La estrategia explicada por un poeta

Mario Benedetti, por Fernando Vicente

Los estrategas no siempre se ponen de acuerdo al intentar distinguir entre estrategia y táctica, pero el poeta uruguayo Mario Benedetti logró explicar la diferencia en un poema.

En la presentación de El arte del engaño en el Institut Confuci de Barcelona, Ana Aranda y yo lo contamos.

Este es el poema completo de Benedetti:

Táctica y estrategia

Mi táctica es
Mirarte
Aprender como sos
Quererte como sos

Mi táctica es
Hablarte
Y escucharte
Construir con palabras
Un puente indestructible

Mi táctica es
Quedarme en tu recuerdo
No sé cómo ni sé
Con qué pretexto
Pero quedarme en vos

Mi táctica es
Ser franco
Y saber que sos franca
Y que no nos vendamos
Simulacros
Para que entre los dos
No haya telón
Ni abismos

Mi estrategia es
En cambio
Más profunda y más
Simple

Mi estrategia es
Que un día cualquiera
No sé cómo ni sé
Con qué pretexto
Por fin me necesites


La presentación tuvo lugar en 2018.



El arte del engaño incluye la traducción completa de los dos grandes clásicos de la estrategia, El arte de la guerra, de Sunzi, y Las 36 estratagemas chinas, por Ana Aranda Vasserot, con comentarios adjuntos que ayudarán al lector, incluso al menos versado, a comprenderlo en toda su profundidad, además de Las 100 reglas del engaño y la estrategia.

El arte del engaño
Daniel Tubau
Editorial Ariel
600 páginas


AmazonArielCasa del LibroFnac


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Susan Sontag y los enfermos culpables

Leí La enfermedad y sus metáforas hace probablemente más de 10 años, en casa de Iván, en Barcelona. También leí otro libro de Sontag: Contra la interpretación, del que guardo muy buen recuerdo.

Al leerlo en esta nueva edición, me siento mucho más aludido que entonces. Leerlo otra vez me ha reconfortado, especialmente en estos días (1996).

Andaba yo muy molesto porque me enteré por Iván (que quizá es un poco indiscreto) qué María (mi tía Mariona, psicoanalista) le había dicho que yo no tenía nada, o que mi problema era solo mental. También, según Iván, opinaba lo mismo Pelayo, aunque este último no se basaba en otro argumento que su propia experiencia.

Edición que leí en 1996, y que incluía también el nuevo ensayo El SIDA y sus metáforas

Sucede que desde el primer momento en que me puse enfermo, hace ya más de seis meses, se ha venido insinuando el origen mental de mi enfermedad.

Hacia el 6 de diciembre de 1995, cuando noté los primeros síntomas de lo que yo entonces consideraba un resfriado, Juanjo, naturalmente con la mejor de las intenciones, me dijo que lo que yo padecía era la fiebre prevacacional, que desaparecería en cuánto subiese al avión.

Subí al avión y la fiebre llegó, sin duda, a los 39 grados. Aterricé en México con un dolor de oídos tan doloroso como uno de muelas [de los de mi peor época, en la adolescencia o de cuando estuve en Nueva York y tuve que ir a un dentista de urgencia antes de regresar a España].

En fin, tras volver de México, y tras una primera falsa y breve impresión de que ya me había curado, me volvió la fiebre y persistió la tos. Las pocas veces en que me quejaba, creo que, si no con razón, sí con un motivo digno y veraz, nadie me hacía mucho caso.

La cosa se agravó y llegaron a molestarme algunos comentarios en los que se ponía en duda que tuviese fiebre. Una tarde llegue a enfadarme, algo insólito en mí, porque Margarita no quería creer que tenía fiebre. Me fui a casa y comprobé que, efectivamente, tenía fiebre.

En fin he intentado tomarme esta larga enfermedad con buen humor y en muchas ocasiones pasé los días sin que los demás supieran lo mal que me encontraba. Sin duda fui imprudente: trabajé demasiado y salí demasiadas veces a tomar copas estando completamente enfermo. Con fiebre, no con fiebrula. Cuando ya no podía más, porque tenía la cabeza embotada, me rendí a una enfermedad que venía asediándome demasiado tiempo (he aquí una metáfora militar para hablar de la enfermedad, de las que crítica Sontag).

Me interesa mucho el asunto de lo psicosomático, lo psicofísico, los mecanismos del estrés y todos esos temas, pero siempre he tenido bastante claro que mi enfermedad y casi todas las enfermedades tienen un origen bastante más trivial: un bacilo, un virus, una bacteria. Ni quise ponerme enfermo justo antes de las vacaciones, ni quise seguir enfermo para librarme de una responsabilidad de la que no me libré [dirigir un programa de televisión], ni quiero seguir enfermo por tiempo indefinido. Incluso en el caso de que yo, por algún curioso mecanismo psicofísico, hubiese causado mi enfermedad, he sido tan eficaz que he creado cuando menos dos agentes infecciosos,  una neumonía y un bloque de pus. Mi última hazaña ha sido crearme una hemorragia gastrointestinal que me ha hecho sufrir como pocas veces en mi vida. El problema es que, como no sé cómo lo he hecho, tampoco sé cómo curarme.

[2020. entiéndase la ironía del párrafo anterior, de la que advierto porque últimamente es frecuente que no se entiendan las ironías si no se subrayan, o si no se añade un emoticon].

Susan Sontag

Pero vuelvo al libro de Susan Sontag.

Sontag examina en su libro toda la mitología que ha rodeado a la tuberculosis y al cáncer y ciertas metáforas que han contribuido a comprender mal ambas enfermedades y a hacerlas más dolorosas para quienes las padecen. Más adelante hablaré de muchas cosas estupendas de este libro pero ahora quiero centrarme este asunto del enfermo culpable [o culpabilizado]:

Georg Groddeck (18661934), precursor de la psicosomática y autor de una curiosa novela: El buscador de almas.

“Con las enfermedades modernas (antes la tuberculosis, hoy con el cáncer) se empieza siempre por la idea romántica de que son expresión del carácter y se termina afirmando que el carácter es lo que las causa”. Así lo han hecho muchos psicólogos y analistas, que han descartado cualquier causa externa de las enfermedades”.

Cita Sontag a un tal Groddeck:

“Es el enfermo mismo quién crea la enfermedad, él es la causa de esa enfermedad, no hay por que buscar otro”.

Este Georg Grodek es, creo, de principios del siglo XX, pero a pesar de lo fácil que resultaría convencerlo, por ejemplo, inoculándole el bacilo de Koch, todavía hay quien opina como él.

