A propósito de una conversación sobre sexo

Estas reflexiones se explican por una conversación que tuve con algunos miembros del equipo cuando trabajaba como guionista en “La ruleta de la fortuna”

Tú, Gr.  , dices que la absoluta libertad sexual ha llevado a hacer del sexo algo mecánico, trivial, sin alma, follar por follar. Dices que se ha perdido toda esa visión del sexo positiva.

Pero, hablando de Occidente, se puede preguntar cuándo se ha perdido todo eso. ¿Ha existido alguna vez?

Antes había represión, y eso llevaba a excesos; ahora hay libertad, y eso también provoca excesos, pero yo siempre preferiré el exceso de la libertad, el follar por follar, a los traumas enfermizos de la represión.

Cada persona ha de poder elegir, pero, para que se pueda elegir, es necesario que se permita elegir. Para que alguien elija una manera de hacer sexo más plena, ha de poder hacer sexo. Si no puede, si se lo impiden, no hay posibilidad de elegir realmente: o se resigna uno a lo que le dejan hacer (e incluso se busca una justificación que le haga estar a gusto con lo establecido) o se rebela.

Pero la rebelión raramente es un buen camino pues, inevitablemente, el acto mismo de rebelarse se convierte en lo único importante, con lo que la elección sigue estando fuertemente condicionada por una imposición exterior.

Dices que el sexo que practica la mayoría de la gente es el que le enseñan desde los instrumentos de influencia (TV, etcétera). Eso es lo que ven y eso es lo que hacen.
Tal vez sea verdad, pero insisto en lo de antes: prefiero una moda permisiva que una represiva. En el primer caso, quien quiera ir más allá, podrá hacerlo, o al menos intentarlo, sin que ello acabe en mera rebelión. Se podría recordar lo que dice Erich From en El miedo a la libertad: hoy en día, en Occidente, el individuo puede elegir muchas más cosas que en tiempos pasados, pero no lo hace casi nunca.

Es más fácil seguir directrices exteriores a dirigir la propia vida. Y no sólo exteriores, también interiores: las pasiones a menudo tienen a los seres humanos a su servicio y no a la inversa.

Estoy de acuerdo en que habría que informar más, para que el sexo no fuese algo mecánico, pero mi acuerdo en este punto es muy leve. En primer lugar, desconfío de palabras como ‘habría’. ¿Qué quiere decir? ¿Quiénes, cómo y de qué tienen que informar? Creo que cuanta más información mejor, pero la información, como señala Chomsky, puede llegar a ser desinformativa.

Mucha información puede llevar a una sobreabundancia que impide una reflexión serena, que oculta las cosas importantes en un torrente de informaciones triviales.
Así que tenemos que hablar no ya de la cantidad de información, sino de su calidad. Lo malo es que la palabra calidad es tan sospechosa como la palabra habría, o como la belleza de las teorías científicas de que hablaba Einstein.Casi siempre, cuando alguien habla de calidad, de lo que está hablando es de lo que a él le gusta. La calidad de la información acaba significando informar de nuestras propias ideas. Y eso fácilmente acaba convirtiéndose en un modo encubierto de censura respecto a las ideas opuestas.

Calidad y cantidad, creo, son en muchos aspectos inseparables y el término calidad es más útil, creo yo, para referirnos a la selección que una persona particular hace de la información que le llega. Y, claro está, para poder hacer esa selección, tendrá que estar preparada, con lo que volvemos a la paradoja anterior.

Así que es difícil hablar de esto sin tomar partido (y decir que no se está haciendo).

Para terminar: condición indispensable para tomar partido es que haya partidos, opciones y posibilidad de expresarse. No se trata tanto de juzgar a los demás (su degradación, su trivialidad), sino de contarles la propia opinión y mostrar las razones que sustentan esa opinión.

Jango Edwards en Barcelona

  Ayer (24 de julio de 2003) vimos a Jango Edwards.

Jango está considerado como el mejor payaso del mundo. Hace dos días también lo vimos y hoy volveremos a verlo, pues cada día cambia los números y la entrada cuesta sólo 3 euros. Jango tiene desde hace tiempo una historia de amor con Barcelona y viene siempre que puede. El año próximo ya está anunciado que hará un dúo con Michael Moore, el director del documental Bowling for Columbine, que en la gala de los Oscar habló contra Bush.

jango

 Este segundo día, Jango estuvo mucho mejor que el primero. Fantástico, divertidísimo y con un ritmo endiablado. Es muy probable que la mejora se debiera a que el primer día traducía todo al castellano y al catalán. El problema es que su compañero Peter Ercolano sabe hablar español, con un fortísimo acento italiano, pero el traductor al catalán no es propiamente parte del grupo, con lo que esa obligación de ir traduciendo todo el rato a dos idiomas hacía todo más lento. Sin duda, Jango y Peter  decidieron esta vez traducir solo de vez en cuando al catalán y hacerlo casi todo en inglés-español. En un momento del divertidísimo espectáculo, Jango sacó a mi hijo Bruno al escenario y fingió que le ahogaba mientras aseguraba que adoraba a los niños. Al parecer le hizo un poco de daño y luego se disculpó y le regaló una cerveza de las que usa en el espectáculo (que me bebí yo).

