El origen de la idea de Dios

Anselmo de Canterbury propuso el llamado argumento ontológico para demostrar la existencia de Dios:

“Y, ciertamente, algo tan grande que nada mayor pueda ser pensado no puede estar únicamente en el entendimiento, ya que si sólo estuviera en el entendimiento, también podría pensarsele como parte de la realidad, y en ese caso sería aún mayor. Esto es, que si algo tal que nada mayor pueda ser pensado estuviera únicamente en el entendimiento, entonces esa misma cosa tal que nada mayor pueda ser pensado sería algo tal que algo mayor sí pudiera pensarse, algo que no puede ser.”

Es decir, Dios debe existir porque el concepto de Dios significa “aquello más grande que pueda ser pensado” y, en consecuencia, si ese algo más grande fuera pensado pero no existiera, entonces podríamos pensar en algo más grande, en un ser que además de ser la cosa más grande pensada, además existiera. Ese ser más grande en todos los sentidos es Dios.

Gaunilo de Marmoutiers, conocido en las historias de la filosofía como “el monje Gaunilo” respondió al argumento de Anselmo diciendo que él podía imaginar la isla mayor y más perfecta, pero que lo más probable es que una isla quien invitó a sus lectores a concebir la mayor y más perfecta isla. Pero esa isla debería  contemner todos los atributos de la perfección, a pesar de ello, es muy probable que tal isla no exista. Y así, podríamos seguir aplicando el argumento a todo tipo de cosas.

Anticipandose a la objeción que el monje Gaunilo hizo al argumento ontológico de San Anselmo, Descartes dice:

“En los conceptos de las otras cosas no se contiene del mismo modo la existencia necesaria, sino solo la contingente”  (Principios de la filosofía,  Punto 15).

 Es decir, como ya dijera Anselmo en su respuesta a Gaunilo, el argumento ontologico solo es aplicable a Dios, porque, de no ser así, ya podemos imaginar la farsa que se armaría si aplicaramos tan efectivo argumento para demostrar la existencia de todas las cosas que nos apetece que existan.

Más adelante, Descartes explica por qué la idea innata de Dios no es accesible a todos los hombres, por qué, en definitiva, no les es innata: a causa de sus prejuicios. Pero si, como dice el abate  Bergier en su Diccionario teológico, los primeros hombres creían de manera unánime en Dios único, ¿por qué dejaron de creer en Él?  ¿Por la intervención de Satán? Aquí, me temo, podemos caer  en profundas disputas teológicas. Pero no es este momento ni lugar.

 

  ********

 [Los  principios de  la filosofía, de Descartes]

[domingo 14 de enero de 1990]

 

Cómo no ser un cenizo
Breve investigación acerca del pesimismo y el optimismo /7

En La búsqueda de la felicidad comparé tres textos escritos por Casanova, Lichtenberg y Darwin acerca de la búsqueda de la felicidad. Reconozco que siento una gran afición por los pensadores que se muestran optimistas y que me aburren los depresivos y cenizos. No voy a negar que yo mismo he sido muy depresivo, pero espero que nunca cenizo. El cenizo es aquella persona que no sólo sufre (por razones no muy claras), sino que consigue fastidiar a los demás con su sufrimiento o con su manera fatalista de ver la vida. Y también abundan los cenizos que se lamentan de sus males y de los ajenos, o incluso sólo de los ajenos.

Demócrito feliz

Personas anti cenizas son Lichtenberg, Chesterton, Darwin, Casanova, Bertrand Russell (que escribió La conquista de la felicidad), Aristipo, por supuesto, Demócrito y muchos de los filósofos griegos que pensaban que la acción más razonable para un ser humano consiste en buscar la felicidad. Ahora se suele pensar lo contrario. Recuerdo que el actor Fernando Fernán Gómez decía que buscar la felicidad era una cursilada.

Lo curioso es que muchos de esos pensadores que he mencionado como partidarios de la búsqueda de la felicidad también sufrieron mucho, porque la felicidad no depende por completo de la ausencia de sufrimiento, sino que tiene mucha relación con la manera de considerar la vida. Otro pensador muy optimista era Stefan Zweig, quien, sin embargo, se suicidó en Brasil, cuando pensó que ya nada en el mundo podría detener a los nazis.

