No busques en los pianos

Jacques Brel dijo que sin Charles Trenet no habrían existido ni él ni Georges Brassens.

Las canciones de Trenet son inagotables, muchas alegres, otras tristes o melancólicas. He pasado días enteros escuchándolo y siempre lo asoció a los años que pasé junto a Catherine y al inolvidable viaje que hicimos a las islas de Mauricio y La Reunión. También me recuerda a su padre Henri y a su querida abuela, mamie o Madame Courtois, y los días de aquel París que tanto amé.

Ne cherchez pas dans le pianos es una de las canciones de Trenet que más me gusta, lo que no es decir mucho, porque la lista de canciones de Trenet que me gustan mucho supera, sin duda, las 30, tal vez las 40.

Esta canción, un poco diferente de sus grandes clásicos, me emociona de manera especial, tal vez porque es más veloz, con un ritmo casi alegre, pero al mismo tiempo melancólica, como lo es también Rachel dans ta maison o La java du diable, por mencionar sólo algunas canciones suyas semejantes, que juegan con este ritmo rápido melancólico, que también está presente, de manera audiovisual en la gran película de Abel Gance Cyrano y D’Artagnan.

Ne cherchez pas dans les pianos

Ne cherchez pas dans les pianos ce qu’il n’y a pas.

Soyez heureux d’avoir l’écho du temps d’papa,

Valse espagnole

Des années folles

Ou bien Sardane que l’on dansait à petit pas

Après l’repas.

Ne cherchez pas dans les couloirs de mes châteaux

C’qu’il peut y avoir à l’intérieur de mes pianos.

Vous n’y trouv’riez le plus souvent

Que la chanson du vent,

Du vent d’automne, mon seul ami, dorénavant.

Ne cherchez pas dans les armoires qui vous font peur

Le profil noir d’un vieux fantôme aux yeux rieurs.

L’ombre volage

N’est plus que nuage

Qui se tortille avec douceur

Sur les toits des trains à vapeur.

Ne cherchez pas sur le canal de la Robine

Le clair fanal d’une péniche qui se débine.

Ne cherchez pas, au pont d’Arcole,

Les murs d’la vieille école.

Elle est dev’nue garage, rebut

Pour autobus.

Ne cherchez pas sur les rivages de sel amer

Les premiers pas que vous faisiez devant la mer

Contre la drague

Clapotant les vagues

Mais plus jamais ne vous effarent,

Quand vous vous prom’nez près du phare

Et puis rev’nez dans le présent pour un séjour

En Ile-de-France où vous avez une île d’amour

Puisqu’on vous aime en ce coin-là,

Alors ne cherchez pas

ne cherchez pas dans les pianos ce qu’il n’y a pas..

Traduzco a continuación la letra, sin duda con muchos errores, así que si sabes más francés que yo (lo que es fácil), agradeceré tus correcciones:

No busques en los pianos

No busques en los pianos lo que no hay

Sé feliz por tener el eco del tiempo de papá

baile español

de los años locos

o bien sardana

que bailábamos a pequeños pasos

después de la comida

No busques en los pasillos de mis castillos

eso que podría haber dentro de mis pianos

allí encontrarás casi siempre tan sólo

la canción del viento de otoño

mi único amigo en adelante

No busques en los armarios que te dan miedo

el perfil negro de un fantasma de ojos que ríen

La sombra voluble

ahora es sólo una nube

que se retuerce con suavidad

sobre los techos de los trenes a vapor.

No busques sobre el canal de la Robine

la lámpara que brilla en una gabarra que se va

No busques en el puente de Arcole

los muros de la vieja escuela:

ahora se ha convertido en una terminal

para el autobús

No busques en las orillas de sal amarga

los primeros pasos que diste en el mar

Contra la barca golpean las olas

que ya nunca te asustarán

como cuando caminaste cerca del faro

Y entonces regresa en el presente a aquellos días

en Ile-de-France que fue para ti una isla de amor

porque en ese lugar eres amado

Así que no busques en los pianos

no busques en los pianos lo que no hay.


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Jerome Perceval, el crítico voraz


Jerome Perceval era hijo de escritores, nieto de pintores, sobrino de compositores: el arte le rodeaba por los cuatro costados. No es de extrañar, conociendo el ambiente en que creció, que una de sus primeras y más duraderas ambiciones fuese la de convertirse en un artista total, el shakespeare de la pintura, el miguelángel de la música, el mozart de la novela: el maestro de la creación. Diversos intentos juveniles acabaron en fracaso, tal vez porque su erudición le permitía ver de un modo demasiado nítido algo que los demás solo podemos intuir: las huellas de otros creadores en nuestras obras.

Nada molestaba más a Jerome que descubrir una frase suya parecida a la de otro autor, un trazo similar al de cualquier pintor o un acorde idéntico al de una sinfonía ya escrita. Con el tiempo se acentuó esta aversión hacia todo aquello que pudiera ser considerado plagio. Era incapaz de escribir una palabra que alguien hubiera usado antes. Desgraciadamente, todas las palabras habían sido ya manoseadas por otros escritores o, cuando menos, aparecían en los diccionarios. La idea de inventar un idioma privado le rondó por la cabeza durante varios meses. La certeza de que incluso cambiando los signos permanecían los conceptos, le hizo desistir. Comprendió, desesperado, que la inspiración pura no existe, que todo es copia. No obstante, y pese al dolor que esta evidencia le causó, consiguió reponerse cambiando de rumbo. En efecto, a lo largo de su vida de lector voraz, de espectador constante de la creación, había observado un inquietante agujero negro: la crítica literaria. En efecto, ninguna recensión, por meditada que fuese, ninguna opinión ni juicio de valor le parecía acertado. Los argumentos estaban lejos de resultar convincentes, los ejemplos acababan siendo contradictorios, las conclusiones siempre eran apresuradas. Jerome se repetía a sí mismo que era un crimen permitir tanta ignorancia. Él, que había leído más que nadie, ¿cómo podía ser engañado por esos aprendices, por esos indocumentados?

Jerome pensaba que una crítica no podía ser completa si se limitaba a unos pocos factores: la calidad de la obra, la comparación, simple y siempre incompleta, con otras obras, su inclusión en un estilo o corriente determinados, los juicios de valor tan frecuentes acerca de las verdaderas intenciones del autor, la falta de alternativas a lo que se denigraba o las alabanzas demasiado fáciles. Los críticos literarios, se decía a sí mismo, solo saben de literatura (algunos ni eso), pero una novela no es solo literatura: en una novela se refleja la vida, lo que existe y, por tanto, se debe juzgar conociendo todo lo que existe. Si la novela habla de tormentas, será necesario referirse a la climatología, si menciona una ciudad, examinar cuidadosamente qué es una ciudad y en qué se diferencia de un pueblo; si describe a un personaje, compararlo, fisionómica y espiritualmente, con otros rostros, con los retratos de los pintores, con los rasgos que en el aire dibuja una melodía. En una buena crítica literaria no bastaba con señalar los aciertos o los errores de estilo y construcción, la buena o mala descripción de los caracteres, la solidez o debilidad del argumento: también había que juzgar si era razonable tal o cual viento, este o aquel edificio, averiguar si el que una habitación se orientase al oeste era correcto y conveniente, además de satisfactorio desde un punto de vista estético. Comparar todas y cada una de las frases con todas y cada una de las frases que se han escrito a lo largo de la historia de la literatura; descubrir el parecido entre un personaje y una sinfonía o una comida; contar las letras de cada capítulo y las veces que ha sido escrita cada una de ellas; aprobar o condenar el papel en que la novela ha sido impresa, la portada, el tamaño del libro, los márgenes y el espaciado, pero no desde un punto de vista meramente estético, sino en relación estrecha con la naturaleza de la obra. Tan solo tras un estudio metódico, preciso y erudito, se podría concluir si un libro era bueno o malo, un hallazgo literario o una pérdida de tiempo.

Jerome, naturalmente, no era tan estúpido como para ignorar que una recensión de tales características tendría una extensión mayor que la de la obra juzgada. Sabía que la brevedad es una virtud y por eso transigía en su postura, aunque manteniendo la obsesión por el rigor. No se pueden mencionar todos los detalles que sería necesario señalar, admitía, pero sí se puede exigir que los que se mencionan sean los más importantes. Para hacerlo, para poder valorar un detalle, una opinión sobre otra, se debería poseer una erudición cien mil veces superior a la del rey Salomón.

Jerome deseaba alcanzar esa altura, ese imposible saber. Centrando todos sus esfuerzos en la literatura de ficción («No se debe abarcar un campo demasiado grande», se decía a sí mismo), dedicó todas sus horas de vigilia a la lectura. No deseaba iniciarse en el mundo de la crítica con pocos elementos de juicio y, para no precipitarse, se fijó un plazo de cuarenta años antes de escribir su primera recensión.
Como el lector habrá adivinado, el plazo era demasiado breve. Sumergido entre montañas de libros, Jerome comprendió que jamás podría leerlos todos, que aunque viviese mil años no le daría tiempo siquiera para conocer una centésima parte de cuanto ha sido escrito. En su desesperación, Jerome intentó encontrar alguna manera de leer más libros en menos tiempo. Recordó los experimentos de Gertrude Stein en el París de inicios del siglo XX, en los que demostró que se podía leer un libro y al mismo tiempo escuchar a alguien leer otro. Jerome contrató a un lector, un actor jubilado y venido a menos, que no cobraba mucho por sus servicios, y empezó a practicar.
Sus primeros intentos fracasaron, pues era incapaz de distinguir con claridad lo que leía de lo que escuchaba: de repente Don Quijote se enfrentaba no a molinos en La Mancha, sino a pacíficas ovejas junto al temible Áyax en las llanuras de Troya; Hamlet hablaba con el fantasma de Saxo Gramático, en vez de con el de su padre; San Agustín mantenía soliloquios no con su alma, sino con Santo Tomás a propósito de cuestiones «cuodlibetales».

