Lo que sí está en los genes

En diversos momentos he hablado de la célebre y nunca concluida polémica entre lo innato y lo adquirido: aquello que somos a causa de nuestros genes y aquello que somos a causa de la sociedad, la educación o, quizá, a causa de esas extrañas causas imprevistas e imprevisibles a las que solemos llamar azar.

En El genio no nace: se hace, negué la popular teoría que atribuye nuestra personalidad y nuestros logros a la genética, pero también admito que somos entes programados y programables. En otra ocasión intentaré explicar qué implica que el ser humano sea programable y que, además, lo sea por sí mismo, es decir, que él mismo pueda ser sujeto y objeto de su programación. Ahora me interesa mostrar hasta que punto estamos programados por la naturaleza y por los diversos mecanismos de eso que se llama evolución natural.

Abeja melífera

Quienes rechazan la influencia de los genes en nuestro comportamiento, a menudo lo hacen porque consideran que admitir tal influencia sería lo mismo que privar al ser humano de libertad. Me parece que esa conclusión no es necesaria ni inevitable y que es perfectamente posible creer en una poderosísima influencia genética y, al mismo tiempo, creer en lo que los filósofos medievales llamaban libre albedrío y voluntad, que es quizá la mayor aportación del cristianismo a este debate, tal vez a cualquier debate. Sin embargo, aunque creamos en la voluntad y la posibilidad de elección, conviene no desviar la mirada hacia otro lado: no hay más remedio que admitir que la influencia genética es muy poderosa en nuestro comportamiento.

Pondré al lector el ejemplo que más me ha impresionado en cuanto a un comportamiento determinado por los genes. No está protagonizado por seres humanos, sino por abejas.

La historia la cuenta Richard Dawkins en El gen egoísta, y se refiere a las abejas melíferas, es decir, las abejas que fabrican miel.Pues bien, citaré casi íntegro el fascinante pasaje en el que Dawkins explica el comportamiento de las abejas melíferas, porque creo que él lo explica mucho mejor de lo que pudiera hacerlo yo:

Las abejas melíferas sufren una enfermedad infecciosa llamada loque. Ataca a las larvas en sus celdillas. De la especie domesticada empleada por los apicultores, algunas corren más riesgo de contraer dicha enfermedad que otras, y resulta que la diferencia entre las razas es, por lo menos en ciertos casos, relativa al comportamiento. Existen las llamadas razas higiénicas que rápidamente erradican las epidemias mediante la localización de las larvas infectadas, arrastrando dichas larvas fuera de sus celdillas y arrojándolas fuera de las colmenas. Las razas susceptibles lo son porque no practican ese infanticidio higiénico. El comportamiento realmente involucrado en este método es bastante complicado. Las obreras deben localizar la celdilla de cada una de las larvas infectadas, remover la capa de cera que recubre la celdilla, extraer la larva, arrastrarla a través de la puerta de la colmena y arrojarla al descargadero de los desperdicios.

No está mal para una simple abeja, pero entonces viene lo más sorprendente, que muestra el alcance y la detallista precisión de la codificación genética.

Antes de continuar, piense el lector en la poca complejidad de una abeja, al menos comparada con la de un ser humano. Pues bien, un investigador llamado Rothenbhuler quiso averiguar de qué manera las abejas aprendían esas dos tareas, que consistían en abrir las celdillas y extraer las larvas infectadas:

Rothenbhuler volvió a cruzar a los híbridos de la primera generación con una raza higiénica pura obtuvo un resultado muy hermoso. Las hijas abejas de la colmena se dividieron en tres grupos. Uno de ellos demostró un comportamiento higiénico perfecto, un segundo grupo demostró carecer totalmente de dicho comportamiento y el tercero demostró un comportamiento intermedio. Este último grupo perforó las celdillas de cera de las larvas enfermas pero no continuó con el proceso de arrojar la larva. Rothenbhuler conjeturó que podía haber dos genes separados, uno para destapar la celdilla y otro gen para arrojar la larva fuera de la colmena. Las razas higiénicas normales poseen ambos genes y, en cambio, las razas susceptibles de contraer la enfermedad poseen sus alelos rivales. Los híbridos que sólo llegaron hasta la mitad del camino poseían presumiblemente, el gen para romper la celdilla (en dosis doble) pero no aquellos genes para arrojar fuera la larva.

No sé si el lector se ha dado cuenta cabal de lo que nos está diciendo Dawkins: en el ADN de la abeja hay una instrucción para abrir celdillas y hay otra instrucción para tirar larvas. Si falta una de las dos, la abeja no hace nada delante de una celda abierta, o bien abre una celda y no tira la larva.

