El análisis premortem de Washington Irving Bishop


Todo el mundo ha oído hablar del análisis postmortem, un trabajo de forenses que aparece una y otra vez en todo tipo de series de televisión y en novelas policíacas. Pero pocos conocen el análisis premortem. No se trata, como puede parecer a primera vista, de una autopsia practicada a alguien que todavía está vivo, aunque según parece eso ha sucedido más de una vez. En otra ocasión hablaré del verdadero análisis premortem, un método que se emplea para evaluar proyectos, pero ahora permitid que os cuente uno de esos casos de autopsia premortem, la de un hombre llamado Washington Irving Bishop, que al parecer era nieto del justamente célebre narrador Washington Irving.


Cartel de promoción de Bishop

Bishop nació en 1856. Sus padres eran espiritistas practicantes, que transmitieron a su hijo la afición de hablar con el más allá. Sin embargo, tras unos años durante los que se dedicó a fingir, como sin duda habían hecho  sus padres, que creía en la comunicación con los muertos, Bishop decidió denunciar públicamente los métodos de sus colegas, como la medium Anna Eva Fay. De crédulo y farsante pasó a ser honrado denunciador de las mentiras espiritistas.

Años después  se produjo un nuevo cambio en la vida de Bishop, tal vez causado por necesidades económicas, que le llevaron a plantearse si valía la pena volver a engañar a los crédulos que pueblan el mundo, pues, como dijo Barnum, a cada minuto nace un tonto. Bishop empezó entonces a hacerse conocido por sus lecturas de las mentes ajenas y como un gran experto en lectura muscular, que consiste en vendarse los ojos y adivinar el pensamiento de otra persona, tan solo tocando su mano.

Pero las actuaciones de Bishop a veces contaban con un espectacular ingrediente adicional, que no era responsabilidad suya, al menos no de manera consciente, porque ese aliciente extra consistía en que el Bishop caía en un trance que le hacía perder la conciencia y quedarse como muerto en el escenario. Al cabo de un tiempo, eso sí, regresaba a la vida. Ese número especial, ese momento único y asombroso, como he dicho, no estaba incluido en el espectáculo, sino que era provocado de manera siempre imprevisible e inesperada por una enfermedad cataléptica que padecía Bishop. Ahora bien, para evitar que alguien creyera que estaba realmente muerto, Bishop había avisado a sus allegados y llevaba siempre en la chaqueta un papel en el que se advertía de sus trances catalépticos. De este modo, cuando era presa de uno de sus trances, simplemente había que esperar a que saliera de él de manera natural.

El lector ya puede imaginar el desenlace de esta historia, aunque le daré algunos detalles. Sucedió un 12 de mayo de 1889 en el Lamb’s Club de Nueva York. Bishop realizó su espectáculo de lectura muscular y de repente cayó al suelo, como derribado por un rayo. Tras unos minutos, se recuperó del trance cataléptico y pudo continuar el espectáculo. Sin embargo, poco después sufrió otro ataque, y en este caso la recuperación no llegó. Aunque los cronistas que he podido consultar no lo cuentan, se supone que el público acabó por abandonar el club y que Bishop fue llevado a otro lugar, hasta que alguien decidió que aquel hombre estaba definitivamente muerto. El asunto no se habría convertido en trágico si los doctores hubieran leído el dichoso papelito, en el que se advertía que en ningún caso debía practicarse una autopsia al medium.

Cuando la mujer de Bishop acudió a la funeraria, descubrió que a su marido le había sido practicada una autopsia y que incluso se le había extraído el cerebro, que por alguna razón nunca explicada, había sido guardado dentro de su cavidad torácica. Según todos los indicios, cuando todo eso sucedió Bishop todavía estaba vivo.


Bishop definitivamente muerto

Así que el de Bishop fue una análisis premortem, aunque no tan terrible como el que leí en un comic de terror durante la adolescencia, en el que el cataléptico se despertaba en el preciso instante en que la sangre de su cuerpo era sustituida por cera o algún líquido fijador. También Hitchcock realizó un capítulo con un argumento similar para su serie de televisión. Como es obvio, la influencia detrás de estos relatos es Edgar Allan Poe y su cuento El entierro prematuro.

Por cierto, cuando leí durante la adolescencia El entierro prematuro decidí dar a mis familiares y amigos la instrucción de que a mi muerte no me enterraran “hasta que oliera”, es decir, hasta que la putrefacción fuera evidente, o bien, que me cortaran el dedo gordo de una mano, lo que, al parecer, puede demostrar que no estás definitivamente muerto. En una ocasión me entrevistaron en un programa de televisión dedicado a últimas voluntades extravagantes (“El programa de Ana”, presentado por Ana García Lozano) y conté este último deseo mío. Fue muy divertido.

