Susan Sontag y los enfermos culpables

Leí La enfermedad y sus metáforas hace probablemente más de 10 años, en casa de Iván, en Barcelona. También leí otro libro de Sontag: Contra la interpretación, del que guardo muy buen recuerdo.

Al leerlo en esta nueva edición, me siento mucho más aludido que entonces. Leerlo otra vez me ha reconfortado, especialmente en estos días (1996).

Andaba yo muy molesto porque me enteré por Iván (que quizá es un poco indiscreto) qué María (mi tía Mariona, psicoanalista) le había dicho que yo no tenía nada, o que mi problema era solo mental. También, según Iván, opinaba lo mismo Pelayo, aunque este último no se basaba en otro argumento que su propia experiencia.

Edición que leí en 1996, y que incluía también el nuevo ensayo El SIDA y sus metáforas

Sucede que desde el primer momento en que me puse enfermo, hace ya más de seis meses, se ha venido insinuando el origen mental de mi enfermedad.

Hacia el 6 de diciembre de 1995, cuando noté los primeros síntomas de lo que yo entonces consideraba un resfriado, Juanjo, naturalmente con la mejor de las intenciones, me dijo que lo que yo padecía era la fiebre prevacacional, que desaparecería en cuánto subiese al avión.

Subí al avión y la fiebre llegó, sin duda, a los 39 grados. Aterricé en México con un dolor de oídos tan doloroso como uno de muelas [de los de mi peor época, en la adolescencia o de cuando estuve en Nueva York y tuve que ir a un dentista de urgencia antes de regresar a España].

En fin, tras volver de México, y tras una primera falsa y breve impresión de que ya me había curado, me volvió la fiebre y persistió la tos. Las pocas veces en que me quejaba, creo que, si no con razón, sí con un motivo digno y veraz, nadie me hacía mucho caso.

La cosa se agravó y llegaron a molestarme algunos comentarios en los que se ponía en duda que tuviese fiebre. Una tarde llegue a enfadarme, algo insólito en mí, porque Margarita no quería creer que tenía fiebre. Me fui a casa y comprobé que, efectivamente, tenía fiebre.

En fin he intentado tomarme esta larga enfermedad con buen humor y en muchas ocasiones pasé los días sin que los demás supieran lo mal que me encontraba. Sin duda fui imprudente: trabajé demasiado y salí demasiadas veces a tomar copas estando completamente enfermo. Con fiebre, no con fiebrula. Cuando ya no podía más, porque tenía la cabeza embotada, me rendí a una enfermedad que venía asediándome demasiado tiempo (he aquí una metáfora militar para hablar de la enfermedad, de las que crítica Sontag).

Me interesa mucho el asunto de lo psicosomático, lo psicofísico, los mecanismos del estrés y todos esos temas, pero siempre he tenido bastante claro que mi enfermedad y casi todas las enfermedades tienen un origen bastante más trivial: un bacilo, un virus, una bacteria. Ni quise ponerme enfermo justo antes de las vacaciones, ni quise seguir enfermo para librarme de una responsabilidad de la que no me libré [dirigir un programa de televisión], ni quiero seguir enfermo por tiempo indefinido. Incluso en el caso de que yo, por algún curioso mecanismo psicofísico, hubiese causado mi enfermedad, he sido tan eficaz que he creado cuando menos dos agentes infecciosos,  una neumonía y un bloque de pus. Mi última hazaña ha sido crearme una hemorragia gastrointestinal que me ha hecho sufrir como pocas veces en mi vida. El problema es que, como no sé cómo lo he hecho, tampoco sé cómo curarme.

[2020. entiéndase la ironía del párrafo anterior, de la que advierto porque últimamente es frecuente que no se entiendan las ironías si no se subrayan, o si no se añade un emoticon].

Susan Sontag

Pero vuelvo al libro de Susan Sontag.

