Tersites y Palamedes, las leyes del azar
|| Homéricas /007

Los griegos se han ganado con toda justicia la fama de haber inventado artes, ciencias y conceptos que hoy en día todavía empleamos. Aunque muchos de sus conocimientos los tomaron de civilizaciones más antiguas o coetáneas, como la egipcia, las mesopotámicas y la persa, es cierto que, al menos hasta donde nos indican nuestros conocimientos actuales, fueron capaces de generalizar leyes y deducciones a partir de la acumulación de conocimientos, de una manera que pocas civilizaciones han logrado.

Los otros ‘milagros griegos’ de la historia humana, es decir una explosión de creatividad comparable, debemos buscarlos en China e India, o en el Islam y el cristianismo medieval, aunque los dos últimos construyeron en gran parte su saber a partir del de los griegos y latinos (en el caso del Islam, también copiando a persas e indios). Hay que esperar a la civilización moderna europea, hacia 1600, para encontrar una explosión de creatividad e inventiva comparable a la que se produjo en Grecia varios siglos antes de nuestra era.

Ahora bien, los griegos dejaron algunos terrenos sin explorar, o quizá suceda que no se han conservado sus investigaciones en ciertos asuntos, porque hay que tener en cuenta que, siendo optimistas en el cálculo, tan sólo conservamos un 10% de la cultura griega.

Dados romanos

Uno de los asuntos fundamentales que se les escapó a los griegos es el de la probabilidad y el estudio de las leyes del azar. Parece asombroso que no se conserve nada relevante relacionado con el cálculo probabilístico o la estadística en los filósofos y científicos griegos. Pero hay que tener en cuenta que no fueron los únicos que apenas prestaron atención a tales aspectos, porque hay que esperar hasta el siglo IX para encontrar los primeros estudios serios acerca de la estadística y las leyes del azar, empleadas en este caso para el desciframiento de mensajes, por parte de Al Kindi. No es hasta 1560 que se publica el primer estudio sobre la probabilidad relacionado con el juego de dados, por ese personaje fascinante que fue Gerolamo Cardano.

Sin embargo, los griegos eran muy aficionados al que es por definición el gran juego de azar, los dados. Se conservan muchas pinturas en las que los guerreros de Troya compiten a los dados, en especial Aquiles y Ájax el grande, es decir Áyax de Telamón, a pesar de que, al menos que yo recuerde, no hay ningún episodio de la Ilíada que hable de esta afición (espero referirme en próximos artículos de esta curiosa ausencia). Sin embargo, en su Viaje a Grecia, Pausanias describe una pintura de Polignoto, aquel pintor que se decía que era capaz de hacer copias perfectas de la realidad, en la que quienes juegan a los dados son Tersites y Palamedes. No es sin duda casual que se asocie a estos dos personajes con los dados. Las razones exactas quizá se nos escapan, pero podemos intuir algunas si estudiamos un poco mejor a los dos personajes.

Palamedes, según Canova

Por un lado, Tersites representa en la Ilíada al hombre común y vulgar, al plebeyo, al que no pertenece a la aristocracia, a los mejores o aristos.

Homero lo presenta como patizambo, cojo y con los hombros hundidos hacia el pecho. Es, además, el más feo de los griegos, vulgar, insolente y maleducado. Sin embargo, interviene en las reuniones de los generales aqueos, no se sabe muy bien en calidad de qué, pero es seguro que en ello se esconde un dato que podría ser interesantísimo si lo averiguáramos. ¿Tal vez era algo así como un representante de la tropa o de la plebe?, ¿quizá un bufón o un consejero sin rango?

Robert Graves considera que la exageración de los rasgos negativos de Tersites por parte de Homero es una argucia para poder deslizar sus críticas. En la Ilíada, en efecto, Tersites acusa al gran general Agamenón de codicioso y Ulises, para castigarlo, lo golpea sin piedad con su bastón. Shakespeare también lo hace aparecer en su Troilo y Crésida, y allí le hace calificar la mítica guerra de Troya como el absurdo conflicto provocado por “una puta y un cornudo”, refiriéndose a Helena y su marido Menelao. A menudo, cuando escuchamos a Tersites en la obra de Shakespeare, no podemos evitar pensar que es el más sensato de los que están allí.

tersites.aquiles

Aquiles a punto de matar a Tersites

El otro personaje que juega a los dados con Tersites en el cuadro de Polignoto también es muy interesante. Se trata de Palamedes. No es sorprendente su presencia, puesto que se le atribuye la invención misma de los dados, además de muchas otras cosas, algunas de ellas cercanas a la probabilidad y el pensamiento estadístico: la contabilidad, los pesos y medidas, los rangos militares, la moneda, bromas de todo tipo e incluso ciertos secretos relacionados con la fabricación de vino, y hasta once o dieciséis de las letras del alfabeto. Este hombre prodigioso fue el encargado de llevar a Ulises a la guerra de Troya, descubriendo que el ingenioso itacense se fingía loco para escapar al alistamiento, sembraba sus campos con sal y conducía salvajemente un carro, sin detenerse ante nada. Palamedes puso delante del carro a Telémaco, el hijo de Ulises, lo que hizo que el héroe se detuviera. En venganza por haber sido obligado a participar en la guerra, Ulises acabó acusando a Palamedes de traición, pues este gran inventor, al igual que Tersites, estaba en contra de la guerra, lo que hizo verosímil la farsa que se inventó Ulises: que el rey Príamo de Troya le había sobornado. El propio Ulises, con ayuda de Diómedes, mató a Palamedes a pedradas o ahogándolo.

Tersites, Ulises y Agamenón.

Palamedes obtuvo una venganza póstuma a través de su padre Nauplio, quien, furioso al no lograr la condena de los asesinos, viajó por toda Grecia convenciendo a las esposas de los héroes a tomar amantes, además de ocuparse él mismo de hundir parte de la flota aquea a su regreso de Troya, precipitándolos contra las rocas con falsas señales de faros en la costa.

Como suele suceder en la mitología griega, tras algunos mitos menores, como los de Tersites y Palamedes, es seguro que se esconden complejas historias.

Tal vez no sea casual que un inventor asesinado, hijo de un héroe o dios marino, esté relacionado con el desastroso regreso de los héroes griegos a su tierra. Yo creo ver en ello un eco de un hecho histórico, las invasiones de los misteriosos pueblos del mar, que acabaron con la cultura micénica, tal vez hacia el año -1200 o -1400. Pero también es probable que a esa destrucción contribuyera no ya la traición de esposas infieles, sino de ciudades enteras en las que se produjeron revoluciones aprovechando la ausencia de sus caudillos. Quizá debemos entender que la esposa de un general es una metáfora o un símbolo de la ciudad misma. Un detalle curioso parece avalar esta hipótesis y la causalidad de encontrar a Palamedes jugando a los dados con Tersites: el comentador homérico bizantino Eustacio, dice que los generales griegos se llevaron a Tersites a Troya precisamente para que en su ausencia no incitara a una revolución.

Si pensamos en la guerra de Troya como un acontecimiento histórico y en los personajes como un lejano eco de pueblos que participaron en esa guerra, podríamos pensar que Palamedes (y tal vez Tersites) pertenecían a un pueblo aliado con los griegos pero que entro en conflicto con ellos, quizá dudando de participar en la alianza o no suministrando grano o alimento. Podría ser un pueblo que tuviera como dios a Posidón, que será el dios que después castigará a los griegos, y en especial a Ulises, al regresar de Troya. El interés puede estar en Nauplio, el padre de Palamedes, hijo de Posidón y al que muchos tomaban en la antiguedad por egipcio. Pero esa es una investigación que todavía espera su momento.


 [Este texto fue publicado en la página Divertinajes el 12 de septiembre de 2013]

Las 900 tesis homéricas es una investigación en la red. Todos los textos son provisionales y están en permanente revisión, por lo que no conviene tomárselos muy en serio. Como su nombre indica, la investigación está dedicada a Homero y a las obras que se le atribuyen, y en especial la Ilíada y la Odisea.

