Los espejos de Gardner y Dickson Carr

En Izquierda y Derecha en el Cosmos, Martin Gardner habla de un relato de misterio en el que un espejo juega un papel fundamental, pues una joven, sin darse cuenta, mira la hora de un reloj que se refleja en un espejo.

espejo y reflejo

Si este reloj no tuviera números, alguien podría pensar que son casi las cuatro en vez de casi las ocho.

Recuerdo que en La Cámara Ardiente, de John Dickson Carr, maravillosa novela que propone dos explicaciones, una racional y otra sobrenatural, también es fundamental un espejo en la resolución (o no resolución) final.


 

[Escrito antes de 1995]

La relatividad del relativismo

nube-palabra-abstracta-para-relativismo-con-etiquetas-y-terminos-relacionadosAlgunos pensadores tienen la curiosa costumbre de defender una idea con ardor hasta lograr que signifique lo contrario de lo que siempre ha significado. Uno de los éxitos más recientes en este sentido el de esa corriente antropológica, luego filosófica, luego política y luego popular y cotidiana que se conoce como “relativismo”. Naturalmente, no me estoy refiriendo a la teoría de la relatividad de Einstein, ni siquiera al relativismo epistemológico sino tan sólo al relativismo cultural.

El relativismo cultural nació de una idea muy sana y razonable, la del respeto a otras personas y a otras culturas, la idea de la tolerancia, la amplitud de miras y el rechazo al dogmatismo y el etnocentrismo. Pero esa idea sana y muy recomendable acabó enfermando hasta convertirse en lo que es hoy: una justificación del abuso, la crueldad, la discriminación y cualquier otra cosa… que haga una cultura ajena.

Todo queda justificado y tolerado siempre que proceda de una cultura que no es la nuestra, porque cualquier barbaridad que alguien pueda cometer ya no puede ser juzgada si pertenece a otra cultura. De este modo, el relativismo cultural se ha convertido en el mejor ejemplo de aquello que decía Chesterton: “El error es una verdad que se ha vuelto loca”. Es una de esas verdades que eran válidas en ciertos contextos, en cierto campo de acción, pero que se vuelven locas al querer aplicarlas de manera absoluta e indiscriminada a todo lo existente.

Es obvio que Freud hizo muy bien al descubrir o redescubrir el gran papel que la sexualidad tiene en la infancia, lo que causó el mayor de los escándalos en su época, pero que hoy aceptamos con bastante naturalidad aunque todavía no con toda la naturalidad deseable. Pero cuando Freud convirtió su descubrimiento en una explicación para todo lo que existe, entonces esa verdad se volvió loca y se convirtió en un error. Lo mismo le sucedió a su discípulo heterodoxo Adler, que descubrió la importancia del ansia de poder y que entonces decidió explicar ahora por el poder todo lo que antes Freud explicaba por el sexo.

El relativismo también tiene entre sus precursores a muchas personas justamente célebres. A todos los que se separaron ya hace varios siglos del etnocentrismo, un vicio habitual en casi cualquier cultura, porque el etnocentrismo no es sólo eurocentrismo, sino también africanocentrismo, cristianocentrismo, incacentrismo, aymaracentrismo o sinocentrismo (no en vano los chinos llaman a su país Zhong Guo o País del Centro). En Europa, hace varios siglos, algunos pensadores se opusieron a esa obsesión por la superioridad de las normas de la propia cultura. Lo hizo Montaigne, lo hicieron muchos de los ilustrados franceses y lo hizo Goethe, que se atrevieron a mirar más allá de sus fronteras nacionales o étnicas. No sólo sintieron una curiosidad enorme hacia otras culturas, sino que también intentaron escuchar lo que decían otras gentes, aplicando lo que entonces se llamaba tolerancia, una palabra que quizá suena demasiado paternalista pero que sigue siendo válida, como intentaré demostrar más adelante.
MontaigneMontaigne, en su ensayo De los caníbales (que inspiró a Shakespeare La tempestad y su personaje Caliban), se preguntó si no tendrían razón algunas de esas personas “primitivas” que los europeos se habían encontrado en América. Se aventuró a sugerir que algunas de sus prácticas serían beneficiosas y aplicables en Europa, incluso el canibalismo, y que muchas de las nuestras eran más bárbaras que las suyas. Sin embargo, eso no le hizo justificar  las prácticas crueles o sanguinarias. Diderot, en su Suplemento al viaje de Bouganville, se hizo preguntas semejantes y se mostró partidario de lo que se suponía que practicaban los habitantes de Tahití: una especie de amor libre en el que el concepto de fidelidad era considerado absurdo.

Emperador Ming-Muchos otros, como Leibniz o Voltaire admiraron algunas formas de organización del Imperio Chino, pero no cayeron en una idealización de lo chino exagerada, como han supuesto algunos historiadores, puesto que la China de la que les llegaban noticias era la de la dinastía Ming, en ese momento probablemente más avanzada en muchos sentidos que Europa. Tras la caída de los Ming a manos de una dinastía extranjera, la de los manchúes, la Qing, China perdió esa ventaja y todavía no la ha recuperado, aunque es posible que lo haga en las próximas décadas. Pero la admiración hacia la dinastía Ming estoy seguro de que no les haría justificar (si lo hubieran conocido, cosa de la que no estoy seguro) prácticas abominables como el vendado de pies de las mujeres.