Jerome acabó dándose cuenta de que, con este nuevo método, en vez de leer dos libros, no leía ninguno, pero, como sabía que Stein había pasado por decepciones semejantes, persistió en su empeño. Un día, un pequeño detalle llamó su atención: si el actor jubilado leía un poco más despacio, le resultaba más fácil discriminar entre lo que oía y el texto que él mismo leía a mayor velocidad. Poco a poco su comprensión mejoró, hasta que un día descubrió alborozado que podía recordar perfectamente los dos libros. La prueba definitiva la hizo con un oscurísimo texto del Pseudo Dionisio, que escuchó, acerca de los nombres del dios oculto, y la reciente traducción de una novela japonesa del siglo X, que leyó al mismo tiempo. No solo entendió y consiguió recordar ambos libros, sino que, además, descubrió interesantes nexos entre ellos, que en una lectura sucesiva, y no en paralelo, sin duda se le habrían escapado.

En la siguiente fase del experimento, Jerome contrató a un segundo lector, o mejor dicho lectora, pues se trataba de una anciana de voz dulce, a la que Jerome había elegido para lograr el máximo contraste de voces. Tras un período de adaptación, durante el que llegó a la conclusión de que la mujer debía leer solo libros de filosofía y estética, mientras que el hombre se dedicaría a la novela y los relatos, Jerome lograba leer entre tres y seis libros cada día, dependiendo del número de páginas.

Jerome vivió feliz durante varios meses con su nuevo descubrimiento: los libros leídos iban aumentando de forma prodigiosa gracias a su método de lectura múltiple, y parecía que ya nada podía impedir que se hiciera realidad su sueño de convertirse en el mejor y más perfecto crítico imaginable.

Sin embargo, cuando un día Jerome detuvo por un momento su frenética lectura para calcular cuántos libros podría leer en un año, el espejismo terminó. Incluso si, robándole horas al sueño, pudiera llegar a leer diez libros cada día, tan solo leería 3650 al año, que serían 3660 en los años bisiestos. Consultó los fondos de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos y descubrió que albergaba más de ciento treinta millones de documentos, de los que al menos 30 millones eran libros. Sí, claro, muchos títulos estaban repetidos, pero la certeza de que el número se contaría siempre en millones y nunca en miles, le sumió de nuevo en la desesperanza. Despidió a sus dos viejos lectores, que ya se habían convertido en amantes, y consideró imposible lograr su propósito mediante cualquier procedimiento racional. Pero ¿y si fuera un procedimiento irracional? ¿Y si lo irracional fuera racional? ¿Y si lo irracional fuera real?

Lo primero que le vino a la mente fue uno de los diálogos socráticos: ¿acaso no decía Platón en el Ión, que el poeta recibe su inspiración directamente de los dioses o de las Musas?, ¿acaso no comienzan la Ilíada y la Odisea, cumbres de la creación humana, con invocaciones a las musas para que ayuden al poeta en su difícil tarea? ¿Y si las musas existieran?

 

Dichoso aquel al que las musas quieren:
dulce fluye de su boca el acento.

Jerome, que, por supuesto, ya sabía griego y latín, releyó todas las referencias a las musas en la literatura clásica. La primera dificultad era saber cuántas eran. Según la tradición más aceptada eran nueve: Calíope, Clío, Erato, Euterpe, Melpómene, Polimnia, Talía, Terpsícore y Urania. Otros afirmaban que eran tres, o incluso que se trataba de una única diosa de naturaleza triple. Algunos, en fin, decían que eran las hijas de Zeus y Mnemosine, la diosa de la memoria, precisamente lo que más necesitaba Jerome Perceval. Sin embargo, Hesíodo, Alcmán y Minermo afirmaban que eran hijas de Urano y Gea, la tierra. Pausanias, tal vez para poner de acuerdo a unos y a otros, explicaba que había dos generaciones de musas, las primeras hijas de Urano, las segundas de Zeus. En cuanto a Jerome, prefería que fueran nueve, cada una dedicada a promocionar artes o ciencias diferentes.

De nuevo lleno de esperanza, Jerome empezaba a imaginarse a sí mismo recibiendo lecciones de poesía épica y canto con Calíope, de historia con la gentil Clío, recitando poemas de amor junto a Érato, de la que quizá hasta llegaría a enamorarse; con Euterpe aprendería a tocar cualquier instrumento y a distinguir su sonido, a percibir la melodía de uno u otro en las páginas de una novela. En cuanto al teatro, junto a la temible Melpómene descubriría las tragedias perdidas de Sófocles y Esquilo, e incluso las de Agatón, el Oscar Wilde de la Atenas clásica; Polimnia le enseñaría con deliciosos gestos y mímica asombrosa todo lo relacionado con el lenguaje no verbal; con Talía se reiría con la comedia antigua y nueva y con Terpsícore danzaría feliz mientras una nueva crítica comenzara a abrirse paso en su inquieto cerebro. Finalmente, con Urania se imaginaba paseando bajo el cielo estrellado, descifrando las figuras de las constelaciones, identificando los planetas que brillan con su luz robada a las estrellas. Tal vez ellas, las nueve encantadoras musas, podrían interceder ante su madre Mnemosine para que Jerome adquiriese una memoria prodigiosa, y sin duda podrían pedir a Atenea que le concediera el don que el simplón Paris no quiso elegir en el juicio de las tres diosas: conocerlo todo.

Pero, fueran tres, nueve o incluso una única diosa, lo importante era descubrir cómo ponerse en contacto con ellas. Tal vez bastaba con invocarlas, a la manera de Homero, Hesíodo, Virgilio y tantos otros.

Jerome recopiló todas las invocaciones a las musas que se conocían y decidió pedir su auxilio en un prado, para estar cerca de la tierra, no fuera a ser que su madre fuera, efectivamente, la diosa Gea. El prado más cercano a su casa era un parque público, al que Jerome corrió lleno de esperanza. Allí, junto a los columpios de los niños y los mendigos que dormían en los bancos, alzó las manos y repitió la invocación a las musas de Homero en la Ilíada:

Decidme ahora, Musas, dueñas de olímpicas moradas, pues vosotras sois diosas, estáis presentes y lo sabéis todo, mientras que nosotros solo oímos la fama y no sabemos nada, quiénes eran los príncipes y los caudillos de los dánaos.

Y en la Odisea:

Musa, dime del hábil varón que en su largo extravío, tras haber arrasado el alcázar sagrado de Troya, conoció las ciudades y el genio de innúmeras gentes.

Incluso lo intentó con la invocación de Virgilio en la Eneida:

Dime las causas, Musa; por qué ofensa a su poder divino, por qué resentimiento la reina de los dioses forzó a un hombre, afamado por su entrega a la divinidad, a correr tantos trances, a afrontar tantos riesgos…

Pero no sucedió nada, absolutamente nada, las musas no se manifestaron ni enviaron ninguna señal a Jerome, quien tan solo obtuvo unas monedas de los paseantes, admirados por la perfecta entonación de sus invocaciones, a pesar de que no entendieron nada de lo que decía, puesto que Jerome había invocado a las musas en griego clásico y latín.

Era evidente que las musas no estaban allí. Tal vez tenía que ir a buscarlas a su patria, a Grecia.


Siguiendo las indicaciones de Plutarco y Ovidio, Jerome se dirigió al monte Parnaso, cerca del oráculo de Delfos, donde se suponía que habitaban las nueve musas desde que Apolo, el dios que hiere de lejos, las llamó para que le hicieran compañía. Recorrió los campos de Dáulide, escaló los montes, invocó a las musas en cada valle, preguntó a los lugareños, que le tomaron por un poeta o un loco, porque ellos tampoco entendían sus invocaciones en griego clásico, y una vez más, se dio cuenta de que todo era en vano: ¡cómo iban a estar allí las musas, si los dioses habían abandonado el santuario de Delfos! En efecto, cuando el emperador Juliano, llamado el apóstata por los cristianos, quiso restituir el culto a los antiguos dioses, los sacerdotes de Delfos le replicaron:

Di al emperador que la gran casa ha caído. Apolo ya no tiene aquí su morada, ni brotes de laurel sagrado; las fuentes están silenciosas, las voces están calladas.

Los dioses, incluidas las musas, ya no residían en los alrededores de Delfos, se habían ido de allí siglos atrás, huyendo del monótono dios cristiano y sus tristes seguidores. Tal vez habían regresado a su morada original, el monte Helicón que mencionaba Hesíodo:

Comencemos nuestro canto por las Musas Heliconíadas,
que habitan la montaña grande y divina del Helicón.

Jerome descendió hacia Beocia y se dirigió al monte Helicón. Era invierno y la ascensión resultaba difícil, pues el monte estaba cubierto por la nieve. Pero aquello no le desanimó, sino que le infundió nuevos ánimos. Respirando el aire puro de la montaña, sintió que las musas debían estar cerca porque a cada paso que daba se sentía más inspirado. En su mente escribía recensiones de todos los libros que recordaba, y ya se imaginaba el aplauso de los lectores, la admiración de sus colegas, el desconcierto de sus enemigos, su nombre en las enciclopedias junto a los de Samuel Johnson, Matthew Arnold o Saint Just, pero por delante de todos ellos en la apreciación de lectores comunes y expertos.

Pasó junto a los restos de la fuente Hipocrene, que el caballo alado Pegaso había hecho nacer en honor de las musas golpeando la tierra con sus cascos en forma de media luna, pero no se detuvo. Por fin, cansado pero satisfecho, llegó a la cueva sagrada de las musas, donde descubrió espantado que ya no estaba consagrada a ellas, sino a un tal San Nicolás. Sin embargo, Jerome todavía confiaba en que las musas pudieran convivir con un santo cristiano, porque, ¿quién sabe?, tal vez tras el nombre del santo se escondía un antiguo dios pagano, alguno de los viejos compañeros de las musas, quizá algún poeta, o incluso un crítico literario inspirado por ellas.

