Viajes aledaños en Atenas

Hace unas semanas, Ana y yo hablábamos con Marcos de la diferencia entre los viajes en los que en cada día estás en un lugar diferente frente a aquellos en los que pasas varios días en un mismo lugar. A Ana y a mí nos gusta viajar de la segunda manera, permaneciendo en un lugar varios días, tomándonos con calma cada jornada, sin grandes planes. A Marcos le gustan las aventuras très mouvementés, yendo de un lugar a otro y recorriendo y visitando todo lo que se pueda.

Sería imprudente asegurar que a mí no me gusten ese tipo de viajes. Los he hecho en ciertas ocasiones y los he disfrutado. Lo cierto es que en un reciente viaje a Grecia, el plan inicial que propuse a Ana fue llegar a Atenas, partir ese mismo día Afidna y Ramnunte, al día siguiente partir hacia Corinto, pasar la noche allí y al día siguiente alcanzar la ciudad de Cencreas; después visitar Argos y las ruinas de Micenas, pasar entonces por Tegea, detenernos junto al río Eurotas, visitar Amiclas, Terapne, el Menelaion, quizá Pilos…

Una diminuta iglesia ortodoxa rodeada de modernos edificios en el barrio de Plaka

Este viaje frenético se entiende mejor si se conoce el propósito secreto: visitar los lugares en los que estuvo alguna vez Helena de Troya. Algunos de los lugares, porque otros como la isla de Citera, Chipre, Egipto, Rodas y, por supuesto, las ruinas de Troya, en la costa turca, en apenas cinco días ni siquiera estaban al alcance del viajero más alocado.

Algunos viajes de Helena

Algunos viajes de Helena, de los que hablo en mi libro Maldita Helena. Ilustración de Sandra Delgado.

El viaje a Grecia, sin embargo, se convirtió en lo que he llamado, a falta de un nombre mejor, un viaje aledaño, es decir, una estancia prolongada en el barrio ateniense de Plaka y en una visita nocturna a la costa ática, a la que llegamos en tranvía y de la que regresamos andando, lo que ya desvela que no se trató de una tremenda expedición. La causa de este cambio radical respecto a los planes iniciales fue la inesperada pero nunca deseada visita de dos viejas compañeras que demasiado a menudo se acuerdan de mí, las piedras del riñón y las intoxicaciones con gluten. Asumiendo un cierto riesgo, al menos pudimos caminar durante horas y horas por las calles de Atenas y disfrutar de este primer viaje a Grecia, que sin duda no será el último.

A pesar de todo, creo que el placer de aquellos días pausados en Atenas fue mayor que el que hubiéramos obtenido si hubiéramos seguido el plan inicial, incluso si mi salud me lo hubiera permitido.

La lechuza de Atenea

En lo que se refiere al frustrado viaje tras las huellas de Helena, mi único consuelo es que ella también estuvo en Atenas, cuando fue raptada, mucho antes de la guerra de Troya, por Teseo, el vencedor del Minotauro y rey de Atenas. No debió permanecer mucho tiempo allí, ya que los ciudadanos estaban escandalizados por lo que había hecho su rey. No por el secuestro, porque secuestrar a mujeres era lo habitual entonces, casi una costumbre o tradición, sino quizá porque Teseo y su amigo Piritoo la raptaron en un lugar sagrado, el templo de Artemis Ortia.

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Teseo y Piritoo raptan a Helena en el templo de Artemis Ortia

Probablemente los atenienses también tenían miedo de los poderosos hermanos de Helena, los Dioscuros, Cástor y Pólux. Teseo, temiendo con razón la traición de sus conciudadanos, prefirió esconder a Helena en Afidna, y la dejó al cuidado de su madre Etra. Sus temores se hicieron realidad, pues los Dioscuros invadieron y arrasaron Atenas (Teseo estaba entonces atrapado en el infierno junto a su amigo Piritoo), la encontraron en Afidna y regresaron con ella a Esparta.

Sea como sea, podemos suponer que Helena paso al menos una horas o unos días en Atenas, antes de que Teseo la escondiera en Afidna.

En la costa ateniense, desde donde quizá Helena contempló el mar.



