Nos cortamos con el filo de las cosas
Lectura del Zhuangzi /9

dragones

 “Las cien articulaciones, los nueve orificios, los seis órganos, todos se unen y existen en mí. Pero, ¿de cuál de ellos debería sentirme más cerca? ¿Dices que debería regocijarme en todas mis partes? Pero deberá de haber alguna que tenga que favorecer más. De lo contrario, ¿son todas ellas meros sirvientes? Y si son todas sirvientes, entonces, ¿cómo pueden mantener el orden entre sí? ¿O es que se turnan para ser señor y sirviente? Parecería que debe haber una suerte de Verdadero Señor entre ellas. Pero descubra o no su identidad, ello no agrega ni quita nada acerca de su Verdad.

Una vez que un hombre recibe su forma corporal fija, se aferra a ella, esperando el fin. A veces golpeándose contra las cosas, a veces doblegándose ante ellas, corre su carrera como un corcel galopante, y nada puede detenerlo. ¿No es acaso patético? Sudando y esforzándose hasta el fin de sus días sin ver jamás sus logros, extenuándose totalmente sin saber jamás dónde buscar descanso. ¿Cómo es posible no sentir pena por él? “¡Todavía no estoy muerto!”, dice, pero, ¿para qué le sirve? Su cuerpo se deteriora, su mente le sigue. ¿Puedes negar que esto sea una gran pena? La vida del hombre siempre ha sido una confusión semejante. ¿Cómo podría ser que yo fuera el único confundido y que nos demás hombres no lo fueran?

[Zhuangzi, Libro 2, Qí wù lùn (齊物論). Capítulo 1. Identidad de las cosas y discursos (o  Identidad de los seres) Apartado 2. Sección IV. El sentido de la vida]

(Traducción de Alex Ferrara a partir de la versión inglesa de Burton Watson)

 

El ser humano, su cuerpo y su conciencia

Tras las preguntas que se hacía Zuangzi acerca de la Naturaleza o Dios, el siguiente pasaje vuelve a ocuparse del ser humano.

Aquí también se habla de un Dueño o Señor, pero en este caso parece más bien referirse a algo así como la conciencia, el verdadero ser o lo que nos gobierna y hace posible que existamos como organismos dotados de vida e inteligencia. Veamos esa misma pregunta pero ahora en la traducción de Pilar González España y Jean Claude Pastor-Ferrer:

De los cien huesos de que un cuerpo se compone,
de los nueve orificios,
de las seis vísceras,
¿cuál es el más amado?
¿Se les ama a todos por igual?
¿Hay alguna preferencia?
¿Son todos ellos súbditos?
¿Son todos ellos amos?
¿O se alternan en su poder
como servidor y soberano?
¿Hay entre ellos un Dueño verdadero?

En este interesante pasaje, el que habla (no sé si Zhuangzi o Ziqi) tampoco sé si pretende ser preciso al mencionar cien huesos en el cuerpo humano (en realidad son entre 206 y 208, según creo) o tan sólo metafórico

En cuanto a los orificios, aunque hay cierta polémica al respecto de lo que es un orificio, la expresión jiu qiao se refiere a los nueve orificios de los hombres, que serían diez en las mujeres (si se cuentan, en ambos casos, los ojos). Las vísceras a las que se refiere son: el corazón, el hígado, el páncreas, los pulmones y los dos riñones. Es curioso que en esta enumeración de las partes del cuerpo más importantes no se mencione el cerebro.

Algunos comentadores dan por supuesto que el pasaje es una pregunta acerca de la conciencia, del Yo o del órgano rector de cualquier ser humano. Es lo que parece opinar Preciado Ydoeta:

 “Verdadero amo (zhen zai) se refiere a la verdadera mente (que es dueña del cuerpo) o al verdadero yo. El yo formado por las diversas emociones sería un falso yo, justamente el yo al que se alude al comienzo del párrafo”.

Pero yo no estoy tan seguro de que esa sea la intención. Puede tratarse de una pregunta acerca del motor que pone en marcha la maquinaria de nuestro cuerpo, pero no necesariamente acerca de la conciencia de esa maquinaria, lo que quizá explicaría la ausencia del cerebro (o del corazón en la enumeración).

