Memorabilia

Por qué a un joven no le gustaban otros jóvenes

Escribí en un texto de juventud: “Siempre detestó a los jóvenes, incluso cuando era uno de ellos”.

No he encontrado ahora el texto, aunque espero que aparezca pronto, ya que estoy digitalizando mis libretas y hojas sueltas. Pero he encontrado una variante que escribí en 1996 en el ensayo Casanova, Segundo acto, que publiqué bajo el seudónimo Paula Dems. Allí decía:

“Ya se sabe que hay que adaptarse a los usos sociales y vivir cada edad según las normas de esa edad: primero hay que ser y actuar como niño, después como adolescente, más tarde como joven, en su momento como adulto y, por fin, como viejo. En cada edad lo suyo. ¿No dicen los sabios de Grecia que nada hay más ridículo que un anciano que se comporta como un joven?”

En contra de esa opinión común, que también compartían los sabios de Grecia, a mí no me gustaban ni me gustan los “jóvenes”. No me gustaban ni me gustan los jóvenes en cuanto que representantes del estereotipo o incluso del arquetipo “joven”, pero tampoco los adultos, ni los viejos, ni las mujeres ni los hombres, ni los jefes, ni los subordinados, ni los izquierdistas ni los derechistas, ni los homosexuales, ni los heterosexuales, ni los bisexuales siquiera. No me gusta que uno se adapte a un estereotipo.

Cuando era estudiante, me expulsaron de varias clases en el instituto porque defendí a una profesora de inglés frente a mis compañeros, los alumnos. Parece absurdo, pero aquello sucedió porque ella interpretó mal mi defensa, pues sin duda debió pensar que era demasiado insólito que un alumno defendiera al profesor, y creyó que mi defensa era irónica. Después, cuando estudiaba en la universidad podía bromear acerca de un profesor o criticarlo, pero no en tanto que “estudiante enfrentado a profesor”, que era la actitud sistemática entre mis compañeros, sino tan solo como una persona que opina acerca de otra persona. Ahora, como profesor, tampoco participo ni comparto las bromas que hace el gremio profesoral acerca de los alumnos. Trabajando como guionista también se me ha reprochado defender las opiniones de los productores, cosa que he hecho siempre que creía que eran ellos quienes tenían razón, por ejemplo cuando en El Gran Juego de la Oca nos pidieron que usáramos más la imaginación en vez de pensar siempre “a lo grande” (lo que para ellos podía suponer un esfuerzo agotador en la preparación de las diversas pruebas).

A menudo he tenido ocasión de observar la adaptación casi automática de las personas a los estereotipos, como cuando amigos o compañeros a los que conocía desde tiempo atrás se convertían casi de la noche a la mañana en “señores” y “señoras”. El día anterior eran personas y ahora, de pronto, sin ningún aviso previo, se habían despertado convertidas en señores y señoras responsables. Asombroso.


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