La cortina y los prejuicios

Estaba comentando durante una clase que el término acusmática (que emplea Michel Chion para referirse a un sonido cuyo origen se ignora) procedía de Pitágoras. Pitágoras tenía la costumbre de dar sus lecciones a ciertos discípulos tras una cortina, para que no se distrajeran de lo que decía (o tal vez por otras razones).  Por eso, los discípulos acusmáticos eran “los que oyen sin ver”. Escuchaban la demostración, pero no veían las figuras geométricas que trazaba el maestro.

Comentaba esto y entonces me acordé de lo que cuenta Gladwell acerca  las pruebas que se hacían en Alemania para contratar nuevos intérpretes. Resulta que a un director en particular le parecía que las mujeres no eran tan buenas violinistas como los hombres, y debido a ello, grandes intérpretes eran rechazadas. Sospechando este prejuicio, se decidió que los nuevos candidatos interpretasen ocultos tras una cortina. Desde que se implantó esta medida, el número de mujeres admitidas se incrementó notablemente.

Lo comentaba también en relación con lo que decía un director acerca de que las mujeres no tenían la misma “fuerza” como guionistas de humor que los hombres. Para combatir este prejuicio, yo le enviaba los guiones sin el nombre de su autor. Sucedió entonces que en ocasiones me felicitó por la fuerza de guiones  que creía escritos por hombres (pero los habían escrito mujeres).


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ESCEPTICISMO Y CREDULIDAD

|| Creer en todo

Yo estoy más cerca de creer en todo que de no creer en nada. Soy escéptico porque sigo investigando y ecléctico porque busco en todos lados. Soy, por tanto, escléptico, neologismo que inventé cuando hice la revista Esklepsis.

Pero, aunque me parece más razonable pensar que existe todo (incluso lo imaginario y los espejismos) antes que pensar que no existe nada (ni siquiera yo mismo pensando que no existe nada), también creo, con Chesterton, que actualmente no sucede que la gente haya dejado de creer en Dios para entonces no creer en nada, sino todo lo contrario: la gente ha empezado a creer en todo. En los signos del zodiaco, en la sal derramada que da mala suerte, en las estadísticas, en las señales de Paulo Coelho, en la economía, en el determinismo genético que separa a hombres y mujeres, en el oráculo del Yijing (I Ching), en el tarot…

Cuando se trata de cosas como las anteriores, yo soy más bien puramente escéptico: creo que existen 12, 13 o 14 casas zodiacales (las tradicionales y las del cielo verdadero, con la Serpiente y la Ballena) y creo también que unas personas son valientes, otras tímidas, otras inseguras y otras inquietas. Creo que existen las dos cosas, pero, a pesar de lo que dicen las revistas del corazón y los astrólogos de feria, no consigo creer que exista alguna conexión entre esas dos cosas: entre las estrellas del cielo y la personalidad de las personas.

Me apetece abrir un cuaderno digital escéptico o, por decirlo de manera más precisa, anti-supersticioso. Al hacerlo, me comportaré así como un verdadero cristiano, pues el cristianismo rechaza la superstición, casi con la misma energía que emplea para ocultar que el cristianismo es otra superstición.

El primer texto está dedicado a la astrología: La influencia de los planetas


[Publicado en 2003]

SUPERSTICIONES ANTIGUAS Y MODERNAS

ESCEPTICISMO Y CREDULIDAD

|| Creer en todo


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La influencia de los planetas

||Lo dudo \1


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La ciencia astrológica

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El oro alquímico

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Ergo non demonstrandum est (luego no está demostrado)

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Un par de ojos azules, de Thomas Hardy

hardy-un par de ojos azulesAl leer un ensayo de David Lodge, supe que la novela favorita de Proust era Un par de ojos azules , de Thomas Hardy. Quiso algún dios generoso que se produjera la feliz coincidencia de que mi hermana tuviera ese libro. Así que lo he leído.

Es un libro hermoso, y no es extraño que le gustase a Proust.

Aunque desde hace mucho tiempo ya me atraía Thomas Hardy (no sé por qué razón o qué influencia), pensaba que si leía una novela suya sería Jude el oscuro. Ahora tengo más razones para leerla, pues Un par de ojos azules es su primera novela y Jude una de las últimas.

Thomas Hardy nació en 1840 y murió, si no me equivoco, hacia 1928. Escribió muchas novelas, como Lejos del mundanal ruido (Far from the Madding Crowd) o Tess de los Uberville , que es la historia en la que se basa la película Tess , con Nastassia Kinsky.