Más difícil me parece aceptar la interpretación de que ese verdadero amo sea la Naturaleza o el Tao, que proponen otros comentaristas. Creo que aquí Zhuangzi intenta entender cómo es posible que existamos en tanto que seres humanos, qué es lo que nos mantiene con vida, qué órganos son protagonistas de este milagro, cuáles están al mando y cuáles están subordinados. En cualquier caso, la indagación termina con una conclusión quizá un tanto nihilista:

“Aunque hubiera (un Verdadero Señor),
nuestra ignorancia de él,
nuestro conocimiento de él,
no afectarían en nada a su auténtica Verdad.”

Esto me recuerda de manera inmediata una célebre opinión de Jenófanes, que influyó mucho en el escepticismo griego y latino:

“Ningún hombre conoció ni conocerá nunca la verdad sobre
los dioses y sobre cuantas cosas digo; pues aun cuando
por azar resultara que dice la verdad completa, sin embargo no lo sabe.
sobre todas las cosas no hay más que opinión”

Que es más o menos lo que también dijo Demócrito:

“Por convención es lo caliente, por convención lo frío; pero, en realidad, existen sólo átomos y vacío… En realidad, nada conocemos pues la verdad yace en lo profundo”.

Liezi

Liezi

En otro texto taoísta, considerado el tercer clásico, pero con ciertas dudas acerca de su autenticidad, el Liezi, se confiesa la misma ignorancia acerca de las explicaciones últimas:

“Los que dicen que el cielo y la tierra son indestructibles se equivocan y los que mantienen que son destructibles se equivocan. Sean o no destructibles o no destructibles, yo no lo sé.”

Esa aceptación de lo falible del juicio humano y de la inmensidad de nuestra ignorancia, era común a muchos filósofos antiguos, como ya hemos visto y como muestra también Cicerón en este hermoso pasaje:

“Según mis noticias, Arcesilao combatió el conjunto de doctrinas de Zenón, no por pertinacia, ni por el afán de vencer, sino a causa de la oscuridad de aquellas cuestiones que habían llevado a Sócrates a confesar su ignorancia, y, antes que a Sócrates, a Demócrito, Anaxágoras, Empédocles, y casi todos los antiguos, quienes sostuvieron que nada puede conocerse, ni comprenderse, ni saberse; que los sentidos son limitados; la inteligencia, débil, y breve el espacio de la vida; que la verdad, como decía Demócrito, yace sumida en lo profundo; que todo es del dominio de lo opinable y convencional; que nada pertenece a la verdad, y que todo, finalmente, está rodeado de tinieblas.”
               (Cicerón, Académicos, I, 12,44).

Como ellos, Zhuangzi parece renunciar a descubrir la verdad que se oculta, porque sabe que aunque lograra encontrarla, ni siquiera podría demostrar que eso que cree la verdad es realmente la verdad.

Es un tipo de opinión difícil de rebatir, al menos cuando se trata de cuestiones acerca de la esencia de la realidad, pero eso no quiere decir que no podamos encontrar otras verdades más modestas, una tarea a la que se entregó con ardor el propio Demócrito, quien decía: “Prefiero descubrir una causa (una ley, una explicación verdadera) antes que convertirme en rey de los persas”.

Ahora bien, el último pasaje precipita a Zhuangzi en la desesperación y lo acerca en su tono al suicida Lucrecio:

Cuando una forma nos ha sido dada,
persiste hasta que la vida se agota.
Nos cortamos con el filo de las cosas.
Nos evitamos mutuamente.
Veloces como caballos galopando.
Incontenibles. ¿No es una lástima?
Esforzarse sin ver el fruto del trabajo.
Agotarse y no saber a dónde regresar.
¿No es triste? Ser inmortales ¿para qué?
El cuerpo se corrompe,
así también el espíritu.
¿Podemos negar ese inmenso dolor?
¿La vida del hombre es tan absurda?
¿O es que soy el único que lo piensa,
yo, el más absurdo de entre todos?”