Sontag examina en su libro toda la mitología que ha rodeado a la tuberculosis y al cáncer y ciertas metáforas que han contribuido a comprender mal ambas enfermedades y a hacerlas más dolorosas para quienes las padecen. Más adelante hablaré de muchas cosas estupendas de este libro pero ahora quiero centrarme este asunto del enfermo culpable [o culpabilizado]:

Georg Groddeck (18661934), precursor de la psicosomática y autor de una curiosa novela: El buscador de almas.

“Con las enfermedades modernas (antes la tuberculosis, hoy con el cáncer) se empieza siempre por la idea romántica de que son expresión del carácter y se termina afirmando que el carácter es lo que las causa”. Así lo han hecho muchos psicólogos y analistas, que han descartado cualquier causa externa de las enfermedades”.

Cita Sontag a un tal Groddeck:

“Es el enfermo mismo quién crea la enfermedad, él es la causa de esa enfermedad, no hay por que buscar otro”.

Este Georg Grodek es, creo, de principios del siglo XX, pero a pesar de lo fácil que resultaría convencerlo, por ejemplo, inoculándole el bacilo de Koch, todavía hay quien opina como él.

Yo tengo un libro de un tal Luis Chiozza, Por qué enfermamos, en el que se dice, por ejemplo, que es necesario tener en cuenta que “la enfermedad es la solución que el enfermo ha encontrado” y que su desaparición por si sola “restablece [resuelve] el problema”.

También en la página 71 dice Chiozza:

“Un hombre se enferma porque se oculta a sí mismo una historia cuyo significado le es insoportable. Su enfermedad es, además, es una respuesta simbólica que procura, inconscientemente, alterar el significado de la historia, o lo que es lo mismo, su desenlace”.

Anoté al margen cuando lo leí (mucho antes de estar enfermo): “¿No creerá que siempre es ese el motivo?”. [Y sí, parece que lo cree].

[Por cierto, que resulta bastante asombroso  cómo los psicoanalistas y otras especies variadas de interpretadores superficiales no solo emplean símbolos para explicarlo todo, sino que invierten la relación lógica y hacen que las cosas sean dependientes de los símbolos, y no los símbolos de las cosas: podríamos decir que cosifican los símbolos y simbolarizan las cosas].

No niego que es posible que una persona logre enfermarse a sí misma, por ejemplo Pelayo [según él mismo presumía, esta era una de sus habilidades, lo que no era asombroso, dada su fragilísima constitución].

También el mal de amores puede matar a una persona de pura pena, como dice Oliva Sabuco [en Nueva Filosofía de la Naturaleza y del Hombre], y posiblemente muchas dolencias musculares y articulares tienen su origen en algo parecido a una represión, o al menos una tensión mental que causa una consecuente tensión física, como puede ser  el agarrotamiento de los músculos de los hombros, por ejemplo. Pero no nos volvamos locos y no situemos en la mente de los enfermos (y en sus manos) la causa y la solución de enfermedades que en ocasiones solo se podrán curar con la amputación de un miembro o el tratamiento de la parte infectada, y en otros casos con la administración de antibióticos capaces de afectar a los agentes infecciosos.

Opiniones tan descabelladas y peligrosas, dice Sontag, no solo descargan sobre el paciente la responsabilidad del mal que le aqueja, sino que, además de impedirle comprender la gama de tratamientos posibles, lo apartan implícitamente de todo tratamiento.

Y añade Sontag:

“Se da por sentado que la cura depende en primer término de la capacidad del amor propio del paciente, de hecho ya muy puesta a prueba o muy debilitada… Tanto el mito de la tuberculosis, antes, como hoy el del cáncer, sostienen que uno es responsable de su propia enfermedad”.

La miseria, de Cristobal Rojas (1886), con una enferma de tuberculosis. Hasta los años 50 del siglo pasado (cuando se empezó a aplicar la vacuna), la tuberculosis causaba cada año muchísimas muertes en Madrid.

Admito que yo mismo he opinado a veces que la manera en que uno encara un cáncer puede influir en el curso de la enfermedad, y que me ha tentado a veces la hipótesis de convertir a nuestra mente en un doctor interno que nos cure. Yo mismo he intentado contar con los servicios de este médico (un médico más “de cabeza” que “de cabecera”) para curarme. Pero debo decir que este doctor interno se ha demostrado significativamente más ineficaz que los externos, qué, por fortuna, la mayor parte de las veces son muy eficaces.

