madre. En 1817 publicó sus primeros poemas (ya había conocido a Shelley), y un año después Endymion. En el verano de ese mismo año paseaba con su amigo Charles Brown cuando sintió los primeros síntomas de la tuberculosis.

El otoño se llevó a su hermano Tom, enfermo también de tisis. Mientras cuidaba de su hermano, conoció a Fanny Brown, con quien se comprometió en 1819. Pero cada vez tenía menos fuerzas, hasta el punto de que ya no podía seguir escribiendo.

En 1820 los médicos le ordenaron trasladarse al sur. Llegó a Roma, donde sufrió una recaída el 10 de diciembre. Murió el 23 de febrero de 1821. Enterrado en Roma, en su epitafio se puede leer: 

«Aquí yace uno cuyo nombre fue escrito en el agua».

Tenía 26 años.

Hay un poema de Keats, de los primeros que publicó, que me conmueve y provoca en mí el mismo sentimiento que aquel tan célebre de Wordsworth que comienza: «Aunque lejano queda el tiempo del esplendor en la hierba, de la gloria en las flores», y también un ensayo de Stevenson: «La flauta de Pan».

Ese poema de Keats está dedicado ya en su título mismo a su amigo Leigh Hunt.

 
A LEIGH HUNT
La gloria y la hermosura ya han pasado; 
Porque si salimos a pasear por la mañana temprano,
No vemos levantarse columnas de incienso 
en el Este, para saludar al sonriente día:
Ninguna multitud de ninfas, de suave voz, jóvenes y alegres,
Trayendo mazorcas de maíz en cestos de mimbre,
Rosas, claveles y violetas para adornar
El altar de Flora en sus primeros días de mayo.
Pero quedan encantos tan deliciosos como estos.
Y bendeciré siempre mi destino,
porque en un tiempo en que bajo los  árboles acogedores
No se sigue buscando a Pan, siento un libre
Un frondoso lujo, al ver que podría satisfacer, 
con esta pobres ofrendas, a un hombre como tú.
 

(Por cierto, su poema Endymion está dedicado a Thomas Chatterton, que supongo que es el mismo que anytes de suicidarse quemó todos sus escritos. Pero estas no son las ocurrencias de un suicida, sino las de un enfermo).

[1996]


2020

Es muy probable que Keats, escribiera su poema teniendo en mente el de Wordsworth, que había publicado su Oda un año antes, en 1816. Los dos poetas se habían conocido e incluso Keats le leyó alguno de sus poemas. La oda de Wordsworth es Atisbos de la inmortalidad en los recuerdos de la primera infancia, de la que he hablado y que se puede leer en Atisbos de la inmortalidad en la librería Rafael Alberti .

En 2006 tuve una página digital que se llamó Escrito en el agua, recordando el epitafio de Keats.


 

[Escrito en 1996, durante mi enfermedad. Publicado en 2020 durante el coronavirus]

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Las acciones y sus efectos

Hemos visto que los seres humanos llevamos a cabo acciones y que estas acciones pueden ser físicas o mentales. Es fácil aceptar que las acciones físicas producen efectos perceptibles: si levantamos un techo contra la lluvia, no nos mojaremos cuando vengan las lluvias; si le damos una patada a una roca, sentiremos dolor.

Cuando se trata de las acciones mentales de una persona, los efectos no se pueden observar con tanta facilidad. Precisamente porque para que esos efectos puedan ser percibidos por otras personas tiene que tratarse de efectos físicos, con lo que penetramos de nuevo en el terreno de las acciones físicas.

Si yo le digo a un amigo: “Tráeme la carpeta, por favor”, y mi amigo me trae la carpeta, estoy uniendo una acción mental con una acción física. Es decir, una acción mental está teniendo efectos físicos.

La acción mental no es la frase que yo pronunció: “Tráeme la carpeta, por favor”. Esa frase es el efecto físico que traduce una acción mental previa. La acción mental originaria es el pensamiento, intención o deseo de que mi amigo me traiga la carpeta, y mi consecuente intención o deseo de emitir la frase: “Tráeme la carpeta, por favor”.

Se podría decir que ha habido una primera acción mental, el deseo de tener la carpeta, que ha producido otra acción mental, el deseo de pedir a mi amigo que me traiga la carpeta. Esta acción, a su vez, ha producido una acción física: la emisión de la frase “Tráeme la carpeta, por favor”. Esta última acción, finalmente, ha producido una segunda acción física: mi amigo me ha traído la carpeta.

Podríamos añadir unas cuantas acciones más, con lo que la cosa se volvería cada vez más enrevesada. Por ejemplo: la acción mental producida por mi frase en el cerebro de mi amigo, y la subsiguiente acción mental que es su intención de traerme la carpeta.