 

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 El azar y la necesidad

De las fascinantes paradojas y contradicciones alrededor del azar, la necesidad y el destino quise hablar en 2014 en la página Divertinajes, o quizá no lo quise, sino que me fue impuesto por una necesidad metafísica o por el golpear causal o casual en el interior de mi cerebro. Aquí he añadido otros textos relacionados con el azar y la necesidad, es decir, el determinismo y el indeterminismo.

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La fiel Penélope

Para continuar nuestra indagación como si fuera un paseo, usaremos otro método que también practicaba Aristóteles: lo mejor que se puede hacer si se quiere averiguar qué es la prudencia es observar cómo son aquellas personas a las que llamamos prudentes. Decimos que Pericles es prudente, así que si observamos a Pericles, tal vez lograremos descubrir qué es la prudencia.

El mismo método que empleaba Aristóteles con la prudencia podemos aplicarlo nosotros para averiguar qué es la fidelidad. ¿A quiénes llamamos fieles?

Por ejemplo, a Romeo y Julieta o a Penélope, ejemplos de fidelidad amorosa y marital.

En cuanto a Penélope, estaba casada con el héroe Ulises. Cuando su marido partió hacia Troya para rescatar a la infiel Helena, ella lo esperó durante los diez años que duró la guerra y a lo largo de los otros diez que Ulises tardó en regresar. Durante esos veinte años, Penélope aguantó el asedio de decenas de pretendientes, tejiendo y destejiendo la tela que era el símbolo de su fidelidad. Así pudo mantenerse fiel a su marido, al que todos daban por muerto.

Sin embargo, en este caso, no hubo reciprocidad: Ulises fue infiel a Penélope varias veces a lo largo de sus aventuras, por ejemplo con Circe y con Calipso, y volvió a Ítaca, como dice Kavafis, «cargado de experiencias». Ya sabemos que la diosa de la seducción, Peitho, recompensa a los hombres cuando son infieles pero castiga a las mujeres que lo son. Penélope no cedió nunca a las muchísimas tentaciones de los pretendientes a lo largo de casi veinte años de ausencia de Ulises, y por ello fue recompensada con el regreso de su marido, a no ser que podamos dudar, como Yannis Ritsos de que aquello fuera una verdadera recompensa:

¿Por él había gastado veinte años,

veinte años de espera y de sueños,

por este desdichado, salpicado de sangre, de barba ya blanca?

Se echó sin habla en una silla,

miró lentamente a los pretendientes muertos en el suelo,

como si mirase muertos sus propios deseos.

Romeo y Julieta y Penélope son quizá los ejemplos más famosos de fidelidad, aunque, en honor a la verdad, hay que decir que Romeo y Julieta, aparte del hecho de matarse por fidelidad a la memoria del otro, apenas tuvieron tiempo para demostrarse esa fidelidad jurada. Representan más bien el amor pasional extremo. En cuanto a Penélope, sí es con justicia un ejemplo de la fidelidad, y en concreto de la fidelidad marital y sexual. Un perfecto ejemplo de fidelidad, admirado e imitado durante siglos por las perfectas esposas.

Eso sí, también sabemos que las mujeres tenían que aceptar, como Penélope y la Desdémona de Ulises, que la cosa no era recíproca: ellas sí podían ser traicionadas por los hombres.

(Fragmentos de Elogio de la infidelidad)

Incluyo aquí el poema completo de Ritsos:

No era que lo le hubiera conocido a la luz del hogar, no eran sus

andrajos de mendigo, su transfiguración –no, había claros indicios:

la cicatriz de su rodilla, su robustez, la astucia de su mirada. Asustada,

apoyando la espalda en la pared, buscaba una excusa,

una prórroga de un poco de tiempo, para no contestar

para no traicionarse. ¿Por él había gastado veinte

años, veinte años de espera y de sueños, por este desdichado,

salpicado de sangre, de barba ya blanca? Se echó sin habla

en una silla, miró lentamente a los pretendientes muertos en el suelo, como si mirase

muertos sus propios deseos. Y: «bienvenido», le dijo,

escuchando extraña, lejana, su propia voz. En el rincón, su telar

llenaba el techo de zigzagueantes sombras, y todos los pájaros

que había tejido con brillantes hilos rojos en un follaje verde,

de repente, esta noche del regreso, se volvieron de color ceniza y

negro, volando por el cielo llano de su última espera.

(Yannis Ritssos. Antología. Plaza y Janés, Barcelona 1979.
Versión de Dimitri Papageorgiou)

Otro ejemplo de este mitema o tema mitológico que es la espera de Penélope, tratado de una manera semejante a la de Ritsos, con gran melancolía y dulzura, es la canción de Georges Brassens que puedes escuchar aquí con subtítulos en español:

 [tube]http://www.youtube.com/watch?v=wqLV13wsc4U[/tube]

Aquí está la letra en francés. hace años mi padre me hizo una traducción al español, que intentaré encontrar.

 Toi l’épouse modèle

Le grillon du foyer

Toi qui n’a point d’accrocs

Dans ta robe de mariée

Toi l’intraitable Pénélope

En suivant ton petit

Bonhomme de bonheur

Ne berces-tu jamais

En tout bien tout honneur

De jolies pensées interlopes

De jolies pensées interlopes…

Derrière tes rideaux

Dans ton juste milieu

En attendant l’retour

D’un Ulysse de banlieue

Penchée sur tes travaux de toile

Les soirs de vague à l’âme

Et de mélancolie

N’as tu jamais en rêve

Au ciel d’un autre lit

Compté de nouvelles étoiles

Compté de nouvelles étoiles…

N’as-tu jamais encore

Appelé de tes vœux

[Más Letras en http://es.mp3lyrics.org/SxYK]

L’amourette qui passe

Qui vous prend aux cheveux

Qui vous compte des bagatelles

Qui met la marguerite

Au jardin potager

La pomme défendue

Aux branches du verger

Et le désordre à vos dentelles

Et le désordre à vos dentelles…

N’as-tu jamais souhaité

De revoir en chemin

Cet ange, ce démon

Qui son arc à la main

Décoche des flèches malignes

Qui rend leur chair de femme

Aux plus froides statues

Les bascul’ de leur socle

Bouscule leur vertu

Arrache leur feuille de vigne

Arrache leur feuille de vigne…

N’aie crainte que le ciel

Ne t’en tienne rigueur

Il n’y a vraiment pas là

De quoi fouetter un cœur

Qui bat la campagne et galope

C’est la faute commune

Et le péché véniel

C’est la face cachée

De la lune de miel

Et la rançon de Pénélope

Et la rançon de Pénélope…

(Georges Brassens, Pénélope)

Otra versión de Brassens muy anterior, con más ritmo, pero quizá más triste:

[tube]http://www.youtube.com/watch?v=wSNt1tdiJOg[/tube]


Eros, Afrodita y Peitho

Peitho es la diosa de la seducción (“que no conoce rechazo” pero, según parece, puede hacer felices a los hombres si no se oponen a ella pero infelices a las mujeres, si ceden a su tentación. Es una diosa que hizo olvidar a la bruja Medea los deberes contraídos por sus padres a cambio de un amor obsesivo y que, al conocer la infidelidad de su amado Jasón asesinó, llevada por los celos a su rival Glauca y tal vez también, según nos cuenta Eurípides, a sus propios hijos.


No sé si todos los lectores de mi libro habrán advertido la pequeña broma cuando digo: “Para continuar nuestra indagación como si fuera un paseo….”  y enseguida hablar de Aristóteles, el fiósofo peripatético, ambulante o paseante, porque daba sus clases paseando.

El contrapunto de Penélope es, por supuesto, La infiel Helena


Esta entrada pertenece no sólo a la página de Elogio de la infidelidad, sino también a Numen (mitología comparada) y a Nostoi, los regresos, que reúne poesías dedicadas a los regresos de los héroes griegos tras la guerra de Troya. Esos regresos también incluen las esperas de sus esposas, hijos y todo los que se relacionan con ellos. Por eso en la barra lateral aparecen enlaces a las tres páginas.