Mike Hills: Autopsia de Frankenstein

 Pero, como dije al principio, estos análisis premortem no son lo que verdaderamente se conoce por este nombre, pero ya es demasiado tarde para explicarlo aquí, así que lo dejo para la un próximo artículo. Si la catalepsia o algo peor no me lo impide, claro.

Ver Gary Klein, analista premortem

[Publicado el 8 de mayo de 2012 en Divertinajes]


HISTORIA

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La comprensión no implica justificación moral

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El historiador Taylor cuenta a Ved Metha en La mosca en el frasco:

“Cuando juzgo -tal vez esta es una forma errónea de proceder para un historiador- cuando juzgo los sucesos del pasado, trato de hacerlo tomando en cuenta la moralidad existente entonces, no la mía”.

Esta es una opinión con la que es tan fácil estar de acuerdo como en desacuerdo.

Es evidente que hay que intentar conocer la moralidad de “entonces” y las razones que impulsaron a cada persona en cada época a actuar de una u otra manera. Pero de ahí se pasa muy fácilmente a la justificación, cosa con la que no estoy de acuerdo.

Es decir, no creo que la explicación de un acto del pasado sea equivalente a justificación. Un acto no pierde o gana moralidad porque sea cometido más allá o más acá de determinadas fronteras temporales o espaciales.

Es cierto, sin embargo, que si en una determinada sociedad es común considerar como normal la esclavitud, resulta muy difícil que un ciudadano de tal comunidad sea capaz de percibir que la esclavitud es deleznable, pues le parecerá algo sencillamente natural. Eso no implica que la esclavitud se convierta en algo estupendo contemplado por el historiador que mira desde los parámetros de esa cultura. Podemos juzgar con menos dureza a un esclavista griego del siglo -VIII que a uno del siglo -V, pero no podemos considerar que el del siglo -VIII era un persona moralmente estupenda, cosa que sí opinaría al menos yo, si se tratase de un antiesclavista del siglo -VIII. Dicho de otra manera, quizá en algunos casos podemos calificar de morales o justos ciertos actos dentro de un contexto histórico, aunque no sea tan fácil a veces calificar de inmorales o injustos otros en ese mismo concepto histórico. Digamos, por ejemplo, que alguien, como Platón en el siglo -IV o Li Zhi hacia el año 1600 dijeran que se debe educar tanto a los hombres como a las mujeres. Esas dos opiniones tienen un gran valor ético, moral y social, un valoir incluso doble por haber sido expresadas en un conntexto en el que estaba extendida la idea de que las mujeres no debían acceder a la educación.

En cualqueir caso, el hecho de que conozcamos por qué la gente actuó de esta o de aquella manera, y que intentemos explicarlo, es muy  distinto del hecho de que al hacerlo justifiquemos desde un punto de vista moral sus actos. Por otra parte, a menudo sucede que se considera como definitorio de una época lo que los poderosos de esa época o lugar preferían y es frecuente que se presente las culturas como todos coherentes, como conjuntos sin partes, ni disidencias. Pero eso está muy lejos de la realidad. No me extenderé más aquí sobre este tema.


NOTA en diciembre de 1994
La ecuación explicación=justificación, lleva a una curiosa paradoja. Este razonamiento se aplica cuando se estudia una cultura ajena, espacial o temporalmente. Pero, de ser cierta tal teoría, tampoco podemos juzgar con equidad a nuestros contemporáneos, puesto que en cuanto hayan pasado cien años, la descripción o explicación de sus actos servirá para justificarlos.
Ahora bien, además de esto: ¿servirá también la explicación de mis actos combatiendo esos actos que se han explicado/justificado para, a su vez, justificar los míos? Dos paradojas por el precio de una.
Si se prosigue este análisis, y ya me imagino las razones que esgrimirán los justificacionistas, se llega a dejar esa teoría vacía de contenido, pero no me ocuparé aquí de ello. Por otra parte, cuando se habla de la moralidad de una época, se habla de los testimonios conservados de esa época acerca de la moralidad, que, salvo raras excepciones y por razones bastante evidentes, suelen coincidir con las ideas de los poderosos.

NOTA en 2016
Con mucha razón, Carr ha sido criticado, incluso por los historiadores rusos después de 1989, por presentar en su historia de la Unión Soviética los hechos desde el punto de vista de Lenin y Stalin. Y lo hizo precisamente recurriendo al argumento de que había que describir y explicar las cosas en su contexto.


[Escrito antes de 1994. Publicado el 4 de junio de 1994. Revisado también en 2019]


POLÍTICA

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Razón y emoción

¿Dónde está la frontera que separa la razón de la emoción? Los escritores africanos reivindican la emoción frente a la razón -dice Caranci-, acusando a los europeos de dar mas importancia a la razón.

Este reproche, por supuesto, notiene sentido más que en algún aspecto muy limitado, ya que los europeos a lo largo de su historia no se caracterizan precisamente por anteponer la razón a la emoción, sino más bien al contrario (como los propios africanos han tenido ocasión de comprobar).