Releyendo el librillo que tengo de Lichtenberg, he encontrado varias reflexiones acerca de este asunto, y no puedo resistir citarlas aquí:

“Sin mi convicción íntima no me podrían hacer feliz todo el honor, la dicha y el aplauso del mundo, y si lo estoy por propia convicción, el juicio del mundo entero no me puede turbar ese placer… Creo que a veces se está mejor en el lecho de enfermo que en la mesa real. Por lo menos yo, estando enfermo en cama en mi pequeña habitación, he tenido momentos que no me avergüenzo de considerar los más felices de mi vida; también tristes, se entiende, pero también tuve momentos igualmente tristes estando bien sano y fuera de la cama”.

Esto que dice Lichtenberg me recuerda a lo que se dice en la película After Life de Hirokazu Kore Eda y a lo que dije en mi comentario a la película: muchos de los mejores recuerdos de la vida son momentos muy sencillos.

Otra cita de Lichtenberg:

“Quienes se pasan las horas lamentándose de que no hay nada que merezca la pena en el mundo, deberían darse cuenta de que donde no hay nada que merezca la pena es en el interior de sus cabezas.  Son ellos quienes tiñen el mundo con el cristal sucio de sus anteojos, sin advertir que no es que no haya ningún sitio al que merezca la pena ir, sino que cualquier lugar es inaccesible para una mente que no puede caminar por sí misma”.

No se puede decir mejor.

 


[Publicado el 21 de junio de 2004]

BREVE INVESTIGACIÓN ACERCA DEL PESIMISMO Y EL OPTIMISMO

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Breve investigación acerca del pesimismo y el optimismo /2

En Un optimista es sólo un pesimista bien informado, dije que todo lo razonable del optimismo se veía comprometido por “la avalancha de libros de autoayuda más o menos simplistas que inundan las librerías”.

Si dije “más o menos simplistas” es porque en lo que se refiere a ideas concretas, hay que reconocer que más del ochenta por ciento del contenido de esos libros suele ser excelente. Tan sólo un 20 por ciento es trivial y simplista, un porcentaje que coincide con la parte del libro que ha escrito quien lo firma, porque el resto, aquello que vale la pena, es simple copia de otros autores.

En efecto, la mayoría de los libros de autoayuda no hace más que recoger lo mejor de las fuentes del optimismo, sobre todo griegas y latinas, taoístas y de la Ilustración, pero también las trasmitidas por aquello que se llama sabiduría popular, desde las andanzas del mulá Nasrudín al Quijote, desde los cuentos y chistes yasídicos a las fábulas de India.

El problema es que esos autores suelen estropear las buenas ideas de otros con explicaciones vacuas y vacías, casi siempre reaccionarias, como en el caso de Paulo Coelho o Carlos Castaneda, y con un tono voluntarista y de adulación al lector que resulta fatigoso y gratuito. Junto a todo ello, una sobrecarga interpretativa llena de psicoanálisis que acaba por convertir las historias más divertidas y ocurrentes en un caldo trascendentalista indigerible. Prefiero sin dudarlo lo que hace Jean Claude Carriere en El círculo de los mentirosos, que se limita a recopilar las historias y añade un prólogo tan interesante como todo lo que escribe.

Cualquiera es libre, por supuesto, de comentar esas historias y consejos de la sabiduría libresca o tradicional, pero es una pena que se conviertan en trivialidades y en verdades dichas con una boca muy abierta por el asombro. En mi opinión, hay que hacer precisamente lo contrario: que esas ideas se hagan más sugerentes, que se unan a otras con las que parecían no tener relación, que mantengan su caracter ambiguo y paradójico, que no llevan al lector a repetir un lema sin más, sino a investigar y reflexionar, que no rebajen la autoexigencia, sino que la acrecienten, que no le hagan pensar que logrará todo lo que se proponga por el simple hecho de desearlo, sino que conseguirá esto o aquello si pone a trabajar su inteligencia y su ingenio; si le enseñan no a confiar ciegamente en su intuición y su instinto, sino a ponerlos a prueba y darse cuenta de lo fácilmente que le engañan cuando se deja llevar por ellos.