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LA CAJA DE MÚSICA

 NOSTOI

¿Conocía Homero la escritura?
Homéricas/001

Homero fue considerado durante mucho tiempo el primer escritor. Algunos prefieren decir “el primer escritor de la literatura occidental”, pero esa es sin duda una coletilla absurda, puesto que aunque en la época clásica los griegos eran el occidente del mundo conocido (conocido por los griegos, claro), también se hallaban en lo que siempre ha sido la parte más oriental de Occidente: Grecia y las costas de Turquía. Las conquistas de la Magna Grecia probablemente fueron tardías.

Es cierto que los griegos tenían la conciencia de ser una civilización diferente de las de Asia y que tanto Homero como Herodoto hablan de guerras entre Asía y Europa, pero la Europa de los griegos era fundamentalmente Grecia y sus mil islas, las costas turcas llenas de ciudades griegas, Sicilia y algunos lugares de Italia (la Magna Grecia). Los otros europeos que vivían alrededor de los griegos, celtas, germanos, eslavos, etruscos e incluso italos (si es que se pueden emplear todas estas denominaciones en aquella época) apenas interesaban a los griegos, que nunca se consideraron defensores o representantes de una civilización que incluyera  a tales pueblos. Es cierto que los griegos llamaban bárbaros a todos los no griegos, pero los griegos de la época preclásica admiraban a los persas, a los egipcios e incluso a los libios (Libia era para ellos África), por ejemplo a los garamantes, a los escitas del noreste, a los tracios o a los fenicios, incluso a los misteriosos hiperbóreos, pero no a todos esos pueblos de lo que luego sería llamado Europa u Occidente. Cuando los filósofos buscaban las fuentes de la sabiduría no se dirigían a Occidente sino al Oriente, como bien se sintetiza en el clásico “¡Ex Oriente lux!” (“La luz viene del este”). Tales de Mileto y Solón de Atenas viajaron a Egipto a aprender de los sacerdotes y los astrónomos; Platon y Eurípides visitaron allí a los adivinos y Cleóbulo aprendió filosofía, según nos asegura Diógenes Laercio;   se dice que Demócrito, el fundador del atomismo, viajó a Babilonia, Egipto y tal vez la lejana India y que fue educado por persas amigos de su padre. El propio Diógenes Laercio expone la extendida idea de que la filosofía nació entre los bárbaros, entre los cuales, sólo cita a un publo occidental, los galos:

“Dicen algunos que la Filosofía, excepto el nombre, tuvo su origen entre los bárbaros; pues
como dicen Aristóteles en su Mágico, y Soción, en el libro XXIII De las sucesiones, fueron los magos sus inventores entre los persas; los caldeos entre los asirios y babilonios; los gimnosofistas entre los indios; y entre los celtas y galos, los druidas, con los llamados semnoteos. Que Oco fue fenicio; Zamolxis, tracio; y Atlante, líbico. Los egipcios dicen que
Vuleano, hijo del Nilo, fue quien dio principio a la Filosofía, y que sus profesores eran. sacerdotes y profetas”. (Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos más ilustres)

En definitiva, los griegos consideraban que Homero era el primero de sus autores, pero no el primer escritor de la historia, porque no tardaron mucho en descubrir, si es que no lo supieron siempre, que babilonios, asirios, egipcios y quizá también los judíos habían escrito antes que ellos. Admitían, por otra parte, que el alfabeto lo habían inventado los fenicios, como se cuenta en el mito de Cadmo, que aunque es el fundador de la Tebas griega, era de origen fenicio. Tan sólo algunas letras las atribuyeron a algún personaje griego, como Dédalo.

 

¿Escribió algo Homero?

Desde la antigüedad se dijo que Homero era un cantor ciego que recitaba sus poemas valiéndose de la memoria. Aunque hay representaciones de Homero con un pergamino o papel en las manos, son imágenes que proceden de la época de la glorificación de lo escrito, muy posterior, al parecer a aquella en al que vivió Homero. En otros lugares de estas 900 tesis homéricas se examinan algunos aspectos relacionados con las primeras muestras escritas de los textos homéricos, pero ahora tan sólo nos interesa saber si Homero era analfabeto o no.
Muchos investigadores han pensado que lo era y algunos incluso han defendido que sus obras no se pueden explicar de otra manera que como el resultado de los esfuerzos de un cantor ciego, un asunto interesante que se trata en otra de estas tesis. Pero hay una pregunta que podría aclarar mucho la cuestión es: ¿podemos encontrar en los textos atribuidos a Homero alguna mención a la escritura? Un momento perfecto sería cuando Ulises es acogido en la corte de los feacios y el cantor Demódoco, al que algunos han identificado con el propio Homero, se dispone a entonar un canto. ¿Emplea algún escrito para ayudarse? Al parecer no, o al menos tal cosa no llega a mencionarse.

Sin embargo, hay un lugar en el que Homero sí menciona la escritura. Lo hace en la Ilíada. El fascinante hallazgo se encuentra en el pasaje en el que Homero cuenta la historia del héroe Belerofonte.

 

Belerofonte

Belerofonte es el héroe que muchos confunden con Perseo, porque monta sobre un caballo alado llamado Pegaso. La magnífica película Furia de titanes (me refiero por supuesto a la primera versión) es probablemente la culpable de esta confusión,  al mostrarnos a Perseo a lomos de Pegaso, pero en la principal versión del mito Perseo no monta a Pegaso aunque sí es el culpable de su nacimiento: el caballo alado nace de la cabeza cortada de Medusa, junto a un personaje secundario muy interesante por lo desconocido, el guerrero Chrisaor, que nace completamente armado, del mismo modo que lo hace Atenea de la cabeza de Zeus. Una coincidencia que nos llama la atención con razón, puesto que sabemos que Atenea y Medusa están estrechamente relacionadas y que Atenea colocó la cabeza de Medusa en su escudo una vez que Perseo le hubo sacado todo el partido posible a ese despojo capaz de petrificar a quien lo mirase.

La cuestión que nos interesaba (¿se acuerda todavía el lector?) es esa mención que hace Homero de la escritura. La cosa sucede cuando el rey Preto intenta deshacerse de Belerofontes, pero no se atreve a hacerlo él mismo y envía al joven a la corte del rey Yóbates para que lo mate él. Al propio joven le entrega su sentencia de muerte, que él deberá entregar sin saberlo, al rey Yobates (este es un motivo que nos recuerda muchos cuentos y fábulas). La sentencia de muerte está escrita (¡hélas!) en unas tablillas.

Preto entrega a Belerofonte el mensaje
Esta es la mención clara e inequívoca de Homero de la escritura. Después de esto, poco quedaría por discutir, pero los expertos viven para dudar y discutir, lo que es una suerte, aunque a veces pueda llegar a irritarnos su puntillosidad, y ahora se preguntan qué signos eran esos scritos en la tablilla: ¿se trataba de una escritura alfabética? ¿No serían más bien una serie de signos más o menos toscos, como riptogramas o jeroglificos (en el moderno sentido más que en el egipcio) en los que se pudiera entender: “Mata a Belerofontes”. Digamos, por ejemplo, dibujos en los que se ve la figura de un hombre que sostiene precisamente dos tablillas y después la misma figura, ahora en el suelo con un puñal clavado en el pecho y la mano de un rey hundiendo ese puñal. Puede ser. A mí me parece, pero admito que es una opinión y no una certeza, que la manera en la que se describen las tablillas da la sensación de que contienen un verdadero escrito. Lástima que Homero no fuese un poco más concreto. Si tan sólo nos hubiera descrito uno o dos signos, la historia de la escritura alfabética  o incluso de los orígenes de la civilización griega serían completamente diferentes, no sabemos en qué insospechada dirección. La pregunta fascinante que nos hacemos ahora es: ¿en qué idioma, lenguaje y alfabeto estaban escritos esos  signos? ¿En lineal A, en lineal B, en los extraños signos todavía no descifrados del disco de Phaistos? Una simple indicación de Homero nos habría dado pistas increíbles. Como eso no ha sucedido, tenemos que seguir investigando en busca de respuestas que quizá nunca encontraremos.

