El determinismo biológico

Segunda aproximación kármika

Yo soy hijo de un padre y de una madre. Con mi madre comparto algunos rasgos físicos y algunas características fisiológicas. Con mi padre, otras. Mi ADN, el código genético que me define desde un punto de vista biológico, es una combinación del de mi padre y el de mi madre. En ese ADN están inscritos muchos de mis caracteres físicos, y tal vez también algunos que suelen considerarse mentales.

Si yo hubiese tenido otros padres, mis características físicas serían tan distintos que, en realidad, sería absurdo decir que ese otro yo con distintos padres fuese yo. Las personas que se lamentan por no haber tenido otro padre (por ejemplo, un padre más alto) no se dan cuenta de que no se puede tener otro padre biológico sin dejar de ser quien se es. Elegir otro padre u otra madre es  autoeliminarse del mundo y dar entrada a otra persona, que a lo mejor será más alta y más feliz, pero que no será la misma que se lamenta ahora de su suerte.

Y, sin embargo, volveremos a hablar de este asunto.

Regresemos a la herencia. Yo soy heredero del ADN combinado de mis padres, pero también del de mis abuelos, bisabuelos o tatarabuelos. Llevo en mi cuerpo los genes de seres que existieron hace millones de años. Desciendo de personas que vivieron en tiempos del imperio romano, en la época de los sumerios y en las épocas prehistóricas. Y si la teoría de la evolución ortodoxa es correcta, también soy heredero de un pez que abandonó el mar y se estableció en tierra firme.

¿Hasta dónde puedo retroceder en busca de mi herencia?

Bueno, hubo un tiempo en que no había animales, ni siquiera plantas, así que mi origen se encuentra en combinaciones entre elementos químicos, que tuvieron lugar hace millones de años, antes incluso de que existieran la Tierra y el sistema solar. Todas estas acciones, esas combinaciones, fusiones y mezclas que se han sucedido desde hace millones de años han permitido que ahora exista yo. Una pequeña variación en cualquier instante de la historia del universo habría significado mi no existencia.

Debido a todo lo anterior, estoy en deuda con todos mis ancestros: hombres, animales, vegetales, minerales y elementos químicos. No soy el único: también han contraído esa deuda, tal vez involuntariamente, todas las personas que ahora existen, incluido el paciente lector que ha aguantado hasta el final de esta segunda aproximación a la noción de acumulación kármica.

 


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Un universo sin conciencia

Primera aproximación kármica

Imaginemos un universo en el que no interviene la conciencia,  es decir, la intencionalidad, el deseo o la voluntad. En ese universo todo se reducirá a una sucesión de acciones físicas absolutamente determinadas. Si admitimos, además, que en ese universo sin conciencia hay razones o causas para que sucedan las cosas, entonces un evento físico, como el calentamiento del agua, tendrá una consecuencia física: el hervor del agua.

Pero quizá tenemos que justificar por qué tiene que haber causas y efectos. 

El poeta y filósofo Lucrecio decía que nada surge de la nada, y lo argumentaba bien: si algo pudiese surgir de la nada, todo podría surgir de cualquier cosa. De una piedra podría nacer un caballo, y de la luna, un reloj. No creo necesario demostrar por qué esto es así.

Comprendo que, a primera vista, se puede pensar que la frase «nada surge de la nada» no implica necesariamente la conclusión «todo puede surgir de cualquier cosa». A mí tampoco me pareció tan evidente cuando lo leí por primera vez. Dejo al lector que recorra su propio camino si le hace falta. Mi opinión es que el argumento de Lucrecio se puede discutir, pero dando varios saltos de nivel que, a fin de cuentas, no acaban de ser legítimos si se trata de discutir verdaderamente con Lucrecio, que vivió en el siglo uno antes de nuestra era. Recomiendo, pues, no buscarle tres pies al gato antes de tiempo: para poder criticar un argumento a menudo es imprescindible no solo oírlo antes. También hay que escucharlo sin prejuicios o, mejor aún, suspendiendo transitoriamente el juicio, por mucho que nos molesten ciertas inexactitudes de detalle.