¿Existe, pues, una frontera clara que separe la razón de la emoción?

¿Existe una frontera clara que separe el mytos del logos?  Yo no la veo.

*********

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Tal vez Caranci usa emoción como sinónimo de “sentimiento mágico de la existencia” y razón en el sentido de “ciencia”.

Retorno al pasado

 

  Hay debates que son tan insustanciales que da mucha pereza entrar en ellos: la astrología, las seudoterapias, el diseño inteligente, los nacionalismos.

Después de dos guerras mundiales provocadas por la lucha feroz entre nacionalistas, especialmente en Europa, pensar que alguien en su sano juicio todavía sea presa de ansias nacionalistas de manera obsesiva parece difícil de creer.

Ahora que empezábamos a pensar en lo bueno que sería poder viajar por toda Europa como quien viaja por su barrio, resulta que se proponen fronteras donde nunca las ha habido.  Ahora que ya nos estábamos preparando para despojarnos de nuestra identidad española para convertirnos en europeos y comenzar a pensar en algo mayor, algo así como “terrestres”, resulta que nos tenemos que volver a preguntar si somos padanos, corsos, escoceses, vascos, castellanomanchegos o catalanes. Ahora que habíamos asumido que somos ciudadanos, y no súbditos ni hooligans de la patria, se propagan aquí y allá identidades basadas en naciones reales o imaginarias, en lenguas que se hablan o no se hablan, se emplea de nuevo el “nosotros” frente al “ellos” y legiones de entusiastas corren a la calle agitando banderas de colores y cifran el sentido de su vida en la pertenencia a un territorio dibujado en el mapa.

Es obvio que quienes alientan los procesos nacionalistas, como el incesante procés catalán, lo único que quieren es seguir explotando para su uso particular un territorio, y al mismo tiempo librarse de ser procesados, no por sus ansias independentistas (que tan súbitamente se han apoderado de ellos, por cierto) sino por la corrupción mafiosa de las últimas décadas. También resulta obvio que muchos de los entusiastas se dejan llevar por un maniqueísmo trabajosamente  construido en las escuelas y en los medios de comunicación dóciles durante años al nacionalismo, que coinciden con el franquismo en dibujar una España de pandereta y que alientan el más estúpido de los complejos de superioridad y el egocentrismo más vulgar: el que se basa en haber nacido aquí o allá.

Pero lo que de verdad asombra es que personas progresistas, que creen en la justicia y la solidaridad, se unan a los corruptos y a todos esos entusiastas que por carecer de personalidad propia prefieren fabricarse una identidad grupal. Porque creer que se puede conseguir un mundo más justo a través de las identidades nacionales no solo es un espejismo, sino un retorno al pasado, al peor de los pasados.


POLÍTICA

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La lógica demente de la nueva izquierda

 

Hoy domingo se celebra la segunda vuelta de las elecciones francesas. Los sondeos indican que Macron va a superar a Le Pen quizá por un 60 frente a un 40 por ciento. Parece una tremenda ventaja en una contienda política, pero no lo es. No lo es porque quien va a obtener un 40 por ciento (o aunque solo sea más de un 30 por ciento) va a ser la dirigente de un partido fascista. Y en este caso no se trata de una metáfora o de esa afición de muchos a emplear la palabra fascista para referirse a cualquiera, como se hacía en mis tiempos de instituto y se sigue haciendo, con la intención de descalificarlo, convirtiendo cualquier debate en pura demagogia. No, en este caso se trata de un partido realmente fascista, creado por un fascista defensor del nazismo y dirigido ahora por su hija, que en la lucha por el poder intenta disimular su verdadero pensamiento.

Hay muchas razones para explicar que el Frente Nacional de los Le Pen amenace con superar la barrera del 20 por ciento que es lo que obtuvo Jean-Marie cuando se enfrentó a Jacques Chirac. No sé si la más importante de esas razones (sospecho que sí) pero sin ninguna duda la más vergonzosa es la complicidad de la nueva izquierda representada por Francia Insumisa.

Jean-Luc Melenchon, “La fuerza del pueblo”

Melenchon, líder de Francia Insumisa y esa nueva izquierda cómplice le han dado a Le Pen la mayor legitimidad que nunca antes se había dado al fascismo en la Francia democrática tras la Segunda Guerra Mundial, la que consiste en ponerlo en pie de igualdad con las propuestas de un político democrático, como Macron. Han propagado con éxito la idea de que una cosa y otra son la misma, han activado una lógica demente que les hace cómplices del ascenso del fascismo en Francia. Es perfectamente posible entender que un joven se deje llevar por el maximalismo de “quiero que gane lo mío y si no rompo la baraja”, y que no sepa lo que realmente significa la Unión Europea en el mundo, como la mejor garantía de las libertades, del estado de derecho, de la abolición de la pena de muerte, de la igualdad de los homosexuales, de las políticas activas en favor de la igualdad de hombres y mujeres, de la defensa de la protección del medio ambiente y sobre todo de la democracia y de la convivencia pacífica entre los más de quinientos millones de europeos, incluidos los que no pertenecen a la Unión Europea. También puedo entender que no sepa qué significa el fascismo. Puedo comprenderlo porque todos nos hemos equivocado alguna o muchas veces y todos hemos sido cómplices en algún momento de nuestra vida de algo infame, en especial en los años de adolescencia o juventud. Quienes no nos hemos negado a reconocer nuestros errores, con el tiempo y mejor información, nos hemos arrepentido y hemos corregido nuestras complicidades políticas más o menos criminales, unos antes y otros después, unos más claramente y otros con tibieza.