 Alfabeto del Lineal A

 

Esa investigación acerca de la escritura del mensaje de Preto continuará en una próxima homérica.

¿Habla Homero de sí mismo en sus obras?
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Homero no habla de sí mismo en sus dos grandes obras, la Ilíada y la Odisea, aunque algunos han pensado que podría ser el cantor Demódoco, que aparece en la corte de los feacios en la Odisea, como veremos más adelante.

Pero tal vez sí que habla de sí mismo en los Himnos homéricos, que no hace falta decir que suelen atribuirse también a Homero. En el Himno a Apolo, el poeta dice a las doncellas de Delos, sacerdotisas del dios:

“Mas, ea -y Apolo y Ártemis nos sean propicios-, salud a todas vosotras. Y en adelante, acordaos de mí cuando alguno de los hombres terrestres venga como huésped infortunado y os pregunte: “¡Oh doncellas! ¿Cuál es para vosotras el más agradable de los aedos y con cuál os deleitáis más?” Respondedle enseguida, hablándole de mí: “Un varón ciego, que habita en la escabrosa Quíos. Todos sus cantos prevalecerán en lo futuro”. Y nosotros llevaremos vuestra fama sobre cuanta tierra recorramos, al dar la vuelta por las ciudades populosas de los hombres; y éstos lo creerán porque es verdad.”

Este aedo, cantor o recitador, de Quíos sería Homero. De aquí procederían dos leyendas acerca de Homero: que era ciego y que su patria era la isla de Quíos. No todos estaban de acuerdo en la antigüedad y muchas ciudades presumieron de ser la patria del célebre cantor, incluso se llegó a defender que era de Ítaca, lo que explicaría quizá el hecho de dedicar un libro entero al soberano de una pequeña isla sin importancia, Ulises. En ese magnífico trabajo de erudición homérica que es Introducció a la Ilíada, Jaume Pòrtulas nos alerta de la primera cita literal de la Ilíada, que se atribuye a Simónides de Amorgos o a Simónides de Ceos:

“Aquesta és la cosa més bella de l’home de Quios:

com la generació de les fulles, és igual la dels homes”

(“Esta es la cosa más bella del hombre de Quíos:

como la generación de las hojas, así es la de los hombres”.[1]

El pasaje al que alude Simónides se encuentra en el Canto VI de la Ilíada y es extraordinariamente interesante por diversos motivos, en los que no me detendré. Solo mencionaré que es en este pasaje donde se encuentra la única mención explícita de Homero a la escritura, cuando Glauco cuenta a Diomedes cuál es su linaje. Recuerda entonces la historia de Belerofonte, al que el rey Preto de Argos envió a Licia (en Asia Menor, la actual Turquía) llevando una tablilla con “unos lúgubres signos, un sinnúmero de señales portadoras de muerte que había grabado en una tablilla plegada”. ¿En qué idioma estaban grabados estos signos? ¿Licio? ¿Micénico tal vez, es decir, lineal B? Otra pregunta interesante es si los Himnos homéricos fueron escritos por Homero. Pero, para intentar responder a estas preguntas, escribiré otras homéricas.

Ahora es tiempo de regresar a la metáfora de las hojas y el linaje de los seres humanos:

“¿Por qué preguntas por mi linaje? Como el linaje de las hojas, así es también es el de los hombres; las hojas, unas las esparce el viento por la tierra, pero otras la exuberante foresta las hace nacer con la llegada de la estación de la primavera; del mismo modo, de entre el linaje de los hombres, uno nace y otro perece”.[2]

Si nos olvidamos ahora del hombre de Quíos durante unas líneas, podemos visitar la corte del rey Alcinoo para conocer a Demódoco, que es también un cantor o aedo ciego, que aparece cuando Ulises llega a la isla de los feacios. En un momento del banquete, celebrado en honor al misterioso náufrago, el rey Alcinoo hace llamar a Demódoco para que deleite con sus cantos al extranjero:

“Que alguien vaya a llevar a Demódoco la sonora cítara que yace en algún lugar de nuestro palacio”.

Todo se prepara para el canto, como si estuviéramos ante una nueva competición, pues Ulises acaba de vencer a varios feacios en pruebas atléticas, y el aedo se dirige al centro de la pista:

“Se levantó un heraldo para llevar la curvada cítara de la habitación del rey. También se levantaron árbitros elegidos, nueve en total, los que organizaban bien cada cosa en los concursos, allanaron el piso y ensancharon la hermosa pista. Se acercó el heraldo trayendo la sonora cítara a Demódoco y éste enseguida salió al centro. A su alrededor se colocaron unos jóvenes adolescentes conocedores de la danza, y batían la divina pista con los pies. Odiseo contemplaba el brillo de sus pies y quedó admirado en su ánimo”.

Es este uno de los momentos más deliciosos de las aventuras de Ulises en la corte de los feacios, un pueblo amante de la música, el baile y todo tipo de competiciones, amable con los extranjeros, de hábiles navegantes y de vida pacífica. Quizá sea una de las primeras utopías que no se pinta con los colores de una sociedad represiva, pues como dijo alguien que ahora no recuerdo, en las utopías nunca falta un cuerpo de policía, ya desde los guardianes de la República de Platón.

Se ha especulado mucho acerca de la localización de los feacios. Suele darse por seguro que no existieron y que es una utopía imaginada por Homero Pero otros los sitúan en la Magna Grecia (Italia), otros en el Mar Negro o el Ponto Euxino, algunos más allá de las columnas de Hércules (Gibraltar), quizá en España, o incluso en Gran Bretaña. Si la tradición que sitúa a Homero en Quíos fuese cierta y si Demódoco es el propio Homero, lo más sensato sería pensar que la tierra de los feacios es precisamente Quíos. No recuerdo en este momento si los expertos consideran esta posibilidad. Otra, que me parece muy interesante, es que los feacios fueran fenicios o bien (o también) filisteos, ese pueblo tan despreciado, en especial porque se convirtieron en los rivales de los hebreos, como cuenta la historia del filisteo Goliat.

El canto que entona Demódoco está dedicado a los amores incestuosos del dios de la guerra y la diosa del amor:

“Y Demódoco, acompañándose de la cítara, rompió a cantar bellamente sobre los amores de Ares y de la de linda corona, Afrodita: cómo se unieron por primera vez a ocultas en el palacio de Hefesto”.

Homero reproduce la historia completa de los amores de los dioses, de cómo engañaron a Hefesto, marido de Afrodita, y de cómo él les tendió una trampa, atrapándolos en una red y avergonzándolos delante de todos los dioses. Después, ya en el banquete, Ulises hace un regalo al cantor, en una escena en la que Homero parece decir a sus oyentes: “Tomad nota: así es como debéis premiarme a mí por mis cantos”:

Entonces se dirigió al heraldo el muy inteligente Odiseo, mientras cortaba el lomo, pues aún sobraba mucho, de un albidente cerdo (y alrededor había abundante grasa): “Heraldo, van acá, entrega esta carne a Demódoco para que lo coma, que yo le mostraré cordialidad por triste que esté. Pues entre todos los hombres terrenos los aedos participan de la honra y del respeto, porque Musa les ha enseñado el canto y ama a la raza de los aedos”.

Poco después, terminado ya el banquete y saciadas el hambre y la sed, Homero vuelve a ofrecernos una pieza de metalenguaje, cuando Ulises, todavía de incógnito, pide a Demódoco que entone el canto de la toma de Troya, pero centrándose en la estratagema del caballo de madera y otras aventuras del ilustre Odiseo, es decir, que le cante a él. También lanza Ulises la sugerencia de que Demódoco (¿debemos entender Homero?) ha estado en Troya o ha escuchado la historia de labios de alguien que presenció aquellos acontecimientos:

“Con mucha belleza cantas el destino de los aqueos cuánto hicieron y sufrieron y cuánto soportaron, ¡como si tú mismo lo hubieras presenciado o lo hubieras escuchado de otro allí presente!”