Nos encontramos, pues, ante un universo que hemos querido imaginar sin conciencia, donde sólo se dan acciones físicas, que sólo producen efectos físicos: una cadena ininterrumpida de causas físicas que provocan efectos físicos. Estos efectos, a su vez, son causas para otros efectos. En un universo como éste, todo tiene consecuencias: si un átomo se descompone, eso tendrá algún efecto sobre alguna parte del sistema total, y este o estos efectos seguirán actuando instante tras instante, produciendo más y más efectos. Esto significa que un efecto actual es heredero de un efecto o de muchos efectos que tuvieron lugar hace milenios. Esta es la primera aproximación a la noción de acumulación kármica.

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Efectos mentales de las acciones físicas

Pues bien, una vez admitido que podemos hablar de acciones mentales, aún cuando no sea posible observarlas en el mundo físico, podemos volver al tema de las acciones y sus efectos.

A primera vista puede parecer que las acciones mentales producen efectos físicos (pensamos en hacer algo y lo hacemos) y también efectos mentales (pensamos en hacer algo y luego pensamos en cómo hacerlo), mientras que las acciones físicas sólo producen efectos físicos.

Me parece que alguien sostenía con bastante rigor y sensatez lo anterior, aunque no consigo recordar quién, tal vez un filósofo francés, pero no estoy pensando en el ingenioso Malebranche, que también se refería a esto de una manera curiosa, que no debo comentar aquí.

Sin embargo, es fácil darse cuenta de que las acciones físicas también producen efectos mentales: cuando golpeamos una piedra, eso nos produce dolor, que es la excitación física de un nervio, pero también una sensación… mental.

Como dice Ortega, del dolor de muelas de otra persona sólo tenemos su espectáculo. Es cierto que un dentista puede comprobar que el paciente tiene el nervio inflamado y que, en consecuencia, es probable que sienta dolor, pero si la intensidad de sus lamentos está justificada o no, eso es algo que no podemos dictaminar con precisión.

Si el ejemplo del dolor no resulta convincente como efecto mental, tomemos el miedo: podemos sentir miedo hacia algo o hacia alguien que acaba de causarnos algún tipo de dolor. Su acción física externa ha provocado nuestra reacción mental interna.

Un último ejemplo: el amor. Todo amor se inicia en una acción física: ver a otra persona, escuchar sus palabras, sentir sus caricias. En el origen de todo amor parece inevitable una primera acción física: ver, oír, sentir.

Podemos, en definitiva, decir que las acciones físicas producen efectos físicos, pero también mentales; y que las acciones mentales producen efectos mentales, pero también físicos. Con esto, como ya anuncié, dejo la cuestión en suspenso y vuelvo a la explicación del karma, de la acumulación kármica.

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Lo que digo de Malebranche tiene cierta relación con esto: La ceguera voluntaria, o con esto Juan José Millás y la percepción malebranchiana

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Los efectos físicos de las acciones y deseos

Hemos llegado a la conclusión de que podemos hablar de acciones mentales, aunque  nuestro conocimiento de ellas solo se dé por introspección y comparación.

Por introspección, porque por experiencia íntima sabemos que nuestras acciones físicas casi siempre tienen su origen en intenciones y deseos, en acciones mentales.

Por comparación, porque, al observar en otras personas acciones físicas similares a otras que nosotros mismos hemos realizado, suponemos que detrás de esas acciones hay motivos, deseos, intenciones y acciones mentales parecidas a las que a nosotros nos llevan a actuar de manera parecida.

En definitiva, cuando hablamos con personas, suponemos que no estamos ante robots o seres programados, sino que detrás de su comportamiento existe una intención, o al menos un pensamiento. Lo creemos incluso en cuando tratamos con un militar que actúa de la manera más similar a como actuaría un robot bien entrenado: obedece órdenes, es cierto, pero es de suponer que opinará algo sobre esas órdenes, o al menos sobre la necesidad de obedecerlas y cumplirlas.