Este es un lamento absoluto, en el que no parece quedar ningún resquicio a la esperanza. Una expresión de pesimismo en la que ni siquiera la posible inmortalidad del espíritu serviría de gran cosa (“Ser inmortales, ¿para qué?”, pues también el espíritu se corrompe.”

No se detecta aquí esa especie de suficiencia que a veces parece mostrar Zhuangzi. Esto me da ocasión para hablar de mi divergencia con algunas de las definiciones o retratos que a menudo se aplican a Zhuangzi.

 

Otro Zhuangzi

huesosNo me gusta la imagen que muchas veces se trasmite de Zhuangzi, como un sabio que desprecia todo conocimiento y saber, que se burla de las distinciones que hacen los filósofos e indagadores, de la “pequeña sabiduría“.

Todavía me gusta menos la falsa seguridad que esta imagen de Zhuangzi (y también de Laozi) parece dar a algunos de los que se identifican con ella. Se trata de personas que creen haber alcanzado una verdad trascendente, que está más allá de las “tonterías” en las que pierden su tiempo y energía quienes deciden investigar la naturaleza por medio de la observación, el examen y el rigor.  Los seguidores de la versión digamos “mística” de Zhuangzi creen seguir sus enseñanzas cuando hablan de ideas más o menos abstractas o inaprensibles, como el Dao, que siempre escriben con mayúsculas, la Naturaleza o la Energía, pero esas personas son como los charlatanes de los que Zhuangzi se burla casi tan a menudo como de los letrados pedantes.

Porque Zhuangzi no se limita en sus textos a hablar de abstracciones, de raptos místicos e iluminaciones  sino que, quizá más a menudo, habla de cosas concretas y de cómo, cegados por nuestros prejuicios, no sabemos observar la realidad.

Ya hemos visto cómo le encuentra una utilidad a una calabaza demasiado grande, cómo nos muestra que somos llevados por nuestros prejuicios cuando sólo miramos desde un punto de vista, por ejemplo, el punto de vista del gran pájaro Kun, o el de la pequeña tórtola. También hemos descubierto cómo se le puede sacar un beneficio extra a una pomada para las manos agrietadas en invierno, e incluso conocemos la utilidad de lo inútil. Así que Zhuangzi no es un sabio contemplativo que no se preocupa de los detalles, de las pequeñas cosas y de los problemas cotidianos, sino quizá todo lo contrario.

Por otra parte, la imagen que muchos propagan de Zhuangzi acaba por darle un aspecto en cierto modo desagradable, el de alguien muy seguro de sí mismo, que cree conocer una verdad trascendente y que desprecia a todos. Ese personaje antipático y soberbio no me parece muy interesante  Me gusta más imaginarlo como una persona de buen humor, que se divierte, al que le gusta hablar con sus amigos, por ejemplo Huizi, y que, a pesar de su crítica, mantiene un cierto afecto por sus rivales, incluso por Confucio, como también tendremos ocasión de ver más adelante. Espero tener ocasión de mostrar a ese otro Zhuangzi a lo largo de este comentario.

En definitiva, no me gusta ese taoísmo fatuo de quien cree decirlo todo hablando del Dao incognoscible (he hablado ya de esto en La gran sabiduría y la pequeña, en relación con la imagen tópica de taoísmo y confucianismo). Es algo muy común, no sólo en la interpretación del Zhuangzi, sino en muchas de las interpretaciones de las filosofías orientales, ya se hable de nirvana, samadi, o la revelación del zen o satori. Casi siempre es pura palabrería, propia de personas que se sumergen en una verdad trascendente que, por otra parte, es obvio que no conocen. Hablar de conectar con la energía del universo, o de la unión del microcosmos y el macrocosmos no significa absolutamente nada, excepto en ciertos casos, muy poco frecuentes, que van más allá de la mera  palabrería inculta. Uno de esos casos es Zhuangzi.

 

Zhuangzi, el hombre

Como ya he dicho, tendemos a pensar en Zhuangzi como un sabio que recorre el mundo a su antojo, casi descarnado, sin verdaderos problemas. Se dedica simplemente a ir observando la estupidez de los que le rodean y a decir cosas casi siempre ingeniosas. Sin embargo, aunque no se sabe a ciencia cierta qué parte del libro que lleva su nombre escribió, en algunos pasajes parece que podemos ver a un Zhuangzi más carnal, a un hombre con sus dudas y angustias, no tan seguro de sí como él mismo a veces parece aparentar. Creo que este es precisamente uno de esos pasajes.