Yo tengo un libro de un tal Luis Chiozza, Por qué enfermamos, en el que se dice, por ejemplo, que es necesario tener en cuenta que “la enfermedad es la solución que el enfermo ha encontrado” y que su desaparición por si sola “restablece [resuelve] el problema”.

También en la página 71 dice Chiozza:

“Un hombre se enferma porque se oculta a sí mismo una historia cuyo significado le es insoportable. Su enfermedad es, además, es una respuesta simbólica que procura, inconscientemente, alterar el significado de la historia, o lo que es lo mismo, su desenlace”.

Anoté al margen cuando lo leí (mucho antes de estar enfermo): “¿No creerá que siempre es ese el motivo?”. [Y sí, parece que lo cree].

[Por cierto, que resulta bastante asombroso  cómo los psicoanalistas y otras especies variadas de interpretadores superficiales no solo emplean símbolos para explicarlo todo, sino que invierten la relación lógica y hacen que las cosas sean dependientes de los símbolos, y no los símbolos de las cosas: podríamos decir que cosifican los símbolos y simbolarizan las cosas].

No niego que es posible que una persona logre enfermarse a sí misma, por ejemplo Pelayo [según él mismo presumía, esta era una de sus habilidades, lo que no era asombroso, dada su fragilísima constitución].

También el mal de amores puede matar a una persona de pura pena, como dice Oliva Sabuco [en Nueva Filosofía de la Naturaleza y del Hombre], y posiblemente muchas dolencias musculares y articulares tienen su origen en algo parecido a una represión, o al menos una tensión mental que causa una consecuente tensión física, como puede ser  el agarrotamiento de los músculos de los hombros, por ejemplo. Pero no nos volvamos locos y no situemos en la mente de los enfermos (y en sus manos) la causa y la solución de enfermedades que en ocasiones solo se podrán curar con la amputación de un miembro o el tratamiento de la parte infectada, y en otros casos con la administración de antibióticos capaces de afectar a los agentes infecciosos.

Opiniones tan descabelladas y peligrosas, dice Sontag, no solo descargan sobre el paciente la responsabilidad del mal que le aqueja, sino que, además de impedirle comprender la gama de tratamientos posibles, lo apartan implícitamente de todo tratamiento.

Y añade Sontag:

“Se da por sentado que la cura depende en primer término de la capacidad del amor propio del paciente, de hecho ya muy puesta a prueba o muy debilitada… Tanto el mito de la tuberculosis, antes, como hoy el del cáncer, sostienen que uno es responsable de su propia enfermedad”.

La miseria, de Cristobal Rojas (1886), con una enferma de tuberculosis. Hasta los años 50 del siglo pasado (cuando se empezó a aplicar la vacuna), la tuberculosis causaba cada año muchísimas muertes en Madrid.

Admito que yo mismo he opinado a veces que la manera en que uno encara un cáncer puede influir en el curso de la enfermedad, y que me ha tentado a veces la hipótesis de convertir a nuestra mente en un doctor interno que nos cure. Yo mismo he intentado contar con los servicios de este médico (un médico más “de cabeza” que “de cabecera”) para curarme. Pero debo decir que este doctor interno se ha demostrado significativamente más ineficaz que los externos, qué, por fortuna, la mayor parte de las veces son muy eficaces.

Porque dejando a un lado estas fantasías, lo que curó a los enfermos de tuberculosis fueron las vacunas, y a los de cáncer fundamentalmente la quimioterapia, la radioterapia y otros métodos. [Métodos que, obviamente, no están exentos de consecuencias en algunos casos, pero que en ocasiones han sido la única posibilidad de lograr la supervivencia del enfermo]. Siguiendo el libro de Sontag se verá todo esto claramente:

“En 1881, un año antes de que Robert Koch anunciara el descubrimiento del bacilo de la tuberculosis y que demostrara que esta era su causa primordial, un difundido manual de medicina daba las siguientes causas de esa enfermedad: la predisposición hereditaria, el clima desfavorable, la vida sedentaria de puertas adentro, la ventilación defectuosa, la falta de luz y las emociones deprimentes”.

Dice Sontag que en el siglo XVI y XVII se creía que al hombre feliz la peste no lo tocaba, y así con todas las enfermedades infecciosas

“En realidad todas las teorías que atribuyen las enfermedades a los estados de ánimo y su cura a la mera fuerza de la voluntad son síntoma de lo poco que se conoce en el terreno físico de la patología”.

[Tonterías semejantes a las que denuncia Sontag las hemos leído y escuchado a menudo durante el coronavirus, incluso de artistas tan estupendas como Ouka Lele, que dice que el mejor remedio es sin duda el amor].

Antes estuvo de moda, dice Sontag, lo de que los enfermos de tuberculosis eran seres apasionados y lo de cáncer reprimidos. También hace años se atribuyeron muchas enfermedades a la somatización y hoy en día al estrés.

[En la actualidad, en el caso de la tuberculosis, se calcula que se salvan casi 50 millones de vidas al año, gracias a la vacuna y los tratamientos, y es muy difícil morir de esta enfermedad si se sigue el tratamiento de manera adecuada]

Yo creo [y también los médicos desde Hans Seyle al menos] que el estrés es causa del agravamiento de algunas enfermedades y de la aparición de otras, debido al mal funcionamiento constante de los órganos sometidos al estrés, pero no creo que el estrés sea la causa de todas las enfermedades, ni siquiera de la mía. Y mucho menos creo que decir esas palabras mágicas [estrés, somatización…] cure al enfermo: es como si a alguien que se hubiese estado golpeando la rodilla con un martillo durante días se le dijese, con la intención de curarle, que lo que le sucede es que se ha estado golpeando la rodilla con un martillo durante días.

[Es decir, que incluso en los casos en los que el estrés causa desarreglos físicos, hay que arreglar esos desarreglos, al margen de que la persona pueda o no superar su estrés y posterior ansiedad. Como es sabido, Seyle llamó estrés a esta reacción fisiológica por su similitud con el stress o fatiga del material].

Dice también Sontag:

“Las teorías psicológicas de la enfermedad son maneras poderosísimas de culpabilizar al paciente. A quien se le explica que, sin quererlo, ha causado su propia enfermedad, se le está haciendo sentir también que bien merecido se lo tiene”.

Así, teorías psicológicas disparatadas pero muy extendidas atribuyen al pobre enfermo la doble responsabilidad de haber caído enfermo y también la de curarse.