Es cierto, sin embargo, que cada persona suele percibir su propio comportamiento como plenamente libre y voluntario, mientras que considera el comportamiento de los demás como determinado por esto o aquello.

Algunos historiadores marxistas califican a las personas como entes sociales cuyo comportamiento está determinado por factores económicos e históricos. Lo curioso es que no parecen incluir dentro de dicha calificación la propia labor interpretativa que ellos realizan. Eso, como es obvio, les conduciría a un círculo vicioso que pondría en cuestión el carácter científico del propio marxismo. Ya veremos que este es un asunto que tiene que ver con nuestro argumento principal, pero que se relaciona mucho más con la sociología, la historia, la economía y otras ciencias afines o subalternas, como la estadística.

Mujeres como un engranaje más de la maquinaria.

 

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La percepción de las acciones mentales

Ya hemos visto que las personas llevan a cabo acciones físicas y mentales. Las acciones físicas y sus efectos físicos pueden ser observados fácilmente. Las mentales sólo pueden ser observadas si producen efectos físicos.

Aquí alguien dirá:

“Si las acciones físicas son las únicas que pueden ser observadas, ¿qué es lo que nos permite hablar de acciones mentales que no podemos observar?”

La respuesta es:

“Nuestra propia experiencia íntima, la observación interna o introspección”.

Ya sé que ésta no es una respuesta muy convincente. Los psicólogos conductistas la rechazarían de plano y dirían que sólo se puede hablar de los comportamientos observables para cualquier persona.

La psicología conductista ha dominado durante varios decenios sobre sus rivales y parece claro que hubo buenas y sólidas razones para ese éxito. Durante los años del predominio conductista no estaba permitido (era sencillamente mentalista, místico o estúpido) decir que Juan ha hecho tal o cual cosa porque deseaba hacerla, o que ha matado a Pedro porque le odiaba. Lo único que se podía decir es que Juan ha hecho tal o cual cosa porque ha recibido éste o aquél estímulo. Si no se conocen los estímulos, tan sólo se podrá describir la acción realizada por Juan; si se conocen esos estímulos, habrá que volver a someter a Juan de nuevo a esos estímulos y comprobar si su reacción es la misma. Es decir, habrá que poner a Juan en la misma situación para que haga tal o cual cosa… o habrá que dejar que vuelva  a matar a Pedro. Por el último  ejemplo, ya se puede intuir que no siempre es fácil replicar una misma situación y unos mismos efectos.

En resumen, para el conductismo o behaviorismo, sólo existen acciones físicas, o comportamientos observables, entre los que se incluyen las explicaciones que el propio Juan nos ofrece de las razones que le llevaron a hacer eso que hizo. Estas explicaciones han de ser tomadas en sí mismas, en su carácter puramente físico, es decir, como expresiones verbales o escritas, no en cuanto que remitan a algo mental que pretenden expresar o desvelar. Esa es la postura conductista.

Actualmente [1992], sin embargo, la psicología conductista se halla en franca decadencia y va perdiendo uno tras otro los territorios conquistados tras dura lucha con las psicologías mentalistas. Una de las razones de su declive puede ser, como acabamos de ver con el doble asesinato de Pedro, que es casi imposible repetir en un laboratorio los estímulos recibidos por una persona… incluso si los ha recibido en ese laboratorio. Si aceptamos que eso fuera posible, todavía nos queda una dificultad: el sujeto ya no es el mismo cuando recibe por primera vez un estímulo y al recibirlo en ocasiones sucesivas. Lo más curioso del asunto es que, quienes se molesten en leer las investigaciones de Pavlov, descubrirán que ni siquiera el perro de Paulov, símbolo del conductismo, era un conductista estricto: un mismo perro, nos dice el propio Pavlov, reacciona de distinta manera incluso ante un mismo estímuloUna de las razones para que esto suceda es sin duda que ningún perro puede recibir un estímulo dos veces por primera vez: la repetición del estímulo encontrará a un perro diferente, puesto que ya conoce ese estímulo.