Esto es asombroso, y más teniendo en cuenta que las abejas no son famosas por su torpeza, sino por todo lo contrario: son capaces, por ejemplo, de indicar a sus compañeras dónde pueden encontrar flores suculentas. Lo hacen mediante un baile. Parece evidente que en el ADN de la abeja no puede estar codificado que hay un manojo de margaritas en una casa de Ciudad Real, así que las abejas se encuentran con una situación no prevista y tienen que modificar su baile para que otras abejas encuentren esa casa que, de no ser por el aviso de su colega de colmena, nunca habrían visitado. Todo lo anterior da la impresión, no sé si de un comportamiento consciente, pero sí al menos de la disposición a observar cosas nuevas y actuar en función de lo observado. Sin embargo, la actitud de las abejas frente a una celdilla vacía da la sensación contraria: parece como si fueran literalmente ciegas, tienen allí enfrente esa larva muerta, deberían expulsarla de la colmena, y sin embargo no lo hacen. Tal vez el baile mismo de las abejas también esté codificado y las abejas que bailan y las que miran el baile tan solo activan microscópicos GPS o mecanismos de geolocalización y kilometraje, puesto que, una vez conocido lo que hacen las abejas melíferas con las larvas muertas, podemos imaginar cualquier otra cosa. Por otra parte, la respuesta alternativa sería que las abejas han desarrollado un lenguaje no genético tan complejo como para distinguir metros y kilómetros, norte y sur y arriba y abajo, lo que suena incluso más improbable. Hay que puntualizar, para el lector escéptico que piense que las abejas no se dan las indicaciones mediante el baile, sino, por ejemplo, por alguna especie de olfato (“oliendo” a la abeja que ha estado cerca de las margaritas y siguiendo el rastro) o porque la abeja que ha encontrado las margaritas hace después de guía… Pues bien, el baile ha sido reproducido por abejas robots…. ¡y ha funcionado!

El robo bee (robt abeja) del Project Robo Bee de Berlín (más información: Project RobBee, conferencia en español RoboBee)

En realidad, lo que hacen es dar coordenadas polares, señalando el ángulo y la distancia a la flor mediante el tipo de baile y su duración. El olor al parecer también ayuda, pero solo para detectar el lugar indicado porque coincide con el olor de la abeja danzante. Quizá también detectan el campo electromagnético transmitido por la vibración de las alas.

Si, como vemos, en el gen de las abejas melíferas de la especie higiénica es posible codificar comportamientos tan específicos, conviene no subestimar los condicionantes genéticos que influyen poderosamente en nuestro comportamiento. Es una buena lección que nos dan las abejas y que nos hace no estar tan seguros de nuestra libertad de elección.

 


 

CUADERNO DE BIOLOGÍA

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 El azar y la necesidad

De las fascinantes paradojas y contradicciones alrededor del azar, la necesidad y el destino quise hablar en 2014 en la página Divertinajes, o quizá no lo quise, sino que me fue impuesto por una necesidad metafísica o por el golpear causal o casual en el interior de mi cerebro. En la categoría  El azar y la necesidad, hablo de azar, de necesidad y del determinismo y el indeterminismo.

 

El genio no nace, se hace

Que yo sepa, no se conoce ningún caso de genio que no haya necesitado hacerse, más allá de algún matemático, algún músico  o alguna persona dotada para ciertas operaciones mentales, que casi siempre combina su genialidad en ese terreno con el autismo o alguna otra característica mental que suele afectar a su vida cotidiana. Lo que antaño se llamaban idiots savants, idiotas sabios. Pero eso no es lo que suele considerarse un genio, sino tan solo “un genio… para el cálculo”, por ejemplo.

En realidad, yo estoy en contra de la definición de alguien como “genio”, pero podemos emplear la palabra para referirnos a esas personas que han destacado de manera notable en la historia de la ciencia, el arte, la invención o el pensamiento. No creo, por otra parte, que los genios que conocemos hayan sido las únicas personas que podían haber logrado lo que ellos lograron. Sería absurdo pensar que entre los miles de millones de individuos que han nacido en cientos de ciudades y en miles de pueblos perdidos ninguno de ellos pudiera haberse convertido en un genio.

Jorge Luis Borges

Tampoco es sin duda casualidad que casi todos los genios que han pasado a la historia procedan de lugares más o menos desarrollados, al menos desde el punto de vista cultural, y todos o casi todos han tenido a su alcance medios de los que no disponían muchos otros. El hecho de que apenas se mencionen dos o tres decenas de mujeres artistas o científicas antes del siglo XX, pero sí miles de hombres, no puede ser una simple casualidad. Aún teniendo en cuenta el machismo que ha ocultado muchos nombres de mujeres, la gran mayoría de las mujeres no tuvieron ni la más mínima oportunidad para desarrollar su talento a lo largo de casi toda la historia.