Cualquiera es libre de usar un cuento tradicional y reescribirlo, como hace Borges, por ejemplo en La biblioteca de Babel a partir del relato La biblioteca universal, de Kurd Lasswitz, o como vuelve a hacer en la Historia de dos que soñaron, reescribiendo un relato de Las mil y una noches que también existe en la tradición jasídica hebrea. Pero ese mismo relato de los dos que soñaron en manos de Paulo Coelho se convierte en una trivialidad cursi y reaccionaria llamada El alquimista.

Quizá deba aclarar que el género de los libros de autoaprendizaje o autoayuda me parece uno de los mejores, a pesar de que, como ya he dicho, hoy en día abunden tantos que caen en cierto simplismo. A este género pertenece el extraordinario Manual de Epícteto, el Lun Yu o Analectas de Confucio, La conquista de la felicidad, de Bertrand Russell, las dos éticas de Aristóteles, muchos de los libros que escribió Epicuro (del que conservamos la extraordinaria Carta a Meneceo), y muchas otras obras deliciosas y útiles. Para mí, son esos libros el término de comparación y frente a ellos los actuales son una continua decepción, salvo algunas excepciones, que no suelen ser situadas en el estante “Autoayuda”, como los siempre estimulantes libros de Paul Watzlawick.

Continúa en: El efecto placebo y algo más (o menos)

**************

ACerca de los libros de autoayuda, escribí una improvisación en Speakercornerweb:
Una improvisación sobre los libros de autoayuda

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[Publicado por primera vez el 10 de octubre de 2005 en Mundo Flotante]

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COMENTARIO A “LOS PRINCIPIOS DE LA FILOSOFÍA”, DE DESCARTES

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Descartes, ¿empirista?

A Descartes y a Leibniz se les clasifica en la historia de la filosofía como racionalistas, frente a empiristas como Locke y Hume. Sin embargo, en contra del antiempirismo que muchos atribuyen a Descartes (y que él mismo parece sostener a veces), en la página 24 de Principios de la filosofía dice:

       “Ahora bien, para cumplir plenamente este proyecto, también debería explicar del mismo modo la naturaleza de cada uno de los cuerpos particulares que hay sobre  la tierra,  a saber, los minerales, las plantas, los animales y, principalmente, el hombre; y finalmente debería tratar rigurosamente la medicina, la moral y la mecánica”.

 Y continúa:

       “Esto es lo que yo debería hacer para dar a los hombres un cuerpo de filosofía completo; y aun no me siento tan viejo, ni desconfío tanto de mis fuerzas, ni me encuentro tan alejado del conocimiento que me falta para no  atreverme a intentar acabar ese proyecto, si tuviera oportunidad de hacer todas las experiencias que debería hacer para apoyar y justificar mis razonamientos” (la negrita es mía)

Aquí parece haber un cierto elogio de la experimentación, pero también un reconocimiento de que no tiene los medios. Esto coincidiría con la opinión de la profesora de Filosofía de la Naturaleza, Ana Rioja: Descartes no entra en la historia de la ciencia porque no se ocupó de medir, calcular, etcétera. Pero lo podía haber hecho perfectamente y, de haberlo hecho, sin duda habría ocupado un lugar tan importante en la historia de la ciencia como el que ocupa  en el mundo de la filosofía.

********


1999: Creo, como decía entonces, que si Descartes hubiese hecho esas experiencias, habría llegado a resultados importantes y ocuparía un lugar de primer orden en el mundo de la ciencia, con lo que ahora podría discutirse si su talento, inteligencia o lo que sea no le situaban entre los tres primeros genios de la humanidad, tal vez el primero: Newton, Einstein, Goethe, etc.