Sean cuales sean las razones de la derrota del conductismo, ahora domina la llamada psicología cognitiva, que dice que el ser humano no es un sujeto de laboratorio conductista, puesto que no se somete pasivamente a los estímulos, sino que es un buscador activo de información y de estímulos, por lo que, a menudo, importa más la autoestimulación que los estímulos puramente externos o no buscados. La psicología cognitiva, en consecuencia, recupera algunas de las ideas de las psicologías mentalistas, aunque vestidas con ropas nuevas y menos llamativas, gracias a la labor realizada durante años por el sobrio sastre conductista. No voy a detenerme a examinar los méritos y deméritos de la psicología cognitiva; tan sólo he querido dejar claro que ya no es tan escandaloso hablar de deseos e intenciones: la intencionalidad es hoy en día [1992] uno de los asuntos que más interesa a los investigadores.

 

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[Escrito en 1992, publicado en 1997. Revisado en 2020]

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Las acciones y sus efectos

Hemos visto que los seres humanos llevamos a cabo acciones y que estas acciones pueden ser físicas o mentales. Es fácil aceptar que las acciones físicas producen efectos perceptibles: si levantamos un techo contra la lluvia, no nos mojaremos cuando vengan las lluvias; si le damos una patada a una roca, sentiremos dolor.

Cuando se trata de las acciones mentales de una persona, los efectos no se pueden observar con tanta facilidad. Precisamente porque para que esos efectos puedan ser percibidos por otras personas tiene que tratarse de efectos físicos, con lo que penetramos de nuevo en el terreno de las acciones físicas.

Si yo le digo a un amigo: “Tráeme la carpeta, por favor”, y mi amigo me trae la carpeta, estoy uniendo una acción mental con una acción física. Es decir, una acción mental está teniendo efectos físicos.

La acción mental no es la frase que yo pronunció: “Tráeme la carpeta, por favor”. Esa frase es el efecto físico que traduce una acción mental previa. La acción mental originaria es el pensamiento, intención o deseo de que mi amigo me traiga la carpeta, y mi consecuente intención o deseo de emitir la frase: “Tráeme la carpeta, por favor”.

Se podría decir que ha habido una primera acción mental, el deseo de tener la carpeta, que ha producido otra acción mental, el deseo de pedir a mi amigo que me traiga la carpeta. Esta acción, a su vez, ha producido una acción física: la emisión de la frase “Tráeme la carpeta, por favor”. Esta última acción, finalmente, ha producido una segunda acción física: mi amigo me ha traído la carpeta.

Podríamos añadir unas cuantas acciones más, con lo que la cosa se volvería cada vez más enrevesada. Por ejemplo: la acción mental producida por mi frase en el cerebro de mi amigo, y la subsiguiente acción mental que es su intención de traerme la carpeta.

Pero no pretendo hacer una descripción exhaustiva de todas las acciones físicas y mentales necesarias para que un amigo te traiga una carpeta. El resultado de tal empresa sería una enumeración inmensa: el inventario de acciones resultaría abrumador. De hecho, habrá quien opine que esta lista no tendría fin, con lo que se daría la paradoja de que una serie de acciones que tiene un principio y un fin en el tiempo requiere una cantidad infinita de acciones intermedias. Y no sólo eso: una acción puede ser realizada en un tiempo finito, pero requiere de un tiempo infinito para ser contada o descrita en todos sus detalles. Todo esto recuerda las famosas paradojas de Zenón, la de la flecha, y la de Aquiles y la tortuga, por ejemplo.