 

 


CUADERNO DE GRECIA

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Venecia y las coincidencias

CASANOVA

Pensaba hace unos días en escribir algo acerca de las coincidencias y enumerar algunas de las que he encontrado al leer la segunda parte de las memorias de Elias Canetti. Por otra parte, después de regresar de Venecia, me apetecía escribir acerca del veneciano Casanova. Cuando me disponía a hacerlo, he encontrado en mi camino una coincidencia. Así que escribiré, al mismo, tiempo acerca de las coincidencias y acerca de Casanova.

Si visitas de vez en cuando esta página, ya sabrás que me gustan mucho las coincidencias (Coincidencias significativas, Coincidencias con Proust). Es cierto, pero me gustan en particular dos tipos de coincidencias y, por el contrario, me interesan muy poco las de un tercer tipo.

El primer tipo de coincidencias que me gusta es el de las coincidencias puras:

Vas caminando por una calle, enfrascado en la lectura de un libro, y te tropiezas con alguien que también va enfrascado en la lectura de un libro. Descubres entonces que estáis leyendo el mismo libro y que vais por la misma página. Por si esto fuera poco, resulta que en el libro (en los dos libros coincidentes de cada uno de vosotros) se habla de dos que chocaron leyendo el mismo libro.

Esta es sin duda una hermosa coincidencia, aunque las coincidencias puras suelen ser más sencillas.

El segundo tipo de coincidencias es el de las coincidencias explicables, aquellas que, cuando se examinan de cerca, pierden parte de su carácter casual y resultan ser fenómenos bastante razonables:

Vas a una conferencia acerca del filósofo Franz Brentano y camino del lugar piensas en un amigo de la universidad al que hace años que no ves. Llegas a la conferencia y encuentras a ese amigo entre el público: “¡Menuda coincidencia, estaba pensando en ti hace cinco minutos!”

Sin embargo, enseguida te das cuenta de por qué estabas pensando en ese amigo: a los dos os gustaba Brentano cuando ibais a la universidad. Es perfectamente razonable que, viviendo en la misma ciudad y teniendo esa misma afición, los dos hayáis acudido a una conferencia acerca de Brentano. En realidad, una conferencia acerca de Brentano es una de las ocasiones más probables que tenías de volver a encontrarte a ese amigo alguna vez.

Muchas de las casualidades que nos asombran son de este tipo, incluso las que parecen más asombrosas, como soñar con alguien y verlo día siguiente. Parece extraordinario a primera vista, pero probablemente cada noche pasan por nuestros sueños decenas o centenares de personas, así que es lógico que, de vez en cuando, veamos a una de ellas al día siguiente. Lo verdaderamente extraño es que no nos suceda casi cada día.

También es fácil que cuando suene un teléfono pasen por nuestra mente diez o doce posibilidades acerca de quién está al otro lado. Cuando descolgamos, descubrimos que habíamos pensado en esa persona, pero olvidamos (porque ni siquiera fuimos conscientes de ello) que habíamos pensado también en otras nueve personas.

Otro fenómeno que han detectado los investigadores es la inserción de un recuerdo posterior al hecho: aunque creemos recordar algo, nuestro cerebro lo ha creado y nos lo ofrece como si ya existiera desde hace un rato.

Pero, aunque explicadas, estas coincidencias siguen siendo hermosas. Muy hermosas, porque, como decía Demócrito: “Es preferible encontrar una ley causal [es decir, no casual] que convertirse en rey de los persas”.

En cuanto al tercer tipo de coincidencias, las que no me gustan, son las llamadas coincidencias significativas: aquellas que se interpretan como causadas por la influencia de los astros o de un destino escrito no se sabe dónde ni cómo, y por no se sabe quién.

Este tipo de coincidencias, o de explicación de las coincidencias, me parece una muestra lamentable de pensamiento perezoso que, por otra parte, priva a las coincidencias de todo su interés. A mí me gusta el azar más o menos inexplicable o bien la necesidad más o menos férrea a partir de causas y efectos bservables o deducibles. Esos son los dos polos entre los que se mueven, con diversas variantes y en muy diversas formas y mezclas, las coincidencias que me gustan.

Uno de los filósofos presocráticos al que más cercano me siento y al que ya he citado un poco más arriba, Demócrito, decía: “Todo es fruto del azar y la necesidad”. Con la inspiración de esa frase, el biólogo francés Jacques Monod escribió su hermoso libro El azar y la necesidad. Lo que dicen Demócrito y Monod es más o menos lo que pienso yo. Por eso me resisto a la vulgarización de las coincidencias significativas, cuando las coincidencias son interpretadas como señales de algún tipo de Dios o Destino que, por alguna extraña razón, decide no mostrarse a plena luz.