2012: Hay que aclarar que Descartes, por supuesto sí ha entrado en la historia de la ciencia, no sólo por las coordenadas cartesianas, sino por descubrimientos en óptica y otras disciplinas. Él mismo consideraba que lo más importante de su pensamiento era la Física. Pero es cierto que su contribución podría haber sido mucho mayor. Lo paradójico es que tal vez el Descartes científico fue perjudicado por el Descartes filósofo.

 [Los  principios de  la filosofía, de Descartes]

[jueves 11 de enero de 1990]

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Y finalmente… el efecto nocebo
Breve investigación acerca del pesimismo y el optimismo /4

noceboEn el capítulo anterior de esta breve investigación (El efecto placebo), he hablado del efecto placebo, un fenómeno en cierto modo asombroso que sin embargo al ciencia actual acepta como real, probando que la supuesta negativa de los científicos a aceptar lo que no coincide con sus paradigmas y prejuicios es una simpleza de quienes desconocen (muchos hoy en día) en qué consiste el pensamiento racional y razonable.

Pero, además del efecto placebo, existe otro igual de interesante, el nocebo

El nocebo es el efecto contrario al placebo: se produce cuando estamos tan absolutamente convencidos de la poca efectividad de una medicina que conseguimos disminuir sus virtudes. ES decir, el efecto nocebo se produce no por una reacción a la medicina en sí (no es uan reacción química, por ejemplo), sino por nuestras expectativas, por lo que este efecto puede producirse incluso cuando se administra un fármaco inerte, sin ningún tipo de efecto posible sobre el sujeto. Si ante una medicina en la que confiamos podemos generar dopamina, que es un potente analgésico (esa es una de las explicaciones del efecto placebo), ante un fármaco en el que no confiamos o al que tememos puede generarnos estrés, y el estrés a su vez puede debilitar el sistema inmunitario, favoreciendo la acción de virus y bacterias.

nocebo (2)

Peligro: este aviso puede potenciar los efectos
Este producto contiene ingredientes no activos, lo que puede ser potencialmente muy peligroso para la salud humana

Somos también víctimas del efecto nocebo (al menos en cierto modo) cuando tememos que una inyección nos va a hacer mucho daño… y efectivamente nos lo hace. No sólo por el efecto nocebo en sí, sino porque ponemos tenso el cuerpo, temblamos, nos movemos y hacemos que la aguja no penetre limpiamente, lo que nos causa dolor. Si el efecto placebo es el favorito de los optimistas, el nocebo sin duda lo es de los pesimistas.

La conclusión de todo esto es la que ya enunciaba el título de Un optimista es sólo un pesimista… bien informado: si uno está bien informado, será optimista. Pero, claro, el pesimista puede serlo tanto que, a pesar de toda esta útil información que le indica que debería ser optimista (que no imbécil ni ciego a la realidad) se sienta incapaz de cambiar: “Ese es mi problema; que no puedo cambiar”, lo que es sin duda una conclusión muy pesimista.

 Continuará…

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[Publicado por primera vez el 10 de octubre de 2005 en Mundo Flotante]

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Cómo leer a los filósofos

Koninck, Filósofo meditando en su lectura

Koninck, Filósofo meditando en su lectura

1. Leer a los filósofos directamente, en sus obras originales.

2. No anteponer prejuicios de ningún tipo, ya se refieran al aspecto físico del filósofo, a la utilización de su filosofía por uno u otro grupo, a la raza o a la nacionalidad o las preferencias sexuales, a su pertenecia a una u otra escuela o a su enfrentamiento con ésta o aquélla otra, a que esté de moda o no lo esté, a quienes le defiendan o a quienes le ataquen actualmente.

3. Una vez comenzada la lectura, no es correcto descalificar al filósofo a partir de un pequeño detalle erróneo que encontremos en sus obras. Incluso los filósofos más rigurosos no han podido evitar ciertos errores de bulto: machismo, nacionalismo y racismo. Sólo mediante una lectura serena y a fondo será posible decidir si ese o esos pequeños detalles son parte importante o fundamental de las concepciones filosóficas del filósofo estudiado. Es decir: si ese pequeño detalle se deduce necesariamente de la filosofía elaborada por nuetsro pensador, haciendo imposible tal filosofía sin dichos detalles.