Goethe, Diván de Oriente y Occidente

Goethe, Diván de Oriente y Occidente

Por su parte, Goethe, se interesó por el Lejano Oriente, pero también por la gran cultura del Islam, y con su Diván de Oriente y Occidente buscó lo mejor de los dos mundos e incluso se consideró a sí mismo musulmán, entre otras muchas cosas que Goethe se consideraba, como panteísta, siempre a su manera única, moderada y extravagante al mismo tiempo.

Todos estos escritores y filósofos no es que fueran tolerantes de una manera paternalista, sino que estaban realmente interesados en aprender lo que otras culturas y  gentes educadas de distinta manera pudieran enseñarles. Su investigación y comparación con lo diferente les llevaba a proponer mejoras para su cultura, pero también para la ajena.

Por el contrario, los relativistas culturales, a pesar de proclamar ardientemente su respeto a las otras culturas, adoptan una actitud peor que cualquier paternalismo, porque son quienes más desprecian a las culturas ajenas, al no considerar ni siquiera posible discutir con ellas. Porque, en efecto, sucede que en una conversación franca y equilibrada uno debe estar dispuesto no sólo a cambiar de opinión sino también a intentar que el otro cambie de opinión dándole buenos argumentos, precisamente porque lo respeta y lo considera un interlocutor que es capaz de escuchar y que acepta llegar a ser convencido. El buen relativista cultural, por el contrario, está dispuesto a escuchar y entender el punto de vista ajeno, pero por alguna extraña razón, tan solo de la misma manera que un psicoanalista escucha pacientemente a su paciente o un cura a su pecador. Convierten cualquier diálogo en un monólogo de una única dirección. La diferencia es que el psicoanalista y el cura se reservan el veredicto final. Los antropólogos relativistas, puesto que no quieren juzgar, han concluido que tampoco deben dialogar.

Otro defecto más grave de los relativistas culturales es que cuando dicen respetar a una cultura, en realidad lo que hacen es respetar a los poderosos de esa cultura, a aquellos que, escudándose en tradiciones culturales, abusan de sus ciudadanos, que a la mayoría de las veces ni siquiera son ciudadanos, sino tan sólo súbditos, siervos o esclavos.

Las culturas, sin embargo, no son entes homogéneos, sino una mezcolanza de tradiciones, costumbres, obras literarias y orales, discusiones y debates, que son llevadas a cabo por personas de carne y hueso, cada una con sus propias opiniones acerca de lo que esa cultura es o debe ser. Hay personas que aunque pertenecen a una cultura no se sienten identificadas con ella, y también, por supuesto, hay variedades culturales muy diversas en una misma cultura, con valores a veces opuestos. A todas esas personas, a todas esas posibilidades, los relativistas las olvidan y las subsumen en una construcción teórica llamada “Cultura”, en cuyo nombre todo es justificable.

Hace poco pudimos escuchar a uno de estos relativistas culturales decirlo claramente: “Su ideología fue el desencadenante de sus acciones, que deben ser consideradas desde el punto de vista de la cultura a la que pertenece”. Y no, por tanto, desde la nuestra.

¿Qué quería justificar este relativista cultural con esa apelación a una cultura diferente?

El asesinato de 77 personas en Noruega a manos de un tal Breivik. A continuación, ofrezco las palabras del abogado de Breivik, y espero que el lector esté de acuerdo en que no he manipulado su sentido al parafrasearlas hace un momento:

“La violencia no fue el factor desencadenante de sus acciones, sino su ideología política radical. Sus acciones deben ser consideradas desde el punto de vista de la cultura de la extrema derecha”.

MussoliniLa defensa es coherente con la que hacen los relativistas culturales, aunque ellos suelen aplicar sus argumentos a los sacrificios humanos, la ablación del clítoris, el uso del velo, es decir, a cualquier cultura que no sea “occidental”.

Mucho tiempo antes, otras personas dijeron cosas semejantes a lo que dijo el abogado de Breivik, como Mussolini, cuando dijo que los sabios de Europa pensaban que no se podían discutir o juzgar culturas ajenas. Eso le hizo llegar a la conclusión de que, puesto que no se pue­den com­pa­rar de manera racio­nal ideas pro­ce­den­tes de diver­sas cul­tu­ras para intentar encontrar una verdad más o menos objetiva, lo único que queda es la fuerza:

 “Si el relativismo significa desprecio por las categorías fijas y por los hombres que aseguran poseer una verdad objetiva externa…, entonces no hay nada más relativista que las actitudes y la actividad fascistas” (Mussolini en 1923).

Este discurso de Mussolini, en el que una y otra vez se declara relativista, es una elocuente muestra de que el relativismo cultural es el camino más breve para justificar lo que parece  (pero solo lo parece) su opuesto: el etnocentrismo, es decir, la creencia que afirma que la propia cultura es superior a las demás, que, como dije más arriba, es lo que han sostenido y sostienen casi todas las tradiciones culturales. El relativismo cultural, por lo tanto, no es otra cosa que la generalización universal de la creencia en la superioridad de la propia cultura, que ahora se aplica, de un solo golpe, a todas las culturas posibles: si alguna cultura opina X, entonces X es bueno.

Por mi parte, frente a ese falso respeto de los relativistas culturales por “los otros”, prefiero a los antiguos defensores de la tolerancia y el diálogo, capaces de escuchar y también, por supuesto, de discutir y de cambiar sus propias ideas, algo que no se puede hacer si uno ha renunciado a tener ideas.