En fin, seguiré hablando de Susan Sontag y de su libro, pero espero que con esto quede claro su postura y la mía, ambas coincidentes. Pero como no quiero hacer esta reflexión muy larga añadiré mucho sobre este tema en comentarios breves que iré intercalando a lo largo del libro [de mi cuaderno Ocurrencias de un enfermo].

(1996)

[2020: lo anterior son anotaciones de un enfermo, apresuradas y poco elaboradas, pero he preferido dejarlas tal como las escribí entonces. Todo lo que aparece entre corchetes lo he añadido en 2020].


[Escrito en 1996, durante mi enfermedad. Publicado en 2020 durante el coronavirus]

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Marcos me regala este libro estupendo. Es una versión castellana de las celebres danzas de la muerte medievales:

“La Europa medieval de las pestes de los visionarios místicos, de los flagelantes, de los predicadores del satanismo y de la adivinación, están encarnados en la severa mirada del esqueleto y el cadáver danzante como última imagen de su realidad”.

Se supone que la calavera que encabeza esta entrada y el libro publicado por la editorial Visor es el retrato del editor original, Juan Varela.

[2020. Parece que en realidad se trata de un autorretrato del ilustrador Merian.

Hay que darle la vuelta al libro para descubrir a la muerte o a Merian.

Es muy ingenioso que la editorial Visor escribiera el título y el autor al derecho y al revés, llamando la atención sobre esta curiosidad del doble retrato].

La muerte

Autorretrato de Merian

2020: copio aquí los versos que inician el libro:

“Yo soy la Muerte cierta a todas criaturas

que son y serán en el mundo durante.

Demando y digo: oh hombre, ¿por qué curas

 

de vida tan breve al punto pasante?

Pues no hay tan fuerte ni recio gigante

que de este mi arco se pueda amparar,

conviene que mueras cuando yo lo tire

con esta mi flecha cruel traspasante. 

¿Qué locura es esta tan manifiesta

que piensas tú, hombre, que otro morirá

y tú quedarás, por ser bien compuesta

la tu complexión, y que durará? 

No estés seguro si al punto vendrá

sobre ti a deshora alguna corrupción

de liendre o carbunclo, o tal implisión

porque el tu vil cuerpo se desatará.

¿O piensas por ser mancebo valiente

o niño de días, que largo estaré

y hasta que llegues a viejo impotente

la mi venida me detardaré?

Avísate bien: que yo llegaré

a ti a deshora, y no tengo cuidado

que tú seas mancebo o viejo cansado,

y cual yo te hallare, tal te llevaré”.

Además de los versos, contiene excelentes grabados de Holbein y Merian, que sin duda aparecerán en las páginas de la Galería Mortal.

2020: la Galería Mortal es una sección de mi revista Esklepsis (editada en lso años 90) que también puedes encontrar (aunque no completa) en Diletante: Mortal.

 

(1996)


[Escrito en 1996, durante mi enfermedad. Publicado en 2020 durante el coronavirus]

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Nueva visita a la gruta primigenia

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No se puede decir que la búsqueda de la identidad sea un fenómeno nuevo, porque la especie humana siente una indesmayable obsesión por establecer compartimentos estancos en los que habitar junto a los suyos, en aquella mítica cueva primordial en la que protegerse de las fieras del exterior. No cabe duda de que en tiempos lejanos refugiarse en una gruta o cueva podía ser beneficioso para mantenerse a salvo de las fieras, de los caníbales o de los enemigos, pero el problema es que con el tiempo hay que pagar el alquiler por el alojamiento. Los guardianes de las esencias identitarias no trabajan gratis.

Vivir en ese cómodo refugio que son las identidades de familia, grupo o nación supone siempre un pago, a veces en dinero contante y sonante, como descubrieron los emperadores romanos cuando la guardia pretoriana y el ejército les fueron aumentando el peaje por mantenerlos en sus privilegiadas posiciones.

Pero el pago más habitual no consiste en dinero, ni siquiera en obediencia, sino en la renuncia a una de las mejores cualidades de las personas: la de pensar por sí mismas. El individuo que busca su identidad en el espejo de los otros siempre pierde lo mejor que posee, aunque ni siquiera se da cuenta de que lo está perdiendo. Pierde su propia identidad como individuo. Y lo peor es que casi siempre lo hace de manera voluntaria.

A pesar de que hay quienes intentan explicar la transformación aludiendo a malignos monstruos identitarios que se apoderan de las almas desvalidas, más bien sucede que nosotros mismos somos los que buscamos de manera voluntaria la jaula que nos corresponde. A veces incluso la fabricamos con nuestras propias acciones. Debido a los vicios o instintos sociales o culturales de la educación o a las pulsiones de la genética, poseemos un instinto gregario. La necesidad de buscar un grupo al que pertenecer parece un impulso natural al que resulta difícil resistirse, y la única duda suele ser tan solo qué grupo elegir.

Del mismo modo que somos herederos de ciertos instintos de las bestias que hemos sido, que se han conservado en la estructura de nuestro cerebro primitivo o arqueocerebro, a pesar de los cambios evolutivos en la corteza cerebral, también somos herederos de una memoria que no es genética, sino cultural. Casi todos los mitos culturales fueron fabricados hace miles de años pero todavía perviven con inusitada fuerza. Son mitos que se refieren a la fidelidad, a la valentía, a la generosidad, a la solidaridad, a la pertenencia a un grupo. Pero muchas de estas fábulas, bajo su apariencia virtuosa, perpetúan una concepción de la realidad heredada de las sociedades jerárquicas. Y, bajo esa apariencia asociada a la bondad y la justicia, a menudo descubrimos, como en los pueblos inocentes, limpios y decentes que David Lynch imagina en Twin Peaks o en Terciopelo Azul, que debajo todo está podrido.

Continuará


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Breve historia de mi enfermedad

Llegado a la página 40 del cuaderno ni siquiera he contado nada de lo que ha dado precisamente origen a este cuaderno.

El día 6 o 7 de diciembre de 1996 noté los síntomas de un constipado, catarro, resfriado gripe o similar. Dos o tres días después iba a iniciar mi viaje hacia la Península de Yucatán: mala suerte irse enfermo a las vacaciones. Mi amigo Juanjo me dijo que mis temores eran infundados y que padecía el mal del viajero: me curaría en cuanto tomase el avión. Yo sabía que no iba a suceder tal cosa.

En el avión comenzó la fiebre. Supongo que llegué a los 39 grados.