Es obvio también que Jorge Luis Borges no habría podido sentir la fascinación por la literatura inglesa que le permitió redefinir la escritura en español, si su abuela no le hubiera enseñado inglés casi como primera lengua.

Tampoco creo en la existencia de razas humanas, algo en lo que Borges sí creía (lo que es una muestra de que la educación también puede ser incompleta incluso en alguien como él), pero me permitiré usar la palabra negro, a pesar de que creo que no significa casi nada (ya he dicho que tampoco creo que signifique mucho la palabra “genio”): ¿crees el lector que Obama es el negro más inteligente de todos los que existen y han existido y que ninguno podría superarlo?

Sí, es cierto que parece muy inteligente, pero ¿no le puede haber dado una cierta ventaja el haber nacido en el territorio norteamericano de Hawai y haberse educado en Estados Unidos en los años 60 del siglo XX?

¿Cree el lector que es tan solo una asombrosa casualidad el que dos de los negros que figuran en todas las historias de la literatura universal nacieran en Europa? Me refiero, por supuesto, a Pushkin, símbolo de la poesía y la literatura rusa, y a Alejandro Dumas, gran patriarca de la literatura francesa. Por cierto, ¿cree el lector que también se debe a la casualidad que casi nadie sepa que eran negros?

Alejandro Dumas

Afortunado aquel que nace en una ciudad poderosa, decía Platón:

“Doy gracias a Dios por haber nacido griego y no bárbaro, hombre y no mujer, libre y no esclavo. Pero sobre todo agradezco el haber nacido en el siglo de Sócrates”.

No debe creer el lector que la preferencia de Platón por ser hombre y no mujer se deba a su misoginia o machismo, pues Platón es considerado, con razón, uno de los filósofos más cercanos al feminismo, al menos en comparación con su discípulo Aristóteles y otros pensadores de su época, con la excepción de Epicuro y Aristipo, quizá.

Alexander Pushkin

Esa preferencia de Platón se debe a que pudo observar las pocas oportunidades que tenían las mujeres en su época para desarrollar sus talentos intelectuales, políticos o creativos, del mismo modo que sabía perfectamente cuáles eran las ventajas de nacer libre y no esclavo, gracias a su propia experiencia, pues Platón fue vendido como esclavo por el tirano de Siracusa y pasó varios años en esta condición hasta que pudo ser rescatado.

Para defender que son los genes y no la educación los responsables de la existencia de los genios, se dice que los grandes maestros raramente tienen grandes discípulos. Es muy discutible que eso sea cierto.

Sócrates tuvo como discípulo a Platón, pero también a Antístenes, a Aristipo, a Euclides y a muchos más. Platón, a su vez, tuvo como discípulo a Aristóteles, quien tuvo como discípulo a Teofastro, que al parecer era también un filósofo de cuidado. En cualquier caso, los tres filósofos griegos más conocidos (Sócrates, Platón y Aristóteles) siguen una línea continua de maestro-discípulo. En el chan budista chino, la versión del budismo dhyana indio y el origen del zen japonés, sucede lo mismo: a cada maestro le sucede un nuevo maestro comparable a él, que no es su hijo, sino su discípulo, hasta tal punto que se producen escisiones continuas, porque los discípulos creen siempre hallar una verdad o una variante que supera la versión del maestro.

El medio griego den la antiguedad dio durante varios siglos decenas de filósofos, arquitectos y artistas. ¿Por qué dejó de darlos? ¿Cree el lector que se produjo una mutación genética que volvió estúpidos a los griegos? De hecho, el medio griego siguió dando pensadores en el lugar más desarrollado de la época, Bizancio, aunque la presencia cultural excesiva de la religión ortodoxa tal vez echó a perder parte de sus posibilidades, como lo hizo el catolicismo en Europa, consiguiendo que pensadores tan impresionantes como Escoto Erígena, Guillermo de Ockham o Nicolás de Cusa perdieran cientos de horas discutiendo acerca de esencias divinas, porque ese era el tema casi único del momento.

Confucio

En la Inglaterra Isabelina, Shakespeare no estaba solo: convivió con Christopher Marlowe, John Ford, John Donne y Ben Jonson, entre otros. En España, Cervantes, Lope de Vega, Quevedo y Góngora fueron contemporáneos. En la época de los Reinos Combatientes, antes de la unificación de China, se concentran las tres cuartas partes de los filósofos chinos; en la época Tang muchos de sus mejores poetas, en la Song los pintores y en la Yuan o mongola el mejor teatro.