[Publicado el 27 de junio de 2012]


RELATIVISMO

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Recuerdos de infancia y Feynman

Me han sorprendido algunas coincidencias entre mis aficiones y las de Feynman. La diferencia es que yo solo he pensado algunas de las cosas que él pensó, pero que él, además, las desarrolló de una manera práctica.

Este texto es un fragmento extraído de la ficha del libro de Feynman ¿Está usted de broma, señor Feynman?

Me he encontrado como él, y supongo que como muchos otro s niños, ante el problema de tener que apagar un pequeño incendio, consecuencia de jugar con fuego. Siempre me gustó hacer pequeñas fogatas en los ceniceros o en el suelo de mi habitación, aunque mi intención era observar cómo se quemaban los papeles, retorciéndose en la llama, y a veces añadía soldaditos de plástico que se retorcían en un pavoroso incendio en medio de la batalla.

Creo que también tuve una vez un problema bastante grave (en Barcelona) con un juego de química que me regaló mi padre.

Hablando de juegos infantiles, recuerdo que en una ocasión decidí jugar a las canicas en mi habitación, de la misma manera que lo hacía en el patio del colegio. La cosa consistía en meter las canicas en un agujero. Como el suelo de mi habitación no tenía agujeros, al principio intenté jugar lanzando las canicas hacia la abertura de un vaso tendido horizontalmente, una idea que se me ocurrió al ver que así era como Rip Kirby jugaba al golf en su casa, pero lo cierto es que este sistema no me agradaba demasiado, así que decidí hacer un verdadero agujero. Cogí un cuchillo y empecé a rascar entre cuatro baldosas. No sé si esa misma noche o días después conseguí abrir un agujero bastante considerable a costa de estropear cuatro baldosas.

No recuerdo muy bien cómo me las ingenié para ocultar el agujero a la vista de mi madre, pero sí sé que ella acabó descubriéndolo y mi juego de canicas acabó, al poner una especie de parche de yeso en el lugar que antes ocupaba (o no ocupaba) mi agujero.

No son anécdotas divertidas como las de Feynman, pero me agrada recuperar hechos de esos años que creía haber olvidado. Por alguna razón, que no me explico, me cuesta mucho recordar sucesos anteriores a mis catorce años, aunque ese agujero en mi memoria también parece que está siendo rellenado en los últimos meses, quizá porque me esfuerzo en ello.

A mí también me gustaban mucho las radios, y he perdido bastante tiempo intentando arreglarlas después de haberlas desmontado, aunque con escaso éxito, al contrario que Feynman. Ahora intentaré arreglar una que tengo totalmente destrozada (para ello necesitaré un soldador), animado por los relatos de Feynman.

Recuerdo que también me sorprendió descubrir, en el curso de mis fracasadas reparaciones de radios, que al tocar el altavoz se oía el ruido del roce, pero nunca llegué a intuir la aplicación de este descubrimiento para usar el altavoz como micrófono.
Siguiendo con este pequeño recuerdo de sucesos de infancia: Santos Parrilla me contó una vez que un día se encontró a mi padre y le preguntó:

-¿Qué tal están tus hijos? (yo tenía unos dos años y mi hermana tres)
– Bueno, la niña está muy bien.. pero Daniel me parece que ha salido algo retrasado.
-¿Y eso?
– Bueno tiene casi dos años y todavía no habla ni una palabra.

Por cierto, para corregir este aparente retraso me dieron pastillas de fósforo o algo parecido.

Quizá esta tardía incorporación al lenguaje hablado haya sido la causa de que hasta los veinte años fuese yo incapaz de pronunciar la “s”, y de mi mala vocalización (que aún constituye uno de mis peores defectos, aunque espero corregirlo). Tal vez también influya en el hecho de que suele resultarme mucho más fácil y productivo expresarme por escrito que oralmente.

También me han contado que una vez me encerradon junto a otro niño en una habitación llena de juguetes, para poder estar ellos, los mayores, tranquilos. Yo no soporté el encierro y empecé a lanzar desde la ventana uno tras otro todos los juguetes, hasta dejar la habitación vacía. Según alguna versión, tal vez exagerada, los adultos entraron en la habitación justo a tiempo de evitar que tirase por la ventana a mi compañero de juegos.

Pero no era mi intención al empezar a escribir esto hablar de mí, o al menos no sólo de mí, sino de Feynman y de algunos rasgos caracteríales que compartimos. Lo anterior valdrá para cuando me decida a contar historias de mi infancia (entonces intentaré narrarlas de manera más divertida).

Comparto con Feynman esa “especie de compulsión para resolver rompecabezas y acertijos”; quizá esa compulsión sea la causa de que se me den bien los tests de inteligencia, no porque yo sea más inteligente que quienes obtienen peores resultados, sino porque disfruto resolviendo problemas. Creo que he leído, o me han dicho, que una persona de 25, 30 o 40 años no puede superar la puntuación que obtuvo en un test de inteligencia a los 14 o a los 18 años. Yo no creo que sea así. Creo que lo que pasa es que la gente suele tener menos deseos de resolver acertijos cuando deja atrás la adolescencia, que su capacidad de resolver problemas decrece o se dirige hacia otro tipo de cuestiones. Estoy convencido de que puedo mejorar la puntuación que obtuve en aquel test que hice a los 14 o 15 años. De hecho, lo hice en una ocasión, tras comprarme un libro de test de inteligencia.

