Solo

Concebía el tiempo como algo que se prolongaba indefinidamente, dando ocasión a que se resolvieran todos los asuntos pendientes, todos los amores concertados tácitamente.

Quince años después, su sensación era la opuesta: cada vez quedaba menos tiempo y nada había sucedido. Los amores pendientes no se habían cumplido y, lo que era peor, incluso los había olvidado.

Estaba solo y se había acostumbrado a ello. Él mismo había decidido asumir, con una rara alegría, esa soledad que se le venía encima. Al principio, es cierto, quiso acercarse de nuevo a los demás, pero terminó por pensar que era preferible no tener pasiones a tener pasiones mediocres. Con el paso de los días y los meses, esa decisión se convirtió en algo tan propio de su carácter que ni siquiera recordaba que un día, en el mes de mayo, había elegido la soledad.

Vivía así, apartado de los demás, sin siquiera advertirlo. Acudía a su trabajo, bromeaba con sus compañeros, se ocupaba de los pequeños asuntos de cada día como cualquier otra persona y después, al final de la jornada, regresaba a su casa y pasaba unas cuantas horas a solas consigo mismo. Empezaba entonces para él la vida real. Ya no tenía que fingir ante nadie, no tenía que eludir compromisos ni mostrar interés por cosas que le resultaban indiferentes. No había testigos, nadie podía decidir por él qué hacer con su tiempo.

Su tiempo eran esas pocas horas nocturnas con sus libros y sus recuerdos.

Le gustaba recordar su juventud, cuando todavía el mundo de las obligaciones quedaba lejos, cuando aún le interesaban los demás, cuando pensaba que el tiempo era su aliado y el futuro algo que se podía elegir.

A veces, sin embargo, al recordar su pasado, se daba cuenta de que ya no era la misma persona y de que todo lo mejor pertenecía a ese joven que había sido y a ese hombre que había querido ser. Y comprendía que había sido vencido por enemigos invisibles y que él era el resultado de una batalla en la que había triunfado el bando más infame. Y una noche el dolor se hizo tan insoportable que supo que él era el único culpable de su situación, que los enemigos invisibles habitaban en su cabeza y que la sangre derramada corría por sus venas. Supo que él mismo había establecido el plazo de su condena aquel día en que eligió la soledad para huir de la vulgaridad. Porque quizá había otras alternativas que ni siquiera había considerado. Y pensó, por primera vez en muchos años, que tal vez era mejor tener pasiones mediocres a no tener pasiones en absoluto.


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