Llegué a Cancún, primera etapa de un viaje en el que dejaba el resto de las etapas a la improvisación, bastante maltrecho. A la fiebre se añadía dolor de oídos y de cabeza.
No voy a ser prolijo: en México mis males se acentuaron. Diarreas, dolor de estómago dolor de las articulaciones (detrás de las rodillas), fiebre continua hasta empapar las sábanas, tos persistente hasta la congestión, presión en los laterales del cráneo, sobre todo al estornudar, molestias en los pulmones. Y lo que se me olvida. Y a eso se añadían circunstancias locales: decenas de picaduras de insectos y golpes de calor.

Pese a padecer tantas molestias,  cambiaba casi cada día de ciudad y las recorría todas de un lado a otro: Cancún, Isla Mujeres, Valladolid, Chichén Itzá, Mérida (donde decidí detenerme para no tentar más a la suerte), Uxmal y Progreso.

Una de las pocas fotos que conservo del viaje. En Chichén Itzá.

Alguien me dijo que me había picado un mosquito, creo que el anopheles, y en una farmacia me dieron amoxicilina, que fue el primer antibiótico con el que obsequié a mí desdichado cuerpo. Coincidiendo con el regreso a España noté cierta mejoría y dejé la amoxicilina.

Uno de los cuadros que modifiqué, creo recordar, en esas fechas. Debajo había un cuerpo de mujer, y también un autorretrato

Sin embargo la tos ya no me dejó, aunque a veces era moderada y otras extremosa. Algunos días también me volvía la fiebre. En enero y febrero fui al médico, que no sé que me recetó.

El trabajo me exigió cada vez mayores esfuerzos y la enfermedad se hizo notar cada vez más. Trabajé así, permanentemente enfermo, durante dos meses al menos, con graves recaídas (por ejemplo en Sevilla, y al regreso de Palma de Mallorca).

Un absurdo sentido de la responsabilidad, impropio de mi carácter, mi inteligencia y mis convicciones, me hizo aguantar a pie firme la enfermedad, ayudado por las fuerzas que proporciona el estrés, hasta que mi tarea quedó más o menos encauzada. En ese momento, no sé si por una coincidencia fortuita o porque rendí mis naves y los mecanismos estresantes (que son fatales si la crisis se prolonga) acabaron de actuar en ese momento… Por unas u otras razones, la enfermedad comenzó a hacerse patente en toda su virulencia.

A los síntomas habituales, pero recrudecidos, se añadió una tremenda fatiga y la sensación de tener escarchados los pulmones. La fiebre, en los 39 grados, ya era casi permanente. La tos, en especial al acostarme, empezaba a ser un suplicio.

Me di de baja en el trabajo y visité de nuevo al médico. Gracias a la ayuda de IE, me atendieron en Urgencias del Hospital Ramón y Cajal. Me hicieron radiografías, análisis de sangre, me auscultaron, me interrogaron acerca de todos y cada uno de los síntomas, me palparon todo el cuerpo y analizaron mis esputos.

Primero pensaron en la tuberculosis o en algún tipo de neumonía. La prueba de zhiel descartó, al parecer, la tuberculosis; el examen de las radiografías, la neumonía. Me recetaron un segundo antibiótico: Zinnat.

Lo tome durante diez días y no se produjo ninguna mejoría. Iba notando, a medida que pasaban los días, cada vez menos aire en los pulmones. Me recetaron un tercer antibiótico, Klacid. Ningún efecto.

La posibilidad de que la enfermedad fuese algún mal tropical contraído en México empezó a ganar terreno.

También creo que el neumólogo que me atendía, IF, debió de pensar más de una vez que yo no tenía ninguna enfermedad: si acaso un catarro mal curado o los engañosos síntomas del estrés.

Pasé al departamento de enfermedades infecciosas, Sección Tropicales.

Me atendió la deliciosa doctora Tatay. Tras un nuevo interrogatorio (qué debe de tener un nombre más agradable que yo no recuerdo), me extrajo sangre, para probar varias posibilidades: paludismo, malaria ( no sé si es lo mismo) y otras que no recuerdo o no supe.

También encargó una tercera radiografía (frontal y lateral) y el análisis de todos mis desechos orgánicos. Más extracciones de sangre, seis o siete tubos: fiebre Q, legionella, de nuevo la tuberculosis, el SIDA (yo ya me había hecho una prueba por mi cuenta, que me mantuvo, a la espera del resultado, insomne varios días). Se descartaron todas esas enfermedades.

La tercera radiografía, qué vi en compañía de la doctora Tatay y del estupendo y carismático doctor López Vélez, vino en ayuda de la veracidad de mis quejas: se observaba una neumonía.

Además, al compararla con las anteriores, quedó claro que la enfermedad había ido a peor. Poco después, los diversos análisis mostraron la presencia de agentes infecciosos (no sé si virus o bacterias). Se me recetó el cuarto y el quinto antibiótico.

Santiago Segura entrevista al Gran Wyoming para Dobles parejas

[2020: en aquellos días dirigía Dobles parejas, programa presentado por Santiago Segura y Kevina Kulvocas. Además de ser un programa absurdo, los diversos grupos de presión en Antena 3 y en la productora Globo Media convertían cada día en una colección de despropósitos y una fuente permanente de estrés. Lo más interesante, probablemente, fue el viaje que hicimos a Palma de Mallorca con Santiago y Kevina para grabar una promo del programa en un karaoke, que creo que quedó muy divertida (santiago imitaba a Julio Iglesias intentando seducir a Kevina). Lo malo es que seguramente no pude disfrutar mucho de la experiencia porque, como digo en el texto, al regreso tuve una fuerte recaída.]

Continúa la anotación del cuaderno…

21 de junio del 96

Pero, sobre todo, se recomendó que me hicieran un escáner de pulmón (TAC de alta resolución), para determinar la causa última de la enfermedad. También se me hicieron pruebas de capacidad pulmonar (obtuve un buen resultado) y un análisis de sudor para ver si podía tratarse de fibrosis quística, una enfermedad hereditaria que muy raramente afecta a los adultos.

En cualquier caso, lo más importante era el escáner, y en el Hospital Ramón y Cajal según me dijo López-Vélez (especialista en enfermedades tropicales), podía tardar seis meses en conseguir cita.

Hablé entonces con Iván, mi padre, que me convenció para que me fuera a Barcelona, donde él me ingresaría en urgencias y así me harían allí el TAC.