En primer lugar hay que recordar que, como vimos en la lectura anterior, quien está hablando aquí no es el propio Zhuangzi, sino Ziqi de Nanguo. Pero, supongamos, o bien que Zhuangzi habla por su boca o que al menos se identifica con sus palabras (tal vez en próximos comentarios reconsideraré esa opinión).

Pues bien, lo que yo veo en este pasaje es a un personaje parecido al predicador que habla en el Eclesiastés acerca de la vanidad. Ya he citado ese pasaje en un capítulo anterior, pero repetiré aquí uno de los fragmentos que muestran un pesimismo o desesperanza muy parecidos a los de Zhuangzi:

“Luego yo consideré todas las cosas que mis manos habían hecho y el duro trabajo con que me había afanado en hacerlas, y he aquí que todo era vanidad y aflicción de espíritu. No había provecho alguno debajo del sol.” (Eclesiastés, 2, 5)”.

 


Aquí termina  el apartado II de este segundo libro del Zhuangzi. En el apartado III seguirán las preguntas, y quizá también alguna respuesta.

******

ENTRADAS PUBLICADAS EN “LECTURA DEL ZHUANGZI”

Error: puede que no exista la vista de 49467ddj1e

El Salmo 137 y la influencia babilonia

He escrito varias veces acerca del Salmo 137, y lo he comparado con un pasaje de la Epopeya de Gilgamesh:

 Junto a los ríos de Babilonia,

allí nos sentábamos, y aun llorábamos,

acordándonos de Sión.”

(Salmo 137)

“Gilgamesh, entonces se sentó
y lloró.
Y las lágrimas resbalaban por sus mejillas.”
(Epopeya de Gilgamesh)

Me llamaba la atención que en ese pasaje se emplease la misma figura literaria cuando el  narrador primero se sienta y, sólo después de hacerlo, llora. El recurso, que es uno de esos momentos en los que nos parece estar viendo la vida misma y no una ficción literaria, aquello que Stendhal llamaba “ilusión perfecta”, ha sido empleado también, y no cabe duda de que lo hizo imitando el Salmo 137, por Elizabeth Smart en el título de uan de sus novelas: En Grand Central Station me senté y lloré, y más recientemente por Paulo Coelho: A orillas del río Piedra me senté y lloré.

Antes de continuar, no debo ocultar que algunos hebraístas explican lo de sentarse antes de llorar como una referencia a que los protagonistas adoptan una actitud religiosa que consiste en sentarse y elevar los brazos en plegaria al Señor, gritando y lamentándose en ocasiones. Pero yo seguiré con la otra interpretación, que considero de mayor interés literario.

Como es obvio, al comparar los dos textos, podría parecer que yo estaba sugiriendo de manera implícita que los judíos autores del himno (atribuido al rey David) habían copiado el recurso literario de sentarse y sólo después llorar, del poema de Gilgamesh o de algún texto similar de la cultura mesopotámica. En efecto, esa era mi intención. Creo que el motivo literario mencionado, e incluso otras partes del salmo, fue tomado de fuentes mesopotámicas.

Con esta hipótesis en mente, he investigado un poco y he averiguado algunas cosas interesantes. Pero antes conviene recordar el salmo:

 SALMO 137
Junto a los ríos de Babilonia

Junto a los ríos de Babilonia,
nos sentábamos a llorar,
acordándonos de Sión.
En los sauces de las orillas
teníamos colgadas nuestras cítaras.
Allí nuestros carceleros
nos pedían cantos,
y nuestros opresores, alegría:
“¡Canten para nosotros un canto de Sión!”
¿Cómo podríamos cantar un canto del Señor
en tierra extranjera?

Si me olvidara de ti, Jerusalén,
que se paralice mi mano derecha;
que la lengua se me pegue al paladar
si no me acordara de ti,
si no pusiera a Jerusalén
por encima de todas mis alegrías.