4. No dejarse tampoco deslumbrar por aciertos ocasionales para proclamar nuestra adhesión total al filósofo. Muchos filósofos han escrito páginas magistrales y, sin embrago, sus intenciones han sido deleznables (su concepción política y religiosa, etcétera).

Aunque hay gente -sobre todo hegelianos- que dicen que si tomas una opinión de un filósofo determinado, entonces has de tomar todo su sistema (pues si no actuarías frívolamente), mi opinión personal es que es perfectamente lícito tomar o citar argumentos de un filósofo al que no se acepta de forma general, e incluso utilizar tales argumentos para defender ideas opuestas, siempre y cuando no se pretenda que aquel filósofo defendía tales ideas.

Esto puede parecer una aberración a algunos, pero, para que se vea que no se trata de tal cosa, pondré un ejemplo en el que se verá claramente…

[El texto se interrumpe bruscamente y no sé a qué ejemplo me refería]]


[Escrito en 1989, con la intención de proporcionarme a mí mismo unas reglas en mis estudios de Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid. Uno o dos años después, amplié este texto en Reglas para leer textos de filosofía]


CÓMO PENSAR MEJOR

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La inteligencia

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Metalenguaje, y otros libros que no has escrito

No te sorprendas, querido lector, porque yo sepa, sin conocerte siquiera, que no has escrito Metalenguaje. No es difícil adivinarlo, ya que muy pocas personas han escrito ese libro. Una de las que sí lo ha hecho es Sineb Sahine y no creo que tú seas Sahine, aunque sería una hermosa casualidad, sin duda.

Metalenguaje es un libro que me interesó en cuanto lo vi en La fugitiva, la librería en la que suelo desayunar y escribir, porque descubrí que en él aparecen muchos libros de esta biblioteca ideal. En el prólogo, la autora dice que pensó titular su libro Metaficción o incluso Metatextos, pero que prefirió Metalenguaje porque abarca recursos narrativos que escapan a los otros títulos. Admite que puede inducir a cierta confusión con el llamado metalenguaje lógico, que sirve para referirse con precisión al lenguaje objeto.

 

Un ejemplo de la diferencia entre un lenguaje objeto y su metalenguaje es la diferencia entre dos frases como:

Eva tiene tres hermanos.

Eva tiene tres letras.

En la segunda frase, el nombre Eva no está siendo usado como en la primera frase, sino que está siendo mencionado. La distinción entre uso y mención queda clara si usamos una herramienta de metalenguaje tan sencilla como las comillas y escribimos:

“Eva” tiene tres letras.

Sahine aclara la posible confusión e insiste en que no es su intención en el libro ocuparse de esa distinción lógica. Y entonces se sumerge en el análisis del uso del metalenguaje en la literatura a lo largo de más de cuatrocientas densas y amenas páginas. El primer capítulo comienza con la que muchos consideran como la primera novela moderna, Don Quijote de la Mancha, que es algo que podemos poner en duda recordando el Genji monogatari japonés.

Romance de Genji, de Murasaki Shikibu, extraordinaria obra que puede disputar al Quijote el título de primera novela moderna, puesto que fue escrita hacia el año 1100.

 

El Quijote no el primer ejemplo de metaficción, no dice Sahine, no sólo porque existen precedentes como los poemas de Cátulo, sino también porque en la Divina Comedia de Dante el propio autor, Dante Aligheri, es el protagonista del viaje al Infierno, al Purgatorio y al Paraíso. Sahine dedica uno de los más hermosos capítulos a la Divina Comedia y recurre a muy atinadas citas de los Nueve ensayos dantescos o de Siete noches, ambos de ese gran lector del Dante que fue Borges.

Dos autores en el Infierno: Dante y Virgilio

Una de esas citas de Borges refuta al narratólogo Gérard Genette, quien asegura que la intromisión del autor en su propia obra es un artificio más bien moderno:

“La idea de un texto capaz de múltiples lecturas es característica de la Edad Media, esa Edad Media tan calumniada y compleja que nos ha dado la arquitectura gótica, las sagas de Islandia y la filosofía escolástica en la que todo está discutido.”