Tras pasar varias horas revisando las diversas invocaciones a las musas del Helicón, Jerome se decidió por la de Hesíodo, que ya hemos mencionado. Pronunció con voz sonora los versos, que se propagaron por todas las cavidades de la cueva, rebotando en las paredes y regresando de nuevo hasta él. Era tan solo el eco de su propia voz lo que estaba oyendo. Nada más. Las musas, también allí, permanecían calladas. Jerome comenzó a comprender que la inspiración que había sentido durante la ascensión no se debía a la acción de las musas, sino a una intoxicación por el oxígeno de las altas cumbres del Helicón. Una intoxicación que, unida a la decepción que acababa de sufrir, hizo que se desmayara allí mismo, sobre el duro suelo de la cueva de la que habían huido las antiguas diosas.

Quiso la fortuna, o tal vez solo la casualidad, pues ya no se podía confiar en dioses de nombres griegos o romanos, que Jerome no estuviera solo aquella noche en la cueva de las musas: un sacerdote, que había contemplado todas sus extrañas operaciones escondido tras una roca se acercó a él e intentó reanimarlo. Al no lograrlo, lo cubrió con su propio abrigo y permaneció desnudo a su lado, alimentándolo con trozos de mojama reseca que llevaba en su zurrón.

Después de cuatro días de fiebre y delirio, Jerome Perceval volvió en sí y lanzó un alarido al ver el rostro del anciano sacerdote, con sus ojos saltones, su boca desdentada, su larguísima barba mugrienta y sus pies deformes y ennegrecidos. El sacerdote intentó tranquilizarle y le puso en la mano una pequeña cruz de madera. Al ver aquel signo de su desgracia, el símbolo del dios que había expulsado a los viejos dioses y le había impedido encontrar a las musas, Jerome la arrojó lejos de sí. Tal vez aquel gesto fue el primer aviso del nuevo destino que esperaba a Jerome Perceval.

Jerome regresó de Grecia y se encerró en su casa, sin ni siquiera intentar leer alguno de los miles de libros que se amontonaban en todas las habitaciones. Ahora todo le daba igual: su vida se había hundido en la tiniebla. El suicidio, la muerte, era el único precio que podía pagar por su fracaso. Su orgullo, su suficiencia, habían sido castigados por la dura realidad.

Un segundo antes de hundir la cuchilla en sus venas, Jerome recordó un libro que había leído tiempo atrás: se trataba de un manual de brujería, redactado por un oscuro alquimista de la séptima centuria después de Jesucristo. En aquel libro había varias referencias intrigantes a un demonio protector de la literatura, a otro que proporcionaba inmensa sabiduría, a otros que protegían todo lo relacionado con el arte.

En otros libros halló la confirmación: Colin de Plancy también mencionaba a esos demonios, pero no indicaba un método fiable para ganarse su favor. A través de diversos autores, Gerson, Guaccius, la edición de 1559 del Theatrum Diabolicum del griego Psellos, descubrió las huellas de textos olvidados y a su búsqueda dedicó diecisiete años. Si no podía contar con la ayuda de los antiguos dioses que habían sido expulsados de sus santuarios y de sus montes por culpa de la nueva religión de un profeta poco amante de las artes y las ciencias, entonces recurriría a los enemigos de ese Dios que tanto le había perjudicado.

Los esfuerzos de Jerome bien podrían merecer varias páginas, pero eso haría confuso el relato. A menudo estuvo a punto de renunciar de nuevo ante la falta de respuesta, pero algo le decía que esta vez sus esfuerzos serían recompensados. Y eso fue lo que sucedió cuando encontró, entre los muchos libros que rescató del olvido, el Kitab-Al-Uhud, también llamado Libro de Asmodeo, en el que aprendió todo lo necesario para tener éxito en una invocación diabólica. Supo, además, cuál era el nombre del demonio al que debía convocar. Se llamaba Baalberit, pero recibía el sobrenombre de “El Archivero”. Era descrito como un demonio célebre por su extraordinaria memoria y por su destreza para resolver los casos más difíciles: también le llamaban «el campeón de las causas perdidas».

Jerome realizó la invocación y el infernal Baalberit se presentó ante él entre una nube de humo y olor a azufre. Nada de lo que había imaginado se cumplió: el aspecto de aquel demonio de segunda categoría no era ni terrible ni mísero, no se parecía a ningún monstruo de la mitología, ni tampoco a un oscuro y gris funcionario. Su rostro era el rostro de Jerome, su cuerpo era el cuerpo de Jerome. Tan solo un leve arqueamiento en las cejas permitía distinguir al invocado del invocador. Desde el principio, Jerome se mantuvo firme, pues no quería ser engañado como tantos otros antes que él. Explicó a Baalberit cuál era su deseo: abarcar todo el conocimiento humano para ejercer la crítica literaria. El diablo sonrió, complacido y extrañado a un tiempo.

—Yo no te puedo proporcionar la sabiduría absoluta —dijo con sencillez.

Jerome recordó a su siervo que a otro hombre, a Fausto, le había sido concedido un deseo no menos extraordinario que el suyo.

—La categoría del alma de Fausto era superior a la tuya —respondió Baalberit, y añadió—; los poderes concedidos a Mefistófeles fueron extraordinarios porque el premio era extraordinario. No nos hallamos en el mismo caso. No te puedo dar la ciencia infusa, pues eres tú quien la ha de obtener.

—¿De qué modo? —preguntó Jerome—. Mi vida es breve, concédeme al menos la inmortalidad, solo así podré leer todos los libros.

—La inmortalidad no te permitirá tal cosa; tal vez algún día, tras cientos de años, conseguirás leer todo cuanto ha sido escrito hasta ahora, pero en ese tiempo millones de nuevos libros se publicarán, cientos cada día. Tu tarea sería semejante a la de Sísifo, subiendo eternamente la roca por la montaña infernal, para ver cómo vuelve a rodar cuesta abajo antes de alcanzar la cumbre.

—Entonces, si tan pequeño es tu poder, vete —ordenó Jerome.

—No me has entendido; puedo concederte lo que deseas, pero no de la manera que tú habías previsto. ¿Dudas de mi poder? Te demostraré que te equivocas: interrumpiré el curso del tiempo para ti, el mundo se detendrá durante milenios, toda actividad humana cesará hasta que tú estés preparado, leerás todo cuanto quieras, conseguiré para ti libros desaparecidos, los papiros de la biblioteca de Alejandría, las obras que la Inquisición quemó en la hoguera, los libros destruidos por el emperador que unificó China… Solo de ti, de tu esfuerzo, dependerá el resultado. No te puedo conceder una memoria ilimitada, pero sí puedo aumentar un poco la que ahora posees, enseñándote a usarla correctamente. Ahora decide.

Jerome permaneció en silencio durante varios minutos y, observando que Baalberit se impacientaba, dijo:

—Acepto el pacto. Dime qué precio debo pagar por lo que me ofreces.

—Te lo diré cuando tu deseo se haya cumplido —respondió el demonio.

—No puedo hacer un pacto sin conocer sus términos —protestó Jerome—, el precio puede ser demasiado elevado. No entregaré mi alma al diablo a ciegas.

—Quizás tienes razón -admitió Baalberit-, pero te propongo lo siguiente: si una vez satisfecho tu deseo no te complacen mis condiciones, todo volverá a ser como es ahora y nada perderás.

Jerome, sin dudarlo un instante, aceptó.

El tiempo, tal como había prometido Baalberit, se detuvo en la Tierra, pero no para Jerome. Durante milenios, en las habitaciones infernales de su siervo, leyó un libro tras otro. A veces su cabeza parecía estallar, incapaz de retener los inmensos conocimientos que afluían a ella. Llegó un momento en que ninguna idea, ninguna frase, le resultó desconocida: todas las había leído cientos de veces. Descubrió plagios que hasta entonces ignoraba, encontró los eslabones que conducen directamente de la India a Pitágoras y supo la procedencia de los cultos órficos, el origen de las mitologías eslavas, las deudas de los pueblos indoeuropeos con los semíticos, la canción de las sirenas, el verdadero nombre de Aquiles entre las mujeres y las obras en que se inspiró aquel ciego llamado Homero. En sus estudios musicales le ayudó el demonio Amduscias; Agarés le enseñó idiomas, Nebiro mineralogía y zoología, Alocer astronomía; Uphir química, Buer filosofía y lógica; el buey Behemot le inició en las artes culinarias, Buno le enseñó elocuencia, Ovachiche le mostró cómo lograr rimas sublimes y cómo tocar la guitarra, y por encima de todos ellos, Baalberit cuidó de que Jerome siguiese un camino preciso, corrigiendo sus errores e indicándole sus aciertos. A veces Jerome pensaba que tras Baalberit y sus demonios se ocultaban las musas y el dios Apolo, pero al mirar sus feos rostros, sus cuerpos peludos y grasientos, sus pies de cabra y sus cuernos de toro, recordaba que eran criaturas infernales. Transcurrido el plazo, plazo que él mismo había fijado, Jerome pidió a Baalberit que le hiciese regresar al mundo y lo pusiera de nuevo en movimiento.

Pertrechado de su inmenso saber, Jerome comenzó a ejercer la crítica literaria, convirtiéndose rápidamente en el más admirado y respetado de cuantos jueces artísticos han existido. Nadie se atrevía a poner en duda sus opiniones, los escritores esperaban sus recensiones para conocerse a sí mismos y a sus obras, pues nada se le escapaba; era capaz de reconstruir paso a paso el modo en que había sido escrito un libro, desde la primera palabra hasta el punto final. No debe pensarse, sin embargo, que las recensiones de Jerome fuesen de una extensión insufrible; al contrario, su brevedad, el conocimiento acumulado en tan pocas líneas, provocaba asombro general. Si algún ingenuo se atrevía a replicarle, su respuesta hundía al desgraciado en la nada. Al comenzar una crítica, Jerome se imponía un método férreo: solo usaba palabras que se hallasen en la obra a juzgar, sin añadir ninguna nueva. Pensaba, quizá acertadamente, que un libro ofrece su propia materia al crítico, quien debe utilizarla aunque la disponga en un orden distinto. Emplear palabras que no hubiera usado el autor juzgado le parecía una traición y un signo de prepotencia y él, por encima de todo, siempre fue honesto. Le agradaba la admiración que se le profesaba, pero su honradez le obligaba a ganarse lealmente ese respeto, sin trampas. Sus reseñas solían comenzar con estas o parecidas palabras:

«Este libro ya lo he leído antes en otros libros, todas sus frases me son conocidas, solo el modo en que han sido ordenadas y algunos nombres propios lo convierten en una obra única.»