A pesar de que los ejemplos se podrían multiplicar sin fin, se insiste una y otra vez en que los genes son más importantes que la educación y el medio circundante. Pero en la historia del arte, la filosofía y la ciencia hay pocos ejemplos de hijos que suceden a sus padres, excepto entre los artesanos, que aprendían el oficio porque era su mejor medio de vida. El problema es que, incluso en los casos en los que se da la sucesión padre-hijo, es difícil negar la importancia del ambiente, de la educación y de la enseñanza trasmitida. El hijo suele haber nosolo heredado los genes de sus padres, sino también los ha tenido como ejemplo.

Por otra parte, a veces se menosprecia la importancia del entorno para, de este modo, defender los propios méritos. Es como decir: “Me merezco mi fama, no por los privilegios de los que he gozado, sino porque soy genéticamente superior”. Es un planteamiento absurdo. Como si fuera más digno heredar que adquirir: aquello de lo que podemos presumir es lo que hemos alcanzado por nuestro esfuerzo (con la pequeña o gran ayuda del entorno), no aquello que nos vino ya de fábrica en los genes.

Sin embargo, las fábulas tradicionales, los cuentos de hadas o películas como La guerra de las Galaxias nos acostumbran a ese relato de la herencia genética. Es el relato de la pereza y la vagancia, en el que uno cree que le ha tocado la lotería genética, como quien espera que su décimo salga premiado en el próximo sorteo.

Padre e hijo, genios de la Fuerza


[Publicado por primera vez el 1 de enero de 2013 en Divertinajes. revisado en 2017]

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Maneras de predecir el futuro

Adivinar el futuro ha sido una ambición de los seres humanos desde los tiempos más remotos. Se ha intentado conocer el futuro leyendo las entrañas de animales, mirando las estrellas, sacrificando toros o caballos, echando las cartas, examinando los posos del café o interpretando los sueños, como hizo Daniel cuando el rey Nabucodonosor soñó con una extraña estatua:

Tú, oh rey, mirabas, y he aquí una gran estatua. Esta estatua, que era muy grande y cuyo brillo era extraordinario, estaba de pie delante de ti; y su aspecto era temible.
La cabeza de esta estatua era de oro fino; su pecho y sus brazos eran de plata; su vientre y sus muslos eran de bronce; sus piernas eran de hierro; y sus pies en parte eran de hierro y en parte de barro cocido.
Mientras mirabas, se desprendió una piedra, sin intervención de manos. Ella golpeó la estatua en sus pies de hierro y de barro cocido, y los desmenuzó.
Entonces se desmenuzaron también el hierro, el barro cocido, el bronce, la plata y el oro; y se volvieron como el tamo de las eras en verano. El viento se los llevó, y nunca más fue hallado su lugar. Y la piedra que golpeó la estatua se convirtió en una gran montaña que llenó toda la tierra.
 Daniel interpretó esa estatua formada por diversos materiales como la sucesión de cuatro grandes reinos, que los seguidores de los textos bíblicos han intentado situar en la historia conocida con mayor o menor éxito.

Como es sabido, o como debería serlo, el método de los profetas consiste fundamentalmente en contar el pasado como si fuera el futuro, es decir: inventarse a un profeta que habría vivido en tiempos de Nabucodonosor y atribuirle un texto escrito trescientos o cuatrocientos años después, un texto escrito por ellos, claro, por los propios profetas.

Interpretación moderna de la estatua

La anterior es una manera curiosa de predecir el pasado, que tiene ciertas semejanzas con la que tenían que aplicar los historiadores rusos durante la época de Stalin, pues constantemente se veían obligados a reescribir el pasado, siempre en función de las purgas ordenadas por el dictador. Eso les obligaba a borrar de las fotografías a quienes ya no eran bien vistos. Ante la dificultad de predecir lo que el día de mañana sería correcto, un historiador soviético de la época dijo: “Hoy en día lo difícil no es predecir el futuro, sino el pasado”.

Un camarada caído en desgracia desaparece del pasado


PENSAMIENTO Y CREATIVIDAD

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POLÍTICA

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CREATIVIDAD

Desde hace bastantes años la idea de que no se puede enseñar la creatividad esta cambiando y se va abriendo paso la convicción de que la creatividad sí que se puede enseñar. Hace tiempo, las organizaciones de ayuda a países pobres repetían un lema muy razonable: mejor que dar un pescado al que tiene hambre es enseñarle a pescar. Pero hay algo mejor que enseñarle a pescar: enseñarle a pensar. Porque los peces se pueden acabar y entonces será mejor que sean capaces de pensar en otra manera de conseguir alimento, por ejemplo con la caza o con la agricultura.