Me disponía a viajar a Barcelona, pero entonces Marcos me recordó que el padre de Luis trabajaba en el Hospital Clínico de Madrid, del que había sido director, así que fui a ver, junto a Luis, a su padre. El padre de Luis me dijo que, para no seguir “chapoteando” y haciendo chapuzas, lo mejor era no solo hacerme el TAC, sino (“no te asustes”) abrirme. Mirar el pulmón sin intermediarios y, supongo, tomar muestras para una biopsia. Quedamos en llamarnos el siguiente lunes, previsiblemente para ingresar el martes en el Clínico.

Sin embargo, la cita fue al final para el lunes siguiente. Esa misma semana, el miércoles, vino Iván, creyendo que ya estaría ingresado, pero encontró algo muy distinto.

La noche del martes habían venido Marcos y Luis a casa por la noche. Pasamos unas horas estupendas hablando de asuntos personales y bebí un poco, pero tampoco en exceso.

Al día siguiente me desperté con ganas de vomitar y lo atribuí al alcohol, sin darle mucha importancia. Pero comencé a vomitar esputos verdes en un líquido blanco y viscoso. También tenía diarrea y las primeras heces eran negras. Me caían por la cara gotas de sudor frío y pasé así cinco o siete horas, que fueron de las peores de mi vida. Poco antes de que llegará mi padre, había conseguido recuperarme un poco. Ignoraba entonces lo que todavía me esperaba.

Iván venía con la idea de ingresarme en urgencias para que me hicieran el TAC, en lo que se reafirmó al ver el mal aspecto que tenía. Quiso, pues, la casualidad que yo no tuviera que actuar o representar un papel de enfermo grave al ingresar, pues estaba verdaderamente mal.

Al describir mis síntomas, consideraron probable una hemorragia gastrointestinal y me hicieron un lavado de estómago que fue dolorosísimo en su inicio, porque el tubo no me entraba por la nariz. Tras varios intentos, buscaron un tubo menos grueso.

En fin, sacaron sangre de mi estómago y pasé la noche en el hospital. Al día siguiente me practicaron una endoscopia. No hallaron, afortunadamente, una úlcera, así que atribuyeron la hemorragia a cualquier otra causa no del todo convincente, aunque el desencadenante parece haber sido, como descubrió el doctor López Vélez, haber tomado una aspirina. Afortunadamente, no había tomado el cuarto y quinto antibiótico, a la espera del escáner.

Así pase la noche en urgencias, conectado a un tubo de suero (nueva experiencia) sin poder comer ni beber. Pero, en cualquier caso, de escáner nada. IF, que casualmente, estaba de guardia (como el doctor López Vélez), nos explicó (también vino Vicky, mi madre) que había dos métodos: el europeo, que va prueba prueba y paso a paso, y el americano, que comienza por abrirte. No sé si desde el principio, pero a estas alturas yo prefiero el método americano, sin ninguna duda. IF y el hospital Ramón y Cajal prefieren el método europeo. El problema es, que la administración indiscriminada de antibióticos me ha provocado, por el momento, una hemorragia gastrointestinal. IF me dijo que me podría conseguir un escáner en un mes. Yo, en cualquier caso, creo que lo mejor es cambiar de hospital y de médico. Quien sí me parece un buen médico es López Vélez, pero lamentablemente mi enfermedad no parece ser tropical.

Allí, tras el lavado de estómago y nuevas radiaciones, al recordar que mi hijo Bruno iba a participar en un espectáculo en su piscina, me sumergí, delante de Vicky e Iván, en un llanto incontenible, tal vez por la estimulación a la que me había sometido la introducción el primer tubo en la nariz. Al día siguiente, tras la endoscopia, pude ir a ver a Bruno, pero no quiso nadar.

Bueno el asunto continúa. El lunes iré a ver al especialista del Clínico.

 

(1996)


[Escrito en 1996, durante mi enfermedad. Publicado en 2020 durante el coronavirus]

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Coincidiendo con la detección de al menos dos gérmenes, virus o bacterias que pasan las horas en mis pulmones [en 1996], mi ordenador empezó a volverse loco, atacado también por un virus que escapaba toda posible detección.

Tuve que cambiarle la sangre y la médula espinal (que supongo que será la equivalencia) y después  darle la vida de nuevo.

Pero, no bien mi ordenador todavía convaleciente empezaba a recuperar sus capacidades, mis plantas decidieron unirse al grupo de infectados.

Desde hace días ya venía yo observando esa plaga de feas mariposas con que nos ha obsequiado la llegada del calor.

Hoy he sabido que dentro de una o dos semanas se producirá una invasión de orugas que nacerán de los huevos puestos por estas mariposas africanas, que tienen el curioso nombre de autografa gamma, porque en su lomo parece leerse la letra gamma.

Mi ordenador se recupera, yo tal vez me cure por los antibióticos específicos, pero ¿y mis plantas? Eso es lo que más me preocupa ahora.

Dicen que hay que fumigar.

 

(1996)


2020: el cuadro de las plantas de mi terraza debí pintarlo antes de la invasión de la autógrafa gamma, que no recuerdo si acabó con mi jardín.

Los diversos órdenes son el mundo vegetal, el mundo animal (yo) y el mundo artificial.


[Escrito en 1996, durante mi enfermedad. Publicado en 2020 durante el coronavirus]

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En casi todas las culturas se ha dado siempre mucha importancia a la diferencia entre lo masculino y lo femenino. En las definiciones de los principios chinos del yin y del yang, una de ellas es que el yin representa lo femenino y el yang lo masculino.

línea femenina

línea masculina

En el también chino oráculo del Yijing (I Ching) las líneas cortadas son femeninas y las continuas masculinas, probablemente por una fácil identificación entre los órganos genitales del macho y los de la hembra. Los chinos de la época zhou (y quizá también los de la época shang anterior) se anticiparon en tres o cuatro mil años a Sigmund Freud, que estaba obsesionado por encontrar falos o vaginas en todas partes:

“La fusta, el bastón, la pica y otros muchos objetos de este género son corrientes símbolos fálicos”.

“En los sueños de los hombres encontramos muchas veces la corbata como símbolo del pene, no sólo por colgar por delante y ser prenda característica del hombre, sino porqu e puede ser elegida a capricho, cosa que la naturaleza no nos permite hacer con respecto al miembro simbolizado”.

“símbolos de los genitales femeninos… huecos (estuches, cajas, cajones, etc.)”

Freud, que siempre llevaba un puro en la mano, tuvo que luchar contra sus propios discípulos interpretadores y en una ocasión, cuando le llamaron la atención acerca del símbolo fálico que sostenía en la mano, respondió enfurecido: “A veces un puro es sólo un puro”.