Nos hemos adentrado en un tema complejo, el de las acciones físicas y mentales y sus efectos. Sin embargo, sólo pretendo por ahora sembrar algunas ideas y conceptos. Declaro, ya antes de proseguir, que dejaré esta cuestión suspendida en el aire, sin dar una solución o balance final. Si hablo de este asunto es porque tiene y tendrá una constante relación con la doctrina de la acumulación kármica. No puedo ofrecer todo ya digerido al lector, y tampoco puedo ocultar que hay ciertas preguntas para las que no tengo una respuesta clara. Si esas cuestiones juegan algún papel en la cuestión global (la acumulación kármica) conviene exponerlas.

De modo que no se inquiete el lector ni tema perderse en laberintos: aquí se plantean cuestiones importantes desde distintas perspectivas, y no sólo desde la que yo adopto en esta breve investigación, que habría que llamar Intento, para recuperar el sentido original de la palabra Ensayo. De cada lector dependerá que las semillas de estas intuiciones germinen y produzcan un árbol conceptual vigoroso o tan solo un triste arbusto. No se tome lo anterior como inmodestia o presunción: pocas de las ideas de las que hablo, si acaso alguna, me pertenecen.

Cierro ahora este nuevo paréntesis y vuelvo a las acciones físicas y mentales. ¿Se acuerda el lector de dónde nos habíamos quedado?. ¿Sí?. Esa es una buena señal. Ahora puedo repetir lo expuesto, confiando en que lo ya dicho suene distinto, debido, precisamente, a esos paréntesis e incisos que a lo mejor parecían innecesarios.

[1992]

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Acciones físicas y acciones mentales

Las personas, y también los animales, llevan a cabo acciones. Estas acciones pueden ser físicas, como construir un techo para resguardarse de la lluvia, o bien mentales, como sentir envidia, amor o, simplemente, proponerse construir un techo contra la lluvia.

No voy a discutir ahora si las acciones mentales son en último término físicas, es decir, procesos cerebrales.

Aunque lo fueran, eso no impide que resulte bastante fácil distinguir lo que llamamos una acción física de lo que llamamos una acción mental. Aceptemos, pues, la convención, ya que facilita, al menos en esta ocasión, el entendimiento.

Para evitar cualquier mala interpretación, añadiré algo. Mi intención aquí es hablar de acciones que de un modo sencillo pueden ser diferenciadas, las físicas y las mentales, pero no afirmaré en ningún momento nada acerca de su naturaleza, de lo que un filósofo llamaría su estatus ontológico o metafísico, de si las acciones son reales, materiales o cualquier otra cosa imaginable. Después de este paréntesis, destinado más que nada a no levantar suspicacias innecesarias, regreso a la cuestión de las acciones.

[1992]


2020

Se podrían añadir muchas cosas y aclarar algunos aspectos en el texto anterior, pero prefiero mantener la intención original con la que lo escribí. Pondré un ejemplo de a qué me refiero cuando digo que no quiero en estas aproximaciones al karma averiguar el estatus ontológico de las acciones mentales.

Pensemos en una película y en un bambú: es obvio que podemos hablar de manera muy diferente de una y de otro. La película ha sido creada por personas, es una obra de arte intencionada, se puede analizar desde el punto de vista de la narrativa o de la técnica cinematográfica, mientras que el bambú no es en sí misma una obra de arte creada por personas, no tiene cualidades narrativas obvias (excepto de una manera metafórica) ni se dirige a un público que lo contemplará en una sala de cine o en un aparato de televisión, no contiene escenas ni actores, etcétera. Son dos cosas muy diferentes . Ahora bien, tanto la película como el bambú están hechos en último término de moléculas y de átomos. Pero, aún sabiendo esto, podemos hablar de manera interminable de sus diferencias

Es en este sentido que digo que no me interesa por el momento saber el estatus ontológico, de qué están hechas o cuál es el origen de las acciones mentales, sino que tan solo quiero hablar de las cualidades (aparentes o no, reales o no) de la acciones mentales y de las cualidades de las acciones físicas, sin más.