(c) The Thomas Hardye School; Supplied by The Public Catalogue Foundation

El prologuista de Un par de ojos azules (Damián Alou) dice que en The Well-beloved (1897), Hardy critica “esa tendencia tan masculina a tener modelos femeninos prefijados” y compara esa novela con El altar de los muertos y La bestia en la jungla , de Henry James. Todo esto hace que me interese mucho también por The well-beloved , sobre todo porque La bestia en la jungla es quizá la novela corta (o cuento largo) que más me gusta de James, y porque creo, como Hardy, que el error de muchos hombres (tal vez también el de muchas mujeres) es que en realidad no se relacionan con la mujer que tienen junto a ellos, sino con una especie de idea de “mujer”. El extremo de esa actitud es Don Juan, que sólo se relaciona con arquetipos o estereotipos y que seduce pero no ama. El otro extremo, el que a mí me gusta, es Casanova, que seduce porque ama (o al menos porque se siente atraído por alguien), no porque ame seducir. 

Al parecer, en Jude el oscuro, Hardy “critica el matrimonio y se muestra a favor de la libertad de los sentimientos”. En casi todas sus obras “defiende la libertad sexual y ataca las convenciones burguesas”. Más alicientes para leerlo.

En los últimos treinta y tres años de su vida, Hardy dejó de escribir novelas y sólo publicó poesía, al parecer muy buena. Influyó en los “poetas de la experiencia”, como Phillip Larkin: “poesía desnuda, esencial, que apela a la emoción sin caer en el sentimentalismo”.

Yo no sé mucho o no sé nada acerca de la poesía de la experiencia, pero sé que en España hay dos bandos enfrentados de poetas, unos son los de la experiencia y otros… no me acuerdo. La verdad es que me da igual, porque lo último que me gustaría hacer sería meterme en una de estas guerras literarias.

Aunque conozco, como es obvio, la existencia de grupos, tendencias y generaciones literarias, intento leer a cada escritor al margen de la facción en la que combate (o que le atribuyen sus admiradores). Por un lado, porque hay buenos poetas en las diferentes bandas, incluso en aquellas que nos parecen menos interesantes a primera vista; en segundo lugar, porque esas disputas tan enconadas sólo sirven para alimentar prejuicios y cegueras. Así que no opinaré si ser poeta de la experiencia es bueno o malo. Tan sólo intentaré leer a Hardy y a Larkin. Tal vez pueda decir entonces algo acerca de ellos. Por ejemplo: “Hay dos poetas que me gustan (o que no me gustan): Hardy y Larkin. Los expertos los consideran poetas de la experiencia”. Poco más.

*******

[Escrito el 31 de julio de 2003]

Todas las páginas de literatura aquí.

Y además….

EL RESTO ES LITERATURA

Ellas y ellas: ¿Viva la diferencia?

 

Investigadores de la Universidad de Cold Mountain presentaron el lunes pasado el informe preliminar de un estudio que les ha llevado siete años.

Tras examinar a más de dos mil quinientas mujeres de todo el mundo, han llegado a la conclusión de que existen diferencias  entre unas y otras, que no todas piensan lo mismo ni se comportan de la misma manera. Todavía no se sabe si dichas diferencias se deben al clima, a la influencia de la luna o, lo que es más probable, a un factor genético todavía no localizado que podría hallarse en algún lugar del ADN, probablemente en el cromosoma 17.

Pero las conclusiones son tan asombrosas que ponen en cuestión muchas de las ideas hasta ahora admitidas por sus colegas. Entre otros resultados, los investigadores han constatado grandes diferencias entre las mujeres de los distintos grupos de estudio y, lo que es más llamativo, han descubierto que en un elevado porcentaje de los casos estudiados se encuentran más semejanzas entre un varón y una hembra que entre dos hembras.

Resulta muy ilustrativo el caso de las mujeres que se sometieron a la investigación en países islámicos, cuyos intereses eran casi opuestos a los de las francesas y las suecas. Así, un 70% de las islámicas declaró explícitamente que la mujer era inferior al hombre y tenía que estar a su servicio. El 30% restante “no sabía, no constestaba”. Estas mujeres también se manifestaron en porcentajes elevadísimos partidarias de llevar velo o al menos el cabello cubierto y  de bañarse en la playa tapadas hasta el cuello. Sin embargo, entre las francesas y las suecas que se prestaron a ser examinadas, los porcentajes de mujeres que consideraban que los varones eran superiores eran tan ínfimos que resultaban casi ridículos, y además no se encontró ninguna dispuesta a llevar ropas de baño que cubriesen más allá de un 15 o un 20% de su cuerpo.