Demódoco inicia entonces un canto debemos suponer extenso, pues es, si no la Ilíada sí una buena parte de ella, y cuenta las hazañas y desventuras de Ulises. El héroe, al escuchar el relato, no puede contener la emoción:

“Esto es lo que cantaba el insigne aedo, y Odiseo se derretía: el llanto empapaba sus mejillas deslizándose de sus párpados”.

Dejemos aquí a Ulises en su llanto incontenible y dejemos aquí al divino cantor Demódoco. Volveremos a encontrarlos en otros capítulos de estas Homéricas.

Demodoco-flaxman

*****

Tola la mitología: Numen

HOMÉRICAS

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  1. [1]Jaume Pòrtulas, Introducció a la Ilíada.
  2. [2]Ilíada, en traducción de Óscar Martínez García

La misma historia siempre diferente –
– La cicatriz de Ulises /8

En los últimos capítulos de La cicatriz de Ulises, he comparado el método narrativo de Homero, la manera en la que el cantor ciego recorre el edificio de la narrativa mitológica, con algunas narrativas modernas, entre ellas la película Siete vidas (Ulises en Singapur), que trascurre en las calles de Singapur. Esa película es probablemente una de las  primeras muestras de algo que anuncié en las páginas finales de El guión del siglo 21:

“Tal vez, el arte del narrador acabará consistiendo en moverse o en guiar a los demás por un universo hipertextual casi infinito, seleccionar rutas, ofrecer un mapa de senderos que se bifurcan. Del mismo modo que podemos experimentar la emoción de un salto en paracaídas atados a un profesional, también podremos compartir una experiencia narrativa ajena, por ejemplo en un videojuego de realidad virtual y aumentada.”

Todo esto puede parecer muy moderno, casi como una película de ciencia ficción, pero no es tan diferente de lo que siempre ha sucedido en la narrativa, no sólo en Homero, sino en la génesis de cualquier novela:

“Un novelista no hace otra cosa que ofrecernos el resultado de sus elecciones y recorridos en un mundo virtual que sólo ha existido en el interior de su cerebro, pero en el que ha tenido que decidir a cada frase, párrafo y capítulo qué camino tomar, quizá durante meses o años de duro trabajo. El resultado es la novela. Por eso Henry James describió el arte del novelista con la misma metáfora que Havelock empleara para describir la narración homérica, imaginando a alguien que recorre una habitación a oscuras con una linterna, iluminando ciertas zonas, pero nunca toda la habitación.”

La teoría de la iluminación de James no sólo se refería a iluminar ciertas zonas de la historia que queremos contar, manteniendo otras deliberadamente en la sombra, sino también a iluminar ciertas partes de un personaje precisamente a través del punto de vista de los otros personajes:

 “No sólo sucede, dice James, que un personaje se comporta de manera diferente con cada uno de los demás personajes; además, su relación con los otros personajes es lo que nos va mostrando partes de su personalidad. Si imaginamos al personaje situado en un círculo oscuro, cada uno de los otros personajes ilumina partes de ese círculo, aspectos del protagonista, como cuando se encienden lámparas en una habitación a oscuras. Descubrimos así fragmentos de esa personalidad, que quizá nunca llegamos a ver plenamente iluminada.” (Las paradojas del guionista)

En cierto modo, James nos esta recomendando que nos volvamos a propósito un poco ciegos, como lo fueron Homero, Milton, Joyce, Borges y otros narradores que alcanzaron gran precisión mostrando sólo ciertas zonas de lo que veían, a veces bajo una iluminación multiplicada,  como Joyce en el Ulysses;  una iluminación, por cierto, que acaba creando tantas sombras, o al menos tantos matices, como la oscuridad, pues no hay que olvidar que en una única sombra pueden estar ocultas varias sombras, que no vemos hasta que se retira esa primera sombra, del mismo modo que no vemos las luces que se ocultan tras el resplandor de una luz mayor, como las estrellas durante el día, subsumidas en el resplandor solar.

Cualquier novelista, en el proceso, a menudo fatigoso, y para algunos también doloroso, de llenar páginas y páginas, debe jugar consigo mismo a una especie de videojuego que ofrece muy diversas opciones, aunque sólo las vea él en el interior de su cráneo. Ve allí dos posibilidades: que el protagonista llegue a tiempo al tren o que lo pierda, que decida empezar una nueva vida o que prefiera la seguridad y la monotonía, que muera en el capítulo final o que triunfe de manera definitiva. En cada caso debe elegir y ofrecer al lector una única posibilidad. En algunas ocasiones, como en  Jacques el fatalista, el narrador se permite mostrar al lector algunas de las infinitas posibilidades que se le ofrecen mientras escribe la historia:

«Como podéis apreciar, querido lector, voy por buen camino, y si quisiera podría haceros esperar un año, dos años, tres años, antes de contaros los amores de Jacques, separándolo de su amo y haciéndoles correr a cada uno de ellos las aventuras que me pluguiera. ¿Qué me impediría casar al amo y hacerle cornudo? ¿O embarcar a Jacques rumbo a las islas? ¿Llevar hasta allí a su amo? ¿Devolverlos a Francia, ambos en el mismo navío? ¡Qué fácil es escribir cuentos! Pero los libraré de ello a uno y a otro, a cambio de una mala noche; y a vos, a cambio de este retraso.”

Después, Diderot empieza a interpelar una y otra vez al lector, urgiéndole a que decida de una vez qué historia quiere leer, e incluso le cede la palabra:

«En qué se convertiría esta aventura, si a mi fantasía le diera por desesperaros! Realzaría la importancia de esta mujer; la haría sobrina del cura de un pueblo vecino; amotinaría a los campesinos del pueblo; arreglaría combates y amoríos; porque a fin de cuentas la campesina, bajo las faldas, era muy hermosa. Jacques y su amo lo habían percibido; no siempre el amor ha esperado una ocasión tan seductora. ¿Por qué no iba a enamorarse Jacques, el rival favorito de su amo?

—Pero ¿es que ya ha ocurrido por segunda vez?

¿Por qué no iba a ser por segunda vez antes? Siempre preguntando. ¿Así que no queréis que Jacques continúe con la historia de sus amores? Decidlo de una vez por todas: ¿os gustaría o no que Jacques explicara la historia de sus amores?».

Y entonces, como si pudiera rebobinar una película o retroceder una pantalla del videojuego, Diderot nos permite volver a donde estábamos:

«Si eso es lo que os gustaría, reintegremos la campesina a la grupa, detrás del jinete, dejemos que se vayan y   volvamos a nuestros dos viajeros. Esta vez fue Jacques quien tomó la palabra y le dijo al amo: «Así va el mundo; vos, que nunca habéis recibido una herida y que no sabéis lo que es un balazo en la rodilla, me mantenéis a mí, que tengo la rodilla destrozada y cojeo desde hace veinte años…».

También Italo Calvino habla con su lector y le ofrece diversos inicios, desarrollos y desenlaces en Si una noche de invierno un viajero;  le permite atisbar todas esas novelas posibles que no llegan a nacer al vernos obligados a elegir una de ellas, del mismo modo que, según ciertos teólogos medievales, del semen derramado nacen, en vez de los miles de hijos que pudieron ser, miles de demonios.

Woody Allen también ofreció diversas maneras de iniciar Manhattan:

Y, por supuesto, también existe toda la moderna narrativa hipertextual o los videojuegos, que ofrecen un árbol de historias que se bifurcan una y otra vez.