Después, citaba algunos ejemplos: tal frase podía encontrarse en el sexto capítulo de tal libro, aquella aparecía en la tercera página de aquel otro… A continuación, juzgaba. Su veredicto era inapelable: si señalaba algún error, el autor lo corregía en la siguiente edición, y no por sumisión, sino porque comprendía el acierto de Jerome.

Cualquiera pensaría que Jerome Perceval era feliz. Y tendría razón, porque lo era. Tan solo de vez en cuando se inquietaba al recordar lo que le había dicho Baalberit al despedirse:

—No te pido nada. Lo que he hecho por ti me ha divertido. Te pediré un precio, o quizá no, si acudes de nuevo a mí.

Pero Jerome se repetía a sí mismo que nunca volvería a llamar al demonio.

 

E hicieron a Baalberit su dios
Jueces 8, 33

Tres años después, Jerome comprendió que se había equivocado. Día tras día aparecían nuevos libros, tantos que era imposible leerlos. Las lecturas atrasadas le torturaban: en cualquiera de esos libros podía haber algo imprescindible para sus críticas, algún detalle importante, ¿quién sabe? El temor a convertirse en un indocumentado le impedía dormir. Convocó de nuevo a Baalberit, que se presento ante él bajo la apariencia del anciano de larga barba y pies negros que había encontrado en el monte Helicón.

El demonio, que sin duda ya conocía los problemas de Jerome, le preguntó qué quería.

—Necesito más tiempo. Cada semana se publican miles de libros, no puedo conocerlos todos. Tal vez mis lectores jamás descubran las lagunas que crecen en mi mente, pero yo sí las advertiré y eso me impedirá seguir escribiendo.

—¿Deseas que detenga de nuevo el mundo?

—Sí.

—Puedo hacerlo de nuevo —aseguró el demonio—, pero no te servirá de nada. Leerás todo lo atrasado, pero, al poco tiempo, tus angustias se repetirán. Olvida la literatura y pídeme la inmortalidad. Gozarás de una existencia eterna.

—No deseo ser inmortal —contestó Jerome—, quiero vivir los años de mi vida, quiero ejercer mi profesión y morir tranquilo, sabiendo que mis juicios han sido siempre precisos y honestos. Detener de nuevo el mundo no serviría de nada, tienes razón; pero, si me llevases al futuro, al de dentro de diez años, y detuvieses el tiempo, podría leer lo que se publicara en ese período y regresar sin temor a olvidar ningún detalle de importancia. Leería todos los libros y volvería a este momento.

Baalberit felicitó a Jerome por su brillante idea:

—De acuerdo, te concedo lo que me pides y te lo concederé siempre que quieras, aunque creo que no volverás a hacerlo nunca más.

—¿Me dirás ahora qué debo pagarte? —preguntó Jerome, sin prestar atención a las últimas palabras del demonio—. ¿Quieres mi alma?

—No necesito tu alma, bastantes tenemos ya. He acudido a tu llamada para vencer el aburrimiento, para distraerme de la rutina infernal. Tu deseo es el precio. Tú mismo lo has fijado y tú mismo te condenas. Otro antes que tú, un tal Enoch Soames, pidió lo mismo, y el resultado fue terrible para él. No quiero obligarte a hacer algo que te puede perjudicar. Reflexiona y, cuando hayas decidido, llámame.

Dicho esto, Baalberit desapareció.

Jerome reflexionó durante una semana. El hombre que Baalberit había mencionado, Enoch Soames, era el personaje de un cuento de Max Beerbohm. Enoch, un mal poeta, mediocre e ignorado por sus contemporáneos, desea más que nada pasar a la posteridad. Pese al silencio con el que le obsequian tanto el público como la crítica, Enoch está convencido de que sus méritos serán reconocidos por la posteridad. Para comprobarlo, hace un pacto con el diablo para lograr viajar al futuro. Como suele suceder en estos casos, el diablo le reserva una sorpresa, que evitaremos revelar aquí a nuestros lectores. Aparte del viaje en el tiempo, Jerome no halló nada en la historia de Enoch Soames que pudiera afectarle: Baalberit le había asegurado que no intervendría, que solo de él, de Jerome, dependía su destino. Por fin, más tranquilo, decidió llamar a Baalberit.

Jerome Perceval viajó diez años hacia delante y el tiempo se detuvo. Caminó entre gentes petrificadas en una ciudad detenida y entró en una biblioteca pública. Comenzó a examinar los últimos títulos aparecidos…

Imposible no leer el título de aquél libro: Jerome Perceval, un falsario. Inquieto, sin poder contener su nerviosismo, comenzó a leer el libro, convencido, no obstante, de que nada de lo que en él se dijera sería cierto. Su rostro fue adquiriendo diversas tonalidades a medida que pasaba las páginas: en aquel espantoso volumen se examinaban las reseñas publicadas por Jerome en los últimos años; y se las juzgaba sin piedad. Nada le habrían importado a Jerome los juicios de la autora, una tal Joan Lavermer, si no hubiese sabido que eran acertados. Se le acusaba de falta de rigor y de documentación, y se citaban frases escritas por el propio Jerome Perceval. En aquellas citas Jerome reconoció su estilo y sus ideas: no cabía duda de que las había escrito él, y no cabía duda, a la vista de los datos que la autora del libro acumulaba, de que carecían de rigor. Palabra, tras palabra la tensión cardiaca de Jerome aumentaba, su rostro se congestionaba y sus venas se hinchaban. Maldiciendo por última vez a la autora y renegando de sí mismo, Jerome se desplomó sin vida sobre el suelo.

En su morada infernal, Baalberit se lamentaba de la muerte de su protegido. Órdenes superiores le habían impedido explicar a Jerome que Joan Lavermer no existía, que era solo el seudónimo de un nuevo y brillante novelista: el famoso crítico Jerome Perceval. Su libro, Jerome Perceval, un falsario, había sido acogido por la crítica y por el público como un hito en la historia de la literatura fantástica. Su argumento era el más absurdo que pueda imaginarse: acusar de falta de rigor a Jerome Perceval. Imposible creer tal cosa. El propio Jerome, dos semanas después de publicar aquella primera novela, se juzgó a sí mismo en una memorable recensión, plena de humor e inspiración, en la que subrayaba lo fantasioso del argumento, recensión que fue aplaudida, como el libro, por todos.

Dos trasgos escuchaban la historia de Baalberit, que se aparecía ante ellos en su forma de serpiente. Uno de ellos, el más feo, gruñó y dijo:

—Hay algo que no entiendo. Dices que Jerome murió al leer en el futuro un libro que no había escrito antes de viajar en el tiempo. Si murió, entonces no pudo regresar al pasado… Y si no regresó al pasado, ¿cómo pudo escribir el libro que leyó en el futuro?

—Yo creo —dijo el otro trasgo— que Baalberit no llevó al futuro a Jerome, sino que le dejó vivir los diez años y después le hizo olvidarlos. Por eso ignoraba que él había escrito el libro.

—¡Qué tontería! —exclamó el primer trasgo—. Si Jerome hubiera olvidado esos diez años, ¿por qué querría llamar de nuevo a Baalberit para viajar a un futuro que en realidad era su presente?

Baalberit se levantó, se acercó al primer trasgo y le dijo:

—En la vida y en la literatura, estúpido trasgo, hay cosas, que no se pueden, ni se deben, explicar.

Dicho esto, fulminó al horrible monstruo.

FIN


La primera versión de este cuento la escribí en 1984. Veinte años después lo recuperé y amplié, añadiendo el episodio de las Musas, para enviarlo al concurso de cuentos El camino de los mitos IV,. Obtuve el primer premio y el cuento se publicó en la antología de los finalistas de la editorial Evohé. Si no me equivoco, ese volumen ya no se distribuye, o los enlaces de la página han caducado.

En esta nueva versión de 2021 he introducido algunos cambios, pero siempre muy leves, y las magníficas ilustraciones de Sandra Delgado.

En 2013 regresé a Jerome Perceval para iniciar una investigación literaria que quedó incompleta La ilusión perfecta: Jerome Perceval.


Jerome Perceval en Madrid en el siglo XX, en un pasado quizás alternativo.

 

Los cambios inadvertidos en el gusto
(El guión de cine y los prejuicios #4)

En los capítulos anteriores me referí a diversos cambios del lenguaje cinematográfico que el espectador ha aceptado casi sin darse cuenta de la trasformación que se estaba produciendo, como el paso del cine mudo al sonoro, o del blanco y negro al color, o la acción cada vez más trepidante. Lo que me interesaba era mostrar que los espectadores consideran natural el último lenguaje cinematográfico y no suelen ser conscientes de que su sensibilidad está siendo continuamente reeducada.

Para ser más precisos, habría que decir que la mayoría de los espectadores suelen aceptar no lo último, sino lo penúltimo. Sucede lo mismo con los gustos cinematográficos o audiovisuales que McLuhan decía en relación con la tecnología: el ser humano siempre se siente más cómodo con la tecnología anterior al inmediato presente. Vivimos a gusto en el mundo creado hace 30 años. Es por eso que quienes han conocido el libro de papel son reacios al libro electrónico y creen de alguna manera que con lo digital se pierde algo así como el alma (o aura en el sentido que le daba Walter Benjamin): como si hubiese algo intangible y espiritual ligado a hojas de papel recortadas y encuadernadas. Podemos suponer que quienes usaban papiros debieron sentir una desazón semejante ante la llegada de los libros: ¡con lo fácil que era en un papiro saber que lo que habías leído estaba “más arriba” y que lo que ibas a leer estaba “más abajo”!