Tiene razón Borges, y para darse cuenta de ello, basta con  recordar el Libro del buen amor de Juan Ruíz Arcipreste de Hita, La celestina de Fernando de Rojas, el Tratado de amores de Arnalte y Lucenda, donde el propio Diego de San Pedro es el confidente del despechado Arnalte; o a Boccaccio, que es sin duda el personaje que más se repite en sus obras, o los Cuentos de Canterbury de Chaucer.

Un excelente ejemplo de metalenguaje y construcción en abismo (myse-en-abyme) medieval. En una de las vidriedras de la catedral de Chartres se puede ver al creador de la vidriedra entregando la vidriera en la que él mismo aparece. (Tomado de Medieval ‘mise-en-abyme’: the object depicted within itself, por Stuart Whatling)

La Celestina

La enumeración de recursos de metaficción en la literatura medieval y en el Renacimiento ocupa varias páginas de los índices analíticos del libro de Sahine, que son muy útiles, no sólo porque los libros aparecen ordenados por fechas, sino también por autores y por títulos.

Me detendré aquí en uno de los libros en los que el mecanismo de la metaficción resulta más asombroso, El retrato de la lozana andaluza, de Francisco Delicado, del que se habla mucho pero que se lee poco, quizá porque la mayoría de la gente piensa que es sólo una película de Vicente Escrivá de la época del destape.

 La lozana andaluza fue escrita en 1524. Aldonza, la protagonista, es una cordobesa “compatriota de Séneca, y no menos en su inteligencia y resaber”, que ha llegado a Roma y se dedica a la prostitución “para ser siempre libre y no sujeta a ninguno”. Allí conoce a Rampín, un muchacho listo y gran amante que se convierte en su chulo, y con el que acabará retirándose a Lipari, adoptando el nuevo nombre de Vellida.

El libro no se divide en capítulos, sino en mamotretos “porque en semejante obra mejor conviene”, dice Delicado, seguramente porque en la rica etimología de esa palabra se encuentra una clave o contraclave que hay que descifrar, otra de las aficiones heredadas de la Edad Media. Después de seguir las divertidas, ingeniosas y casi pornográficas andanzas de Aldonza y Rampín, en el mamotreto XVII leemos:

“Información que interpone el Autor para que se entienda lo que adelante ha de seguir… AUCTOR: «El que siembra alguna virtud coge fama; quien dize la verdad cobra odio.» Por eso notad: estando escribiendo el pasado capítulo, del dolor del pie dexé este cuaderno sobre la tabla, y entró Rampín y dixo: «¿Qué testamento es éste?»

El testamento es el mismo libro de La lozana andaluza, en el que aparece Rampín, quien llega a la casa del autor y empieza a hacerle preguntas acerca del libro del que ambos son personajes. En otro mamotreto, el autor llegará a conocer a la Lozana, que le propone tener un hijo suyo.

Ahora bien, no está claro que los ejemplos de La lozana andaluza pertenezcan al mismo tipo de metalenguaje en el que la historia se mete dentro de la historia, como cuando el guionista Charlie Kauffman escribió el guión de una película llamada Adaptation (El ladrón de orquídeas), en la que el guionista Charlie Kaufman tiene que escribir el guión de una película llamada Adaptation, pero se bloquea y se mete a sí mismo en la película que…

No está claro que sea el mismo tipo de metaficción, porque podríamos pensar al leer La lozana andaluza que lo que sucede es que Francisco Delicado conoció de verdad a la Lozana y a Rampín (aunque tuvieran otros nombres) y que decidió escribir la historia de su vida, historia en la que él es parte de la misma. Si así fuera, la Lozana andaluza, como dice Louis Imperiale, sería también innovadora, pues se trataría de la primera novela española que emplearía el desorden cronológico del texto:

“El autor-narrador salta, de un polo a otro de la historia, sin previo aviso, exactamente como ocurre en muchas ficciones recientes (Joyce, Faulkner, Robbe-Grillet, Cortázar…).