Es curioso que, no sé si este año o el año pasado, se me ocurrió hacer lo que Feynman cuenta en las páginas 27-28: me propuse hallar por mí mismo y sin usar ningún tipo de ayuda, teoremas geométricos, reglas, relaciones, etcétera. Creo que también empecé con los triángulos, pero lo dejé después de descubrir dos o tres resultados. El asunto consistía en dibujar, por ejemplo, un triángulo con los tres lados iguales y descubrir maneras de calcular las distintas relaciones entre los ángulos, el área, etcétera. He de decir que mis conocimientos de geometría son practicamente inexistentes (por cierto, tengo que leer un artículo de Gardner en el que propone al lector hallar teoremas que sirvan para una geometría no euclidea; él mismo describe cómo es esa geometría).

También he sido y soy muy aficionado a inventar soluciones ingeniosas a pequeños problemas (en el libro de Feynman: páginas 28 a 35), aunque raramente las llevo a la práctica, y a hacer pequeñas investigaciones caseras. Durante algunos meses llevé a cabo una especie de experimento con lentejas, plantándolas en cajas de huevos de plástico y controlando rigurosamente, en una libreta que aún conservo, su crecimiento. Recuerdo que trazaba gráficos en los que cada ejemplar de lenteja era definido por un color y un nombre. Los nombres estaban sacados, si recuerdo bien, de la historia antigua: Asurbanipal, Akenaton, Alexander, etcétera.

 

Mi metafísica

metafisica flammarion

No me gusta la palabra metafísica. No me gustan los planteamientos metafísicos ni los sistemas filosóficos metafísicos.

Las filosofías de corte metafísico siempre -o casi siempre- me han parecido casi indistinguibles de las filosofías místicas.

Existe en mí una fuerte tendencia a identificar los términos metafísica-mística-mítico, quizá por la proximidad de su sonido.

Pero se me dice que el rechazo de la metafísica es un planteamiento metafísico y que detrás de toda física hay una metafísica. Yo acato esta opinión tan extendida, aunque no la comparto, o la comparto de un modo trivial.

Me explicó: sé que la palabra ‘metafísica’ procede de un célebre accidente: cuando Andrónico de Rodas ordenó las obras de Aristóteles, incluyó varios tratados de contenido diverso en un sólo volumen. Este volumen lo situó a continuación de la Física, así que acabó siendo llamado Metafísica (meta= después, a continuación).

A causa, pues, de este afortunado error, se ha denominado ‘metafísica’ al estudio de aquello que está más allá de la física. Dicho de otro modo: la metafísica se ocupa de lo que realmente existe, mientras que la ontología estudia lo que meramente hay (lo aparente).
He aquí el motivo de mi rechazo a la metafísica. Yo creo que es una falacia distinguir entre lo que realmente existe y lo que existe aparentemente, puesto que, aunque creo que pueden existir cosas que no conocemos o que no percibimos (pero que quizá llegaremos a percibir), esas cosas existen tan realmente como existen las cosas aparentes.

Pero de eso hablaré más adelante.

Así pues, mi metafísica no postula una realidad trascendente.

Luego, creo yo, es impropio incluso considerarla metafísica.

Pero, como está establecido, como ya dije antes, que el rechazo de la metafísica es una elección metafísica, acepto considerar lo que viene a continuación como mi metafísica.

(1) NO EXISTE UN MUNDO REAL Y UN MUNDO APARENTE
El mundo que percibimos es considerado mera apariencia por los esencialistas y por los místicos. Yo creo que el mundo que percibimos es resultado de la interacción entre nuestros sentidos y el mundo exterior. Ed Witten dice que existen unas partículas diminutas llamadas ‘supercuerdas’. Una de estas partículas es respecto a un átomo como un átomo es respecto al planeta Tierra. Nuestras dimensiones no nos permiten percibir las supercuerdas y posiblemente nunca podremos percibirlas, ni siquiera indirectamente.

Pero Witten ha imaginado modos de contrastar su teoría. Por ello, su teoría no es una teoría metafísica.

Pero imaginemos que todo nuestro universo fuese una simple supercuerda en un superuniverso inimaginablemente grande. En ese superuniverso podrían existir seres parecidos a nosotros, pero a una escala increiblemente mayor a la nuestra. Desde un punto de vista metafísico, ese universo sería lo que realmente existe, siendo nuestro universo mera apariencia.

Desde otro punto de vista, igualmente metafísico, la verdadera realidad -el soporte de todo lo aparente- sería la constituida por las diminutas supercuerdas de nuestro propio universo. Pero, en mi opinión, esto es solo un problema de escala.

El superuniverso es un superuniverso para nosotros, pero para sus habitantes sería un universo hecho a su propia escala. Ellos no podrían percibir la supercuerda que es nuestro universo, e incluso podrían pensar que la verdadera realidad es la constituida por supercuerdas como la que constituye nuestro universo (pese a que no pudieran percibirlas).

Con todo este esfuerzo de imaginación, lo único que quiero decir es que, existan o no microuniversos y macrouniversos, nuestro propio universo tiene el mismo derecho a ser considerado real. Si existe una cadena interminable de universos, eso no significa que no sean todos ellos igual de reales.

Cuando los místicos dicen que el mundo material, el mundo que percibimos, es sólo apariencia, y que en realidad sólo existe Dios y nosotros -nuestras almas-, o únicamente Dios, no dicen nada.

Me explico: sea o no éste un mundo aparente, muestra una asombrosa coherencia y obedece más o menos a leyes concretas, así que, sea o no el mundo real, para habitar en él hemos de comportarnos como si lo fuera.