Recuerda, Señor, contra los edomitas,
el día de Jerusalén,
cuando ellos decían: “¡Arrásenla!
¡Arrasen hasta sus cimientos!”
¡Ciudad de Babilonia, la devastadora,
feliz el que te devuelva el mal que nos hiciste!
¡Feliz el que tome a tus hijos
y los estrelle contra las rocas!

Naturalmente, el hecho de que en el salmo se mencione dos ciudades mesopotámicas como Babilonia y Edom ya nos hace pensar que mi hipótesis no es tan insólita. Se supone que el salmo fue escrito durante la cautividad de los judíos en Babilonia, cuando Jerusalen fue invadido por los babilonios de Nabucodonosor II y el rey Jeconías fue deportado a Babilonia. Ya antes, su padre, el rey Joaquím de Judá, se había entregado a los invasores y había sido deportado a Babilonia, junto con diez mil judíos. Hay que recordar que los asirios habían destruido poco tiempo antes el otro reino judío, el de Israel, haciendo emigrar a sus pobladores, las famosas diez tribus perdidas de Israel. Por fin, como ya he dicho, hacia el -586 los babilonios invadieron nuevamente Jerusalén y en esta ocasión incendiaron la ciudad y destruyeron el templo, deportando a su población. De este modo se puso fin a los dos reinos judíos, aunque todavía se produjo una nueva deportación en -582. Pocos judíos permanecieron en Palestina y, de los que no fueron deportados, muchos acabaron emigrando a Egipto.

La primera y la segunda deportación judía a Asiria y a Babilonia

La primera y la segunda deportación judía a Asiria y a Babilonia

El Salmo 137, aunque se atribuye al rey David por convención, fue probablemente escrito varios siglos después de su reinado, por exiliados judíos en Babilonia, como parece demostrar el propio texto: “Junto a los ríos de Babilonia”.  Los  “ríos” de los que se habla parece que son los canales de agua de aquella ciudad asombrosa que fue Babilonia.

Los judíos exiliados tuvieron la suerte o la desgracia de vivir en Babilonia poco antes de su caída definitiva como gran potencia y ya cerca del final de las culturas mesopotámicas como tales, que se remontaban a tiempos de los sumerios, allá por el tercer milenio antes de nuestra era.

Vivieron en el reino Neo-Babilonio de Nabucodonosor, que había derrotado al reino asirio de Nínive, y que acabó a su vez conquistado por los persas de Ciro, y ,más tarde por Alejandro Magno, quien quiso restaurar el esplendor perdido de Babilonia, pero murió envenenado aates de lograrlo. Ciro, el rey persa, permitió a los judíos regresar a Palestina, así que es muy posible que el judaísmo deba su pervivencia a quien hoy Israel considera su gran enemigo: Irán, es decir, la antigua Persia.

Mural de la sinagoga Hurva de Israel, que representa el pasaje del Salmo 137

Mural de la sinagoga Hurva de Israel, que representa el pasaje del Salmo 137

Parece que los judíos no fueron esclavizados en Babilonia, o al menos no sufrieron tortura y grandes castigos. Por ello, aunque hay discusión entre los estudiosos, en la traducción del salmo se deberían emplear palabras como “captores” y “opresores” y no, como se hace en ciertas ocasiones “torturadores” o incluso “carceleros”, pero no me atrevería a meterme en cuestiones filológicas hebraicas:

“En los sauces de las orillas
teníamos colgadas nuestras cítaras.
Allí nuestros carceleros
nos pedían cantos,
y nuestros opresores, alegría”

La misma situación que parece transmitirnos el poema está lejos de parecer una cárcel: los judíos tienen colgadas sus cítaras en los sauces y sus captores les piden que entonen alguno de los cantos de Sión. Sin embargo, los judíos no quieren entonar ese canto. ¿Por qué?

La primera razón es obvia: su país ha sido arrasado, el templo de su dios destruido y ellos han sido forzados a emigrar a Babilonia.