Yo estoy entre quienes piensan que la creatividad se puede enseñar.

grahamwallasguyer-photography-graham-wallasEl estudio del proceso creativo comenzó a caminar con paso firme en el siglo XX, primero con las propuestas del matemático Henri Poincaré y después con los primeros estudiosos, como Charles Webb Young o Graham Wallas. Se inició entonces una disciplina que recogía algunas intuiciones de los románticos e inspirados, pero sometiéndolas al escrutinio de la razón y la contrastación. Se ha mostrado que la creatividad no depende de las musas, ni del destino ni de una genialidad innata. El resultado ha sido una mezcla curiosa entre ideas como “inspiración” , “revelación” o “intuición” y la observación y la experimentación, que ha logrado, en cierto modo convertir lo etéreo en materia sólida.

En esta sección de mi sitio web, reúno enlaces a secciones o entradas que tratan de una manera más o menos directa con la creatividad, la invención o el estudio del proceso creativo.


Creatividad y teorías bastante extravagantes

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Cómo vivir más tiempo

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Muchas personas se preguntan cómo se puede vivir más tiempo, disfrutar de más años de vida. Aquí voy a ofrecer algunos consejos para ganar más años de vida, mas meses, más horas y más minutos.

Viajes en coche

Se suele considerar que un viaje en coche de una ciudad a otra ha de ser lo más rápido posible. Madrid-Barcelona en cinco horas. Se va por la autopista o la autovía, se pone el coche a toda pastilla y… se tiran cinco horas a la basura.

Porque cinco horas a toda velocidad, sin disfrutar del paisaje (¿qué paisaje hay en una autopista a no ser los encantadores molinos eólicos de Aragón?), sin detenerse excepto para tomar un café en un feo centro/bar//restaurante/kiosko de carretera. A una velocidad que impide, al menos al conductor, mantener una conversación sosegada y con todos los pasajeros  pendiente de que el conductor no se despiste o no se duerma. Tiempo perdido. Se cree ganar mucho tiempo, ahorrar horas, pero lo único que se hace es perder tiempo: las cinco horas del viaje.

Quien espera desespera

Esperamos a alguien. O esperamos un avión o un tren en el que vamos a viajar. Ese tiempo de espera lo catalogamos rápidamente como tiempo inútil. Un tiempo de transición en el que no puede suceder nada interesante porque no podemos iniciar nada en serio. Nos dejamos llevar por la desgana y tiramos minutos u horas a la basura. Si el amigo tarda en llegar a la cita, nos pasamos todo el tiempo pensando en cómo le regañaremos cuando llegue, y después, además, nos enfadamos.

Si cambiamos nuestra mentalidad de espera y en vez de pensar que nuestro amigo ya debía estar aquí, pensamos que es una suerte que todavía no  haya llegado, todo cambia de sentido. Ahora podemos observar lo que sucede a nuestro alrededor, mirar a aquellos tres que discuten en una mesa cercana, a esa muchacha que escribe al fondo del local, al ese camarero tan peculiar, enseguida encontraremos un nexo común entre todos ellos o un tema de reflexión adecuado para pasar los minutos de espera, que ya no serán minutos de espera, sino de vida vivida.

Salas de espera, aviones, trenes

En un viaje lleno de escalas uno cree perder valiosas horas de tiempo en las salas de los aeropuertos, en el interior de los aviones, en eso que Marc Augé llama no lugares. Yo he descubierto, sin embargo, que los no lugares son un lugar perfecto para pensar, escribir, iniciar investigaciones. Ya lo hice en Escrito en el cielo y en ningún lugar, cuando inicié dos investigaciones durante una serie de viajes con muchas escalas, una acerca de las máscaras y otra acerca de los no lugares. Recientemente, en un viaje a América, inicié una interesante investigación acerca de cierres, conectores y cerrojos. En todos mis viajes soy un ávido cazador de momentos e ideas, y muchos de ellos los obtengo no ante el paisaje fenomenal y ansiado, sino en el camino de un lugar a otro, o en el autobús que me lleva a la Ciudad de la imagen para dar mis clases. Los modernos medios electrónicos, como el programa para tomar notas Evernote, permiten no sólo escribir en el móvil estés donde estés, sino además tomar fotos del momento. Así voy llenando mi libreta electrónica de notas.

Trayectos

El tiempo que transcurre entre un lugar y otro, el recorrido que nos lleva de aquí a allá. Para muchas personas, ese tiempo no existe, es también un tiempo perdido, que se quiere que acabe, que no gusta. Muchas personas, en vez de caminar o pasear, trasladan sus cuerpos de un lugar a otro. Pero en cualquier traslado del propio cuerpo se lleva también ese extraordinario juguete que es la mente. Conviene usarla, no sólo para esquivar el tráfico o pensar en la prisa que se tiene y en el tiempo que se está tardando.