Dicho de otro modo, que puede parecer algo paradójico: lo aparente existe, al menos en cuanto aparente. Así, existe esta pluma y este papel, y la mesa en la que escribo, aunque sólo existan aparentemente, y no existe, ni siquiera aparentemente, una paloma en vez de la pluma y una naranja en vez del papel, y un puñal en vez de la mesa.

M… me dijo algo muy interesante respecto a este tema de lo real y lo aparente: “lo numénico (lo real) es numénico en tanto en cuanto no es percibido, convirtiéndose en fenoménico al ser percibido”. Cuando me lo dijo no estuve muy seguro de que sea lo mismo que yo opino, pero ahora me parece que sí lo es.

Si lo interpreto bien, significa que algo es numénico para nosotros a causa de nuestras limitaciones sensoriales, perceptivas o racionales, es decir, no es fenómeno. Pero esta categoría de numénico es, en cierto modo, un accidente: para un ser del macrouniverso, su propio universo sería fenoménico, y el nuestro numénico. Pero, en definitiva, ambos universos existirían.

Creo, en efecto, que esta es una manera distinta de decir algo que coincide con mi opinión de que sólo existe lo fenoménico, no en tanto que es percibido, sino en tanto que hipotéticamente perceptible (las supercuerdas podrían existir y no ser percibidas jamás, pero hipotéticamente podrían ser percibidas por seres más diminutos que ellas).

Aunque quizá convendría matizar esa frase de que sólo existe lo fenoménico: a mí, más que decidir si esto o lo otro o aquello existe, lo que me interesa es destacar que lo aparente existe. Así que la frase debería ser: “Lo fenoménico existe”, o “lo aparente es tan real como las supuestas esencias incognoscibles”.

Voy a explicar brevemente la modificación de la frase en el siguiente apartado.

(2) LA EXPLICACIÓN DE CÓMO ES UNA COSA NO ES LA EXPLICACIÓN DE LO QUE UNA COSA ES (O AL REVES)
Leyendo un texto acerca de los escépticos, encontré que Demócrito es citado entre sus predecesores -de los escépticos-; a pesar, se añadía, de que proponía un programa dogmático o esencialista:

“En apariencia lo dulce, en apariencia lo salado, en realidad, átomos y vacío”.

No voy a emprender aquí una nueva defensa de Demócrito e incluso admito que es muy posible que tenga razón el crítico, pero a la conocida frase de Demócrito es perfecta para explicar este segundo punto.

Yo creo, en efecto, que lo dulce y lo salado son producto de una determinada composición molecular. En eso estoy de acuerdo con Demócrito. Creo también que las cualidades sensibles dulce y salado dependen del ser percipiente y de la comparación, como decía..(?)
En lo anterior también estoy de acuerdo con Demócrito y con Berkeley.

Ahora bien, en lo que no estoy de acuerdo es en que lo dulce y lo salado sólo sean aparentes. Creo que son producto de la interacción entre una estructura molecular o material y un ser percipiente, pero en cuanto que son percibidos, existen. Y además, la estructura molecular que provoca en un hombre la sensación de lo salado sigue existiendo aunque no siempre haya de provocar la misma sensación (por ejemplo, para un hombre con el paladar quemado, no resultará salado lo que es para mí), incluso, la misma cosa puede parecerle a alguien salada y a alguien dulce.

Pues bien, lo que yo rechazo es el planteamiento esencialista que sostiene que una cosa es aquello por lo que ha llegado a ser o aquello de lo que está compuesta.

Si descomponemos una naranja en moléculas, podremos decir que está compuesta de moléculas, pero no que la naranja es las moléculas, que la naranja no existe y que sólo existen las moléculas. Si dijéramos tal cosa, también podríamos decir que no existen las moléculas, sino sólo los electrones, o las supercuerdas, etc.

Dicho de otro modo: un gajo de naranja no es una naranja. La piel de la naranja no es la naranja. Ahora bien, esto no significa que la naranja sea una entidad mágica.

En definitiva, descendiendo a la manera de una metafísica fisicalista, a través de partículas cada vez más pequeñas no explicaremos qué es una naranja, a lo sumo explicaremos cómo es una naranja. Y aún en el caso de que explicásemos qué es una naranja (aún admitiendo esta concesión lingüística) ello no hará menos real a la naranja.

Al final del punto (1) dije que explicaría por qué es mejor decir “lo aparente es tan real como las supuestas esencias incognoscibles”, que decir “sólo existe lo fenoménico”.

Creo que ya está bastante explicado. Sólo añadiré una cosa: si cogemos una naranja y le quitamos la piel, la pulpa, el jugo, etcétera, nos quedaremos sin naranja. ¿Dónde está la naranja? Alguien dirá: la naranja son los átomos. Pero los átomos no son de color naranja, ni saben a naranja. Otro dirá: la naranja está contenida en la semilla, en el ADN del naranjo, que es distinto al de un almendro. Aún admitiendo eso -que no lo admito-, el ADN de un naranjo, o la semilla, no es esta naranja concreta, así que si la naranja fuese la semilla, ¿qué es todo eso que tiene la naranja y que no tiene la semilla? ¿Acaso no existen todas esas cosas?

Así que no creo que explicar cómo están hechas las cosas sea explicar qué son en esencia las cosas. Relacionado con esto -aunque no directamente con estos comentarios-, diré que no comparto la opinión de que descubrir las causas últimas, por ejemplo las leyes de la naturaleza, sirva para resolver los problemas morales, éticos o políticos del hombre. Hay pensadores que parecen creer que una perfecta explicación del mundo tendrá un efecto redentor sobre la sociedad humana. Yo creo que como mucho -y no es poco- nos servirá para rechazar dogmatismos religiosos o de otro tipo, pero no para indicarnos cómo debemos vivir.