Pero en la novela clásica, lineal, el escritor tiene que elegir entre diversas alternativas y se limita a mostrarle un resultado al lector. Porque a los lectores, a los espectadores, a los degustadores de la narrativa también nos gusta ver cómo otros se mueven por el mundo narrativo y no siempre queremos ser protagonistas no vernos obligados a elegir:

“También en la antigüedad, muchos se pasaban las horas como espectadores del recorrido que otros, como Homero, les ofrecían, porque su manera de moverse, de detenerse aquí y allá, de acariciar y mostrar los objetos de aquel prodigioso edificio narrativo era única. Pero quizá tan sólo ahora, en este futuro que ya está aquí, el narrador de los nuevos medios y el lector de los nuevos medios pueden ser, finalmente, la misma persona.” (El guión del siglo 21)

Ahora bien, tampoco había que olvidar que aunque en la Ilíada o en la Odisea o en cada una de las obras de los dramaturgos griegos se nos ofrece una única posible historia, si algo caracteriza a la mitología griega es la variedad de versiones de un mismo acontecimiento, y cada vez que Sófocles, Esquilo o Eurípides retomaban un tema mítico de ese inmenso edificio de la mitología, ofrecían aquí y allá nuevos desarrollos, variantes inesperadas, nuevas interpretaciones, como hizo Eurípides al hacer a Medea responsable de al muerte de sus hijos, se dice que porque en Corinto le pagaron para que librara a la ciudad de la mala fama de esa leyenda. De este modo, al final se acababan por contar de una manera no todas pero sí muchas de las historias posibles. Todo aficionado a la mitología griega sabe que, si busca bien, puede encontrar una versión de un mito concreto que satisfaga sus necesidades, expectativas y deseos, y eso que sólo se ha conservado un diez por ciento de la cultura grecolatina, o menos. Si quiere que Ulises no regrese a Ítaca, existe una versión; si prefiere que regrese pero después se vaya, también; si le gusta imaginar que Penélope fue infiel con un pretendiente o con todos a la vez, encontrará a alguien que lo dijo. Del mismo modo que el jugador conecta de nuevo su videojuego y toma una ruta alternativa, el mitógrafo puede encontrar casi lo que quiera siempre que sepa buscar e interpretar.

 


  [Este texto fue publicado en la página Divertinajes, dentro de la serie titulada La ilusión imperfecta]

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Mímesis y símbolos

Joaquín Lomba Fuentes, en La filosofía judía en Zaragoza, llama la atención acerca de una importante diferencia entre el “horizonte cultural” judaico y el griego:

“Frente a un mundo mimético griego que remite a un universo de modelos significados, el judaico presenta el mundo como un conjunto de símbolos substantes en sí mismos y que mueven no a la inteligencia, que busca significados a través de significantes, sino a la imaginación, sensibilidad y conocimiento-praxis en busca de la instalación de la conciencia en otro u otros niveles simbólicos. Y este carácter que es propio del mundo judío podemos extenderlo al mundo semita en general, incluyendo la cultura islámica.”

lombafuentesEsta diferencia entre mímesis y simbolización probablemente puede dar lugar a una interesante investigación, más que nada teniendo en cuenta la crítica moderna al concepto griego de mímesis o imitación. Es evidente que en el arte la cosa misma (la cosa en sí o noúmeno, aquello que está más allá de las apariencias) no puede darse, sino que debe ser presentada o bien mediante una imitación o bien mediante una simbolización (no me detendré ahora a pensar si existen otras maneras de presentación de la cosa en sí).

Si queremos contar el nacimiento de Jesucristo o de Mitra podemos hacerlo mediante una duplicación de ese suceso que haga que el espectador sienta que lo está viendo de nuevo. Eso sería la mímesis.

También podemos hacerlo a través de la simbolización: mediante simbolos que el espectador descifra: este simbolo es Mitra, este otro Jesucristo, aquél de allá el nacimiento de un dios.

Una imagen equívoca que se mueve entre el símbolo y la imitación. Ademas ambigua, porque podría ser identificada como su dios tanto por los mitraístas como por los primeros cristianos (e incluso por los órficos)

Una imagen equívoca que se mueve entre el símbolo y la imitación. Ademas ambigua, porque podría ser identificada como su dios tanto por los mitraístas como por los primeros cristianos (e incluso por los órficos)

Pero creo que Lomba Fuentes se equivoca en la parte final al caracterizar el modo semita y el modo griego. Al menos desde el punto de vista del arte y del espectador, el modo mimético tiene más bien las características que Lomba Fuentes atribuye al simbólico: quien ve la estatua de Apolo cree estar ante el mismo dios Apolo, quien asiste a una representación de Sófocles por un momento cree estar viendo realmente el asesinato de Edipo. Es decir, pone en marcha su imaginación y su sensibilidad tanto o más que su inteligencia. Por el contrario, en el simbolismo semita lo que fundamentalmente se pone en marcha es la inteligencia y la búsqueda de significados para esos significantes que se le muestran. Al menos en el terreno del arte y la estética. Pero quizá Lomba Fuentes se refiere al terreno de la pura especulación filosófica, aunque lo llame “horizonte cultural”.

**********

[Escrito antes de 1989. Las imágenes y el texto en verde son de 2014]

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Joaquín Lomba Fuentes

NOTA en 2014

Recuerdo todavía la gran emoción intelectual que supuso para mí la lectura. hacia 1989, de los dos libros de Joaquín Lomba Fuentes La filosofía judía en Zaragoza y La filosofía islámica en Zaragoza. Son dos libros magníficos.

Tiempo después, escribí un comentario a esta entrada: “¿Es el arte siempre imitación?”



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NEXOS 20031209

Nexos es un juego de combinaciones azarozas que inventé para pasar el rato y aprovechar mis lecturas. Lo he contado en Nexos. Consiste fundamentalmente en conectar de alguna manera lógica los libros que estoy leyendo en un momento determinado.

Para ver los libros de los que nace o que conecta este Nexos 20031209 (es decir, escrito el 31 de diciembre de 2003) , puedes pasar el ratón sobre las notas del texto, o hacer clic en ellas, para leerlas al final de este documento (y con letra más grande). Desde allí podrás regresar al texto que estabas leyendo con otro sencillo clic.

NEXOS: HEREJE

He de comportarme ahora como hereje [1]arte del cambio, puesto que hereje es aquel que elige. Entre todas mis notas, elijo aquellas que me interesan en este momento.

El primer problema que me encuentro es que no sé por dónde empezar. Decían los griegos que el principio era la mitad de todo y, para salir de este atolladero sin comienzo, decido aplicar el lema que tan a menudo repite Watzlawick: “Think Little and learn by doing” [2] . Piensa poco y aprende haciendo. Y ello me lleva actuar, pero es esta una acción que consiste en pensar, y lo primero que pienso es si se me puede aplicar o no lo que decía Lichtemberg: “Todo se aprende, no para exhibirlo, sino para utilizarlo”[3] , puesto que yo aquí estoy utilizando lo aprendido y, al mismo tiempo, exhibiéndolo.

es real la realidad

Y si puedo escribir estas frases y brillos ajenos, tal vez deba agradecérselo a Jefferson [4], quien inventó el concepto de las bibliotecas públicas e implantó el derecho de consultar un libro sin coste alguno”, pero también al desarrollo de los ordenadores, al hiperenlace soñado por Vannevar Bush y bautizado por Ted Nelson [5], que me permite mencionar a los autores de todas estas ideas de una manera no tan fatigosa como es la de las notas a pie de página.

mundo digitalDice Martin Davis [6]computadorauniversalque Newman comprendió gracias a Turing que una máquina de calcular es en realidad un artefacto lógico. Antes ya lo había comprendido Reuleaux [7], y quien sabe si tras estas líneas que ahora lees se esconde un artefacto lógico que mezcla palabras y citas, y no un ser humano. ¿Podría el lector asegurarlo?, ¿podría un artefacto lógico (binario o no con vapor o sin él) superar el test de imitación que propuso Turing para distinguir seres humanos y máquinas y que Philip K.Dick utilizó en ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, que fue adaptado al cine como Blade Runner [8] por Ridley Scott, en donde aparecía precisamente un androide llamado como este experimento, es decir, Nexus?

androides y ovejas

¿Podría yo ser un Nexus que engaña al lector haciéndole pensar que soy un hombre cuando en realidad soy una máquina? Muchos dirán que no, que no hay máquina capaz de imitar plenamente a un humano, pero, como también decía Turing [9], aunque tal vez a una máquina le resultará difícil superar el test de imitación (fingirse humana), si un hombre intentase ser una máquina daría un espectáculo bien pobre”.

puede-pensar-una-mquina-1-638 Si yo quisiera ser máquina, fingir e imitar a ese supuesto organismo inferior, y me preguntasen cuáles son los trescientos primeros números primos, creo que me quedaría en blanco y mi examinador, a lo Blade Runner inverso, daría en el blanco al denunciarme como humano fingidor. Que es lo mismo que sucede cuando reprochamos a los delfines [10] que sólo son capaces de aprender seis o siete palabras de nuestro lenguaje, ¿y cuántas sabemos nosotros pronunciar del suyo? Y bien, lector impaciente, te preguntarás tal vez si estas disquisiciones tendrán fin, pues pretendía yo citar treinta o cuarenta libros y apenas he mencionado tres.