Tecnologías como la del libro tardan en cambiar. Desde la aparición de los primeros libros en Occidente hasta los libros impresos de Gutenberg pasaron unos mil años, y han tenido que pasar otros quinientos hasta la llegada del libro electrónico. Es muy posible que todavía pasen cien años o quien sabe si doscientos hasta que llegue el nuevo libro que se anuncia en La obra de arte en los tiempos de la percepción malebranchiana (que se puede leer en Recuerdos de la era analógica). Sin embargo, el lenguaje y la técnica cinematográfica han estado cambiando continuamente desde la invención del cine, hace apenas cien años, y los espectadores se han adaptado a lo penúltimo con cierta facilidad cada cinco o diez años. Pero, aunque se trate de un cambio más veloz que en el caso del libro, la mayoría apenas han percibido cómo su percepción se ha ido modificando.

Antes de regresar al asunto de los prejuicios, quiero ofrecer algunos ejemplos más de cambios que se han producido en nuestra sensibilidad cinematográfica.

Tipos de plano

Una modificación notable del lenguaje cinematográfico ha sido el abuso del primer plano y del primerísimo plano, que probablemente es influencia de la televisión, pues en la pequeña pantalla los rostros lejanos apenas se podían apreciar. Sin embargo, los primeros planos también son, en el cine de Hollywood, una imposición de los actores frente al director: se refuerza el protagonismo de ellos y se minimiza el trabajo del director, que poco puede hacer con un primerísimo plano.

Hace poco me contaron que Kevin Costner aceptó participar en un cortometraje español. En un momento dado le dijo al director: “Hazme aquí un primer plano”.

¿Por qué? No por nada relacionado con lo que se estaba contando, simplemente porque quería una oportunidad de lucirse y reafirmar su protagonismo. El efectismo de los primeros planos a veces (para quienes vivimos todavía en el penúltimo o antepenúltimo lenguaje cinematográfico) resulta insoportable cuando, ya desde las primeras escenas, vemos, sin tener ninguna relación con la intención o la emoción de lo que se está contando, a actores en primerísimos planos.

Violencia

Otro ejemplo de cambio inadvertido, pero real, en el lenguaje cinematográfico es la extraordinaria tolerancia a la violencia como elemento rutinario: hoy en día nos asombra que directores como Sam Peckimpah resultaran insoportablemente violentos en su época, porque la violencia es ahora un ingrediente tan cotidiano en las películas que los directores jóvenes piensan que si no hay sangre, una buena pelea o alguna muerte, entonces no está pasando nada. Lo malo es que gran parte del público piensa lo mismo.

Flashbacks

Otro ejemplo de cómo somos educados sin saberlo por el nuevo lenguaje es el flashback.

En el cine clásico, cuando alguien recordaba algo, lo habitual era ir disolviendo la imagen, sustituyéndola por la de aquello que se recordaba. A veces una y otra imagen se encadenaban a través de una especie de neblina o humillo, como sucede en Casablanca, cuando Humphrey Bogart recuerda sus días felices en París junto a Ingrid Bergman.

Buñuel hizo un flashback en Belle de jour, cuando Cateherine Deneuve pisaba un escalón de la casa de su infancia: al poner el pie en el otro escalón ya no era la Severine adulta, sino la niña que había sido. Muchos espectadores no entendieron qué había pasado, algo que hoy (este es, de nuevo, un código aprendido) ya no sorprendería a nadie.

Buñuel, de todos modos, para ayudar a situarse al espectador ante una ruptura del código de la época (que marcaba claramente estas elipsis o flashbacks), hizo que se oyera a la madre de la niña gritando “Severine”.

Cine ultracomercial

Otro ejemplo de nuevo código es el del cine comercial de acción, con personajes maniqueos, héroes sin matices y acción espectacular pero simple, como en Star Wars, Indiana Jones o Tiburón, que directores como Coppola o Scorsese consideran la causa del fin del buen cine que parecía anunciarse para los años 80.

En efecto, ese tipo de cine, con su tremendo éxito, hizo que una edad de oro del cine en ciernes apenas se desarrollara, y que solo sobrevivieran algunos nombres como Coppola o Scorsese, pero que toda una generación talentosa quedase en nada, en parte porque se asimilaron y adaptaron al nuevo hábito, y en parte porque no se adaptaron y no pudieron competir en el circuito comercial: “el público demandaba otro tipo de cine”.

En realidad, los cambios de narrativa se producen frecuentemente en el cine, y las películas del tipo Lucas/Spielberg eran un regreso al maniqueísmo clásico pero efectivo de las pelis de Errol Flynn y similares, tremendamente entretenidas, que habían sido sustituidas por un cine quizá menos entretenido, pero un poco más adulto.

El cambio del lenguaje del guionista

Así que, cuando un guionista quiere escribir y no se dirige a un público muy particular y especializado, acaba escribiendo como se escribe en ese momento (o en el momento anterior, si no está a la última moda). Y lo hace incluso cuando quiere escribir algo que se salga de lo más convencionalmente comercial.

Porque, si se examina a fondo el cine destinado a élites selectísimas, descubriremos que su lenguaje también ha cambiado en función de los tiempos, incluso en directores como Lars von Triers, que presumen de no seguir el lenguaje de su tiempo sino de definir nuevos lenguajes. Las ideas que se proponen en el Decálogo del movimiento Dogma, encabezado por Lars von Triers, están supeditadas en gran parte a la tecnología del momento: el tipo de micro que se puede incorporar a una cámara, por ejemplo, o la estabilidad de imagen que ofrecen las cámara sin trípode. La evolución de la tecnología hace que el sentido de algunas de estas normas, y sobre todo su traducción estética, quede inevitablemente trasformado: con las cámaras actuales (2010) casi se podría rodar una película de Dogma cámara en mano y que pareciese que se está usando trípode.

Pero, como ya dije antes, lo difícil es que espectadores y guionistas sean conscientes de hasta que punto son influidos por los prejuicios y por el estado actual de los medios (tecnológicos e incluso narrativos) al elegir el cine que quieren ver o escribir.

Enseguida mostraré un ejemplo del poder de los prejuicios sobre todos nosotros.

Continuará…


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Julien Offray De La Mettrie (1709-1751)

El enfermo ilustre

No porque muriese joven de una terrible enfermedad, ni porque fuese un enfermo crónico, sino porque la enfermedad significó para él una vía de conocimiento, como los sueños lo fueron para Descartes, de quien fue rival. Por eso está aquí.

Este hombre, que se definió como epicúreo, lucreciano, ateo y pirrónico, decía que el hombre es una máquina. ¿Acaso no decía Descartes que los animales eran meros autómatas? ¿Y por qué no pensar que también lo son los seres humanos?

Pero ser una máquina, para este determinista inconsecuente, no conlleva la deshumanización que muchos suponen:

“Ser máquina, sentir, pensar, saber distinguir entre el bien y el mal, así como entre el azul y el amarillo; en una palabra, haber nacido con inteligencia y un instinto seguro de la moral, y a la vez no ser más que un animal, no son, pues, cosas más contradictorias de lo que son ser un mono o un loro y saber darse placer a sí mismo”.

Pues bien, aunque no he encontrado en El hombre máquina la narración de esa experiencia de enfermo que lo convenció de su teoría definitivamente, o que quizá le dio el primer vislumbre de la misma, aquí hay un eco:

“Durante las enfermedades, en ocasiones el alma se apaga y no muestra ningún signo de ella misma; otras veces se diría que se refuerza de tanto que la pasión la transporta; en ocasiones la imbecilidad se disipa y la convalecencia hace de un tonto un hombre de espíritu. Otras veces, el genio más grande, convertido en estúpido ya no se reconoce a sí mismo. Adiós a todos esos bellos conocimientos adquiridos a tan alto precio y con tanto esfuerzo!”.

Más adelante dice:

“¿Qué hubiera sido necesario a Canus Julius, a Séneca, a Petronio, para cambiar su valentía en cobardía o en comodidad?? Una obstrucción en el bazo, un obstáculo en la vena cava. ¿Por qué? Porque la imaginación se tapona con las vísceras, y de ahí nacen todos estos fenómenos singulares de afección histérica e hipocondriaca”.

Y sigue contando más y más casos de personas cuyo carácter se modificó al ser atacados por esta o aquella enfermedad.

La Mettrie era médico de profesión. Según su breve biografía, en el sitio de Friburgo o en la Batalla de Fontenoy, fue atacado por “unas fiebres” y estudió en sí mismo los efectos de la enfermedad, y “la relación entre el estado general del organismo y la producción del pensamiento”.

Vivió exiliado en la corte de Federico II de Prusia y escribió un buen montón de libros de aspecto muy interesante, pero solo he leído El hombre Máquina.

Murió joven, con cuarenta y dos años, al parecer por una indigestión causada por un alimento en mal estado.

(1996)



[Escrito en 1996, durante mi enfermedad. Publicado en 2020 en pleno coronavirus]

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12. Novedades de la enfermedad (junio de 1996)

Tras el ingreso de urgencia, pasé un fin de semana en el que me sentí extenuado. Hoy lunes fui al Hospital Clínico y, junto a JLRA, padre de Luis, fui a ver al neumólogo AS y decidí trasladarme al  Hospital Clínico. Fui con Iván a buscar mi historial en el Ramón y Cajal. Las cosas parecen ir mejor. Pero todavía no hay nada realmente nuevo que permita vislumbrar el fin de esto.

13.  El factor desencadenante

Se me ha ocurrido un factor desencadenante claro de la hemorragia gastrointestinal. No fueron los antibióticos, ni el alcohol, ni las aspirinas, ni la enfermedad que padezco: fue mi deseo de adelgazar sometiéndome  a tres días de ayuno.

[2020: Parece un poco absurdo, pero supongo que decidí tener en cuenta cualquier hipótesis. Tal vez fue la combinación de todo ello, especialmente del alcohol y las aspirinas. Posteriormente, llegue a tener hemorragias al tomar otra vez aspirina].