Es no sólo una ingenuidad, sino un absurdo indeseable, pensar que conocer la estructura de la materia nos va a servir para comunicarnos mejor unos con otros. Que un zapato esté o no compuesto de átomos le es absolutamente indiferente a un zapatero (como mucho le servirá indirectamente para adquirir mejores productos, como pegamentos obtenidos en laboratorio).  Como escribí hace años: (???)

Con esto no quiero decir que haya que despreciar los conocimientos científicos, ni mucho menos. No hay nada que me interese más que las cuestiones científicas, excepto la mitología, creo.

Pero si queremos conocer la pintura de Miguel Angel, de nada nos servirá una descripción de los átomos que componen cada uno de sus frescos de la Capilla Sixtina.

Para lo que sí nos servirán los métodos científicos será para limpiar esos frescos y poder conocerlos tal como eran cuando Miguel Angel los pintó.

Con esto termino por ahora con este segundo punto.

(3) NO EXISTEN FUERZAS O PODERES OCULTOS SITUADOS MÁS ALLÁ DEL TIEMPO

Es decir: no existe Dios.

Por supuesto, esto, como todo, es una opinión que puede ser equivocada, pero, ¿para qué fingirse un pudoroso agnóstico? Sinceramente, creo que no existe Dios.

He escrito: “Situados más allá del tiempo”, porque es la única característica que en este momento se me ocurre para distinguir las ideas más o menos místicas de la divinidad de la posibilidad de que existan poderes o fuerzas ocultas para nosotros, pero no por ello trascendentes o misteriosas.

La fuerza gravitatoria era algo así como una fuerza oculta hace doscientos o trescientos años. La luz infrarroja, ultravioleta, los rayos laser o gamma, permanecían también ocultos a nuestros sentidos y a nuestro entendimiento, pero, una vez descubiertos, su estatus ontológico no es distinto del del continente americano cuando fue descubierto por los europeos. Ahora bien, todas las religiones o místicas sitúan a Dios más allá del tiempo, y ninguna de las cosas antes enumeradas se halla en un trastiempo, en una especie de eternidad, etcétera.

 

(4) EL UNIVERSO, LA NATURALEZA O LA REALIDAD NO SE DIRIGE A UN FIN, A UN OBJETIVO DETERMINADO
Es decir, no creo que todos los sucesos del universo tengan carácter teleológico. No creo tampoco en el Eterno Retorno. Por Eterno Retorno entiendo la repetición cíclica exacta del universo, pues el hecho de que el universo se cree y se destruya para volver a crearse no me parece que pueda considerarse eterno retorno, a no ser de manera trivial.

(5) NO CREO QUE EL UNIVERSO CON TODOS SUS HECHOS ESTUVIESE YA PREDETERMINADO DESDE SU NACIMIENTO
Es decir, suponiendo cierta, por ejemplo, la teoría del Big-Bang, no creo que en la remota singularidad inicial estuviese contenido todo el universo actual. Creo, como Martin Gardner, que hay creación auténtica.

(6) NO CREO QUE EN CUALQUIER PARTÍCULA DEL UNIVERSO ESTÉ CONTENIDO TODO EL UNIVERSO
No comparto la idea de Hegel, creo, que dice que conociendo una partícula se podría conocer todo el universo. Tampoco creo en la idea, también de Hegel, que dice que para conocer una partícula hay que conocer todo el universo. Como estas dos ideas parecen contradictorias, supongo que la primera no es de Hegel (a no ser que encajen en la unión de los opuestos hegeliana).

(7) CREO QUE LO QUE SE LLAMA ALMA O MENTE ES RESULTADO DE LA ESTRUCTURA CEREBRAL Y PRODUCTO DE LA EVOLUCIÓN. NO CREO QUE NADA ESPIRITUAL (PENSANTE) SOBREVIVA A LA MENTE DEL CUERPO

(8) En cuanto a la materia, no sé lo que es. Supongo que decir que todo es material es tan cierto y tan inútil como decir que todo es de color o que todo lo que es, es.

Ya he discutido un poco de esto en el comentario a los escépticos. Ahora sólo añadiré algo que grabé en cinta magnetofónica:

“Siempre me ha parecido que las tesis materialistas eran más honestas que las espiritualistas. Y que los filósofos más proclives a un cierto materialismo, que se llamaban a sí mismos o eran acusados de materialistas, eran más honestos, filosóficamente hablando al menos, que los espiritualistas. Naturalmente, esta es una apreciación muy subjetiva y muy discutible, pero casi puedo admitir que sigo opinando del mismo modo y que además hay motivos para opinar de esa manera. El espiritualismo siempre ha estado asociado a argumentos de autoridad y a no querer, negarse a ver, la realidad. Pues bien, a pesar de mi simpatía por el materialismo, ya hace algún tiempo, pero especialmente desde los últimos meses del año pasado, me he referido despectivamente a un cierto materialismo que he calificado como ‘grosero’. Ejemplos de ello son quienes dicen que el único conocimiento válido es el expresado mediante fórmulas lógicas o físicas (fisicalismo), etcétera. Este tipo de tesis me parecen bastante absurdas.