Si se suman todos los minutos ganados en estas y otras actividades que suelen ser consideradas tiempo perdido, se descubrirá que añadimos a nuestra existencia quizá entre cinco y diez años más de vida vivida.

 


 [Publicado por primera vez en Salón digital el 8 de mayo de 2010]

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El obituario de Coca Cola

En otra ocasión he hablado del análisis premortem,  una técnica que se emplea en el desarrollo de proyectos y que consiste en hacer un análisis de nuestro proyecto como si ya hubiera muerto (el proyecto). Un poco deprimente, claro, pero muy útil para poner un poco de distancia entre nosotros y el trabajo que estamos haciendo, entre nuestros sueños e imaginación desbocada y la dura realidad. Si uno consigue situarse en el futuro y observar ese proyecto fracasado, es muy probable que sea capaz de descubrir por qué fracasó (por qué fracasará). En cualquier caso, el análisis premortem de Gary Klein no es la única manera morbosa o siniestra de examinar un producto o un proyecto.

Los expertos en marketing también hablan de “hacer el obituario” o escribir el epitafio (en la variante de mi amiga Ana Aranda). En este caso, puede tratarse no de proyectos futuros, sino de productos que ya existen.

La expresión cobró especial fuerza cuando Coca-Cola hizo su obituario, lo que se considera una de las más exitosas campañas de marketing accidental de la historia.

La cosa sucedió en 1985, cuando la legendaria Coca-Cola se vio superada en ventas por su archirrival Pepsi, al pasar desde el 60% de ventas de refrescos tras la Segunda Guerra Mundial al 23% a principios de los años ochenta. Las nuevas generaciones preferían el sabor dulzón de Pepsi y en las pruebas a ciegas siempre perdía Coca-Cola. Así que los expertos de Coca-Cola decidieron cambiar la fórmula, aquella fórmula secreta tan famosa que había triunfado durante noventa y nueve años.

El 23 de abril de 1985 se anunció la nueva Coca-Cola, de sabor más dulzón y suave, y el fin de la fabricación de la original.


La nueva Coca-Cola

El problema fue que la reacción del público no fue tan entusiasta como habían anunciado las pruebas previas, sino que la indignación se extendió por todo Estados Unidos. Se produjeron escenas de verdadero pánico y la gente empezó a acumular botellas de Coca-Cola en sus sótanos, se multiplicaron los insultos a la compañía y la central de atención al consumidor quedó bloqueada por las llamadas de consumidores indignados. En Pepsi lo celebraron como un triunfo absoluto, pues “the real thing” (la verdadera cosa, la cosa real, lo auténtico) había acabado por admitir su derrota al cambiar la fórmula.


La presión y la protesta fue tan inesperada y tenaz que el 11 de julio de ese mismo año Coca-Cola tuvo que volver a comercializar la Coca-Cola de siempre, a la que añadió el sobrenombre “classic”. De este modo, se puedo asistir en poco tiempo al obituario y a la resurrección de Coca-Cola, que en pocos años recuperó el primer lugar frente a Pepsi. Al tercer mes resucitó, se podría haber anunciado.

El obituario de Coca-Cola, que se convirtió al final en el obituario de la nueva Coca-Cola, fue una curiosa demostración de que no siempre los ejecutivos del mercado pueden manipular a su antojo a los consumidores y de que, aunque nos parezca trivial e incluso grotesco tanto escándalo por un jarabe de zarzaparrilla con gas, en ocasiones los consumidores pueden decidir en contra de las tácticas empresariales.


Eso sí, los expertos en marketing han incorporado la lección aprendida y han llamado a una situación como esta “obituario”. Consiste en imaginar qué sucedería si nuestro producto desapareciera de repente.

Como se ve, y como bien saben los editores de libros, un entierro puede traducirse en ventas masivas.


Más información en Storytelling: branding in practice, de Klaus Fog, Christian Budtz, Philip Munch y Stephen Blanchette.

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Gary Klein, analista premortem

 


El análisis premortem es una herramienta que no se debe confundir con el premortem que le practicaron al pobre médium Washington Irving Bishop, sometido a una autopsia todavía en vida.
El análisis premortem es menos cruento y lo pueden aplicar estudiantes, investigadores, inventores, guionistas y cualquier persona que se proponga una tarea más o menos creativa, incluidas las que consisten en crear una empresa o diseñar un plan de vida.