La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es proverbios-griegos.jpgSí, es cierto, varío y desvarío y lo único que creo haber aprendido haciendo este primer Nexos (learn by doing) es que se ha de ser breve y que cada Nexo dependerá del momento. Tal vez el próximo sea más extenso y más intenso, pero aquí, aunque mal, he de poner el Colofón y lo pongo con mayúsculas porque la expresión viene de la costumbre de las doce ciudades de Jonia de resolver los empates en las votaciones: se llamaba a los de Colofón [11] para que con su voto inclinaran la balanza.

…Pero cuenta Estrabón una versión distinta y dice que el proverbio se debe a que los colofonios poseían una fuerza de caballería tan impresionante que ponía punto y final a las batallas en cuanto intervenía. Y así, con griegos al principio y al final acaba esta batalla desigual de la que salgo magullado pero aún vivo.


[Publicado en diciembre de 2003]

Nexos

Error: puede que no exista la vista de 85c1818o9s

  1. [1]Hereje:“Aquel que tiene la posibilidad de elegir”. Lo dice Watzlawick en El arte del cambio
  2. [2]Think little and learn by doing: de nuevo lo dice Watzlawick y de nuevo en el mismo libro, El arte del cambio
  3. [3]Lichtenberg: De nuevo citado por Watzlawicz, pero esta vez en ¿Es real la realidad?
  4. [4]Jefferson: Negroponte dice en El mundo digital que las bibliotecas públicas las inventó Jefferson. No sé si se refiere sólo a Estados Unidos o a todo el mundo, pero, de ser cierto lo segundo, esta sería otra gran contribución de los Estados Unidos a la civilización
  5. [5]La historia de Ted Nelson y el hipenlace se cuenta en ted nelsoN, publicado en Cómo se inventó el futuro
  6. [6]Martin Davis: En La computadora universal, de Leibniz a Turing
  7. [7]Reuleaux: Ruleaux dijo que el vapor no era parte de la maquinaria de la máquina de vapor, anticipándose a Turing en muchos años. Lo menciono en el primer texto de “La polémica digital”
  8. [8]Blade Runner: No todos los nexos van a ser libros, aunque también hay que recordar que la película Blade Runner se basa en el relato de Philip K.Dick mencionado en el texto principal: “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?
  9. [9]Turing: En el legendario ensayo: ¿Puede pensar una máquina?
  10. [10]delfines: En ¿Es real la realidad?, Watzlawicz dedica un capítulo asombroso y deslumbrante a los delfines
  11. [11]Colofón: Acerca del origen de esta expresión, que ha sobrevivido más de veinte siglos, se habla en una de las colecciones latinas de proverbios griegos, (editado por Gredos: Proverbios griegos). Otra frase casi tan antigua es aquella que dice: “Eres más feo que Picio”. Al parecer Picius era un soldado romano extremadamente feo.

Pénélope (Brassens) por Barbara

En La fiel Penélope ya incluí esta canción, en aquella ocasión en dos versiones de su autor Georges Brassens. para La discoteca infiel he reservado la extraordinaria versión de Barbara, incluida en su disco de homenaje a Brassens y Brel, uno de los pocos que grabó con canciones ajenas. En la entrada que acabo de mencionar hay mucha más información acerca de esta manera de contemplar la figura de Penélope, que no es tan reciente como puede parecer.

 

 [tube] http://www.youtube.com/watch?v=fB6zsvZyQbg [/tube]

PénélopeToi l’épouse modèleLe gril­lon du foyerToi qui n’a point d’accrocsDans ta robe de mariéeToi l’intraitable Pénélope

En suiv­ant ton petit

Bon­homme de bonheur

 

Ne berces-tu jamais

En tout bien tout honneur

De jolies pen­sées interlopes

De jolies pen­sées interlopes…

Der­rière tes rideaux

Dans ton juste milieu

En atten­dant l’retour

D’un Ulysse de banlieue

Penchée sur tes travaux de toile

Les soirs de vague à l’âme

Et de mélancolie

N’as tu jamais en rêve

Au ciel d’un autre lit

Compté de nou­velles étoiles

Compté de nou­velles étoiles…

N’as-tu jamais encore

Appelé de tes vœux

L’amourette qui passe

Qui vous prend aux cheveux

Qui vous compte des bagatelles

Qui met la marguerite

Au jardin potager

La pomme défendue

Aux branches du verger

Et le désor­dre à vos dentelles

Et le désor­dre à vos dentelles…

N’as-tu jamais souhaité

De revoir en chemin

Cet ange, ce démon

Qui son arc à la main

Décoche des flèches malignes

Qui rend leur chair de femme

Aux plus froides statues

Les bas­cul’ de leur socle

Bous­cule leur vertu

Arrache leur feuille de vigne

Arrache leur feuille de vigne…

N’aie crainte que le ciel

Ne t’en tienne rigueur

Il n’y a vrai­ment pas là

De quoi fou­et­ter un cœur

Qui bat la cam­pagne et galope

C’est la faute commune

Et le péché véniel

C’est la face cachée

De la lune de miel

Et la rançon de Pénélope

Et la rançon de Pénélope…

PenélopeTú, la esposa modelo,El alma de la casaTú, que no tienes manchasEn tu vestido de novia

Tú, la intratable Penélope;

Al seguir al hombre

Que te hace feliz

 

 

¿Nunca has tenido,

a pesar de toda tu felicidad,

algunos dulces pensamientos prohibidos

algunos dulces pensamientos prohibidos…?

Tras de tus cortinas,

Estando en tu sitio,

Al esperar el regreso

De un Ulises de barriada

Volcada en tus trabajos de costura

Las tardes de nostalgia

Y de melancolía

¿Nunca has soñado

En el cielo de otra cama

Contado nuevas estrellas,

Contado nuevas estrellas…?

¿Tampoco has

deseado con todas tus ganas

al amor que pasa,

que te coge por los cabellos

que te cuenta tonterías

que pone una margarita

en el huerto,

la manzana prohibida

en las ramas del vergel

y el desorden en tus delantales y

el desorden en tus delantales…?

¿Nunca has deseado

volver a encontrarte en el camino

a ese ángel, ese demonio

que con su arco en la mano

lanza flechas malvadas,

que devuelve su carne de mujer

a las más frías estatuas,

las agita en su pedestal

empuja su virtud

arranca su hoja de viña,

arranca su hoja de viña…?

No temas que el cielo

Sea riguroso por eso.

En verdad no hay por qué

Perseguir a un corazón

Que galopa desbocado.

Es la falta común

Y el pecado venial

Es la cara oculta

De la luna de miel

Y el precio del rescate de Penélope

Y el precio del rescate de Penélope…

 

(traducción de Jesús)

 

 

 


 

**********

LA DISCOTECA INFIEL

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Sinleke Unumi, uno de los primeros escritores

 

La Epopeya de Gilgamesh es una de las primeras muestras de escritura que puede recibir el nombre de literatura, porque es la primera con una ambición narrativa obvia. No se limita a contar las hazañas de los dioses con un propósito religioso, ni las batallas de los reyes para elogiar su gloria, sino que parece esconder también un propósito artístico. No sabemos quién escribió este relato por primera vez, pero sí conocemos los nombres de algunos de los que la copiaron siglo tras siglo en diversas lenguas, como Sinleke Unumi, autor de la versión ninivita, la más apreciada. Nínive era una ciudad de Asiria y, por lo tanto, Sinleke Unumi, el primer autor literario conocido, era asirio.