Marine Le Pen: “En nombre del pueblo”

Pero lo que no resulta comprensible es que esas complicidades con el fascismo procedan de políticos experimentados como Melenchon y los dirigentes de casi todos los partidos de la nueva izquierda, que antes prefieren derribar a socialdemócratas, liberales o conservadores que poner freno al fascismo; que antes prefieren destruir la Europa unida que corregir sus errores. Puedo aceptar que alguien sin experiencia o sin cultura política (pues se puede tener cultura política a los dieciséis años si uno se preocupa de aprender, de investigar y de poner a prueba sus dogmas) crea que será más fácil que sus ideas triunfen luchando contra un fascista que contra un demócrata, pero es difícil concebir que alguien con la experiencia y la cultura de Melenchon lo piense. Incluso Yannis Varufakis, que no siempre se ha caracterizado por su sentido de la responsabilidad política, ha dado su apoyo a Macron, no solo porque, según él, fue el único ministro de economía que intentó ayudarle durante la crisis griega, sino porque se niega a “formar parte  de una generación de progresistas europeos que habrían podido impedir a Le Pen ganar la presidencia y no lo hicieron”. O como también ha dicho: “Soy antiglobalización y anti neoliberal, pero por encima de todo soy antifascista”.

La estrategia de casi todos los partidos de la nueva izquierda y de la nueva o no tan nueva derecha consiste en volver a la situación en la que no existen ciudadanos, sino súbditos, a los que llaman constantemente el pueblo o la gente. Como preparación para esa sociedad sumisa, van creando una primera élite de súbditos, valga la contradicción, a los que llaman afiliados, círculos, seguidores, activistas, cuya función fundamental consiste en permitir que el líder de turno haga lo que quiera hacer sin que ningún contrapoder efectivo pueda ponerle freno. Los nuevos líderes parecen delegar su decisión en los afiliados, como ha hecho Melenchon, renunciando a toda moralidad personal: soy llevado por una marea que me dice lo que tengo que hacer y lo que no y renuncio a actuar; renuncio a actuar contra el fascismo, renuncio a mi propia conciencia, eso es lo que Melenchon nos dice, a veces como subtexto, a veces de manera explícita. Pero, sucede que hay ocasiones en las que uno quizá puede delegar y apartar su propia conciencia, pero hay otras en las que eso no es posible. Esta es una de esas ocasiones en las que un político no se puede abstener, ni de palabra ni en las urnas. Melenchon y sus afiliados, que según él gobiernan sus decisiones, han renunciado a plantar cara a un partido fascista.

Ahora bien, tal vez la tozuda realidad me obligue a admitir que lo que dice Melenchon y lo que no dice coincide con su verdadero pensamiento, tras escuchar su reiterada negativa a declarar sin ambigüedades que va a votar a Macron y su negativa a decir a sus seguidores que cualquier elector demócrata debe hacerlo también, sin dudarlo. Es decir, que Melenchon no es un hipócrita, sino un cómplice del fascismo, del mismo modo que también lo son todos esos que se hacen llamar en Francia izquierdistas insumisos: son no solo cómplices, sino sumisos al fascismo. Son, desde un punto de vista político, algunos por ignorancia e inconsciencia, otros por aplicar un cálculo demente, casi indistinguibles de un fascista.

Enmanuel Macron


POLÍTICA

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La revolución tradicional

Cuando estuve en Pekín en 2005 pude comprobar de manera directa el carácter fuertemente reaccionario de las revoluciones. Es asombroso cómo, durante el siglo XX, los que pretendían cambiar la sociedad fueron una y otra vez los que consiguieron que cambiara menos. Por todas partes se veían signos, por fortuna ya atenuados, que revelaban que la revolución china fue un retroceso hacia las peores épocas imperiales, quizá hasta igualar a la que se considera la peor de todas, la del unificador de China: Shi Huang Di.

No es en absoluto asombroso, cuando se conoce el conservadurismo de los movimientos revolucionarios, que los países ex comunistas, como Rusia o Polonia, sean mucho más conservadores que los que se quedaron en el llamado bloque capitalista. Por paradójico que resulte, el dominio de la Unión Soviética comunista sobre Polonia ha conseguido  que los polacos sean ahora (2006) los más católicos de Europa. Más católicos que el papa Ratzinger, o al menos más integristas. Incluso más católicos que los españoles que sufrieron la ultracatólica dictadura franquista.