14. Respecto a “Lo psicosomático”

Es cierto que las preocupaciones producen dolor de cabeza. Pero también lo es que en la mayoría de los casos, la aspirina o el paracetamol acaba con el dolor. Estos son los pequeños detalles que nos devuelven a la prosaica materia, como cuando La Mettrie advirtió claramente la dependencia que tiene el alma respecto al cuerpo: al ponerse enfermo su cuerpo, se dio cuenta de lo mal que funcionaba su alma. Pero esto merece un poco más de extensión en la sección “El enfermo ilustre”.

[2020: no hace falta aclarar, supongo, que cuando hablo de las preocupaciones, es decir de acciones mentales, entiendo que eso también es material, por supuesto]

(1996)



[Escrito en 1996, durante mi enfermedad. Publicado en 2020 en pleno coronavirus]

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“Yo misma tuve cáncer hace doce años y lo que más me enfurecía y me distraía de mi propio terror y desesperación ante el sombrío pronóstico de mis médicos era ver hasta qué punto la propia reputación de la enfermedad aumentaba el sufrimiento de quiénes la padecían”.
Eso le hizo comparar la manera de encarar el cáncer con la manera en que se considero la tuberculosis:

“Aparecían igualmente ficciones sobre la responsabilidad y sobre la predisposición caracterológica a la enfermedad: se supone que el cáncer es una enfermedad a la que son especialmente propensos los derrotados psíquicos, los inexpresivos, los reprimidos (sobre todos los que han reprimido la ira o el sexo), tal como durante todo el siglo XIX y parte del XX (de hecho hasta que se encontró la manera de curarla) se consideraba la tuberculosis como una enfermedad típica de los hipersensibles, los talentosos, los apasionados”.

El propósito de Sontag al escribir su libro era ser útil, aunque no de la manera en que generalmente se cree ser útil en estos casos:

“No considere útil -y yo quería ser útil- contar por enésima vez en primera persona como un individuo se enteró de que tenía cáncer, como lloró, luchó, encontró consuelo, sufrió, cobró valor… aunque también ese hubiera sido mi caso. Una narración, me parecía, sería menos útil que una idea”

Y de este modo Sontag escribió este libro, que no solo maravilloso por destruir un buen montón de mitos, o cuando menos reducirlos a sus justos términos, sino también por la manera en que está escrito o su sabia erudición (en un tiempo en el que la erudición parece haberse convertido en sinónimo de fatiga), por la precisión de sus argumentos,  por esa capacidad tan difícil de poseer qué consiste en hallar la falla evidente de un lugar común hasta entonces aceptado sin discusión.

“Y así fue que escribí mi ensayo, muy rápidamente, acuciada tanto por un celo evangélico como por la angustia de pensar si me quedaba mucho tiempo por vivir o siquiera para escribir. Mi propósito era aliviar el sufrimiento innecesario”.

Susan Sontag se curó del cáncer, “poniendo en ridículo el pesimismo de mis médicos”, así, que por primera vez, esta historia de enfermos ilustres acaba bien.

(1996)


2020

Quizá sea necesario aclarar que Susan Sontag no aceptó el dictamen de los médicos pero que no acudió a algún tipo de medicina milagrera y acientífica, sino que consultó a otros médicos, informándose de los últimos tratamientos, aunque fueran dolorosos, porque su voluntad de vivir estaba por encima del sufrimiento que le podía traer un durísimo tratamiento. De este modo logró vivir treinta años más. Murió en 2004, de una leucemia tal vez provocada por la radioterapia a la que se había sometido. Hace no mucho escuché a un médico especializado en cierto tipo de tumores expresar esta terrible verdad: un tratamiento puede salvar la vida de un enfermo al que le quedan unos meses de vida, pero también puede causar su muerte muchos años después. ¿Eso significa que no debemos aplicarle el tratamiento? Por supuesto que no, tan solo significa que debemos informarle de las posibles consecuencias, para que el paciente decida qué hacer. Susan Sontag, según cuenta su hijo, intentó superar el nuevo cáncer hasta el último momento de su vida, y estaba dispuesta a someterse de nuevo a cualquier otro tratamiento, por doloroso que fuera, que le diera algunos años más de vida. Ese anhelo de vida le permitió disfrutar de tres décadas llenas de acción, pasión e inteligencia, lo que también redunda en el placer que nos ha proporcionado a quienes la admiramos.

 


[Escrito en 1996, durante mi enfermedad. Publicado en 2020 durante el coronavirus]

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Leí La enfermedad y sus metáforas hace probablemente más de 10 años, en casa de Iván, en Barcelona. También leí otro libro de Sontag: Contra la interpretación, del que guardo muy buen recuerdo.

Al leerlo en esta nueva edición, me siento mucho más aludido que entonces. Leerlo otra vez me ha reconfortado, especialmente en estos días (1996).

Andaba yo muy molesto porque me enteré por Iván (que quizá es un poco indiscreto) qué María (mi tía Mariona, psicoanalista) le había dicho que yo no tenía nada, o que mi problema era solo mental. También, según Iván, opinaba lo mismo Pelayo, aunque este último no se basaba en otro argumento que su propia experiencia.

Edición que leí en 1996, y que incluía también el nuevo ensayo El SIDA y sus metáforas

Sucede que desde el primer momento en que me puse enfermo, hace ya más de seis meses, se ha venido insinuando el origen mental de mi enfermedad.

Hacia el 6 de diciembre de 1995, cuando noté los primeros síntomas de lo que yo entonces consideraba un resfriado, Juanjo, naturalmente con la mejor de las intenciones, me dijo que lo que yo padecía era la fiebre prevacacional, que desaparecería en cuánto subiese al avión.

Subí al avión y la fiebre llegó, sin duda, a los 39 grados. Aterricé en México con un dolor de oídos tan doloroso como uno de muelas [de los de mi peor época, en la adolescencia o de cuando estuve en Nueva York y tuve que ir a un dentista de urgencia antes de regresar a España].

En fin, tras volver de México, y tras una primera falsa y breve impresión de que ya me había curado, me volvió la fiebre y persistió la tos. Las pocas veces en que me quejaba, creo que, si no con razón, sí con un motivo digno y veraz, nadie me hacía mucho caso.

La cosa se agravó y llegaron a molestarme algunos comentarios en los que se ponía en duda que tuviese fiebre. Una tarde llegue a enfadarme, algo insólito en mí, porque Margarita no quería creer que tenía fiebre. Me fui a casa y comprobé que, efectivamente, tenía fiebre.

En fin he intentado tomarme esta larga enfermedad con buen humor y en muchas ocasiones pasé los días sin que los demás supieran lo mal que me encontraba. Sin duda fui imprudente: trabajé demasiado y salí demasiadas veces a tomar copas estando completamente enfermo. Con fiebre, no con fiebrula. Cuando ya no podía más, porque tenía la cabeza embotada, me rendí a una enfermedad que venía asediándome demasiado tiempo (he aquí una metáfora militar para hablar de la enfermedad, de las que crítica Sontag).

Me interesa mucho el asunto de lo psicosomático, lo psicofísico, los mecanismos del estrés y todos esos temas, pero siempre he tenido bastante claro que mi enfermedad y casi todas las enfermedades tienen un origen bastante más trivial: un bacilo, un virus, una bacteria. Ni quise ponerme enfermo justo antes de las vacaciones, ni quise seguir enfermo para librarme de una responsabilidad de la que no me libré [dirigir un programa de televisión], ni quiero seguir enfermo por tiempo indefinido. Incluso en el caso de que yo, por algún curioso mecanismo psicofísico, hubiese causado mi enfermedad, he sido tan eficaz que he creado cuando menos dos agentes infecciosos,  una neumonía y un bloque de pus. Mi última hazaña ha sido crearme una hemorragia gastrointestinal que me ha hecho sufrir como pocas veces en mi vida. El problema es que, como no sé cómo lo he hecho, tampoco sé cómo curarme.

[2020. entiéndase la ironía del párrafo anterior, de la que advierto porque últimamente es frecuente que no se entiendan las ironías si no se subrayan, o si no se añade un emoticon].

Susan Sontag

Pero vuelvo al libro de Susan Sontag.

Sontag examina en su libro toda la mitología que ha rodeado a la tuberculosis y al cáncer y ciertas metáforas que han contribuido a comprender mal ambas enfermedades y a hacerlas más dolorosas para quienes las padecen. Más adelante hablaré de muchas cosas estupendas de este libro pero ahora quiero centrarme este asunto del enfermo culpable [o culpabilizado]:

Georg Groddeck (18661934), precursor de la psicosomática y autor de una curiosa novela: El buscador de almas.

“Con las enfermedades modernas (antes la tuberculosis, hoy con el cáncer) se empieza siempre por la idea romántica de que son expresión del carácter y se termina afirmando que el carácter es lo que las causa”. Así lo han hecho muchos psicólogos y analistas, que han descartado cualquier causa externa de las enfermedades”.

Cita Sontag a un tal Groddeck:

“Es el enfermo mismo quién crea la enfermedad, él es la causa de esa enfermedad, no hay por que buscar otro”.

Este Georg Grodek es, creo, de principios del siglo XX, pero a pesar de lo fácil que resultaría convencerlo, por ejemplo, inoculándole el bacilo de Koch, todavía hay quien opina como él.

Yo tengo un libro de un tal Luis Chiozza, Por qué enfermamos, en el que se dice, por ejemplo, que es necesario tener en cuenta que “la enfermedad es la solución que el enfermo ha encontrado” y que su desaparición por si sola “restablece [resuelve] el problema”.

También en la página 71 dice Chiozza:

“Un hombre se enferma porque se oculta a sí mismo una historia cuyo significado le es insoportable. Su enfermedad es, además, es una respuesta simbólica que procura, inconscientemente, alterar el significado de la historia, o lo que es lo mismo, su desenlace”.

Anoté al margen cuando lo leí (mucho antes de estar enfermo): “¿No creerá que siempre es ese el motivo?”. [Y sí, parece que lo cree].

[Por cierto, que resulta bastante asombroso  cómo los psicoanalistas y otras especies variadas de interpretadores superficiales no solo emplean símbolos para explicarlo todo, sino que invierten la relación lógica y hacen que las cosas sean dependientes de los símbolos, y no los símbolos de las cosas: podríamos decir que cosifican los símbolos y simbolarizan las cosas].