[Escrito en 1990 o antes]
Este texto es una sección al comentario dedicado a Sexto Empírico y los escépticos, y precede a la lectura de La Polémica del materialismo. Es una anotación apresurada en un cuaderno de estudio y por eso su expresión es a menudo cortante o falta de matiz. Además, faltan algunas citas que no sé si podré localizar ahora.

Metafísica
¿Cómo es el mundo?

Error: puede que no exista la vista de a2a6ee47y5


cuadernodefilosofia

Entradas de filosofía que no se clasifican en ninguna sección específica.

Error: puede que no exista la vista de a2a6ee47y5

 

Desmitificadores y relativistas

lem-vacioVacío perfecto es otro libro fascinante, que me reafirma en considerar a Lem como el Lauzier de la ciencia ficción, o de la narrativa en general. Lauzier (naturalmente, esta es una opinión estrictamente personal) es al comic lo que Tom Wolfe es al periodismo y Lem a la narrativa, aunque no sabría trazar la figura geométrica exacta que une a estos autores. Es evidente que los tres son lo que Carlo Frabetti denomina ‘desmitificadores de los desmitificadores’. O quizá Frabetti los llama ‘desmitificadores de la cultura’, pero yo no estoy de acuerdo con esa definición y prefiero la reseñada antes.

Naturalmente, hay que tener en cuenta que los desmitificadores profesionales son los mayores mitificadores que han existido: destruyen cien mitos por hora, pero crean doscientos nuevos.

En la nómina de los desmitificadores de los desmitificadores, se puede incluir a mucha más gente: Nabokov, Buttler, Swift, quizá Lubitsch, Chesterton, etc. También tienen afinidades con los cínicos griegos (el lugar de los desmitificadores lo ocuparían, quizá, los epicureos y los escépticos).

Pero, como sé que esta terminología es confusa, intentaré explicar de otra manera qué tienen en común Lem, Wolfe, Lauzier, Nabokov y Chesterton, por citar sólo a cinco.

Aunque parezca ingenuo  yo creo que lo que tienen en común es que piensan. Piensan mucho. Piensan en las pequeñas cosas y en las grandes cosas.
No se dejan cegar por los fuegos de artificio, se resisten a dejarse llevar por la corriente de las frases hechas y las ideas tópicas, y permanecen siempre alerta: “Quizá engañéis a otros -podrían decir- pero no me engañáis a mí” .

Wolfe reacciona frente a las teorías artísticas, Chesterton, entre otras cosas, contra la dialéctica de los poderosos; Nabokov, especialmente contra el psicoanálisis, y Lauzier frente a los tópicos de cierta izquierda simplista. En una entrevista, por ejemplo, Lauzier tiene el valor de enfrentarse al mito del 68. Para él, los resultados de aquel suceso han sido la creación de una cultura para menores de edad.

El campo de batalla de Lem es mucho más amplio.

Pero, como en casi todas las cosas, creo que lo mejor es poner ejemplos.

En Schtroumpf, Lauzier ataca despiadadamente, pero en mi opinión con justicia, a la llamada B.D. adulta:

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“Se dice que la B.D. (Comic) adulta nació en 1968, y yo no he visto aún una BD que contase lo del 68. Los autores se masturban el cerebro para encontrar ideas sin interés… Me da la impresión de que los creadores de comic escriben no importa qué. Es un delirio que ¿cuánto va a durar? Considero que la BD para adultos es una mierda. Los críticos de BD califican de genial cualquier pequeña mierda que aparece. En la BD, en el teatro, en el cine, Mayo del 68 ha significado una catástrofe. Es una regresión infantil; el propósito inicial era otro ciertamente, pero el resultado ha sido esto.”

En comic, en pintura, en el cine, en las diversas artes, en la literatura e incluso en la filosofía, asistimos a un torrente de productos de ínfima calidad que son calificados de geniales, de originales. Pero, en realidad, es muy difícil hallar una idea original, una verdadera creación, en parte alguna. Naturalmente, hay excepciones, pero pocas. Eso es lo que son Wolfe, Lem y Lauzier: excepciones.

Gente que no se deja llevar por la corriente de la autocomplacencia, del dorarse la píldora unos a otros, que no aceptan nada antes de reflexionar sobre ello. Pero, en general, no se puede calificar a estos autores de escépticos, pues el escepticismo militante y dogmático no es sino una perversión de la ingenuidad. Ellos combaten, entre otras cosas, el relativismo cultural que no se pronuncia sobre nada, no opina nada y no ofrece nada, excepto una colección de datos. Ese relativismo que confunde la tolerancia y la amplitud de miras con el carecer de opinión.

No obstante, yo no me atrevería a decir que la situación actual es una novedad: lo desmienten las observaciones de Chesterton sobre el siglo XIX y las de algunos escritores griegos acerca de una época distante en más de 2000 años. Supongo, pues, que es una característica común a todas las épocas.

Martin Gardner también podría ser incluido en este grupo; en uno de sus ensayos explica precisamente las dos clases de escepticismo: él colabora en una revista llamada Skeptikal Inquirer. Esta revista antes se llamaba Zetetic y la dirigía Marcello Truzzi:

“Después de los tres primeros números, se hizo evidente que había profundas diferencias filosóficas entre lo que Truzzi deseaba que fuese la revista y los deseos de los otros miembros de la comisión. Nosotros queríamos una revista de apoyo abierto, que adoptase una firme posición contra las formas más absurdas de la moderna pseudociencia. Truzzi pensaba que hasta los chiflados como Velikovsky debían ser tratados con respeto. Quería que la revista efectuase diálogos entre los escépticos y los verdaderos creyentes, para presentar ambas partes de las controversias actuales. En resumen, quería una revista con un tono objetivo neutral, en contraste con lo que calificaba de mero “desenmascaramiento . El resto de nosotros no consideramos que desenmascaramiento fuese una palabra tan negativa. Pensábamos que, cuando la seudociencia se sumerge en el ámbito del irracionalismo, es apropiado ejercer el humor contra ella, y hasta ridiculizarla.”