La segunda razón es más interesante. Aunque Sión se suele identificar con Jerusalén o con Israel o con la Ciudad de David, en ciertos contextos se entiende también como una referencia al monte Sión o incluso al Templo del monte Sión. Su origen es una fortaleza jebusea llamada así, que fue conquistada por el rey David. Los jebuseos eran un pueblo semita al que no convendrá perder de vista en futuras investigaciones. Al parecer, aquel lugar, la colina de Sión, ya fue tomado por un lugar sagrado quizá desde el tercer milenio antes de nuestra era, con lo que los judíos, como después los cristianos y después los musulmanes, adoptaron Jerusalén como ciudad sagrada siguiendo el ejemplo de un pueblo anterior. Como es sabido, el honor de ser una ciudad sagrada para tres religiones ha supuesto para Jerusalén continuas guerras y conflictos, que continúan en la actualidad. Más una maldición eterna que una bendición.

En cualquier caso, Sión no se debe identificar, o al menos no siempre, con Jerusalén sin más, sino como Jerusalén entendida como símbolo de la religiosidad judía. En la clasificación de salmos y cantos incluso se distingue entre dos asuntos, los cantos de Sión y los de Jerusalén. El Salmo 137 pertenece a ambos géneros. Si no me equivoco es el único en el que se mencionan a la vez tanto Sión como Jerusalén. En consecuencia, en este contexto, al hablar de Sión en muchas ocasiones debemos entender cantos de alabanza a Yahveh, a Dios, mientras que al hablar de Jerusalén se alude a la ciudad perdida y que se añora desde el exilio.

La razón por la que los cautivos no quieren entonar un canto de Sión, como les piden sus opresores, se ofrece en el propio texto: esos cantos sólo se pueden entonar en el Templo, en el templo destruido de Jerusalén :

¿Cómo podríamos cantar un canto del Señor
en tierra extranjera?

Los expertos interpretan el pasaje anterior como si significara que entonar himnos de alabanza al señor en tierra extraña y lejos de la propia casa del señor es casi una impiedad. Creo que esa interpretación es correcta, pero cabe una remota posibilidad de que también aluda al rencor y a las dudas que al parecer sintieron muchos judíos durante su cautiverio en Babilonia acerca de un dios que, de nuevo, no había sabido protegerlos. Los judíos empezaban a preguntarse en los jardines de Babilonia aquello que se habían preguntado el ateo griego Diágoras de Melos, o aquel otro ateo indio que aparece en las Upanisads: “Si Dios no puede proteger su propio templo, poco podrá protegerme a mí”. Sin embargo, a pesar de lo tentador de esta última interpretación, creo que la interpretación correcta es la aceptada por los expertos: no está bien alabar al señor en tierra extranjera, o al menos entonar cierto tipo de cantos que están destinados al templo de Jerusalén.

Así que los narradores del salmo, que quizá sean un grupo de músicos, como parece revelar el que hayan dejado sus cítaras o harpas colgadas en los sauces, no pudiendo entonar un canto de Sión o de alabanza al Señor, ¿qué hicieron?

Probablemente decidieron entonar un canto de lamentación, como es el mismo Salmo 137, por lo que la composición, en cierto sentido, podría tomarse como un ejemplo de metalenguaje: “Me pides un canto de Sión y yo entono este canto de lamentación, porque no puedo entonar los cantos que me pides”. Lo cierto es que la clasificación del Salmo 137 resulta muy complicada, porque no tiene las características de otros salmos. Carece, por ejemplo, de la usual invocación inicial y no es un canto de ruego, imprecación, sermón o exhortación. Así que se ha definido como canto de lamentación, con elementos de nostalgia o saudade, y se ha comparado con mucho acierto con el fado portugués. También se sabe que la estancia de los judíos en Babilonia influyó mucho en la cultura y la música de los judíos.

Tal vez, esa sería mi aventurada hipótesis, los cautivos tomaron un aire musical, y tal vez una estructura e incluso algunas frases de cantos babilonios, y todo ello lo adaptaron a sus propios sentimientos, conservando frases como aquella en la que se sientan y lloran, que se encuentra al final de la Epopeya de Gilgamesh, cuando la serpiente roba a Gilgamesh la planta de la juventud y él se sienta y llora, quizá lamentándose, como harían siglos después aquellos judíos en Babilonia, y entonando un canto de saudade y tristeza antes de regresar, derrotado, viejo y cansado, a Uruk.