Daniel Kahneman, el psicólogo que ganó el premio Nobel de Economía al demostrar lo poco de fiar que somos en todos los terrenos, incluido el económico, cuenta así el método premortem creado por Gary Klein,:

El procedimiento es simple: cuando la organización ha tomado una decisión importante, pero no la ha ejecutado formalmente, Klein propone que un grupo de individuos entendidos e informa­dos sobre esa decisión se reúna en una breve sesión. La premisa de la sesión es una breve alocución: «Imaginemos que ha transcurrido un año y que hemos puesto en práctica el plan tal como ahora lo conoce­mos. El resultado ha sido un desastre. Tómense, por favor, 5 o 10 minu­tos para escribir una breve historia de tal desastre».

 

El método de Gary Klein consiste, en definitiva, en situarse de manera imaginaria o virtual en un momento del futuro y pensar que el producto, proyecto, empresa o invento ha sufrido un estrepitoso fracaso. Se redacta entonces un informe en el que se explican las causas de este fracaso. Una vez que nos hemos liberado de la idea de éxito o de las urgencias del momento, podemos reflejar en ese informe de manera clara y definida las debilidades y defectos del proyecto. Se trata de imaginar las críticas que sobrevendrán, los titulares de los periódicos anunciando el fracaso del programa y preguntarse, junto a los expertos o periodistas del futuro: “¿Cómo y por qué se produjo este estrepitoso fracaso?” “¿Cómo no vieron sus creadores que era un proyecto absurdo, aventurado y lleno de defectos?”

Es decir, el premortem, como su nombre indica, consiste en imaginar que le estamos practicando a nuestro proyecto un examen postmortem para descubrir las causas de su muerte o fracaso. En definitiva, es más fácil ser directo y no andarse con medias tintas cuando lo que tenemos delante es un cadáver y no un cuerpo vivo, aunque se trate de un cadáver imaginario. Gracias a este ejercicio de imaginación, podemos poner con más facilidad distancia entre nosotros y nuestro proyecto, mirarlo como algo ajeno, que podemos atacar sin contemplaciones. Porque un buen ejercicio de premortem debe ser inmisericorde, capaz de detectar cualquier pequeño defecto, de descubrir errores hasta ahora apenas intuidos.

En opinión de Kahneman:

El premortem tiene dos ventajas principales: frena el pensamiento grupal que afecta a tantos equipos cuando parece que se va a tomar una decisión y libera la imagina­ción de los individuos entendidos en un sentido muy necesario. 

 

El premortem es también una liberación de la obediencia grupal y una vía libre para la crítica:

Cuando un equipo converge en una decisión –y especialmen­te si surge un líder– las dudas manifestadas sobre el acierto de la ac­ción planeada se desvanecen y eventualmente son tratadas como pruebas de escasa lealtad al equipo y sus líderes. La desaparición de las dudas contribuye al exceso de confianza en un grupo donde sólo los que apoyan la decisión tienen voz. La principal virtud del premor­tem es que legitima las dudas. Además, anima a quienes apoyan la de­cisión a buscar posibles riesgos que no habían considerado antes

Por último, el premortem a menudo se convierte en un ejercicio divertido y estimulante, que da como resultado la redacción de estupendos artículos de crítica periodística, o de afilados e implacables informes, aunque su característica esencial debe ser el rigor en la crítica y no el desvarío destructivo.

[Ver también: Retroproyección futura y El análisis premortem de Washington Irving Bishop]


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Cómo salir de los círculos cerrados

En la adolescencia adquirí la sana costumbre de anotar ideas o comentarios en los márgenes de los libros. En muchas ocasiones severos lectores me regañaban por «estropear así» los libros. Yo no sabía qué responder, pero seguía anotando en los márgenes porque me negaba a ser un lector pasivo que tiene que caminar en línea recta por la vía del libro, siempre mirando hacia delante, hacia la próxima página, como si llevara anteojeras. Para mí, el verdadero placer de leer un libro residía en conversar o discutir con el autor.

Por otra parte, también me di cuenta en algún momento de un problema: uno se mueve en círculos, que pueden ser muy amplios pero que están separados de otros círculos, como lo están dos galaxias por océanos de vacío o materia oscura. A veces se trata de disciplinas enteras: un lingüista puede no leer nunca un libro de sociología, y un psicólogo no consultar nunca el arte de la guerra de Clausewitz o de Sunzi, a pesar de que se trata de terrenos con nexos indudables. Tampoco los economistas suelen consultar los libros de las ciencias más cercanas a la suya, como la astrología, la quiromancia y otras artes de que se dedican a la adivinación mediante datos insuficientes y que abundan en predicciones no comprobadas.