La Lozana y otros personajes

En cualquier caso, la novela de Delicado esconde otros placeres metatextuales, que se añaden a la lectura del propio texto, como un pequeño juego de ingenio que he descubierto y que tiene que ver con la distinción de la que hablé al principio de este artículo entre uso y mención de las palabras:

“AUCTOR: Quisiera saber escribir un par de ronquidos, a los cuales despertó él y, queriéndola besar, despertó ella, y dixo: LOÇANA: ¡Ay, señor! ¿Es de día?”

Tal vez en una próxima ocasión vuelvan a aparecer entre los apretados estantes de esta biblioteca imposible el libro de Francisco Delicado y el de Sineb Sahine.

 


[Publiqué la primera versión de este artículo por primera vez en 2010 en Divertinajes]

 

Los filoetimólogos

Platón por Giovanni Pisano

Con la expresión filoetimólogos me refiero a los filósofos que piensan que las cosas se pueden explicar conociendo el origen de la palabra que designa esa cosa. Aunque es cierto que en muchas ocasiones el origen de una palabra ayuda a comprender muchas conceptos, se trata de una de esas típicas verdades que se han convertido en errores porque han sido exageradas y llevadas al extremo, utilizaándose fuera de su campo de acción y queriendo explicarlo todo.

Que yo sepa, el primer filoetimólogo, la primera persona que usó la etimología para demostrar y explicar la realidad fue Platón, quien a menudo, dicen los expertos, se inventaba incluso la etimología de las palabras, para así demostrar mejor su tesis.

Entre los filoetimólogos posteriores, ha habido dos escuelas muy importantes: la que considera que el idioma que esconde el secreto de la realidad es el griego y quienes se inclinan por el alemán. Al parecer, algunos pensadores aseguran que en árabe no se puede decir nada falso por la misma esencia del lenguaje árabe, lo que resulta muy difícil de creer.

Naturalmente, los filoetimólogos más sofisticados son los estudiosos de la Cábala y los escritores talmúdicos, que encontraban en cada palabra, frase o letra uno o varios sentidos ocultos. Hace años escribí un cuento que trataba de esto: La Nueva Teología, que estaba incluido en mi libro Recuerdos de la era analógica, pero que finalmente se ha publicado en El camino de los mitos II.

En mi ensayo Elogio de la infidelidad, hablo de los filoetimólogos y pongo un ejemplo más o menos real de la etimología de la palabra religión. Lo copio aquí:

“Sin embargo, hay otra legión de filósofos del lenguaje que no son los filósofos del lenguaje propiamente dichos: son quienes buscan en el origen y la evolución de las palabras la solución de los problemas. Se les puede llamar filoetimólogos, porque confían en que la etimología proporcione las respuestas a problemas que parecían insolubles.
Por ejemplo, ¿qué es la religión? Los filoetimólogos responden:

“Religión es lo que une, porque religión viene de “religo/as” unir lo que estaba separado. ¿Y qué unión es esta? La que ha de existir entre el hombre y Dios, o entre el hombre y la naturaleza, o entre el hombre y la humanidad. Unión, en cualquier caso de algo separado, concepto amplio que nos permite abandonar la idea trivial de un Dios personal y aceptar que también el budismo es una religión, una religión sin Dios, como sostenía Helmunt von Glasenapp .”

Si esto se pronuncia con suficiente solemnidad, puede causar un gran efecto en la audiencia, que queda narcotizada momentáneamente.”

 

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[Publicado el 24 de abril de 2004]

Empleo la palabra filoetimólogos en el juego de Fritz Mauthner “La doble etimología

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SIGNOS

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cibernia

JUEGOS CON EL LENGUAJE

 

Contra la razón

Gente que jamás ha leído una linea de los partidarios del relativismo cultural -y mucho menos de sus detractores-, se lanza con pasión al ruedo y en cualquier conversación proclaman: “Todo es relativo”, impidiéndo o pretendiendo impedir que razones de una manera mínimamente sensata sobre cualquier cuestión. La opinión de esta gente es que, puesto que todo es relativo, tiene tanta razón el que corta cabezas como el que sacrifica niños a los dioses.