Porque dejando a un lado estas fantasías, lo que curó a los enfermos de tuberculosis fueron las vacunas, y a los de cáncer fundamentalmente la quimioterapia, la radioterapia y otros métodos. [Métodos que, obviamente, no están exentos de consecuencias en algunos casos, pero que en ocasiones han sido la única posibilidad de lograr la supervivencia del enfermo]. Siguiendo el libro de Sontag se verá todo esto claramente:

“En 1881, un año antes de que Robert Koch anunciara el descubrimiento del bacilo de la tuberculosis y que demostrara que esta era su causa primordial, un difundido manual de medicina daba las siguientes causas de esa enfermedad: la predisposición hereditaria, el clima desfavorable, la vida sedentaria de puertas adentro, la ventilación defectuosa, la falta de luz y las emociones deprimentes”.

Dice Sontag que en el siglo XVI y XVII se creía que al hombre feliz la peste no lo tocaba, y así con todas las enfermedades infecciosas

“En realidad todas las teorías que atribuyen las enfermedades a los estados de ánimo y su cura a la mera fuerza de la voluntad son síntoma de lo poco que se conoce en el terreno físico de la patología”.

[Tonterías semejantes a las que denuncia Sontag las hemos leído y escuchado a menudo durante el coronavirus, incluso de artistas tan estupendas como Ouka Lele, que dice que el mejor remedio es sin duda el amor].

Antes estuvo de moda, dice Sontag, lo de que los enfermos de tuberculosis eran seres apasionados y lo de cáncer reprimidos. También hace años se atribuyeron muchas enfermedades a la somatización y hoy en día al estrés.

[En la actualidad, en el caso de la tuberculosis, se calcula que se salvan casi 50 millones de vidas al año, gracias a la vacuna y los tratamientos, y es muy difícil morir de esta enfermedad si se sigue el tratamiento de manera adecuada]

Yo creo [y también los médicos desde Hans Seyle al menos] que el estrés es causa del agravamiento de algunas enfermedades y de la aparición de otras, debido al mal funcionamiento constante de los órganos sometidos al estrés, pero no creo que el estrés sea la causa de todas las enfermedades, ni siquiera de la mía. Y mucho menos creo que decir esas palabras mágicas [estrés, somatización…] cure al enfermo: es como si a alguien que se hubiese estado golpeando la rodilla con un martillo durante días se le dijese, con la intención de curarle, que lo que le sucede es que se ha estado golpeando la rodilla con un martillo durante días.

[Es decir, que incluso en los casos en los que el estrés causa desarreglos físicos, hay que arreglar esos desarreglos, al margen de que la persona pueda o no superar su estrés y posterior ansiedad. Como es sabido, Seyle llamó estrés a esta reacción fisiológica por su similitud con el stress o fatiga del material].

Dice también Sontag:

“Las teorías psicológicas de la enfermedad son maneras poderosísimas de culpabilizar al paciente. A quien se le explica que, sin quererlo, ha causado su propia enfermedad, se le está haciendo sentir también que bien merecido se lo tiene”.

Así, teorías psicológicas disparatadas pero muy extendidas atribuyen al pobre enfermo la doble responsabilidad de haber caído enfermo y también la de curarse.

En fin, seguiré hablando de Susan Sontag y de su libro, pero espero que con esto quede claro su postura y la mía, ambas coincidentes. Pero como no quiero hacer esta reflexión muy larga añadiré mucho sobre este tema en comentarios breves que iré intercalando a lo largo del libro [de mi cuaderno Ocurrencias de un enfermo].

(1996)

[2020: lo anterior son anotaciones de un enfermo, apresuradas y poco elaboradas, pero he preferido dejarlas tal como las escribí entonces. Todo lo que aparece entre corchetes lo he añadido en 2020].


[Escrito en 1996, durante mi enfermedad. Publicado en 2020 durante el coronavirus]

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