******************

Toda la mitología en MITOLOGÍA

Error: puede que no exista la vista de 0f235c60bs

 

La Revelación según Descartes

war of the gods

“Punto 25: Debemos creer todo lo que Dios ha revelado, aunque exceda nuestra capacidad”.

Y entonces habla Descartes, precisamente, del problema de la Trinidad, asunto al que me referí en un comentario anterior: ¿Cómo conocemos los atributos de Dios?

Al margen apunté:

“¿Y cómo sabemos qué Dios es el que nos revela todo esto? Quiero decir: ¿qué dios en concreto nos revela todo eso? ¿El Dios Yavhé del Antiguo Testamento, el dios Alah del Islam, el dios trino del cristianismo?

Y además: ¿cómo sabemos qué es lo que Dios nos ha revelado?

¿Y cómo sabemos si nos hallamos ante la dificultad de entender una revelación divina o, por el contrario, ante una simple invención humana que alguien atribuyó a Dios?

Esto es muy importante y es imprescindible que lo sepamos, pues, ¿debemos creer lo que nos revela Dios en la Biblia, en el Corán, en los Upanisads? ¿Qué texto es el texto de Dios? Si no sabemos cuál es el verdadero texto de la Revelación Divina, ¿cómo podemos saber en qué cosas “que excedan nuestra capacidad” debemos creer?

No olvidemos que, a pesar de todos los intentos de sincretismo recientes, la mayoría de estos textos abundan en opiniones enfrentadas (incluso se contradicen a menudo a sí mismos).


 

PRINCIPIOS DE LA FILOSOFÍA DE DESCARTES: Aviso preliminar

Estos textos son una transcripción de una cinta magnetofónica en la que grabé las ideas que me iba sugiriendo la lectura de los Princ

Leer Más
El anti teoricismo de Francis Bacon

Francis Bacon combatía a aquellos filósofos que creían poder averiguar cómo funcionaba algo recién descubierto leyendo los libros de Ar

Leer Más
El programa de investigación de Descartes

Principios de la filosofía comienza con un prefacio de Descartes en el que comenta al traductor (el original era en latín, por lo que se d

Leer Más
Duda y escepticismo

Dice Descartes en sus Principios de Filosofía que hubo una disputa entre los discípulos de Platon y los de Aristóteles. El sentido de la

Leer Más
Manera de leer Principios de filosofía y otros libros

Dice Descartes en el prefacio:       "Añadiría también una advertencia sobre el modo de leer este libro, y es que quisiera

Leer Más
Física y metafísica

  [caption id="attachment_14284" align="alignleft" width="240"] Henricus Regius[/caption] Se queja un poco Descartes de que los d

Leer Más
¿Dudó Descartes de todo?

Descartes dice en los Principios de la filosofía y en el Discurso del Método que hay que dudar de todo al menos una vez en la vida. Sin em

Leer Más
Los sueños y la duda cartesiana

Tras señalar que a menudo nos damos cuenta de que los sentidos nos han engañado, dice Descartes: "Porque diariamente me parece sentir o i

Leer Más
¿Es una certeza “Pienso luego soy”?

Dice Descartes: "No podemos dudar de que existimos mientras dudamos; y esto es lo primero que conocemos al filosofar con orden (Princip

Leer Más
¿Conocemos antes la mente que el cuerpo?

Descartes dice en Principios de filosofía: "Por qué nuestra mente es más conocida que el cuerpo. (Punto 11)" Descartes, en consecu

Leer Más
Conocer el origen de las cosas

Descartes en Principios de la filosofía:  "[La mente] tiene en sí nociones comunes, como las de los números y figuras..." (Punto 13

Leer Más
¿La idea de Dios demuestra la existencia de Dios?

Dice Descartes: "En qué sentido el conocimiento de las otras cosas depende del conocimiento de Dios" (Principios de filosofía, punto 13).