También en la cultura judeo-cristiana-islámica encontramos la férrea distinción entre la mujer y el hombre, que ya en el Paraíso muestran sus cualidades, siendo la de la mujer la de la curiosidad inmoderada, que lleva a la perdición a la especie humana y que nos condena por culpa del pecado de nuestra primera madre. Algo semejante ocurre cuando la también curiosa Pandora abre la caja de los bienes y los deja escapar (según otras versiones, la caja contenía los males).

La unanimidad que encontramos en casi todas las culturas acerca de los dos principios opuestos de lo femenino y lo masculino, es obvio que nos está indicando algo, y que sería un error pasar por alto tanta insistencia. Podemos atribuir la distinción al dominio de los varones y al sometimiento de las mujeres, o podemos considerar que ese dominio nace a partir de la diferencia biológica entre los dos sexos, o en la observación de ciertas particularidades, como que sólo uno de los dos sexos tiene la capacidad de albergar una nueva vida.

Es cierto que la unanimidad de las culturas al enfrentarse a una situación psicológica, social o biológica nos dice algo, aunque el problema es que no nos lo dice con toda la claridad deseable. Y por otra parte, y quizá más importante, incluso aunque aceptáramos que existen diferencias biológicas o naturales entre hombres y mujeres, eso no implica de ninguna manera que esas diferencias se deban mantener, potenciar o estimular en el seno de una sociedad que intenta ir más allá de los impulsos y las limitaciones que la biología parece indicarnos. Hay que recordar que también es un asunto unánime en casi todas las culturas la guerra, el conflicto violento y la agresión, pero no por ello nos resignamos a aceptar tales cosas como inevitables, y mucho menos como deseables o recomendables.

De lo que no cabe duda es de que esa unanimidad en la distinción férrea entre lo masculino y lo femenino ha llevado de manera casi universal a la discriminación de la mujer, al desprecio de lo femenino, a la consideración de la mujer como un ente de categoría inferior al varón, y a que se prohibiera o no se estimulara a las mujeres, para que se desarrollaran como individuos y alcanzara un pleno desarrollo personal, social e intelectual. Así ha sucedido en China, en la India y en las civilizaciones cristianas, musulmanas y judías, pero también, por lo que sabemos, en casi todas las culturas antiguas o modernas, primitivas o desarrolladas. El cambio más significativo y casi inédito e inaudito en toda la historia de la humanidad (aunque algunos y algunas parezcan empeñados en negarlo) se ha producido en los últimos cuarenta o cincuenta años, aunque su origen se remonta a la segunda mitad del siglo XIX.

Es cierto que hay quienes dicen que existió un matriarcado primitivo, pero lo cierto es que no tenemos por el momento ninguna prueba decisiva de que haya sido así, más allá de ciertas comunidades muy concretas y muy limitadas. Por otra parte, la existencia del matriarcado no implica que la distinción obsesiva entre lo masculino y lo femenino no existiera (más bien parecería confirmar esa obsesión dualista), y tampoco que se tratara de una sociedad más justa, tanto para los varones como para las mujeres.

El contrato sexual, de Carole Pateman

Otros avispados intérpretes nos recuerdan que en el símbolo del yin y el yang los opuestos no lo son de manera absoluta, puesto que en el yin hay un poco de yang y en el yang hay un poco de yin, como se puede observar con claridad en la bandera coreana. De acuerdo, es una bonita interpretación, pero si examinamos la historia de China y de las otras culturas que han usado este símbolo, descubriremos que esa contaminación de los opuestos no se ha traducido en ninguna mejora en el respeto a las mujeres, que como bien señala Carole Pateman en El contrato sexual, ha sido muy semejante y a menudo idéntica a la de un esclavo (una esclava, en este caso). Ya lo dijeron John Stuart Mill y Harriet Taylor en su libro, de elocuente título, The subjection of Women, que puede traducirse por La sujeción/la esclavitud/el sometimiento de las mujeres).

John Stuart Mill apartando a los varones para que dejen pasar a las sufragistas

El sometimiento de las mujeres

Pues bien, cuando parecía que por fin nos íbamos a librar de esas dos férreas identidades que eran lo masculino y lo femenino, impuestas durante siglos por las sociedades represoras que trasladaban de manera simplista lo biológico al terreno de la vida social y psicológica, descubrimos que las identidades no se han disuelto, sino que se han multiplicado.

Nos encontramos ahora ante una nueva pesadilla multiplicadora, que no es la del espejo o la del agua del lago que devuelve su imagen a Narciso, sino que se trata más bien de una inmensa galería de espejos en los que se multiplica nuestra imagen, algo así como aquella galería de espejos de feria  que Orson Welles mostró en el desenlace de La Dama de Shanghai, cuando los personajes se ven una y otra repetidos decenas de veces y ya no saben a qué imagen deben disparar.

Ya no nos miramos de manera obsesiva en un espejo buscando nuestra identidad, o en un símbolo del yin-yang que nos recuerda opuestos simples como lo negro y lo blanco, lo femenino y lo masculino, la fuerza y la debilidad, sino que nos miramos en decenas de espejos. Cada vez son más quienes dedican sus mejores esfuerzos no a disolver o atenuar el peso de las identidades que nos han definido y encerrado durante siglos en compartimentos definidos, sino a multiplicarlas, a re-definirnos de esta o de aquella manera, inventando mil y una identidades, para que cada uno y cada una sepa a qué celda exacta pertenece. Todo esto nos lleva no a rebajar la obsesión por las clasificaciones sino a reforzarla.

Chesterton decía que en el siglo XX se había dejado de creer en Dios, pero no para no creer en nada, sino para creer en todo. Lo mismo sucede en el siglo XXI con la identidad: se ha dejado de creer en las identidades tradicionales (o eso parece a primera vista) pero a cambio se ha empezado a creer en decenas de identidades.

El verbo fundamental aquí es «creer». Hay que creer en algo. Y si los grandes proyectos universales nos fatigan o nos parecen antiguos (modernos en vez de posmodernos), ¿por qué no creer en una pequeña comunidad de élite a la que no puede pertenecer todo el mundo, en la que compartimos una misma identidad ajena a las otras?