Lo único malo fue que, poco antes de terminar, tres personas del público se levantaron y se fueron ruidosamente. Una de las chicas hizo el signo romano del circo “A muerte” (el pulgar hacia abajo) y el chico dijo que se iban “Puesto que no traducía al catalán el espectáculo”. Fue ridículo y nadie del público les apoyó, pero cortó bastante el rollo en el mejor momento, cuando todos, incluido Jango estábamos felices, con la boca abierta de gusto y disfrutando del momento. A Jango le sentó muy mal, se notó que se enfadaba de verdad, aunque intentaba mostrar su cabreo como un payaso. Incluso rompió un foco sin querer, al dar una patada a algo. Después se recuperó y reanudó el espectáculo y todo terminó bien. Al cabo de un momento, puso un micrófono con cierta solemnidad y dijo que quería decir algo. Empezó diciendo: “Este es un día muy especial, es un día muy especial… ¡¡PORQUE TODOS LOS DÍAS SON MUY ESPECIALES!!”.

En segundo lugar, explicó que la vida es muy corta y que hay que disfrutarla y no perderla en tonterías, no tener sentido del ridículo, sino hacer lo que uno desea, tan sólo respetando a los demás. En tercer lugar, que él es americano, pero antes que americano es ciudadano del mundo y que todos lo somos, que discutir por si tu eres de aquí y yo de allá y hablas esto o lo otro es una de esas tonterías. En cuarto lugar dijo que él tenía pensado casi establecerse en Barcelona y que, en fin, que había pensado que la de mañana sería su ultima actuación aquí… aunque finalmente dijo que ahora pensaba volver “again, and again and again”. Dijo todas estas cosas hermosas mucho mejor de lo que yo lo he recordado aquí, y algunos nos pusimos en pie al aplaudir.

  Cuando ya salíamos a la calle, Jango, con una bata de boxeador en cuya espalda se leía TRUTH (VERDAD), fue corriendo a abrazar a Bruno, a darle un gran beso y pedirle perdón de nuevo por si había apretado demasiado. Después habló con otras personas del público, con mucho cariño y como lamentando haber hecho algo mal, cosa que no había sucedido, sino todo lo contrario, pero es triste para un payaso o un artista que un espectáculo se rompa así por una estupidez.

  Jango me pareció un hombre delicioso y encantador, muy sabio, porque la sabiduría consiste en aprender a ser feliz y en saber, como el dijo, que tratamos con personas y no con símbolos. Personas a las que debemos respetar, sean americanos, españoles o catalanes; de derechas, de izquierdas, o lo que sea. Cuando se olvida eso, empezamos a convertirnos de nuevo en seres irracionales llenos de prejuicios.


[Publicado el 24 de julio de 2003]

POLÍTICA

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Recuerdos de infancia y Feynman

Me han sorprendido algunas coincidencias entre mis aficiones y las de Feynman. La diferencia es que yo solo he pensado algunas de las cosas que él pensó, pero que él, además, las desarrolló de una manera práctica.

Este texto es un fragmento extraído de la ficha del libro de Feynman ¿Está usted de broma, señor Feynman?

Me he encontrado como él, y supongo que como muchos otro s niños, ante el problema de tener que apagar un pequeño incendio, consecuencia de jugar con fuego. Siempre me gustó hacer pequeñas fogatas en los ceniceros o en el suelo de mi habitación, aunque mi intención era observar cómo se quemaban los papeles, retorciéndose en la llama, y a veces añadía soldaditos de plástico que se retorcían en un pavoroso incendio en medio de la batalla.

Creo que también tuve una vez un problema bastante grave (en Barcelona) con un juego de química que me regaló mi padre.

Hablando de juegos infantiles, recuerdo que en una ocasión decidí jugar a las canicas en mi habitación, de la misma manera que lo hacía en el patio del colegio. La cosa consistía en meter las canicas en un agujero. Como el suelo de mi habitación no tenía agujeros, al principio intenté jugar lanzando las canicas hacia la abertura de un vaso tendido horizontalmente, una idea que se me ocurrió al ver que así era como Rip Kirby jugaba al golf en su casa, pero lo cierto es que este sistema no me agradaba demasiado, así que decidí hacer un verdadero agujero. Cogí un cuchillo y empecé a rascar entre cuatro baldosas. No sé si esa misma noche o días después conseguí abrir un agujero bastante considerable a costa de estropear cuatro baldosas.

No recuerdo muy bien cómo me las ingenié para ocultar el agujero a la vista de mi madre, pero sí sé que ella acabó descubriéndolo y mi juego de canicas acabó, al poner una especie de parche de yeso en el lugar que antes ocupaba (o no ocupaba) mi agujero.