Leer Más
El origen de la idea de Dios

Tras decir que “A partir de que la existencia necesaria se contiene en nuestro concepto de Dios, se concluye rectamente que Dios existe”

Leer Más
Descartes y los arquetipos de las ideas

[caption id="attachment_33142" align="aligncenter" width="584"] Yair Mor’s “Descartes, in his morning gown.”[/caption] Dice Descart

Leer Más
¿Qué es lo que nos conserva?

Descartes da en Principios de la filosofía argumentos en favor de la existencia de Dios. "Del hecho de que seamos ahora, no se sigue que d

Leer Más
Cómo conocemos los atributos de Dios

En el punto 22 de sus Principios de la filosofía, Descartes dice: "A partir de nuestro modo de conocer la existencia de Dios, conocemo

Leer Más
La Revelación según Descartes

"Punto 25: Debemos creer todo lo que Dios ha revelado, aunque exceda nuestra capacidad". Y entonces habla Descartes, precisamente, del pr

Leer Más
Lo indefinido y lo infinito

Dice Descartes en Principios de la filosofía: "Y como no se puede fingir tan gran número de estrellas, que creamos que Dios no pudo c

Leer Más
La coherencia de las percepciones

Descartes en Principios de la filosofía: "Punto 30: Y si advertimos qué hay de claro y distinto en las sensaciones, en la vigilia o e

Leer Más
El libre albedrío según Descartes

[caption id="attachment_25823" align="aligncenter" width="590"] Ilustración de Alex Eben Meyer[/caption] Dice Descartes en Principios de

Leer Más
Las percepciones claras y distintas de Descartes

Principios de la filosofía, Punto 45: "¿Qué es una percepción clara y qué es una percepción distinta?" Esta es una cuestión importa

Leer Más
Las verdades eternas y las cosas materiales

Descartes en Principios de la filosofía: Punto 48: "Todo lo que percibimos lo consideramos o bien como cosas o afecciones de cosas, o

Leer Más
Sustancias y res extensa y res cogitans

Dice Descartes en Principios de la filosofía: "Por sustancia, sólo cabe entender una cosa que existe de tal manera que no necesita ningun

Leer Más
Universales y distinciones

Resumo aquí algunos puntos de Los principios de la filosofía que comentaré más adelante: "El número y los universales son sólo mo

Leer Más
El círculo vicioso entre las ideas innatas y Dios en Descartes

[caption id="attachment_25605" align="aligncenter" width="603"] El demonio o dios engañador de Descartes[/caption] Descartes dice en Los

Leer Más
El sueño de Leibniz

Podemos imaginar que Descartes es un personaje soñado por Leibniz. Cuando Leibniz se va a dormir, en su sueño aparece Descartes, que emp

Leer Más
Programas de investigación deductivos

No se puede decir de una manera absoluta que sea imposible llevar a cabo un programa filosófico deductivo (deducir todo a partir de ciertas

Leer Más
Equivocarse es percibir mal

Descartes dice en Principios de la filosofía: "Punto 32: Todos los modos de pensar que experimentamos en nosotros pueden reducirse a dos g

Leer Más
Conversación con los muertos

Estoy muy de acuerdo con Descartes cuando dice:    "La lectura de libros que han sido escritos por personas capaces de darnos buenas

Leer Más
La teoría hologramática del cerebro

La teoría hologramática del cerebro compara el cerebro o alguna de sus facultades, como la memoria, con un holograma. Imaginemos una fotog

Leer Más

Descartes

Descartes

El argumento ontológico de Descartes y Schopenahuer

Entre las diversas ideas que la mente tiene en sí se halla el concepto de Dios o ente absolutamente poderoso y perfecto, y puesto que e

Leer Más
Las dudas y las certezas de Descartes

La primera parte de Los principios de la filosofía de Descartes,  se divide en setenta y cinco apartados, en los que Descartes desarrolla

Leer Más
Descartes (1596/1650)

  Descartes se dio cuenta en algún momento de su vida de que no estaba seguro de nada. Ni de lo que le decían sus sentidos ni de

Leer Más
Metáforas

Un aspecto interesante de la cuestión del conocimiento metafórico es la evidente relación entre las metáforas y aquello que decía D

Leer Más