No niego que es posible que una persona logre enfermarse a sí misma, por ejemplo Pelayo [según él mismo presumía, esta era una de sus habilidades, lo que no era asombroso, dada su fragilísima constitución].

También el mal de amores puede matar a una persona de pura pena, como dice Oliva Sabuco [en Nueva Filosofía de la Naturaleza y del Hombre], y posiblemente muchas dolencias musculares y articulares tienen su origen en algo parecido a una represión, o al menos una tensión mental que causa una consecuente tensión física, como puede ser  el agarrotamiento de los músculos de los hombros, por ejemplo. Pero no nos volvamos locos y no situemos en la mente de los enfermos (y en sus manos) la causa y la solución de enfermedades que en ocasiones solo se podrán curar con la amputación de un miembro o el tratamiento de la parte infectada, y en otros casos con la administración de antibióticos capaces de afectar a los agentes infecciosos.

Opiniones tan descabelladas y peligrosas, dice Sontag, no solo descargan sobre el paciente la responsabilidad del mal que le aqueja, sino que, además de impedirle comprender la gama de tratamientos posibles, lo apartan implícitamente de todo tratamiento.

Y añade Sontag:

“Se da por sentado que la cura depende en primer término de la capacidad del amor propio del paciente, de hecho ya muy puesta a prueba o muy debilitada… Tanto el mito de la tuberculosis, antes, como hoy el del cáncer, sostienen que uno es responsable de su propia enfermedad”.

La miseria, de Cristobal Rojas (1886), con una enferma de tuberculosis. Hasta los años 50 del siglo pasado (cuando se empezó a aplicar la vacuna), la tuberculosis causaba cada año muchísimas muertes en Madrid.

Admito que yo mismo he opinado a veces que la manera en que uno encara un cáncer puede influir en el curso de la enfermedad, y que me ha tentado a veces la hipótesis de convertir a nuestra mente en un doctor interno que nos cure. Yo mismo he intentado contar con los servicios de este médico (un médico más “de cabeza” que “de cabecera”) para curarme. Pero debo decir que este doctor interno se ha demostrado significativamente más ineficaz que los externos, qué, por fortuna, la mayor parte de las veces son muy eficaces.

Porque dejando a un lado estas fantasías, lo que curó a los enfermos de tuberculosis fueron las vacunas, y a los de cáncer fundamentalmente la quimioterapia, la radioterapia y otros métodos. [Métodos que, obviamente, no están exentos de consecuencias en algunos casos, pero que en ocasiones han sido la única posibilidad de lograr la supervivencia del enfermo]. Siguiendo el libro de Sontag se verá todo esto claramente:

“En 1881, un año antes de que Robert Koch anunciara el descubrimiento del bacilo de la tuberculosis y que demostrara que esta era su causa primordial, un difundido manual de medicina daba las siguientes causas de esa enfermedad: la predisposición hereditaria, el clima desfavorable, la vida sedentaria de puertas adentro, la ventilación defectuosa, la falta de luz y las emociones deprimentes”.

Dice Sontag que en el siglo XVI y XVII se creía que al hombre feliz la peste no lo tocaba, y así con todas las enfermedades infecciosas

“En realidad todas las teorías que atribuyen las enfermedades a los estados de ánimo y su cura a la mera fuerza de la voluntad son síntoma de lo poco que se conoce en el terreno físico de la patología”.

[Tonterías semejantes a las que denuncia Sontag las hemos leído y escuchado a menudo durante el coronavirus, incluso de artistas tan estupendas como Ouka Lele, que dice que el mejor remedio es sin duda el amor].

Antes estuvo de moda, dice Sontag, lo de que los enfermos de tuberculosis eran seres apasionados y lo de cáncer reprimidos. También hace años se atribuyeron muchas enfermedades a la somatización y hoy en día al estrés.

[En la actualidad, en el caso de la tuberculosis, se calcula que se salvan casi 50 millones de vidas al año, gracias a la vacuna y los tratamientos, y es muy difícil morir de esta enfermedad si se sigue el tratamiento de manera adecuada]

Yo creo [y también los médicos desde Hans Seyle al menos] que el estrés es causa del agravamiento de algunas enfermedades y de la aparición de otras, debido al mal funcionamiento constante de los órganos sometidos al estrés, pero no creo que el estrés sea la causa de todas las enfermedades, ni siquiera de la mía. Y mucho menos creo que decir esas palabras mágicas [estrés, somatización…] cure al enfermo: es como si a alguien que se hubiese estado golpeando la rodilla con un martillo durante días se le dijese, con la intención de curarle, que lo que le sucede es que se ha estado golpeando la rodilla con un martillo durante días.

[Es decir, que incluso en los casos en los que el estrés causa desarreglos físicos, hay que arreglar esos desarreglos, al margen de que la persona pueda o no superar su estrés y posterior ansiedad. Como es sabido, Seyle llamó estrés a esta reacción fisiológica por su similitud con el stress o fatiga del material].

Dice también Sontag:

“Las teorías psicológicas de la enfermedad son maneras poderosísimas de culpabilizar al paciente. A quien se le explica que, sin quererlo, ha causado su propia enfermedad, se le está haciendo sentir también que bien merecido se lo tiene”.

Así, teorías psicológicas disparatadas pero muy extendidas atribuyen al pobre enfermo la doble responsabilidad de haber caído enfermo y también la de curarse.

En fin, seguiré hablando de Susan Sontag y de su libro, pero espero que con esto quede claro su postura y la mía, ambas coincidentes. Pero como no quiero hacer esta reflexión muy larga añadiré mucho sobre este tema en comentarios breves que iré intercalando a lo largo del libro [de mi cuaderno Ocurrencias de un enfermo].

(1996)

[2020: lo anterior son anotaciones de un enfermo, apresuradas y poco elaboradas, pero he preferido dejarlas tal como las escribí entonces. Todo lo que aparece entre corchetes lo he añadido en 2020].


[Escrito en 1996, durante mi enfermedad. Publicado en 2020 durante el coronavirus]

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Se supone que la calavera que encabeza esta entrada y el libro publicado por la editorial Visor es el retrato del editor original, Juan Varela.

[2020. Parece que en realidad se trata de un autorretrato del ilustrador Merian.

Hay que darle la vuelta al libro para descubrir a la muerte o a Merian.

Es muy ingenioso que la editorial Visor escribiera el título y el autor al derecho y al revés, llamando la atención sobre esta curiosidad del doble retrato].

La muerte

Autorretrato de Merian

2020: copio aquí los versos que inician el libro:

“Yo soy la Muerte cierta a todas criaturas

que son y serán en el mundo durante.

Demando y digo: oh hombre, ¿por qué curas

 

de vida tan breve al punto pasante?

Pues no hay tan fuerte ni recio gigante

que de este mi arco se pueda amparar,

conviene que mueras cuando yo lo tire

con esta mi flecha cruel traspasante. 

¿Qué locura es esta tan manifiesta

que piensas tú, hombre, que otro morirá

y tú quedarás, por ser bien compuesta

la tu complexión, y que durará? 

No estés seguro si al punto vendrá

sobre ti a deshora alguna corrupción

de liendre o carbunclo, o tal implisión

porque el tu vil cuerpo se desatará.

¿O piensas por ser mancebo valiente

o niño de días, que largo estaré

y hasta que llegues a viejo impotente

la mi venida me detardaré?

Avísate bien: que yo llegaré

a ti a deshora, y no tengo cuidado

que tú seas mancebo o viejo cansado,

y cual yo te hallare, tal te llevaré”.

Además de los versos, contiene excelentes grabados de Holbein y Merian, que sin duda aparecerán en las páginas de la Galería Mortal.

2020: la Galería Mortal es una sección de mi revista Esklepsis (editada en lso años 90) que también puedes encontrar (aunque no completa) en Diletante: Mortal.

 

(1996)


[Escrito en 1996, durante mi enfermedad. Publicado en 2020 durante el coronavirus]

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Breve historia de mi enfermedad

Llegado a la página 40 del cuaderno ni siquiera he contado nada de lo que ha dado precisamente origen a este cuaderno.

El día 6 o 7 de diciembre de 1996 noté los síntomas de un constipado, catarro, resfriado gripe o similar. Dos o tres días después iba a iniciar mi viaje hacia la Península de Yucatán: mala suerte irse enfermo a las vacaciones. Mi amigo Juanjo me dijo que mis temores eran infundados y que padecía el mal del viajero: me curaría en cuanto tomase el avión. Yo sabía que no iba a suceder tal cosa.

En el avión comenzó la fiebre. Supongo que llegué a los 39 grados.

Llegué a Cancún, primera etapa de un viaje en el que dejaba el resto de las etapas a la improvisación, bastante maltrecho. A la fiebre se añadía dolor de oídos y de cabeza.
No voy a ser prolijo: en México mis males se acentuaron. Diarreas, dolor de estómago dolor de las articulaciones (detrás de las rodillas), fiebre continua hasta empapar las sábanas, tos persistente hasta la congestión, presión en los laterales del cráneo, sobre todo al estornudar, molestias en los pulmones. Y lo que se me olvida. Y a eso se añadían circunstancias locales: decenas de picaduras de insectos y golpes de calor.

Pese a padecer tantas molestias,  cambiaba casi cada día de ciudad y las recorría todas de un lado a otro: Cancún, Isla Mujeres, Valladolid, Chichén Itzá, Mérida (donde decidí detenerme para no tentar más a la suerte), Uxmal y Progreso.

Una de las pocas fotos que conservo del viaje. En Chichén Itzá.

Alguien me dijo que me había picado un mosquito, creo que el anopheles, y en una farmacia me dieron amoxicilina, que fue el primer antibiótico con el que obsequié a mí desdichado cuerpo. Coincidiendo con el regreso a España noté cierta mejoría y dejé la amoxicilina.