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[Celuloide y bambú, ilustración de Daniel Tubau]

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Acerca del karma

Como digo un poco más abajo, en el prólogo o Aviso que escribí cuando edité, imprimí y encuaderné yo mismo un librillo con el ensayo, este texto fue escrito en 1992. Ahora lo recupero y mi intención es mantenerlo como está, excepto si puedo mejorar algo el estilo o hacer más agradable la lectura.

Y ahora, antes de continuar desde este 2020 del coronavirus, doy paso al prólogo que escribí en 1997.

AVISO (1997)

Escribí este ensayo en 1992 y lo llamé Algunas aproximaciones a la noción de acumulación kármica. Es un título terrible, que no se corresponde con la sencillez del texto. El título fue acortándose poco a poco. Comencé por cambiarlo por Acerca de la acumulación kármica, y ahora Acerca del Karma. En la próxima edición quizá se llame Karma.

Lo edité malamente y lo tuve un tiempo rondando por ahí. Pensé varias veces incluirlo en mi revista Esklepsis, pero era demasiado largo, y acabé por no publicarlo. Lo leyó Iván (mi padre) y lo leyó Marcos. Los dos me dijeron que era muy interesante, y los dos parecían sinceros, pero ninguno de los dos llegó a detallarme, de palabra o por escrito, las cosas interesantes contenidas en el ensayo. 

Cuando pretendía editarlo en Esklepsis, pensé en añadir en un número posterior un montón de notas dentro de la sección Apoyo Mutuo, para aportar información acerca de cuestiones que en el texto sólo son mencionadas, o desarrollando algún argumento que se trata de modo tangencial. El caso es que escribí muchas de esas notas.

Al proponerme editarlo ahora, he pensado si convenía añadir esas notas de Apoyo Mutuo en notas a pie de página, no añadirlas, o ponerlas tras el texto. Esto de escribir notas y comentarios es actualmente uno de mis pasatiempos favoritos: disfruto escribiéndolas y disfruto leyéndolas.

Me alegró mucho saber que esta opinión no es sólo mía: mi amiga Karina me dijo que le habían gustado mucho las notas a las felicitaciones de que escribí para mi hermana Natalia, y los comentarios a otros textos, como Solo me queda ser la sombra. Así que, como le dije a Karina, quizá acabe convirtiéndome en un escritor a pie de página: escribir cualquier tontería y dedicarme a anotarla.

Ahora bien, intento que las notas y los comentarios tengan que ver con el texto que anotan y comentan: de hecho, siempre están motivados por él. Y, a la inversa, por ahora intento evitar escribir textos para ser anotados, y ni siquiera lo hago en las felicitaciones de Natalia, donde puede parecer que hago aparecer muchos personajes para luego hablar de ellos en las notas.

Y no sigo con esta digresión.

Diré solamente que al final he decidido no añadir esas notas en esta edición, porque eso me llevaría demasiado tiempo. En la próxima edición, sí añadiré esas notas, y tal vez más cosas.

Tan sólo añadiré, tras el ensayo, un comentario acerca del origen del mismo.

 NOTA EN 2020

No tengo muy claro dónde están esos comentarios al ensayo que mencionaba en 1997. Tal vez los encuentre en este viaje casero que me lleva a recuperar papeles antiguos por los rincones de mi casa, que es algo, que, creo, nos está sucediendo a todos los que estamos encerrados en nuestras casas por el coronavirus.

Lo que sí he encontrado, en el ejemplar impreso que conservo (el que puede verse en la foto), es una hoja suelta con algunos comentarios escritos a mano por Karina, comentarios que, tras someterlos a su revisión, tal vez añada aquí. Mientras tanto seguiré buscando las notas. 

Publicaré el texto en capítulos, y para mis lectores escépticos, prometo que lo publicaré íntegro y día a día: no será otra de esas publicaciones interrumpidas sine die.