Shi Huang Di, unificador de China bajo la dinastía Qin (-221/-206) y recordado como uno de los más sanguinarios emperadores. Se duda si ha sido por fin superado en el el siglo XX por Mao Zedong (Museo de cera de Pekín)

Es cierto que desde bastante pronto se supo en el mundo que el movimiento comunista, a pesar de sus pretensiones de cientifismo y ateísmo, era lo más parecido a una religión que se podía encontrar en todo el espectro político, por lo menos hasta que surgieron el fascismo y el nazismo.

Ya en los inicios del siglo XX se bromeaba con que los comunistas tenían un profeta (Karl Marx), una Biblia (las obras de Marx), en la que se contenía un Evangelio o Buena Nueva anunciando el mundo que vendría (el Manifiesto Comunista), unos fieles que estaban dispuestos a alcanzar el martirio si era necesario y que hablaban del marxismo como de una verdad revelada. El fuerte aroma religioso del comunismo superaba al de cualquier otra ideología, incluído el anarquismo.

Los dos primeros profetas, Marx y Engels (Parque de las estatuas, Budapest)

Pero lo que pocos esperaban era que el comunismo literalmente reinventara todo lo que la sensatez política y la lucha contra la injusticia de los últimos siglos empezaba a arrojar al desván de la historia y al museo de los horrores.

Algunos ejemplos del carácter reaccionario de la Revolución

1. Los dirigentes convertidos en héroes fundadores y después en dioses vivos, a la manera del Imperio egipcio o de la Roma de Augusto, Tiberio y sus sucesores.

El extremo increíble fue la recuperación de la tradición de los faraones del antiguo Egipto de momificar a sus soberanos (Lenin, Stalin).

Héroes revolucionarios chinos en la plaza de Tiananmen de Pekín. Los comunistas (y después los fascistas y los nazis) recuperaron la tradición de héroes legendarios, planos y sin doblez, mártires y sacrificados, siempre mirando al horizonte, propios de los peores cuentos de hadas.

Grandilocuencia heroíco-revolucionaria también en Hungría A los españoles, este tipo de imágenes nos recuerdan inevitablemente a las de los héroes franquistas (Parque de las estatuas, Budapest)

2. Un poder ocupado en exclusiva por una casta dirigente, cuyo único criterio era el que su líder supremo marcaba llevado por su propio capricho.

Lenin en una placa húngara (Parque de las estatuas, Budapest)

Los dirigentes del comunismo no sólo son grandes héroes revolucionarios, fabulosos caudillos militares y preclaros gobernantes con derecho al trono de por vida. También son los más sabios intelectuales, autores de la doctrina, que condensan en grandes obras, como Lenin o Stalin o en ediciones más asequibles, como Mao y su Pequeño Libro Rojo. Son también el Primer Científico del país, como Stalin, Ceaucescu y su esposa.

En una única persona unifican los tres poderes tradicionales y además todos los cargos posibles (Jefe Supremo del Ejército, Ministro de Cultura, Secretario General del Partido). Naturalmente, tienen tiempo para ocuparse de todo, excepto por enfermedad, como ahora Castro, que ha tenido que delegar en quince o dieciséis personas todos sus cargos.

Lenin, en esta ocasión en el Museo de cera de Pekín

 

3. El sometimiento durante décadas a un mismo gobernante, entronizado mediante la violencia y mantenido con el apoyo de las fuerzas armadas.

La herencia del poder entre los miembros de la casta dirigente, sin ninguna intervención exterior ni participación de los ciudadanos. Con extremos como el de la herencia familiar a la manera de las monarquías e imperios que, se suponía, el comunismo estaba llamado a derribar, como sucedió en Corea del Norte con Kim Il Sung y Kim Jong Il, o ahora en Cuba con Fidel Castro y su hermano Raúl.

Una Joven Guardia Roja se dispone a destrozar un violín (imagén de El violín rojo)

4. La condena de cualquier obra de arte, libro, manifestación o idea que no coincida con la ideología del poder, incluyendo la prohibición y la quema de libros.

O, como sucedió en China durante la Revolución Cultural, la destrucción de cualquier signo cultural no revolucionario, como un violín.

 

5. El gusto desmedido y enfermizo por todo lo militar: rifles, ametralladoras, machetes; títulos como Comandante, Subcomandante, Gran Timonel, Amado Líder, Jefe Supremo.

Dirigentes vestidos casi siempre con trajes militares, mostrando bien a las claras de dónde emana su poder: “El poder está en el cañón de la pistola”, decía Mao, en frase que envidiaría un fascista o un nazi.

6. La eliminación violenta del adversario. El exterminio sistemático de millones de personas y el traslado de poblaciones enteras, a la manera de los antiguos asirios.