Ya he escrito y escribiré sobre el relativismo cultural, pero ahora me interesa descubrir por qué la gente tiene tanta facilidad para quedarse con todas aquellas ideas que, ya sea en su origen, ya un poco pervertidas por sus exégetas, atacan al pensar razonado.
¿Por qué la gente goza con los fracasos (la mayoría de las veces sólo supuestos) de filósofos o científicos? Parecen considerar una equivocación científica como un triunfo de la humanidad y son expertos en mil artes diversas, especialmente en la astrología y la quiromancia.

Hasta aquel que jamás ha leído un libro de psicología o filosofía es capaz de definirse a sí mismo o a cualquier otra persona con un único dato: el signo de su nacimiento.

Recuerdo que en una ocasión C… y yo leímos las predicciones astrológicas de una revista. Sorprendentemente parecían señalar hechos y situaciones bastante acertadas. Lo más divertido vino cuando la semana siguiente vimos en esa revista una Fe de Erratas: “los signos y la predicción de cada uno de ellos no se correspondían la semana pasada, la predicción del primer signo debía ir bajo el segundo signo, etcétera”.


[Escrito en 1987. Son anotaciones de un diario, no un artículo]

Primeros principios falsos

Dice Descartes:

      “Así también, cuando partimos de principios falsos, cuanto mas los cultivemos y nos esforcemos en sacar de ellos diversas consecuencias, creyendo filosofar bien, más nos alejaremos  del conocimiento de la  verdad  y de la sabiduría”.

Este es uno de aquellos pasajes de Descartes en los que él mismo parece intuir el peligro al que se expone al basar todo su sistema filosófico en primeros principios. También será, sin duda, uno de los pasajes preferidos de quienes creen que los libros de Descartes se deben leer con una contraclave que refutaría muchas de las cosas que aparentemente demuestra, como si el propio Descartes hubiera escrito sub rosa (no en vano fue acusado de rosacruz).


 

1999
En cuanto a lo de las primeras causas o principios, también podría suceder una cosa: que no se pudiese acceder a las primeras causas.

Por ejemplo: tenemos un texto escrito por ordenador, digamos, un cuento.

Pues bien, está claro que el texto ha sido generado mediante el ordenador, pero si el ordenador es destruido, resulta una ingenuidad pensar que a partir del texto escrito se pudiese deducir el ordenador. Lo mismo podría suceder con todo el universo. Voy a desarrollar esta idea en Cronos 5.

2015
Dos aclaraciones: sub rosa (bajo la rosa) es una denominación para un escrito secreto, que oculta algo.

En cuanto al comentario de 1999, tiene que ver con la deducción inversa, un asunto del que hablo en No tan elemental: cómo ser Sherlock Holmes. Aunque la deducción inversa es capaz de grandes hazañas, como encontrar con qué máquina de escribir se ha escrito un texto en un papel, no parece que sea posible deducir el ordenador. La impresora quizá sí, no estoy seguro. La manera de deducir el ordenador sería si en al impresora puede quedar alguna marca de la conexión con un ordenador determinado, por ejemplo en el cable que conecta el ordenador con la impresora. Pero tendrían que darse una serie de improbables casualidades y siempre podríamos imaginar que el texto ha sido enviado por un ordenador a través de la red e impreso en una impresora no conectada al ordenador original. Incluso en tal caso, tal vez se podría rastrear hasta llegar al ordenador original, pero esa deducción no se haría a través del examen del papel impreso, sino a partir de una investigación más compleja. En cualquier caso, no sé si desarrollé el tema en Cronos 5 (Cronos es una especie de diario privado).


Acerca de la relación de Descartes con los rosacruces escribí un capítulo en La verdadera historia de las sociedades secretas.

 [Los  principios de  la filosofía, de Descartes]

[martes 9 de enero de 1990]