Midcult, mass cult y high cult

He escrito a lo largo de los años varios capítulos de Cosas que he aprendido de… un ejercicio que consiste en reconocer las deudas intelectuales (y en ello incluyo las sentimentales). Lo aprendí cuando leí en la adolescencia a Marco Aurelio, en esos hermosos pasajes en los que agradece a sus maestros lo aprendido. Mi padre siempre repetía aquello de que las citas eran una manera de pagar deudas, así que agradecer lo aprendido es no solo mencionar al autor y transmitir en otro lugar su ingenio  agudeza o belleza, como sucede en las citas, sino que a ello se añade el reconocimiento de una influencia benéfica sobre uno mismo. Walt Whitman también dio las gracias en aquel poema En mi vejez doy las gracias, y Borges lo imitó en el Poema de los Dones. Yo mismo escribí Acción de gracias.

He dedicado Cosas que he aprendido…. a escuelas y a personas, al budismo y al estoicismo, a Demócrito y a mi padre, a mi madre y a Jesucristo. Algunos de los agradecimientos que he escrito todavía no están en Diletante, pero los iré subiendo.

Podría escribir una lista apresurada de futuras Cosas que he aprendido de… con los siguientes autores o personajes o temas:

Descartes, Kropotkin, J.S.Mill, Stefan Zweig, Bai Juyi, Kierkegaard, el cine, Corto Maltés, X-MEN, Borges, Bertrand Russell, los cirenaicos, los cristianos, Krishnamurti, Epicuro, Diderot, Proust, Shakespeare, Aristóteles, Platón, The Rocky Horror Picture Show, Sade, Casanova, Popper, Agustín de Hipona, Safo/Pierre Louys, David Bowie, Stevenson, los mitos griegos, Feyerabend, Einstein, Kepler, Li’l Abner, el pop, los estoicos, los cínicos, el zen, Montaigne…

Como se ve en esta lista, hay de todo, y se mezcla lo que se llama Alta Cultura y Cultura de Masas: Aristóteles y la Patrulla X (X-Men).

Hace un tiempo esto de mezclar alta cultura, media cultura y cultura de masas estaba de moda: era una manera de escandalizar a los poderes culturales establecidos. Tiempo después estuvo mal visto de nuevo y fue considerado un vulgar intento de epatar a la burguesía.

Un buen ataque a la pretensión de mezclar culturas y poner el cómic a la altura de Shakespeare, se encuentra en uno de mis libros favoritos, Los porqués de un escriba filósofo, de Martin Gardner. Pero quizá lo más seguido en las últimas décadas ha sido no ya el desprecio a la cultura de masas sino todo lo contrario: el desprecio a la alta cultura.

A estas alturas, sin embargo, ya no se sabe si mezclar altas, medias y bajas culturas es bueno o malo, moderno o antiguo, burgués o antiburgués, así que espero que los que me lean, crean en mi sinceridad: no he puesto aquí a Montaigne, Platón o Aristóteles junto a los X-Men o David Bowie para epatar, sino, porque creo que he aprendido cosas importantes de ellos, o que al menos me han ayudado a convertir en más sólidas algunas tendencias o ideas que ya tenía o que ya intuía.

Y si alguien no me cree, mala suerte. Hay que contar con que muchas personas pueden llegar a ser increíblemente retorcidas cuando analizan asuntos que son muy sencillos y siempre  preguntan: “¿por qué haces esto?”, “¿por qué haces lo otro?”.

Y tengo que admitir que esa curiosidad a veces es un comportamiento razonable, porque a menudo la gente también hace las cosas de manera  muy retorcida y enrevesada. Pero me parece que, al menos en este asunto de las diferentes culturas, no se me puede aplicar el reproche de intentar ser enrevesado, aunque estoy dispuesto a discutirlo.