Y lo que es sin duda más asombroso: en los países islámicos la mayoría de los hombres estaban de acuerdo con las mujeres islámicas: ellos eran superiores y ellas debían bañarse de manera que no se adivinaran sus formas bajo al ropa. Por el contrario, en los dos países europeos mencionados, una mayoría de los hombres se manifestó de acuerdo en que hombres y mujeres debían tener los mismos derechos y, en porcentajes todavía superiores, en que mientras menos tela usaran las mujeres en la playa mejor.

Investigadores expertos en las diferencias genéticas entre hombres y mujeres han quedado consternados a la luz de estos resultados, que no saben cómo explicarse, pues hasta ahora todo confirmaba que ciertas diferencias en el neocortex, en los lóbulos prefrontales y en el peso del cerebro hacían a los hombres y a las mujeres tan diferentes que los unos son agresivos y las otras no saben reconocer mapas, y aspectos todavía más significativos y fundamentales para el desarrollo de la especie y para la formación de la personalidad.

Este estudio de la Universidad de Cold Mountain ha enfriado ligeramente los ánimos de los genetistas, puesto que se han hallado asombrosas semejanzas entre lo que piensan hombres y mujeres de la misma cultura. Ya dijimos que la explicación de tal semejanza no se ha conseguido hasta ahora explicar, pues parece exceder las ideas más razonables acerca de las diferencias inevitables y evidentes provocadas por lo que el ser humano tiene entre las piernas.

Una pequeña luz, procedente de investigadores y laboratorios españoles quizá podría iluminar este misterio: los investigadores españoles Juan Antonio Serrano y Mari Luz Serrano Serrano han constatado que, en estudios realizados hace 35 y 50 años en España, las españolas mostraban más similitudes con el pensamiento de las mujeres islámicas que con el de las europeas, lo que ahora sucede justo al revés. Eso sin duda parece demostrar la influencia del clima, cada vez más impredecible en España, y tal vez la influencia del agujero de ozono, que permite pasar rayos cósmicos que, rebotando en las paredes nevadas de los Pirineos, han podido penetrar sin duda en el genoma hispano y modificarlo.

Investigadores de Salt Lake City se han mostrado muy interesados por este descubrimiento y han señalado un precedente curiosísimo que parecería avalar la tesis de la deriva genética climática: hace cien años, la opinión de los blancos en Estados Unidos era muy semejante a la que hoy se tiene acerca de la diferencia entre hombres y mujeres en los países musulmanes, pero referida a los negros. Este criterio se ha ido modificando (aunque con mucha lentitud) y  hay que señalar que ha coincidido con el declive del uso del sombrero, lo que sin duda permite que a través del cuero cabelludo los rayos cósmicos hayan modificado el genoma de los estadounidenses y, en consecuencia, su manera de pensar.

Por otro lado, se ha constatado que las únicas mujeres que en los estudios realizados en Francia no compartían la opinión mayoritaria de las francesas… procedían de países islámicos. Sin embargo, no se da entre estas emigrantes una unanimidad plena, sino que su opinión  parece depender de la proximidad de comunidades islámicas organizadas y de imanes y mezquitas, con lo que se están barajando varias posibilidades: que el uso del velo o el pañuelo en la cabeza también impida el paso de los rayos cósmicos, o que se produzca un campo mórfico entre las personas pertenecientes a la misma comunidad, por razones inexplicadas. El investigador Rupert Sheldrake, creador de la teoría de los campos mórficos o morfogenéticos, no ha querido pronunciarse sobre el asunto, pero ha recordado que si un ratón aprende a moverse por un laberinto simplemente por estar cerca de otro ratón que ya ha aprendido, “pues por qué no le va a suceder a una mujer islámica que vive cerca de islámicos”.

La comunidad científica internacional vive en las últimas semanas pendiente de las noticias que llegan de uno y otro lado y se está reuniendo información que pueda explicar cómo es posible que siendo tan diferentes hombres y mujeres (recuérdese que ellas son de Venus y ellos de Marte) en los últimos 50 años haya aumentado de manera tan llamativa el número de mujeres escritoras, pintoras, científicas. Es decir, que cada vez sean más las que destacan en todas esas tareas para las que “no están preparadas genéticamente”, como demuestra que hasta ahora no hubiesen destacado en ello, y como lo demuestra asimismo el que tampoco destaquen en los países islámicos, excepto en porcentajes casi simbólicos.

Numerosas asociaciones en defensa de la diferencia han comenzado a donar fondos para que los investigadores encuentren más diferencias entre hombres y mujeres, que permitan regresar a la tranquilidad de un pensamiento único en el que los hombres piensan todos de una manera y las mujeres de otra manera. No se duda que, dependiendo del dinero recaudado, se lograrán grandes avances en los próximos días.


 

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