Con verdadero entusiasmo, los rastreadores de la identidad se han puesto a cartografiar el mundo, como en el siglo XIX lo hicieron los ingleses para hacerse con el dominio de Asia Central, y buscan identidades definidas en cualquier asunto imaginable : en el sexo, en el género y en los gustos sexuales (hetero, lesbiana, gay, bisexual, asexual, trans, detrans, no binario), en las naciones con o sin estado (húngaro, polaco, catalán, vasco), en las aficiones más inocentes (nerd, friki, hipster), en el año en el que uno ha nacido (milenials, centenials, babyboomer o boomers), en la etnia o cultura (negro, mulato, latino, inca, mexica, catalán, polaco, magiar). Algunas de estas etiquetas caen desde el cielo de las ideas sobre las cabezas de sus desdichados propietarios, que de pronto descubren que les han encasillado en una cosa u otra y que, por ejemplo, les persiguen hasta el exterminio por culpa de un etiqueta, como a los rohingas de Myanmar, pero otras muchas etiquetas son adoptadas con entusiasmo por personas que parecen tener en sus manos la máquina etiquetadora de los supermercados: ellos mismos se colocan la etiqueta que les sitúa en el estante que les corresponde en el gran supermercado de la vida social.

Continuará


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Los antiguos griegos eran muy imaginativos. No solo inventaron muchos de los mitos que todavía nos influyen, y que Sigmund Freud y su discípulo hereje Carl Gustav Jung elevaron, o quizá habría que decir que degradaron, al rango de complejos o de arquetipos, sino que, una vez creados esos mitos, los propios griegos los refutaron.

En cada una de las leyendas griegas encontramos variantes que la niegan. Según algunos mitos, Helena de Esparta se fue a Troya con el bello Paris o Alejandro por su propia voluntad, pero otros piensan que fue raptada mediante la fuerza, o por decisión invencible de los dioses o, como nos dice el sofista Gorgias, por el logos, es decir por los discursos seductores del príncipe troyano. Según otras versiones, como la del poeta Estesícoro, ni siquiera estuvo en Troya, sino que su lugar fue ocupado por un fantasma mientras ella permanecía en Egipto.

Otro de estos mitos cambiantes es el del primer hombre que vivió la presencia de su doble no como una pesadilla sino como un nirvana: Narciso.

Como es sabido, la leyenda cuenta que Narciso se miraba en las aguas quietas de un lago porque estaba enamorado de sí mismo, y sobre esa idea cayó Freud con todo su arsenal psicoanalítico siglos después. Pero  existe una variante del mito que nos ofrece una interpretación sorprendente y nos revea que Narciso no era narcisista, sino más bien incestuoso. En efecto, Narciso en realidad estaba enamorado de su hermana y se miraba en el lago no por amor a sí mismo, sino porque le parecía estar viendo a su hermana gemela, que se había ahogado en aquel lago: el rostro que buscaba no era su reflejo, sino el del cadáver de su hermana, que le miraba bajo las aguas. Hay que suponer que cuando el cadáver se descompuso o quedó cubierto por el limo, Narciso todavía podía adivinar en su propio rostro reflejado el de aquella hermana tan amada.

Pero aceptemos el mito en su versión más conocida y pensemos en Narciso como ese hombre que se enamora de su propio reflejo, que siente que no hay nada más interesante en el mundo que contemplar sus propios rasgos, encontrar a alguien como él, que comparta su identidad, aunque a fin de cuentas se trate de un reflejo en las aguas. Aquí la pesadilla del muchacho chino Baoyu se convierte en el sueño de felicidad. Las quietas aguas del lago le devuelven su propio rostro al Narciso narcisista. Ese placer es el anticipo y quizá también el símbolo del que muchos otros sienten al reconocerse no ya en un espejo, sino en otra persona. En alguien que siendo otro es también uno mismo, alguien que siendo diferente comparte los rasgos esenciales de la identidad. Ya no hace falta mirarse en el lago o llevar un espejo a cuestas, sino que nuestra identidad  se duplica o multiplica en aquellos que son como yo, quizá no en su figura y apariencia, pero sí en las características esenciales con las que he decidido definirme a mí mismo.

No cabe duda de que este deseo de reconocimiento ha sido una constante en la historia de la humanidad y que tal vez incluso está inscrito en nuestra biología, si Richard Dawkins tuvo razón cuando en El gen egoísta, explicó que los genes son los primeros que quieren duplicarse, multiplicarse y perpetuarse. Ahora bien, el sentido de pertenencia a un grupo parece requerir de estructuras más complejas que las de los genes, estructuras que podemos observar en casi todas las especies animales, en los bancos de peces, en las manadas de lobos, en las piaras de cerdos. Ese sentimiento de pertenencia llega a su máxima expresión en el ser humano, que siempre se ha reunido en grupos, familias, clanes, comunidades o naciones, afición que no tiene nada malo en sí misma, pero que sí lo tiene cuando esa identidad de grupo se alimenta y se sostiene en la no identidad de los otros, de quienes no pertenecen al grupo, es decir de la oposición explícita entre ellos y nosotros.

En estos años de la etiqueta que estamos viviendo, que parecen la continuación enloquecida de los años de la identidad, la pasión humana por la pertenencia ha llegado a su extremo. Ahora buscamos la identidad grupal de manera obsesiva, de manera mucho más obsesiva que en años anteriores, y al mismo tiempo, aunque a primera vista parezca paradójico, se multiplican las identidades.

Continuará…


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La ciencia de la magia

Introducción a la magia /1

Dee- 800px-Glindoni_John_Dee_performing_an_experiment_before_Queen_Elizabeth_I

John Dee realizando un experimento ante la reina Elizabeth I de Inglaterra

 

Toda tecnología lo suficientemente
avanzada es indistinguible de la magia.

Tercera Ley de Clarke

Arthur C.Clarke, autor de
2001, una odisea del espacio

 

Hoy en día tendemos a pensar en la magia, la alquimia y la astrología como lo opuesto a la ciencia, pero, en cierto modo, son expresiones de una misma manera de ver la realidad. James Frazer decía que la magia era la hermana bastarda de la ciencia, y no le faltaba razón, aunque quizá sea necesario aclarar que la hermana mayor es la magia, que se remonta al menos 4000 años en el pasado (tal vez a 10.000 o 30.000), mientras que la ciencia como tal apenas ha cumplido 300 o 400.

La principal similitud entre la magia y la ciencia es que ambas son materialistas o mecanicistas; ambas creen en las relaciones de causa y efecto: las cosas no suceden porque sí, por puro azar, pero tampoco por el designio de un Dios caprichoso. En ciertos aspectos, la magia y la astrología son más materialistas que la ciencia moderna, pues no se conforman con decir que la luna produce las mareas, sino que aseguran que alguien que nazca bajo su influjo será ciclotímico, desordenado, poético, protector, perezoso, soñador, disperso, tierno, sensible, sentimental e indolente, o incluso que se convertirá en hombre lobo los días de luna llena.