No son anécdotas divertidas como las de Feynman, pero me agrada recuperar hechos de esos años que creía haber olvidado. Por alguna razón, que no me explico, me cuesta mucho recordar sucesos anteriores a mis catorce años, aunque ese agujero en mi memoria también parece que está siendo rellenado en los últimos meses, quizá porque me esfuerzo en ello.

A mí también me gustaban mucho las radios, y he perdido bastante tiempo intentando arreglarlas después de haberlas desmontado, aunque con escaso éxito, al contrario que Feynman. Ahora intentaré arreglar una que tengo totalmente destrozada (para ello necesitaré un soldador), animado por los relatos de Feynman.

Recuerdo que también me sorprendió descubrir, en el curso de mis fracasadas reparaciones de radios, que al tocar el altavoz se oía el ruido del roce, pero nunca llegué a intuir la aplicación de este descubrimiento para usar el altavoz como micrófono.
Siguiendo con este pequeño recuerdo de sucesos de infancia: Santos Parrilla me contó una vez que un día se encontró a mi padre y le preguntó:

-¿Qué tal están tus hijos? (yo tenía unos dos años y mi hermana tres)
– Bueno, la niña está muy bien.. pero Daniel me parece que ha salido algo retrasado.
-¿Y eso?
– Bueno tiene casi dos años y todavía no habla ni una palabra.

Por cierto, para corregir este aparente retraso me dieron pastillas de fósforo o algo parecido.

Quizá esta tardía incorporación al lenguaje hablado haya sido la causa de que hasta los veinte años fuese yo incapaz de pronunciar la “s”, y de mi mala vocalización (que aún constituye uno de mis peores defectos, aunque espero corregirlo). Tal vez también influya en el hecho de que suele resultarme mucho más fácil y productivo expresarme por escrito que oralmente.

También me han contado que una vez me encerradon junto a otro niño en una habitación llena de juguetes, para poder estar ellos, los mayores, tranquilos. Yo no soporté el encierro y empecé a lanzar desde la ventana uno tras otro todos los juguetes, hasta dejar la habitación vacía. Según alguna versión, tal vez exagerada, los adultos entraron en la habitación justo a tiempo de evitar que tirase por la ventana a mi compañero de juegos.

Pero no era mi intención al empezar a escribir esto hablar de mí, o al menos no sólo de mí, sino de Feynman y de algunos rasgos caracteríales que compartimos. Lo anterior valdrá para cuando me decida a contar historias de mi infancia (entonces intentaré narrarlas de manera más divertida).

Comparto con Feynman esa “especie de compulsión para resolver rompecabezas y acertijos”; quizá esa compulsión sea la causa de que se me den bien los tests de inteligencia, no porque yo sea más inteligente que quienes obtienen peores resultados, sino porque disfruto resolviendo problemas. Creo que he leído, o me han dicho, que una persona de 25, 30 o 40 años no puede superar la puntuación que obtuvo en un test de inteligencia a los 14 o a los 18 años. Yo no creo que sea así. Creo que lo que pasa es que la gente suele tener menos deseos de resolver acertijos cuando deja atrás la adolescencia, que su capacidad de resolver problemas decrece o se dirige hacia otro tipo de cuestiones. Estoy convencido de que puedo mejorar la puntuación que obtuve en aquel test que hice a los 14 o 15 años. De hecho, lo hice en una ocasión, tras comprarme un libro de test de inteligencia.

Es curioso que, no sé si este año o el año pasado, se me ocurrió hacer lo que Feynman cuenta en las páginas 27-28: me propuse hallar por mí mismo y sin usar ningún tipo de ayuda, teoremas geométricos, reglas, relaciones, etcétera. Creo que también empecé con los triángulos, pero lo dejé después de descubrir dos o tres resultados. El asunto consistía en dibujar, por ejemplo, un triángulo con los tres lados iguales y descubrir maneras de calcular las distintas relaciones entre los ángulos, el área, etcétera. He de decir que mis conocimientos de geometría son practicamente inexistentes (por cierto, tengo que leer un artículo de Gardner en el que propone al lector hallar teoremas que sirvan para una geometría no euclidea; él mismo describe cómo es esa geometría).

También he sido y soy muy aficionado a inventar soluciones ingeniosas a pequeños problemas (en el libro de Feynman: páginas 28 a 35), aunque raramente las llevo a la práctica, y a hacer pequeñas investigaciones caseras. Durante algunos meses llevé a cabo una especie de experimento con lentejas, plantándolas en cajas de huevos de plástico y controlando rigurosamente, en una libreta que aún conservo, su crecimiento. Recuerdo que trazaba gráficos en los que cada ejemplar de lenteja era definido por un color y un nombre. Los nombres estaban sacados, si recuerdo bien, de la historia antigua: Asurbanipal, Akenaton, Alexander, etcétera.