Una indiferencia absoluta no sólo hacia la muerte del supuesto enemigo, sino hacia la de sus propios súbditos. El cálculo frío y pragmático de la utilidad que puede tener un ser humano, como trabajador esclavizado o como soldado a sacrificar.

Asombra este sangriento retorno al pasado a lomos de la Revolución, pero a mí siempre me ha asombrado mucho más cómo los seguidores de la Revolución que no vivían en países comunistas eran capaces de perder cualquier rasgo de pensamiento inteligente. Su manera de excusar desde la demagogia más tosca hasta el crimen más repugnante, la coexistencia de un pensamiento crítico poderoso (cuando se trataba de atacar al enemigo anti-revolucionario) junto a otro digno de un parvulario o jardín de infantes

El pequeño libro rojo de Mao, inspirador de intelectuales de medio mundo, como Sartre o Godard, que dejó de hacer sus complejas, sutiles, traviesas y exigentes películas para rodar propaganda maoísta en plena época de la Revolución Cultural.

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[Publicado por primera vez en julio/agosto de 2006]

Tiempo después de escribir esta entrada, inicié una página dedicada al carácter religioso del comunismo, llamada El santoral revolucionario

En el Santoral Revolucionario se exploran los aspectos más religiosos del comunismo revolucionario: los profetas, los fundadores, las promesas de redención y la iconografía de la que para muchos ha sido la religión del siglo XX.

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Historia

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TUCÍDIDES Y LA DEMOCRACIA

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Entre el corazón y el cerebro

Actuar siguiendo los dictados del cerebro o los del corazón es una dicotomía a la que recurren muchas personas.

Por “corazón” hay que entender “emoción”, “sentimientos”, “sensibilidad”. Es una metáfora clásica esta del corazón, aunque no está claro que sea la más adecuada, porque el corazón se caracteriza por acelerarse o detenerse en ciertas situaciones, pero tiene menos matices emocionales y mucha menos sensibilidad que el estómago o el esfínter. Sin embargo, tanto la imaginación popular como la más selecta han elegido siempre el corazón como sede de la emoción.

Las personas que defienden el uso del corazón en nuestro actuar dicen que los partidarios de la “fría razón” (ya sabemos que el corazón es “caliente”) pueden cometer todo tipo de crueldades y crímenes, que son capaces de matar sin temblar y sin sentir. Para demostrarlo recuerdan que los psicópatas carecen de empatía y sentimientos.

Desde el otro lado, los partidarios de la razón replican que quienes apelan continuamente al corazón se dejan llevar por impulsos incontrolados, por pasiones irreflexivas que les conducen, en el ardor de su emoción, a justificar o cometer cualquier crimen, sin detenerse ni por un momento a pensar si es correcto o justo lo que están haciendo. Los sentimientos de amor de los partidarios del corazón son poderosos, pero los de odio también son poderosos y a menudo, demasiado a menudo, el amor acaba por convertirse en odio con la misma pasión y la misma ceguera.

Mi opinión es que tienen razón los dos bandos y que se pueden encontrar infinidad de ejemplos que prueban las acusaciones mutuas de unos y de otros. Cuando examinamos la generosa galería de criminales que nos ofrece la historia, hay muchos  personajes que no está claro si pertenecen al mundo del caliente corazón o al mundo del frío cerebro. Detengámonos un instante en los que con muchas probabilidades fueron los cuatro mayores asesinos de masas del siglo XX: Mao Zedong, Stalin, Hitler y Pol Pot. Si el lector cree que he olvidado alguno, puede añadirlo a la lista: no sería difícil porque en el siglo XX casi cada país del mundo ofrece uno o varios candidatos a este título. Por eso, no es extraño que un asesino modesto como Monsieur Verdoux dijera en 1947 que era un verdadero despiste considerar el peor asesino del mundo a alguien que, como él, había matado a cinco o diez personas.

Pues bien, pensemos en los cuatro asesinos de masas antes mencionados (dos de ellos ya habían actuado o todavía estaban en activo cuando Chaplin hizo la película).

¿A qué categoría de la dicotomía corazón/cerebro pertenecía cada una de estas personas, responsables no de seis, siete o sesenta muertes, sino de millones de asesinatos? ¿Actuaban siguiendo los dictados de la razón o los del corazón?

Podríamos, ciertamente, pensar, que les movía un frío cálculo, una simple suma de beneficios y perjuicios. Si pensamos en Mao Zedong o en su primer inspirador, Lenin (que no tuvo tiempo para igualar a los otros cuatro), todo nos hace sospechar que así era. Cuando Lenin exigía de manera enérgica que se empleará el terror de masas, cuesta imaginar que de verdad estuviera furioso, que se dejara llevar por el corazón:

“Camarada Zinoviev, acabamos de saber que los obreros de Petrogrado deseaban responder mediante el terror de masas al asesinato del camarada Volodarsky y que usted los ha frenado. ¡Protesto enérgicamente! Estamos comprometidos: impulsamos el terror de masas en las resoluciones del sóviet. ¡Es i-nad-mi-si-ble! Los terroristas van a considerar que somos unos locos blandengues. Resulta indispensable estimular la energía y el carácter de masas del terror dirigido contra los contrarrevolucionarios, especialmente en Petrogrado, cuyo ejemplo es decisivo. Saludos, Lenin”.