Existen dos tipos fundamentales de magia, la magia imitativa u homeopática y la magia contaminante o por contacto.

Louvrevoodoo

Estatuilla egipcia (siglos II aI III) para practicar lo que hoy llamamos vudú

La magia homeopática o imitativa dice que lo semejante produce lo semejante (homo significa “igual”, “lo mismo”). Si fabricamos una figura de cera que representa a la persona a la que queremos perjudicar y luego la arrojamos al fuego, del mismo modo que arde la figura, así arderá de fiebre la persona: “No es cera esto que estoy quemando;
Es el hígado, el corazón y el bazo de fulano de tal lo que quemo”.

En cuanto a la magia contaminante o por contacto, afirma que las cosas que han estado juntas mantienen una conexión aunque ahora estén separadas. Si se tiene algo que ha pertenecido a una persona, cabellos, restos de uñas, secreciones de cualquier tipo, se puede influir en ella a distancia.

Frazer cuenta el caso de una criada inglesa del siglo XIX que impidió que se tirara el diente de leche de un niño, porque si lo encontraba algún animal y lo roía los dientes del niño serían como los del animal. Eso le pasó, explicaba la criada al señor Simmons, que tenía un diente largo y enorme porque su madre había tirado uno de sus dientes de leche a una pocilga.

Un método mágico, que se halla en la difusa frontera entre la magia imitativa y la contaminante consiste en influir sobre alguien empleando tan sólo su nombre. Es por eso que el nombre del dios hebreo YHVH era secreto, pues sólo así se puede conseguir que el dios de los hebreos siga siendo su propiedad y no pueda ser atraído por otro pueblo. Los romanos, por ejemplo, tenían la costumbre de robar los dioses extranjeros, para lo cual primero tenían que descubrir el nombre secreto de ese Dios.

La explicación de la efectividad de la magia, en definitiva, se resume en una de las ideas básicas del hermetismo y de la astrología: “Como es arriba, así es abajo”. El muñeco no sólo representa a la persona, sino que es la persona. Las uñas, los cabellos contienen la esencia de la persona, algo con lo que estaría de acuerdo cualquier experto de la serie policíaca CSI, que a través del examen de un simple cabello puede conocer el ADN de un sospechoso, y también si ha bebido o se ha drogado en los últimos seis días.

Continuará….


Esta texto es un fragmento de la introducción a los capítulos dedicados a las sociedades secretas relacionadas con la magia en mi libro La verdadera historia de las sociedades secretas

 


La verdadera historia de las Sociedades Secretas

La verdadera historia de las Sociedades Secretas, de Daniel Tubau

Daniel Tubau

La verdadera historia de las Sociedades Secretas

Editorial Daiyan

La SEGUNDA EDICIÓN de La verdadera historia de las Sociedades Secretas se publicó el 22 de mayo de 2020 por la editorial DAIYAN. Es una edición ampliada y revisada de la primera edición que se publicó en 2008 en la editorial Alba.

Ahora ya puedes encontrar La verdadera historia de las Sociedades Secretas.

2ª Edición en 2020. Revisada y ampliada.


 

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Hay algunas cosas que no entiendo, pero que seguramente entenderé cuando conozca a fondo la gnoseología evolutiva.

Konrad Lorenz plantea qué hubiese podido pasar si nuestra historia evolutiva hubiera sido distinta, y se pregunta: “¿Hay algún mínimo de probabilidad de que las leyes más generales de nuestro aparato cognoscitivo no estuviesen relacionadas con las del mundo real?”

Pues bien, ¿cómo sabe Lorenz que ahora esas leyes sí están relacionadas con el mundo real?

De todos modos, aunque creo que las teorías de Lorenz son más o menos correctas, cada vez cobra más fuerza en mí la idea de que el mundo real no existe. !Ojo! No estoy hablando de solipsismo. Solamente digo que nosotros vemos unos aspectos del mundo y otras especies pueden ver otros. Eso no quiere decir que nosotros o esas especies veamos algo falso. Es imposible “ver” , por ejemplo, a un hombre desde el punto de vista holista (es decir, como un único organismo) y al mismo tiempo “verlo” átomo a átomo.

Eso no significa que el hombre compuesto de átomos sea falso, y tampoco que lo sea el individuo contemplado como tal. Así, supongamos que nuestros ojos tuvieran la potencia de microscopios poderosísimos y, en vez de ver personas, viésemos agrupaciones de átomos o de moléculas. ¿Estarían las leyes de nuestro aparato cognoscitivo relacionadas con el mundo real? La respuesta, seguramente sería “Sí”, para Lorenz. Pero, ¿y sí nuestros hipotéticos sentidos captasen la “realidad” de una manera que ahora no podemos intuir, pero que quizá descubriremos dentro dos mil años? En fin.

[¿1986?]

 

Comentario en 2020: esta nota de lectura es anterior a que empezara la carrera de Filosofía, pero ya entonces me interesaba ese terreno fronterizo entre la gnoseología/epistemología/semiótica y la ontología/física/metafísica. Es decir, las preguntas acerca de qué es la realidad, o cómo está hecha, y las preguntas acerca de cómo conocemos o percibimos la realidad, y acerca de cómo la describimos. Es un terreno muy resbaladizo, por el que hemos patinado todos, desde Platón a Kant, desde los taoístas a los budistas o el vedanta.

Pero la pregunta de Lorenz sigue siendo interesante (¿Hay alguna probabilidad de que las leyes del mundo real no se correspondan con las de nuestro aparato cognoscitivo?) aunque parece difícil de poner a prueba. Es decir, podemos hacernos la siguiente pregunta: “¿Existe alguna manera de imaginar un aparato cognoscitivo diferente al nuestro y, a continuación, ponerlos a prueba ambos con el mundo real?”. La respuesta a todo esto puede quizá llevarnos a la máquina de Turing, pues cualquier aparato o modo de conocimiento que se pueda programar en forma de algoritmos o si se prefiere en forma de abierto/cerrado (o ceros y unos) es en definitiva equivalente. De este modo, podemos imaginar perfectamente que una inteligencia con un único sentido, digamos el oído, podría de una u otra manera, aunque fuese con apaaraatos muy sofisticados, captar lo mismo que captamos nosotros y traducirlo a su percepción, incluso los colores. Supongo.


[Textos 079. ¿1986?]

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