Pero no pretendo hacer una descripción exhaustiva de todas las acciones físicas y mentales necesarias para que un amigo te traiga una carpeta. El resultado de tal empresa sería una enumeración inmensa: el inventario de acciones resultaría abrumador. De hecho, habrá quien opine que esta lista no tendría fin, con lo que se daría la paradoja de que una serie de acciones que tiene un principio y un fin en el tiempo requiere una cantidad infinita de acciones intermedias. Y no sólo eso: una acción puede ser realizada en un tiempo finito, pero requiere de un tiempo infinito para ser contada o descrita en todos sus detalles. Todo esto recuerda las famosas paradojas de Zenón, la de la flecha, y la de Aquiles y la tortuga, por ejemplo.

Nos hemos adentrado en un tema complejo, el de las acciones físicas y mentales y sus efectos. Sin embargo, sólo pretendo por ahora sembrar algunas ideas y conceptos. Declaro, ya antes de proseguir, que dejaré esta cuestión suspendida en el aire, sin dar una solución o balance final. Si hablo de este asunto es porque tiene y tendrá una constante relación con la doctrina de la acumulación kármica. No puedo ofrecer todo ya digerido al lector, y tampoco puedo ocultar que hay ciertas preguntas para las que no tengo una respuesta clara. Si esas cuestiones juegan algún papel en la cuestión global (la acumulación kármica) conviene exponerlas.

De modo que no se inquiete el lector ni tema perderse en laberintos: aquí se plantean cuestiones importantes desde distintas perspectivas, y no sólo desde la que yo adopto en esta breve investigación, que habría que llamar Intento, para recuperar el sentido original de la palabra Ensayo. De cada lector dependerá que las semillas de estas intuiciones germinen y produzcan un árbol conceptual vigoroso o tan solo un triste arbusto. No se tome lo anterior como inmodestia o presunción: pocas de las ideas de las que hablo, si acaso alguna, me pertenecen.

Cierro ahora este nuevo paréntesis y vuelvo a las acciones físicas y mentales. ¿Se acuerda el lector de dónde nos habíamos quedado?. ¿Sí?. Esa es una buena señal. Ahora puedo repetir lo expuesto, confiando en que lo ya dicho suene distinto, debido, precisamente, a esos paréntesis e incisos que a lo mejor parecían innecesarios.

[1992]

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Acciones físicas y acciones mentales

Las personas, y también los animales, llevan a cabo acciones. Estas acciones pueden ser físicas, como construir un techo para resguardarse de la lluvia, o bien mentales, como sentir envidia, amor o, simplemente, proponerse construir un techo contra la lluvia.

No voy a discutir ahora si las acciones mentales son en último término físicas, es decir, procesos cerebrales.

Aunque lo fueran, eso no impide que resulte bastante fácil distinguir lo que llamamos una acción física de lo que llamamos una acción mental. Aceptemos, pues, la convención, ya que facilita, al menos en esta ocasión, el entendimiento.

Para evitar cualquier mala interpretación, añadiré algo. Mi intención aquí es hablar de acciones que de un modo sencillo pueden ser diferenciadas, las físicas y las mentales, pero no afirmaré en ningún momento nada acerca de su naturaleza, de lo que un filósofo llamaría su estatus ontológico o metafísico, de si las acciones son reales, materiales o cualquier otra cosa imaginable. Después de este paréntesis, destinado más que nada a no levantar suspicacias innecesarias, regreso a la cuestión de las acciones.

[1992]


2020

Se podrían añadir muchas cosas y aclarar algunos aspectos en el texto anterior, pero prefiero mantener la intención original con la que lo escribí. Pondré un ejemplo de a qué me refiero cuando digo que no quiero en estas aproximaciones al karma averiguar el estatus ontológico de las acciones mentales.

Pensemos en una película y en un bambú: es obvio que podemos hablar de manera muy diferente de una y de otro. La película ha sido creada por personas, es una obra de arte intencionada, se puede analizar desde el punto de vista de la narrativa o de la técnica cinematográfica, mientras que el bambú no es en sí misma una obra de arte creada por personas, no tiene cualidades narrativas obvias (excepto de una manera metafórica) ni se dirige a un público que lo contemplará en una sala de cine o en un aparato de televisión, no contiene escenas ni actores, etcétera. Son dos cosas muy diferentes . Ahora bien, tanto la película como el bambú están hechos en último término de moléculas y de átomos. Pero, aún sabiendo esto, podemos hablar de manera interminable de sus diferencias

Es en este sentido que digo que no me interesa por el momento saber el estatus ontológico, de qué están hechas o cuál es el origen de las acciones mentales, sino que tan solo quiero hablar de las cualidades (aparentes o no, reales o no) de la acciones mentales y de las cualidades de las acciones físicas, sin más.

Continúa en Las acciones y sus efectos


[Celuloide y bambú, ilustración de Daniel Tubau]

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