Detrás de una apariencia pasional, de ese “i-nad-mi-si-ble” que tanto debió asustar a Zonoviev, se detecta con claridad un cálculo frío acerca de los beneficios de emplear el terror como instrumento político.

Lo mismo parece suceder con afirmaciones de Mao Zedong como: “Un poco de terror siempre es necesario” o «La mitad de China puede morirse si a cambio conseguimos la bomba atómica».

Pol Pot, según parece, tampoco se dejaba llevar por el corazón, o al menos por un ardor pasional, cuando preparaba el exterminio de su pueblo o la indicación de que cada camboyano debía matar a 30 vietnamitas. Según cuenta Norodom Sihanuk:

“Su carisma no se manifestaba de manera violenta o en un estilo dramático, sino más bien a través de una suave y gentil manera de hablar que llevaba a una intensa seducción”.

Sihanouk añadía que “Pol Pot trajo a su mente el recuerdo de un ruiseñor, que seducía a sus víctimas con sus maneras y suave voz.”

En el caso de Hitler y de Stalin, por el contrario, es fácil imaginarlos dominados por el corazón, por pasiones irrefrenables, con estallidos de ira como la célebre escena de Hitler con su alto estado mayor tantas veces parodiada en vídeos de Internet. Da la impresión de que su ambición política esconde cuestiones más emocionales, frustraciones,  odios difíciles de reprimir, traumas no resueltos. Para ser sincero, no estoy muy seguro de que esta descripción sea aplicable a Stalin, quien suele aparecer siempre tranquilo y sereno en todas sus fotografías. Ahora bien, lo más probable es que no sólo el de Stalin, sino todos los retratos anteriores sean sólo caricaturas. La personalidad de esos cuatro asesinos de masas tal vez no puede reducirse a la dicotomía entre razón y emoción, cerebro y corazón, porque esa distinción quizá sea falsa en esencia, como intentaré mostrar en otro momento.

De todos modos, más allá de los cuatro nombres mencionados, de esos cuatro personajes a los que nos gusta considerar locos para así sentirlos como una anomalía y no identificarnos con ellos, hay que recordar que había cientos de funcionarios, miles de cómplices y millones de personas que, a veces con la razón y a veces con la emoción, no sólo soportaban sus crímenes, sino que los justificaron durante años o décadas. La verdadera tragedia no es que personas como esas alcancen el poder, sino que personas como nosotros lleguemos a apoyarlos y justificarlos. Quizá lo que sucede, en definitiva, es que no somos tan diferentes de ellos.


NOTA EN 2016: la razonable e ingeniosa defensa de Monsiur Verdoux ha tenido en ocasiones un efecto sin duda no deseado por Chaplin: muchas personas justifican cualquier crimen y a cualquier criminal por comparación con otros peores: “Como Fulano cometió crímenes peores, los crímenes de Zutano no son un crimen”. Pero conviene no olvidar que Verdoux es un asesino y que las mujeres a las que asesinó no están menos muertas… aunque haya criminales peores que Verdoux. El que existan mayores criminales que Verdoux no significa que él no lo sea. Podemos lamentarnos de la injusticia de no juzgar a esos otros criminales, pero eso no implica que no debamos juzgar a Verdoux. Es un argumento que se usa a menudo para no reconocer los crímenes del propio bando recordando los que cometió el bando contrario.


[Publicado el 23 de febrero de 2012 en Divertinajes]


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En la película de Woody Allen Balas sobre Broadway el dramaturgo David Shayne y sus amigos conversan en una terraza de Grenwich Village. Uno de ellos, Flender, propone un dilema clásico: —Escuchad, digamos que se quema un edificio, y que … Sigue leyendo

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POLÍTICA

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Patria

La historia del mundo está llena de grandes hombres –y ocasionalmente alguna gran mujer— cuya grandeza ha consistido en haber asesinado a miles de sus congéneres. Como bien dijo Fontenelle, acerca del cristianísimo emperador Constantino: “No pudiendo aumentar el número de los cristianos, decidió disminuir el de los seres humanos”.

Un amigo italiano me hizo ver un día que los franceses presumen de su gran héroe Napoleón Bonaparte, que al fin y al cabo lo que hizo fue sumergir Europa entera, desde Cádiz a los Urales, en una guerra continua y  sangrienta en la que murieron cientos de miles de personas, probablemente dos millones y medio, tan sólo para satisfacer las ansias de conquista de un megalómano.