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La acumulación kármica

Hay que admitir que «la acumulación de karma», o «la deuda kármica», suena bastante mal para un oído occidental. Supongo que en la India algunas expresiones occidentales también sonarán bastante mal, como «la redención del pecado».

Sutta pitaka, la segunda cesta del Canon Tipitaka, la de los discursos de Buddha

No voy a intentar definir qué es el karma, porque es muy difícil traducir esta palabra sánscrita, que en pali, la lengua que se emplea en las escrituras budistas de la escuela theravada, se escribe «kamma».

El concepto de karma es casi universal en el pensamiento de la India y también en su propagación por todo el Extremo Oriente. Con esto quiero decir que es un concepto que aceptan tanto las doctrinas llamadas ortodoxas como las heterodoxas, el hinduismo pero también el budismo y el jainismo. Fue rechazada solo por algunas escuelas marginales, como  los fatalistas ajivikas y los carvaka materialistas.

Otra idea común a la mayoría de las doctrinas de la India es la de la reencarnación, que aceptan heterodoxos y ortodoxos, y que está asociada de manera casi indisoluble a la doctrina del karma.

A pesar de la visión occidental que considera todo lo oriental igual (todos los gatos son pardos en Oriente), es difícil encontrar en la India conceptos acerca de los cuales la unanimidad sea absoluta. La excepción son estas dos ideas ya mencionadas: la acumulación de karma y la reencarnación. En el subcontinente indio podemos descubrir todo tipo de filosofías, éticas y religiones, pero es difícil que en ellas no intervengan, aunque sea de manera tangencial, las nociones de karma y reencarnación.

Debido a esta coincidencia, parece más adecuado considerar como rasgo común de las doctrinas nacidas en tierra india la idea del karma y la de la reencarnación, en vez de la concepción monista o panteísta de la naturaleza, o la de lo Brahman, lo Atman o la unión brahman-atman, como se hace frecuentemente.

Vayamos a la acumulación de karma. Tal vez sea posible explicar el asunto en dos líneas, pero me parece más interesante abordarlo de un modo indirecto.

Continuará


[Escrito en 1992]

2020: Sé que no es correcto hablar de Extremo Oriente, término sin sentido geográfico definido (sí lo tiene, sin embargo Asia Oriental, por ejemplo), y probablemente tampoco lo tenga la distinción entre lo oriental y lo occidental, pero he preferido no corregirlo aquí para que no se pierda la intención del argumento.


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Espíritu de pez, de Pu Song Li: el amor y las convenciones

Al leer varios pasajes de un cuento de Pu Song Li, escribí en el margen del libro: “Esklepsis, Seres de papel, Smullyan: el gusto de ver a alguien como tú”.

Me refería a una sección que tenía en mi revista Esklepsis dedicada a seres de papel, es decir, a personajes que habitan en libros. También al gran lógico Raymond Smullyan y a un texto suyo en el que comenta un poema de Tachibana Akemi, en el que Akemi dice que es un palcer encontrar en los libros a personas que piensan como tú. Así que yo me alegraba de encontrar a alguien como Smullyan, que pensaba como yo que es un placer encontrar a alguien que piensa como tú, y que además se alegraba de encontrar a alguien como Akemi, que también pensaba en el placer de encontrar a alguien como tú en los libros. Y ahora, al leer el cuento de Pu Song Li “Espíritu de pez”, me sentía yo como el joven al que describe:

“En la aldea de Hebei vivía el joven Mu Changong, un devorador de libros. Poseía una habilidad especial para elegir los que más convenían a sus gustos y a sus necesidades, es decir, los que iban a entretenerle o le formarían.
Solía leer en un lugar junto al muelle, pues al levantar la cabeza repasando mentalmente un pasaje que le había llamado la atención, le encantaba poder contemplar ese escenario.

Sin embargo, el padre del muchacho quería que se ocupase de los negocios, así que Mu Changong tuvo que dirigir uno de sus almacenes, “cosa que el joven pudo hacer fácilmente, al ser muy despierto y tener una mente práctica o imaginativa, de acuerdo a la situación que se dispusiera a afrontar”.