[Escrito en 2003. Revisado en 2019]

Memorabilia

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Chaplin recorre el ciberespacio
La cicatriz de Ulises /9

 

He comparado en los artículos anteriores de esta serie la manera en la que Homero recorría el edificio de la mitología con aquella en la que un jugador o espectador de una película de realidad aumentada recorre las calles de una ciudad como Singapur (Ulises en Singapur). En El guión del siglo 21 avancé en esa comparación, mostrando que Homero ofrecía a sus oyentes, o a sus lectores, un recorrido particular, el suyo, por el edificio inmenso de la mitología griega (Lo que no se cuenta).  No conocía entonces un extraordinario pasaje de Charlie Chaplin en su libro Mis andanzas por Europa, recientemente reeditado por Evohé. En ese pasaje, como me señaló mi amiga Ana Aranda, Chaplin se convierte en espectador y participante de las narraciones de Thomas Burke, autor de Limehouse nights, una colección de cuentos de gran éxito en los años 30, que fue también lo que hoy llamaríamos un producto multimedia: Griffith adaptó uno de los cuentos en Lirios rotos, Chaplin otro en Una vida de perros, Arthur Penn (no se trata del famoso director muerto el año pasado) escribió la canción Limelit houses.

Chaplin también tuvo el privilegio único de recorrer la novela de Burke junto a su propio autor, no en las calles de Singapur mediante un mecanismo de realidad aumentada, sino en las calles de Londres, paseando junto al propio Burke. Creo que vale la pena citar por extenso este hermoso pasaje de narrativa virtual tal como lo cuenta el propio Chaplin:

“Mientras Burke y yo paseamos sin ningún destino en particular, le hablo de su libro. He leído Limehouse Nights como él lo escribió. No hay nada a la vista ni la mitad de efectivo. Discutimos el hecho de que realidades como las que él ha mantenido vivas rara vez ocurren duran­te un paseo, pero me doy por satisfecho. No quiero ver. Nada podría ser más hermoso que el libro.”

La literatura que se construye a partir de la realidad vivida, nos dice Chaplin, acaba siendo, en su proceso de depuración, de selección, de síntesis, superior a la vida que imita y el arte acaba resultando inalcanzable. Burke no responde nada a su célebre interlocutor, ni siquiera agradece el elogio a su arte narrativo, lo que, en opinión de Chaplin, demuestra que es un hombre muy inteligente. Continúan caminando por los barrios de Londres.

“Guardo silencio durante un buen rato mientras paseamos hacia Stepney. Hay una neblina verdosa suspendida por todas partes y parecemos encontrarnos en un laberinto de angostas callejas, que ahora se convierten en calles y después forman plazas. El está callado y nos limitamos a caminar.”

Finalmente, se produce la revelación:

“Y entonces me despierto. Veo su propósito. Puedo construir mi propia historia: el tan solo me está prestando las herramientas. ¡Y menudas herramientas son! Siento que ya he pasado por un amplio aprendizaje mediante la mera lectura de sus relatos. Ahora me los está contando mediante imágenes. Las mismas sombras cobran vida y romance. Las formas que merodean, se apresuran y revolotean alrededor, pasando a nuestro lado y desapareciendo en la noche, se están convirtiendo ahora en personajes. Se levanta el telón de Limehouse Nights, representada por el elenco original.”

Chaplin y Burke caminan en silencio y allí, calle tras calle empieza a ver todo lo que contienen los cuentos de Burke en su propio escenario. Claro, como dice Chaplin, antes hay leer el libro de Burke, para saber ver lo que tienes delante:

 “Burke se limita a alzar su bastón de vez en cuando y señalar. Su gesto no necesita comentarios. Localiza y hace notorio, sin lenguaje, el único objeto que quiere significar, y extrañamente es siempre algo de particular interés para mí. Es un hombre en extremo inusual. ¡Qué guía! No me ensena Main Street, ni lo obvio, ni siquiera los hitos tradicionales de los visitantes, pero con esta excursión me estoy apropiando del corazón, el alma, el sentimiento.”

Chaplin vive ese paseo como una verdadera e intensa experiencia interactiva, reconociendo aquí y allá a los personajes de Limehouse Nights:

“Y por todo el recorrido tengo la sensación de que, tras las puertas cerradas, ocurren cosas triviales, portentosas, hermosas, sórdidas, rastreras, gloriosas, sencillas, memorables, odiosas, amables. Pueblo todas esas chabolas con chicas, chicos, asesinatos, aullidos, vida, belleza.”