Algo semejante podríamos decir de Alejandro Magno, Julio César y todos los grandes conquistadores y padres fundadores de todas las naciones del mundo, con alguna excepción, como Gandhi, que no sólo recurrió a métodos pacíficos para conseguir la independencia de India, sino que además aceptó la segregación de Pakistán con tal de evitar una guerra civil.

Quien afirme que todas las banderas son trapos manchados de sangre no está diciendo algo demasiado alejado de la verdad, porque la historia de las naciones es en gran parte la del crimen organizado. Pero no organizado a pequeña escala, como el de la Mafia, sino con recursos inagotables y decenas de excusas para justificar la muerte, el asesinato y la matanza, que son aceptadas sin dudarlo por millones de patriotas. Ya comenté en otro lugar  lo que decían Chaplin y Zhuangzi de aquellos que son llamados criminales por haber cometido un asesinato, frente a los que se convierten en héroes nacionales por haber cometido decenas de miles.

Es muy posible que algunas de las afirmaciones anteriores le parezcan algo exageradas a algunos lectores y que aquí o allá consideren que un héroe conquistador o revolucionario, un padre de la patria, no puede ser calificado tan alegremente como un criminal.

Me temo que se equivocarán en todos o casi todos los casos y que, además, es demostrable su error, siempre y cuando estén dispuestos a ver por una vez su punto ciego, esa ceguera fisiológica, ideológica, moral y política que nos impide ver algo que tenemos delante porque choca con nuestras emociones más intensas, porque pone en cuestión nuestras ideas más queridas. Y una de nuestras más queridas emociones es la que se refiere a nuestra identidad como miembros de una nación. Una identidad tan fuertemente asentada en la mayoría de las personas, tanto en naciones con estado como sin él, que permite convertir un pequeño punto ciego en un océano de ceguera.

 


[Publicado el 15 de marzo de 2012]


POLÍTICA

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Hirokazu Kore Eda

Kore Eda se caracterizó en sus inicios por hacer girar su cine, ya se tratase de documentales o de películas de ficción, alrededor de su pensamiento ético, social y político, sin caer en el panfleto o la manipulación.

Muchas de las películas de Kore Eda tienen algo de documental y alguna relación con acontecimientos concretos, incluso, como admite Kore Eda, Maborosi, en la que la protagonista es una mujer que no consigue entender por qué su marido se suicidó, algo también hasta cierto punto frecuente en Japón.

kore eda August without him

La vida del primer enfermo de SIDA que lo declaró públicamente en Japón

Without memory, la vida de una persona que ha perdido la memoria episódica a causa de una medida sanitaria injusta.

 

I just want to be Japanese, en la que Park es un coreano que fue alistado a la fuerza en el ejército japonés y que, terminada la guerra, pierde la nacionalidad adquirida y se convierte en un ciudadano invisible.

Sin embargo… en la que un funcionario tiene que elegir entre sus convicciones y los intereses del gobierno para el que trabaja.

Maboroshi no hikari (1995)

Yukimo (Mariko Esumi), una mujer  viuda tras el suicidio inexplicable de su marido, viaja a un pueblo de pescadores, donde conoce a Ikuo (Tadanobu Asano), un pescador viudo.

 

 

distance kore eda Distancia

Varios familiares de adeptos de la secta El arca de la verdad, que asesinaron a más de cien personas, se reúnen en el lugar donde vivieron sus hijos.

After Life (1998)

En una extraña y solitaria residencia los muertos tienen que elegir el momento de su vida que quieren recordar para toda la eternidad.

He dedicado una entrada a la película en After Life

 

kore eda nadie sabe Nadie sabe

Los protagonistas son cuatro niños abandonados por su madre; algo todavía frecuente en Japón cuando una mujer encuentra un nuevo marido que le exige abandonar a sus hijos.

 

HANA (2006)

Cuenta la legendaria historia de los 47 ronin, que se sacrificaron para vengar a su señor, pero lo hace desde un punto de vista heterodoxo, mostrando la historia sin ningún heroísmo.

Habló de Hana, y en especial en relación con el complejo asunto de la verosimilitud en el cine en: Hana y la verdad verosímil.

 

Still Walking (2008)

La familia Yokoyama se reune para recordar a su hijo, que murió al salvar a otro muchacho, quien también asiste a la reunión.

 

 

 

Air Doll (Muñeca de aire)

Una muñeca de aire cobra vida y empieza a llevar una existencia paralela más allá de su convivencia con su propietario.

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hana kore eda

Kore Eda con uno de los actores de Hana

En contra del tópico que dice que nunca hay que trabajar con niños ni con animales, a Kore Eda le gusta mucho trabajar con niños

La página de Kore Eda (en japonés)

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[Publicado el 14 de enero de 2008. Revisión en septiembre de 2012]

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Para ver todas las entradas dedicadas al guión y al cine: Cine y guión. Todas las entradas

ENTRADAS DE CINE 

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CUADERNO DE JAPÓN

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