Me gustó mucho esto de una mente capaz al mismo tiempo (o en distintos tiempos) de ser práctica o imaginativa, porque no creo que sean características incompatibles.

Cuando cumplió dieciséis años, su padre le llevó a Wuchang (Hubei) para celebrarlo. Allí el joven se dio cuenta de “lo importante que es poder contemplar en la realidad lo que se ha leído, porque se capta mejor lo que pretendió contar el autor, al mismo tiempo que se buscan lugares, momentos y emociones que de otra manera hubieran pasado desapercibidos”.

El caso es que el joven estaba recitando unos poemas a la ciudad junto al río cuando oyó unas risas y vio a una hermosa muchacha y su rostro “quedó en su mente como se retiene el deslumbramiento provocado por el sol cuando se mira hacia él mucho tiempo”.

Tiempo después, el joven recibe la visita de una mujer que le dice que viene en nombre de su hija Bai Qiulian, que también se había enamorado de él. Sin embargo, el padre del joven no consiente en esa boda y el joven no sabe cómo oponerse a su padre. La joven va enfermando y, tras diversas peripecias y superar la oposición del padre, los dos jóvenes se casan, pero un día se descubre  de manera terrible el secreto de Qiulian: es una mujer pez.

En el cuento queda claro que el amor está por encima de las convenciones y se ve que a pesar de que estamos acostumbrados a hablar del férreo tradicionalismo chino (los deberes familiares y todo lo que ello implica), también allí, como en el resto del mundo, a menudo esas convenciones eran vistas como una injusticia. Queda claro el público lector se solidarizaba con esos amantes que se oponían a las normas. Me recuerda en este sentido, a La mere coupable y La ecole des meres, de Marivaux. De hecho, también hay varias obras de teatro chinas que muestran que una cosa eran las leyes y las convenciones y otra lo que la gente pensaba en su fuero íntimo, cuando veía a dos amantes. Allá, como aquí, solían pensar que el amor estaba por encima de esas reglas y obligaciones. Otra cosa, por supuesto, es que, una vez que salían del teatro, después de soltar las riendas de sus emociones, se comportaran de la manera en la que las convenciones lo exigían.

Leyendo un pasaje pensé en un argumento similar al de este cuento, pero en el que el padre se enamoraría de la muchacha, y finalmente ella de él.

Algunos pasajes que me han gustado o me han llamado la atención:

¡Claro, como en los libros que lees! -estalló el hombre de negocios-. Juegas con sueños y los haces reales, pero la vida es muy distinta”. 

 

“La grácil muchacha, cuyos vestidos eran como el estuche que medio esconde las joyas más valiosas de un cuerpo sublime…”

 

– Pero el otro día te reíste de mis poemas, dulce Qiulian.
– ¡Oh, no… Nunca como una burla! -protestó ella, igual que una admiradora que no ha sido entendida-. Recordé mis primeros juegos con las amigas, yendo en una barca. Nos hacíamos cosquillas, sin agresividad, mientras hablábamos de los chicos que nos gustaban… Aquello era el despertar del amor, o mejor diré comenzar a abrir las puertas para asomarse al amor… Tú me trajiste estas evocaciones, y no pude contener mi risa de felicidad. debes comprenderlo.

 

“Porque eran unos amantes especiales, de los que creen en los sueños y saben cómo funciona la comunicación sin palabras: emoción junto a emoción, risas que alimentan otras risas, lágrimas que llaman a otras lágrimas, al saber que la felicidad les pertenecía en exclusiva”.

 

“Más radiante resultó la luna de miel, cuando los dos pudieron convertirse en uno, gracias a un encuentro pausado, al principio, y agitado después. Sin prisas, al pertenecerles todo el tiempo del mundo”.


[Escrito en 1998. El texto en otro color es de 2018]

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