Al leer las aventuras de Gilgamesh, rey de la ciudad de Uruk,  y de su compañero, el hombre bestia Enkidu, podemos preguntarnos las mismas cosas que  nos preguntamos al leer la Ilíada y la Odisea, las dos obras atribuidas a Homero. Del mismo modo que nos preguntamos si Homero conoció la escritura, podemos preguntarnos ¿conocía Sinleke Unumi la escritura?

La respuesta a la primera pregunta es difícil. Muchos expertos opinan que Homero era analfabeto, un poeta ciego, cuyos cantos alguien transcribió. En el caso de Sinleke Unumi, sin embargo, hay que suponer que conocía muy bien la escritura, a pesar de haber vivido probablemente 2000 años antes que Homero. ¿Y por qué lo digo con tanta seguridad? Porque es en la propia Epopeya de Gilgamesh donde se menciona la escritura de manera explícita en sus primeros versos:

“Voy a presentar al mundo
a Aquel que todo lo ha visto
que ha conocido la tierra entera
comprendido todas las cosas
y explorado alrededor
de todo lo que está oculto.

 

Excelente en sabiduría
todo lo abarcó con la mirada
contempló los secretos
descubrió los misterios
y nos ha contado incluso
el tiempo antes del Diluvio.

 

De vuelta de su lejano viaje
agotado pero apaciguado
grabó sobre una estela
todos sus trabajos.

Como se ve, quien nos transmite el poema no se atribuye el mérito de haberlo escrito, sino que afirma que el verdadero autor es el  protagonista de las aventuras, el rey Gilgamesh de Uruk. Para confirmar que se dispone a transcribir los textos escritos por el legendario rey sabio (2el que todo lo ha visto”), el escriba nos dice un poco más adelante:

“Ve ahora a buscar
el cofrecillo de cobre
manipula en él
el anillo de bronce
Abre en él
el pomo del secreto
y extrae la tablilla de lazulita
para descifrar
cómo Gilgamesh
superó tantas pruebas.”

Esta manera de iniciar el relato es la misma que emplea Cervantes cuando dice en el Quijote que las aventuras del caballero manchego fueron escritas no por Alonso Quijano en persona pero sí por Cide Hamete Benengelí. Algunos han intentado identificar este nombre con Cide Hamete Bejarano, y también se sabe que había ciertos personajes en La Mancha que se vestían con viejas armaduras y se lanzaban a aventuras a la usanza de la antigua caballería. Tal vez Cervantes se inspiró en crónicas y atestados de la época como lo hizo Stendhal con sus deliciosas Crónicas italianas.

Regresemos a la Epopeya de Gigamesh.

Parece claro, como hemos visto, que existía un antiguo relato escrito en ese mineral de nombre tan hermoso como su color, lapislázuli o lazulita. Persiste, sin embargo, la duda acerca de si esa tablilla contenía todo el relato o si se trataba tan sólo de la clave que permitía descifrar el lenguaje de otras tablillas. Al parecer, el antiguo sumerio ya no se hablaba en esa época, pero ciertos escribas acadios, asirios o babilonios conservaban el secreto de su lectura.

Son dudas que se deben, sin duda, a mi ignorancia de la lengua del poema, que en este caso era el acadio, o a la ambigüedad del traductor, en este caso Jean Bottéro, al escribir “Extrae la tablilla de lazulita para descifrar…” Conviene, pues, consultar otras traducciones, como la de Joaquín Sanmartín,  realizada a partir de los textos acadios recopilados por Andrew George. Combino aquí la traducción de Sanmartín con la del propio George, para resolver algún pasaje dudoso:

“Encuentra el cofre de cobre,
descorre sus cerrojos de bronce,
levanta la tapa misteriosa
alza la tablilla de lapislázuli
y lee en voz alta
los trabajos de Gilgamesh
y como él los superó.”

Aquí la idea de que la tablilla de lapislázuli es una especie de contraclave que serviría para descifrar otro texto se disuelve, y con ella la sugerente posibilidad de que nos encontremos ante el primer lenguaje secreto de la humanidad. Sin embargo, no hay que olvidar que el lenguaje cuneiforme precisaba siempre de un cierto desciframiento, al componerse de 600 signos diferentes, cada uno de ellos con muy diversas interpretaciones, como señala Julian Jaynes:

“Muchos de esos signos eran ideográficos, pero el mismo signo podía representar una sílaba, una idea, un nombre o una palabra con diversos significados según la clase a la que perteneciera, clase que solía ser señalada por una marca. Sólo por el contexto se podía entender el significado”.

Jaynes pone el ejemplo del signo, que cuando se pronuncia como samsu significa sol, pero que cuando se pronuncia como ūmu es día, y cuando pisu es blanco, pero que también sirve para las sílabas ud, tu, tam, pir, lah, y his, por lo que las dificultades para interpretarlo “eran incluso grandes en su momento”. A quienes conozcan un poco la lengua china, les sonará esta característica del sumerio, con la diferencia de que en chino hay más de 50.000 caracteres, aunque basta con 2000 para hablarlo y escribirlo. Por otra parte, si recordamos que los bibliotecarios del año -600 leían los textos del -2700, es inevitable pensar que ellos también descifraban lo que habían escrito sus antepasados, incluso aunque estuviera escrito en el mismo idioma.

Escriba

En cualquier caso, es a partir del momento en el que se extrae del cofre y se lee la tablilla de lapislázuli cuando Sinleke Unumi trascribe el relato del propio rey Gilgamesh. A partir de ese momento el relato coincide con lo que se conoce  como la versión antigua del poema, aunque de tanto en tanto se encontrarán muchas interpolaciones que hacen diferente y único el relato de Sinleke.

Pero, ¿por qué hablo de un autor, de Sinleke Unumi, con tanta seguridad? ¿Por qué atribuirle, no el poema de Gilgamesh pero sí al menos su versión más elogiada, no ya por nosotros, sino por los bibliotecarios de la Biblioteca de Asurbanipal, que los arqueólogos encontraron en Nínive?

Lo hago porque en un catálogo encontrado en esa asombrosa biblioteca se atribuye la serie de Gilgamesh (las doce tablillas que comprende el poema) a Sinleke Unumi. Los bibliotecarios escriben el catálogo hacia  el año -600 y sitúan a Sinleke hacia el -2700, así que las sospechas acerca de su fiabilidad con muchas, pues son tantos años los que les separan de Sinleke como los que nos separan  a nosotros de ellos, de Asurbanipal o de Homero. Los bibliotecarios dicen que Sinleke era un exorcista y lo sitúan en la época posterior al Diluvio, por lo que sería contemporáneo del propio Gilgamesh.

Como se ve, en la Epopeya de Gilgamesh la escritura está siempre presente. Se habla de un relato escrito y de una transcripción de ese relato, más que de un canto, como parece suceder en los textos considerados homéricos, en los que apenas hay alguna mención a la escritura y además es dudosa (ver ¿Conocía Homero la escritura?).


[Escrito en 2014. Revisado en 2019]

En cuanto a si Sinleke es el primer autor de la humanidad o si Homero habla de sí mismo en sus obras, esas son otras historias, que cuento en ¿Habla Homero de sí mismo en sus obras? y en El primer autor de la historia es una mujer.

Toda la mitología

LA EPOPEYA DE GILGAMESH

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Exhortación a Ulises (Petronio)

Deja tus moradas y busca costas extranjeras,
oh joven: para ti nace un nuevo orden de cosas
No sucumbas al mal: te ha de renovar el Danubio extremo,
el bóreas helado, los tranquilos reinos del Egipto
que ven al sol levantarse y descender.
Y, más grande, que descienda Ulises en lejanas playas.

Linque tuas sedes alienaque litora quaere,
o iuvenis: maior rerum tibi nascitur ordo.
Ne succumbe malis: te noverit ultimas Hister,
te Boreas gelidus securaque regna Canopi,
quique renascentem Phoebum cernuntque iacentem:
maior in externas Ithacus descendat Harena

Petronio, Exortatio ad Ulixem

 

John William Waterhouse, Ulises y las sirenas (1891)


 NOSTOI

 

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