Las peores explicaciones de las coincidencias, de todos modos, son aquellas que ni siquiera recurren a un Dios que juega al escondite, sino que se atribuyen a los astros: “Esto ha sucedido porque yo soy sagitario y tú cáncer”; o las que alientan supersticiones tan simplonas como no pasarse un salero o pensar que ver un gato negro trae mala suerte, como si hubiese una sincronía cósmica que conecta las líneas que parten de nuestra mirada y el cuerpo del gato… Podemos preguntarnos: ¿y da mala suerte si estamos de espaldas al gato?

Tres brujas con su gato. de Augustin Théodule Ribot (1823-1891)

Pues bien, pasando al segundo asunto, al leer la biografía de Elias Canetti he encontrado semejanzas o coincidencias asombrosas.  Algunas de esas coincidencias son simples coincidencias puras; otras son razonables puntos de encuentro causados por influencias comunes; muchas, finalmente, una mezcla entre ambos extremos. Pero espero y confío en que ninguna de ellas se deba a la conjunción de los astros. Una de ellas es que para los dos nuestro libro favorito sea La epopeya de Gilgamesh.

Por otra parte, como dije al principio, quiero mencionar una pequeña pero curiosa coincidencia que he descubierto al hojear mis libros del veneciano Giacomo Casanova, porque aquí quería escribir no sólo de las coincidencias, sino también de Venecia.

Aparte de las Memorias de Casanova, de las que tengo once tomos en español y francés en tres ediciones diferentes, también tengo bastantes libros acerca de él, entre ellos la biografía escrita por Stefan Zweig; Casanova último acto, de Schnitzler; Casanova o la pasión de fornicar, de mi amiga Marina Pino; Casanova un voyage libertin, de Chantal Thomas, o A propósito de Casanova, de Szentkuthy.

Pues bien, al hojear el libro de Szentkuthy, he descubierto en sus primeras páginas una foto en la que aparece él con una mujer y un hombre.

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Al leer el pie de foto he descubierto que el otro hombre era Antal Szerb. Cuando leí a Szentkuthy, Szerb era para mí un nombre sin significado, pero después, cuando viajé a Hungría, leí su libro El viajero a la luz de la luna. Me gustó tanto que llamé a uno de mis blogs La vorágine, siguiendo una idea que Szerb describe en ese libro.

De este modo, a través de este veneciano llamado Casanova he llegado por un tortuoso o al menos inesperado camino de nuevo a Venecia, siguiendo a un húngaro (Szentkuthy) que me ha llevado a otro húngaro, porque Szerb, curiosamente, inicia su novela en Venecia: “Todo empezó en Venecia, en los callejones”:

“Las calles eran muy estrechas, y desembocaban en otras calles todavía más estrechas, y según avanzaba, aquellas calles se volvían cada vez más estrechas y más oscuras” (Antal Szerb)

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Callejones de Venecia (foto de Daniel Tubau)

Y todo esto me ha hecho pensar que si Szentkuthy y Szerb eran amigos, como parece por la foto, es muy probable que el raro Szentzkuthy sea uno de los raros personajes que aparecen en El viajero a la luz de la luna, de Szerb.


[Publicado por primera vez en diciembre de 2005]

BIBLIOGRAFÍA

Miklos Szentkuthy, A propósito de Casanova (Siruela)

Antal Szerb, El viajero bajo el resplandor de la luna (Del Bronce)

Las memorias de Casanova (Historia de mi vida) están editadas más o menos completas en cinco tomos, de casi mil páginas cada uno, por Aguilar. En la colección Les Bouquins de Robert Laffont están editadas en cinco tomos en su versión original (Casanova las escribió en francés) y no expurgadas. La historia de la publicación de las Memorias de Casanova es en sí misma una aventura interesantísima.

En cuanto a los otros libros mencionados, los de Schnitzler y Zweig los tengo en viejas ediciones, pero es posible que se hayan reeditado, aprovechando el interés actual por estos dos escritores austríacos. Casanova, un voyage libertin, de Chantal Thomas, está editado en Folio.


CUADERNO DE VENECIA

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GIACOMO CASANOVA

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