Este es un privilegio reservado a muy pocos: que toda una ciudad, no la ciudad real, sino esa ciudad medio real medio fantástica imaginada y contenida en un libro, se extienda ante ti y que tú puedas recorrerla junto a su autor. Probablemente, en un futuro cercano esas posibilidad será accesible para mucha más gente y los lectores y espectadores no se llamarán así, sino degustadores, visitantes o viajeros narrativos. Quizá entonces se harán realidad los sueños más locos del filósofo francés Nicolás Malebranche, del que hablaré en el próximo capitulo.

Mientras tanto, recomiendo al lector que lea la descripción completa en el delicioso libro de Chaplin. Vale la pena.

 

 

Chaplin y un amigo

 

 


Mis andanzas por Europa, de Charles Chaplin

En Evohé

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  [Este texto fue publicado en la página Divertinajes, dentro de la serie titulada La ilusión imperfecta.]

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Además de ser un gran científico, un escritor delicioso y ocurrente, sensato, prudente y arriesgado, valiente y moderado, modesto y respetuoso, fue, creo, una gran persona. En el sentido en el que lo decía Antonio Machado: “Soy, en el buen sentido de la palabra, bueno”.

Siento hacia Darwin algo más que admiración, se trata más bien de una  especie de amor y de respeto que quizá me haga menos receptivo a sus errores, como me sucede con otros pensadores a quienes amo. La verdad es que no recuerdo ahora nada que me disguste en Darwin, excepto el uso que algunos han hecho de su teoría (lo que no es culpa suya, creo) y los errores que pudo cometer aquí y allá, como nos sucede a todos. Me gusta de manera especial la manera en la que él mismo consideraba las implicaciones de su teoría. Aquí hay un ejemplo en una carta a su hijo:

“Una palabra más sobre las “leyes diseñadas” y los “resultados no intencionados”. Veo un ave que quiero comerme, cojo mi escopeta y la mato. Esto lo hago intencionadamente. Un hombre bueno e inocente está de pie bajo un árbol y un rayo lo mata. ¿Tú crees (y de verdad me gustaría oírlo) que Dios mató intencionadamente a ese hombre? Muchas personas, tal vez la mayoría, lo creen; yo no puedo creerlo y no lo creo. Si tú crees eso, ¿crees que cuando una golondrina atrapa a un mosquito, Dios planeó que esa golondrina atrapara a ese mosquito concreto en ese instante concreto? Yo creo que el hombre y el mosquito están en la misma situación. Si ni la muerte del hombre ni la del mosquito estaban planeadas, no veo ninguna razón para creer que su nacimiento o formación original estuviera necesariamente planeado”.

Es curioso que uno de los errores de Darwin parece ser que fue un poco lamarckiano. Resulta curioso que quien refutó el lamarquismo llegase a considerarlo como posible. Pero no es tan extraño si tenemos en cuenta que una abrumadora proporción de las personas no especializadas en biología interpretan hoy en día la evolución desde un punto de vista lamarquiano, cometiendo una y otra vez el error de creer en la transmisión de los caracteres adquiridos. Yo creo que en el caso de Darwin su leve lamarquismo era una prueba de su amplitud de miras y su falta de dogmatismo, pues en su época ni siquiera se conocían los trabajos de Mendel ni por supuesto la teoría del gen. De hecho, tiempo después de la muerte de Darwin, el darwinismo llegó a considerarse erróneo durante 10 o 15 años. Ya hablaré de todo esto.

2017
Por otra parte, en años recientes se ha introducido en la teoría evolutiva un cierto tipo de lamarquismo curioso pero razonable, que creo, además, va en la línea de las cosas que decía Darwin. Me refiero a los rasgos epigenéticos, que pueden trasmitirse a la descendencia. No es lamarquismo en el sentido de caracteres adquiridos mediante el esfuerzo del individuo pero si pueden ser considerados características heredables adquiridas por la acción de un individuo que se trasmiten a su descendencia, por ejemplo, la no activación de un gen debido a una mala alimentación.


[Publicado en 2004]


 

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