Creo que lo anterior deja bien claro cuáles son las dos clases de escépticos:

a) aquellos que no creen en nada ni se pronuncian sobre nada. El escéptico griego, por ejemplo: “considera todos los argumentos en pro y en contra de cada tesis y ve que se equilibran. Él no toma partido… Tanto valen unas soluciones como otras, pues ninguna vale nada”.

b) aquellos que desconfían, que examinan atentamente los argumentos en pro y en contra para intentar descubrir cuáles tienen más garantías de ser ciertos. Aquellos que creen en la razón como medio de decisión.

Obviamente, yo estoy de acuerdo con estos últimos.

Antes he asociado a los modernos relativistas con los escépticos griegos, y a sus oponentes (la segunda clase de escépticos antes señalada) con los cínicos. También dije que los epicúreos podrían ser incluidos en ese grupo de escépticos relativistas, ahora añadiría que al otro grupo podrían pertenecer algunos sofistas (tan injustamente despreciados)

 

*********

[4 de diciembre de 1987]

NOTA EN 2013: algunas asimilaciones y comparaciones hoy me parecen muy discutibles y varias definiciones son un poco imprecisas y quizá no muy exactas, pero en general estoy bastante de acuerdo con lo que decía aquí.

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RELATIVISMO

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Razón y oscurantismo

Hace unos días hablaba con NT, Jp y MT y me di cuenta de que me hallaba bastante solo en mi defensa de lo racional frente a lo irracional.

Jp es absolutamente creyente en todas esas cosas: astrología, telequinesis, telepatía, etc. Cuando le cité la frase de Chesterton:

“Hoy en día no es que la gente haya dejado de creer en Dios porque no cree en nada, es que cree en todo”, opinó que lo que yo consideraba defecto era virtud (creer en todo)”.

Pertenece, evidentemente, al grupo de los ‘creyentes científicos’, no al grupo de los simplemente irracionales.

Es decir: cree que muchas de esas cosas sobrenaturales serán probadas por la ciencia en un futuro.

Y yo me pregunto: ¿por qué a la gente parece interesarle tanto el que la ciencia pruebe que un señor puede torcer cucharas o mover una silla con la mente? ¿Por qué no les interesa que la ciencia resuelva los innumerables y fascinantes problemas acerca del hombre, de la tierra y del cosmos?, ¿por qué les interesa más que el ser humano sea capaz de torcer cubiertos que el que sea aparentemente incapaz de crear una sociedad justa?

Todo esto, lo digo sin fingimiento, me entristece mucho. No me gusta ir contracorriente, es la corriente la que viene contra mí. No logro entender por qué está tan extendido el oscurantismo. Ya sé aquello de los ‘fin de siglo’, la comparación con la sociedad en crisis de la Roma de los Césares, etcétera. Pero, ¿por qué?

Desde que la razón comenzó a ganar terreno a la credulidad -hace bien poco-, se han conseguido grandes cosas. Esta sociedad puede entrar en crisis, crisis de valores y todo lo demás, pero es, con todos sus defectos, mejor que muchas anteriores. En fin, parece que la gente sólo sabe creer, ya sea en la Revolución, ya en Satán o ya en la telequinesis.

Como dije al principio, cada vez me veo más aislado, más solo. NT, como me dijo IT, también, en efecto, cree en todas esas cosas (¡ella que estudia algo tan fascinante como es la arqueología!). MT no lo sé. No sé hasta dónde su tibia defensa de la astrología es una provocación, pero me parece que de una u otra manera, y aunque sea poco, cree.

IT, aunque con mucho juego intelectual, también; AC mucho más que él.
¿Y CM? Algunos detalles me hacen suponer que, medio en broma medio en serio, cree, aunque le da verguenza confesármelo. Mg, FN, IM, TF,, JA ¿JT?¡Todos!
Aparte de algún famoso antioscurantista (Gardner, Popper, Savater), ¿quién me queda cerca?

Creo que sólo VG. ¿Habrá sido su influencia, su materialismo estricto -que yo comparto- lo que me habrá llevado a confiar tan sólo en la razón?

Pero, espera, ¿puedo estar seguro de que VG no cree en algo irracional? Intentaré averiguarlo.

Admito que muchos de estos temas son interesantes (Saint Germain, Cagliostro…), pero lo que me preocupa es que la gente los considere los más interesantes y los más importantes. Me preocupa que presten más atención a un charlatán que a un científico o a un filósofo (simplemente que a alguien que les propone pensar). Pero, lo que ya me inquieta muchísimo es que acaban creyendo al charlatán.

Creen antes en un “te juro que al primo de la novia de mi hermano le predijeron tal y tal y le pasó”, creen más en eso que en un razonamiento riguroso. Lo peor es que incluso parecen mantenerse más a la defensiva ante las razones que ante las chorradas ocultistas.

[Creo que el texto continuaba, pero no he encontrado el resto de las páginas]


[Notas de un cuaderno personal hacia 1987. Me resulta raro encontrar en la lista de crédulos a IT (Iván Tubau), porque creo que nunca estuvo en ese grupo]

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