Para salir del círculo de mis referencias inventé varios métodos. Uno consistía en no leer un libro de principio a fin y luego empezar otro, sino leer muchos y de muy diversos temas, mezclando novelas, teatro clásico, libros de mitología, de ciencia, de cualquier cosa. Un día conté los libros que estaba leyendo a la vez y resultaron ser más de ochenta. Como es obvio, a menudo me olvidaba de qué libro estaba leyendo y descubría años después que, por ejemplo, me había quedado a tres páginas del final del Martin Eden de Jack London. Al practicar este método me di cuenta de la riqueza del pensamiento asociativo porque, gracias a esa mezcla, mi mente establecía conexiones muy interesantes entre la física cuántica y la lucha de los olímpicos griegos contra los titanes y Tifón, o entre un pasaje de las memorias de Goethe y una poesía de Omar Jayyam. Lo importante es que esas conexiones se producían porque estaba leyendo a la vez un libro de Omar Jayyam y otro de Goethe: si no los hubiera leído al mismo tiempo, habría sido imposible dar con casi todas esas conexiones. Otro método era consultar y hojear muchos libros a la vez. Durante dos o tres años fui casi a diario a la Biblioteca Nacional y pedí entre cinco y diez libros cada día. Dos o tres los leía hasta el final, mientras que los otros los hojeaba.

Advertí también, es probable que a través de la lectura de Martin Gardner y Raymond Smullyan, lo insatisfactorio que resultaba el orden alfabético, como el de las fichas de los libros de la Biblioteca Nacional, que se usaban años antes de que llegaran los ordenadores. Como es obvio, a menudo pedía libros de los que había oído hablar a través de otros autores, pero también empleaba un método de búsqueda azarosa de mi invención:  entraba en el salón de ficheros de la Biblioteca Nacional, que eran cientos de cajas ordenadas siguiendo la famosa clasificación universal CDU (filosofía, y dentro de filosofía metafísica, y dentro de metafísica Heidegger, y dentro de Heidegger las ediciones disponibles de Ser y tiempo).  Y entonces, sin prestar atención a cómo estaban ordenados esos archivos  y ficheros, pensaba un número cualquiera e iba contando pasillo a pasillo hasta que me detenía en el que me había tocado. Caminaba cinco, cuatro o tres pasos y me acercaba a uno de los cajones, lo abría tanteando con los ojos cerrados y contaba, por ejemplo, 23 fichas. Entonces abría los ojos, anotaba las signaturas de los cinco primeros libros y los pedía, aunque trataran de cómo reparar la rueda de un autobús o fueran recetas para preparar limonada maltesa. Todavía no había leído lo que decía Borges: «Todo libro tiene una línea que lo salva», pero ya creía firmemente en ello. De este modo logré saltar fuera de mi círculo de referencia y hacer hallazgos muy interesantes, desde la Nueva Teoría de  la Naturaleza de Oliva Sabuco, a la Crítica del lenguaje de Mauthner o el Sefer Yetsirá  de los cabalistas.

Así que, en vista de todo lo anterior, ya puede suponer el lector el placer que me ha producido la expansión y desarrollo de los ordenadores y de Internet,  que hacen posible emplear métodos como los anteriores a diario, y que añaden la facilidad de archivar, copiar y guardar los hallazgos y encontrar  más cosas que en cualquiera de las bibliotecas del planeta, incluida la Biblioteca Nacional de Madrid y la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, que pasa por ser la mayor del mundo.

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ENTRADAS SOBRE CREATIVIDAD


 [Esta entrada es un fragmento, con algunos cambios de un capítulo de mi libro El guión del siglo 21, llamado “Cómo funciona la mente humana”]

La profesión de escaparatista

COSAS QUE SIEMPRE HAN EXISTIDO

Una de las cosas más graciosas que conozco es la insistencia en decir que lo que pasa ahora no ha pasado nunca antes: “Ahora los jóvenes ya no saben hablar”, “La música de ahora es sólo ruido”, “Nuestra sociedad es la sociedad del espectáculo”, “La moda lo domina todo…”

Son ideas que siempre se han repetido, aunque no siempre con las mismas y exactas palabras. Samuel Noah Kramer cuenta que en los primeros textos cuneiformes sumerios los padres ya se quejaban de que sus hijos no estudiaban y sólo les gustaba gandulear e irse de juerga, y “no como en nuestros tiempos”.

En esta sección pondré ejemplos de cosas que parecen muy recientes y actuales pero que existen desde hace mucho.

 

LA PROFESIÓN DE ESCAPARATISTA

Resulta que esta profesión, que parece tan moderna, era la de Lyman Frank Baum, el autor de El mago de Oz, que vivió a finales del siglo XIX y comienzos del XX. No sólo se dedicaba a decorar escaparates, sino que era el director de la revista oficail de escaparatistas de Chicago, el Chicago Show Window.

Además, le gustaba tanto el asunto de los escaparates, que llegó a publicar un libro dedicado al tema.

 

 


 [Publicado el 9 de julio de 2004]