Uno de los cuadros que modifiqué, creo recordar, en esas fechas. Debajo había un cuerpo de mujer, y también un autorretrato

Sin embargo la tos ya no me dejó, aunque a veces era moderada y otras extremosa. Algunos días también me volvía la fiebre. En enero y febrero fui al médico, que no sé que me recetó.

El trabajo me exigió cada vez mayores esfuerzos y la enfermedad se hizo notar cada vez más. Trabajé así, permanentemente enfermo, durante dos meses al menos, con graves recaídas (por ejemplo en Sevilla, y al regreso de Palma de Mallorca).

Un absurdo sentido de la responsabilidad, impropio de mi carácter, mi inteligencia y mis convicciones, me hizo aguantar a pie firme la enfermedad, ayudado por las fuerzas que proporciona el estrés, hasta que mi tarea quedó más o menos encauzada. En ese momento, no sé si por una coincidencia fortuita o porque rendí mis naves y los mecanismos estresantes (que son fatales si la crisis se prolonga) acabaron de actuar en ese momento… Por unas u otras razones, la enfermedad comenzó a hacerse patente en toda su virulencia.

A los síntomas habituales, pero recrudecidos, se añadió una tremenda fatiga y la sensación de tener escarchados los pulmones. La fiebre, en los 39 grados, ya era casi permanente. La tos, en especial al acostarme, empezaba a ser un suplicio.

Me di de baja en el trabajo y visité de nuevo al médico. Gracias a la ayuda de IE, me atendieron en Urgencias del Hospital Ramón y Cajal. Me hicieron radiografías, análisis de sangre, me auscultaron, me interrogaron acerca de todos y cada uno de los síntomas, me palparon todo el cuerpo y analizaron mis esputos.

Primero pensaron en la tuberculosis o en algún tipo de neumonía. La prueba de zhiel descartó, al parecer, la tuberculosis; el examen de las radiografías, la neumonía. Me recetaron un segundo antibiótico: Zinnat.

Lo tome durante diez días y no se produjo ninguna mejoría. Iba notando, a medida que pasaban los días, cada vez menos aire en los pulmones. Me recetaron un tercer antibiótico, Klacid. Ningún efecto.

La posibilidad de que la enfermedad fuese algún mal tropical contraído en México empezó a ganar terreno.

También creo que el neumólogo que me atendía, IF, debió de pensar más de una vez que yo no tenía ninguna enfermedad: si acaso un catarro mal curado o los engañosos síntomas del estrés.

Pasé al departamento de enfermedades infecciosas, Sección Tropicales.

Me atendió la deliciosa doctora Tatay. Tras un nuevo interrogatorio (qué debe de tener un nombre más agradable que yo no recuerdo), me extrajo sangre, para probar varias posibilidades: paludismo, malaria ( no sé si es lo mismo) y otras que no recuerdo o no supe.

También encargó una tercera radiografía (frontal y lateral) y el análisis de todos mis desechos orgánicos. Más extracciones de sangre, seis o siete tubos: fiebre Q, legionella, de nuevo la tuberculosis, el SIDA (yo ya me había hecho una prueba por mi cuenta, que me mantuvo, a la espera del resultado, insomne varios días). Se descartaron todas esas enfermedades.

La tercera radiografía, qué vi en compañía de la doctora Tatay y del estupendo y carismático doctor López Vélez, vino en ayuda de la veracidad de mis quejas: se observaba una neumonía.

Además, al compararla con las anteriores, quedó claro que la enfermedad había ido a peor. Poco después, los diversos análisis mostraron la presencia de agentes infecciosos (no sé si virus o bacterias). Se me recetó el cuarto y el quinto antibiótico.

Santiago Segura entrevista al Gran Wyoming para Dobles parejas

[2020: en aquellos días dirigía Dobles parejas, programa presentado por Santiago Segura y Kevina Kulvocas. Además de ser un programa absurdo, los diversos grupos de presión en Antena 3 y en la productora Globo Media convertían cada día en una colección de despropósitos y una fuente permanente de estrés. Lo más interesante, probablemente, fue el viaje que hicimos a Palma de Mallorca con Santiago y Kevina para grabar una promo del programa en un karaoke, que creo que quedó muy divertida (santiago imitaba a Julio Iglesias intentando seducir a Kevina). Lo malo es que seguramente no pude disfrutar mucho de la experiencia porque, como digo en el texto, al regreso tuve una fuerte recaída.]

Continúa la anotación del cuaderno…

21 de junio del 96

Pero, sobre todo, se recomendó que me hicieran un escáner de pulmón (TAC de alta resolución), para determinar la causa última de la enfermedad. También se me hicieron pruebas de capacidad pulmonar (obtuve un buen resultado) y un análisis de sudor para ver si podía tratarse de fibrosis quística, una enfermedad hereditaria que muy raramente afecta a los adultos.

En cualquier caso, lo más importante era el escáner, y en el Hospital Ramón y Cajal según me dijo López-Vélez (especialista en enfermedades tropicales), podía tardar seis meses en conseguir cita.

Hablé entonces con Iván, mi padre, que me convenció para que me fuera a Barcelona, donde él me ingresaría en urgencias y así me harían allí el TAC.

Me disponía a viajar a Barcelona, pero entonces Marcos me recordó que el padre de Luis trabajaba en el Hospital Clínico de Madrid, del que había sido director, así que fui a ver, junto a Luis, a su padre. El padre de Luis me dijo que, para no seguir “chapoteando” y haciendo chapuzas, lo mejor era no solo hacerme el TAC, sino (“no te asustes”) abrirme. Mirar el pulmón sin intermediarios y, supongo, tomar muestras para una biopsia. Quedamos en llamarnos el siguiente lunes, previsiblemente para ingresar el martes en el Clínico.

Sin embargo, la cita fue al final para el lunes siguiente. Esa misma semana, el miércoles, vino Iván, creyendo que ya estaría ingresado, pero encontró algo muy distinto.

La noche del martes habían venido Marcos y Luis a casa por la noche. Pasamos unas horas estupendas hablando de asuntos personales y bebí un poco, pero tampoco en exceso.

Al día siguiente me desperté con ganas de vomitar y lo atribuí al alcohol, sin darle mucha importancia. Pero comencé a vomitar esputos verdes en un líquido blanco y viscoso. También tenía diarrea y las primeras heces eran negras. Me caían por la cara gotas de sudor frío y pasé así cinco o siete horas, que fueron de las peores de mi vida. Poco antes de que llegará mi padre, había conseguido recuperarme un poco. Ignoraba entonces lo que todavía me esperaba.

Iván venía con la idea de ingresarme en urgencias para que me hicieran el TAC, en lo que se reafirmó al ver el mal aspecto que tenía. Quiso, pues, la casualidad que yo no tuviera que actuar o representar un papel de enfermo grave al ingresar, pues estaba verdaderamente mal.

Al describir mis síntomas, consideraron probable una hemorragia gastrointestinal y me hicieron un lavado de estómago que fue dolorosísimo en su inicio, porque el tubo no me entraba por la nariz. Tras varios intentos, buscaron un tubo menos grueso.

En fin, sacaron sangre de mi estómago y pasé la noche en el hospital. Al día siguiente me practicaron una endoscopia. No hallaron, afortunadamente, una úlcera, así que atribuyeron la hemorragia a cualquier otra causa no del todo convincente, aunque el desencadenante parece haber sido, como descubrió el doctor López Vélez, haber tomado una aspirina. Afortunadamente, no había tomado el cuarto y quinto antibiótico, a la espera del escáner.

Así pase la noche en urgencias, conectado a un tubo de suero (nueva experiencia) sin poder comer ni beber. Pero, en cualquier caso, de escáner nada. IF, que casualmente, estaba de guardia (como el doctor López Vélez), nos explicó (también vino Vicky, mi madre) que había dos métodos: el europeo, que va prueba prueba y paso a paso, y el americano, que comienza por abrirte. No sé si desde el principio, pero a estas alturas yo prefiero el método americano, sin ninguna duda. IF y el hospital Ramón y Cajal prefieren el método europeo. El problema es, que la administración indiscriminada de antibióticos me ha provocado, por el momento, una hemorragia gastrointestinal. IF me dijo que me podría conseguir un escáner en un mes. Yo, en cualquier caso, creo que lo mejor es cambiar de hospital y de médico. Quien sí me parece un buen médico es López Vélez, pero lamentablemente mi enfermedad no parece ser tropical.

Allí, tras el lavado de estómago y nuevas radiaciones, al recordar que mi hijo Bruno iba a participar en un espectáculo en su piscina, me sumergí, delante de Vicky e Iván, en un llanto incontenible, tal vez por la estimulación a la que me había sometido la introducción el primer tubo en la nariz. Al día siguiente, tras la endoscopia, pude ir a ver a Bruno, pero no quiso nadar.

Bueno el asunto continúa. El lunes iré a ver al especialista del Clínico.

 

(1996)


[Escrito en 1996, durante mi enfermedad. Publicado en 2020 durante el coronavirus]

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Tuve que cambiarle la sangre y la médula espinal (que supongo que será la equivalencia) y después  darle la vida de nuevo.

Pero, no bien mi ordenador todavía convaleciente empezaba a recuperar sus capacidades, mis plantas decidieron unirse al grupo de infectados.

Desde hace días ya venía yo observando esa plaga de feas mariposas con que nos ha obsequiado la llegada del calor.

Hoy he sabido que dentro de una o dos semanas se producirá una invasión de orugas que nacerán de los huevos puestos por estas mariposas africanas, que tienen el curioso nombre de autografa gamma, porque en su lomo parece leerse la letra gamma.

Mi ordenador se recupera, yo tal vez me cure por los antibióticos específicos, pero ¿y mis plantas? Eso es lo que más me preocupa ahora.

Dicen que hay que fumigar.

 

(1996)


2020: el cuadro de las plantas de mi terraza debí pintarlo antes de la invasión de la autógrafa gamma, que no recuerdo si acabó con mi jardín.

Los diversos órdenes son el mundo vegetal, el mundo animal (yo) y el mundo artificial.


[Escrito en 1996, durante mi enfermedad. Publicado en 2020 durante el coronavirus]

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