La venta de lo inútil

¿Por que un producto que no sirve absolutamente para nada puede, sin embargo, venderse muy bien?

Podemos imaginar algunas respuestas.

Supongamos que se trata de un cosmético para tener una piel más tersa.

 

Razón nº1

Lo prueban cien personas. A 30 de ellas les parece que la piel les ha mejorado.

¿Por qué se lo parece?

Por que sí. Simplemente les da la impresión de que tienen la piel un poco más tersa, sea esto verdad o no.

Porque realmente les ha mejorado. Pero no por causa del producto. Es seguro que a 100 personas la piel les evolucionará de una u otra manera en un período determinado de tiempo. A 30 les mejorá, a 30 les empeorará, a 40 se les quedará igual.Por ello, los 30 a los que les mejora se lo atribuirán al producto que se han estado aplicando. Seguirán comprándolo y por ello 30 de cada 100 repetirán. A ellos habrá que sumar los nuevos incautos.

 

Razón nº2

Porque buenas campañas publicitarias hacen que el producto se venda continuamente, sean cuales sean los resultados. Esto ayuda mucho a la primera razón: siempre acaban desencantándose algunos clientes, pero llegan otros nuevos que pasan por las fases descritas en el punto primero.

 

Razón nº3

Porque el producto no funciona por sus ingredientes sino por razones paralelas, como que la persona al aplicárselo se da un masaje. Ese masaje es la causa de la mejora, no el producto en sí, pero el usuario tiende a atribuir las virtudes beneficiosas al producto. Esto sucede contínuamente con los métodos homeopáticos, ecológicos, la acupuntura, etcétera, que suelen venir acompañados de actividades como masajes, movimientos que relajan los músculos, un ambiente de relajación y recomendaciones siempre saludables, como pasear, beber agua o infusiones, tomar fruta, etcétera.

Ellas y ellas: ¿Viva la diferencia?

 

Investigadores de la Universidad de Cold Mountain presentaron el lunes pasado el informe preliminar de un estudio que les ha llevado siete años.

Tras examinar a más de dos mil quinientas mujeres de todo el mundo, han llegado a la conclusión de que existen diferencias  entre unas y otras, que no todas piensan lo mismo ni se comportan de la misma manera. Todavía no se sabe si dichas diferencias se deben al clima, a la influencia de la luna o, lo que es más probable, a un factor genético todavía no localizado que podría hallarse en algún lugar del ADN, probablemente en el cromosoma 17.

Pero las conclusiones son tan asombrosas que ponen en cuestión muchas de las ideas hasta ahora admitidas por sus colegas. Entre otros resultados, los investigadores han constatado grandes diferencias entre las mujeres de los distintos grupos de estudio y, lo que es más llamativo, han descubierto que en un elevado porcentaje de los casos estudiados se encuentran más semejanzas entre un varón y una hembra que entre dos hembras.

Resulta muy ilustrativo el caso de las mujeres que se sometieron a la investigación en países islámicos, cuyos intereses eran casi opuestos a los de las francesas y las suecas. Así, un 70% de las islámicas declaró explícitamente que la mujer era inferior al hombre y tenía que estar a su servicio. El 30% restante “no sabía, no constestaba”. Estas mujeres también se manifestaron en porcentajes elevadísimos partidarias de llevar velo o al menos el cabello cubierto y  de bañarse en la playa tapadas hasta el cuello. Sin embargo, entre las francesas y las suecas que se prestaron a ser examinadas, los porcentajes de mujeres que consideraban que los varones eran superiores eran tan ínfimos que resultaban casi ridículos, y además no se encontró ninguna dispuesta a llevar ropas de baño que cubriesen más allá de un 15 o un 20% de su cuerpo.

Y lo que es sin duda más asombroso: en los países islámicos la mayoría de los hombres estaban de acuerdo con las mujeres islámicas: ellos eran superiores y ellas debían bañarse de manera que no se adivinaran sus formas bajo al ropa. Por el contrario, en los dos países europeos mencionados, una mayoría de los hombres se manifestó de acuerdo en que hombres y mujeres debían tener los mismos derechos y, en porcentajes todavía superiores, en que mientras menos tela usaran las mujeres en la playa mejor.

Investigadores expertos en las diferencias genéticas entre hombres y mujeres han quedado consternados a la luz de estos resultados, que no saben cómo explicarse, pues hasta ahora todo confirmaba que ciertas diferencias en el neocortex, en los lóbulos prefrontales y en el peso del cerebro hacían a los hombres y a las mujeres tan diferentes que los unos son agresivos y las otras no saben reconocer mapas, y aspectos todavía más significativos y fundamentales para el desarrollo de la especie y para la formación de la personalidad.

Este estudio de la Universidad de Cold Mountain ha enfriado ligeramente los ánimos de los genetistas, puesto que se han hallado asombrosas semejanzas entre lo que piensan hombres y mujeres de la misma cultura. Ya dijimos que la explicación de tal semejanza no se ha conseguido hasta ahora explicar, pues parece exceder las ideas más razonables acerca de las diferencias inevitables y evidentes provocadas por lo que el ser humano tiene entre las piernas.

Una pequeña luz, procedente de investigadores y laboratorios españoles quizá podría iluminar este misterio: los investigadores españoles Juan Antonio Serrano y Mari Luz Serrano Serrano han constatado que, en estudios realizados hace 35 y 50 años en España, las españolas mostraban más similitudes con el pensamiento de las mujeres islámicas que con el de las europeas, lo que ahora sucede justo al revés. Eso sin duda parece demostrar la influencia del clima, cada vez más impredecible en España, y tal vez la influencia del agujero de ozono, que permite pasar rayos cósmicos que, rebotando en las paredes nevadas de los Pirineos, han podido penetrar sin duda en el genoma hispano y modificarlo.

Investigadores de Salt Lake City se han mostrado muy interesados por este descubrimiento y han señalado un precedente curiosísimo que parecería avalar la tesis de la deriva genética climática: hace cien años, la opinión de los blancos en Estados Unidos era muy semejante a la que hoy se tiene acerca de la diferencia entre hombres y mujeres en los países musulmanes, pero referida a los negros. Este criterio se ha ido modificando (aunque con mucha lentitud) y  hay que señalar que ha coincidido con el declive del uso del sombrero, lo que sin duda permite que a través del cuero cabelludo los rayos cósmicos hayan modificado el genoma de los estadounidenses y, en consecuencia, su manera de pensar.

Por otro lado, se ha constatado que las únicas mujeres que en los estudios realizados en Francia no compartían la opinión mayoritaria de las francesas… procedían de países islámicos. Sin embargo, no se da entre estas emigrantes una unanimidad plena, sino que su opinión  parece depender de la proximidad de comunidades islámicas organizadas y de imanes y mezquitas, con lo que se están barajando varias posibilidades: que el uso del velo o el pañuelo en la cabeza también impida el paso de los rayos cósmicos, o que se produzca un campo mórfico entre las personas pertenecientes a la misma comunidad, por razones inexplicadas. El investigador Rupert Sheldrake, creador de la teoría de los campos mórficos o morfogenéticos, no ha querido pronunciarse sobre el asunto, pero ha recordado que si un ratón aprende a moverse por un laberinto simplemente por estar cerca de otro ratón que ya ha aprendido, “pues por qué no le va a suceder a una mujer islámica que vive cerca de islámicos”.

La comunidad científica internacional vive en las últimas semanas pendiente de las noticias que llegan de uno y otro lado y se está reuniendo información que pueda explicar cómo es posible que siendo tan diferentes hombres y mujeres (recuérdese que ellas son de Venus y ellos de Marte) en los últimos 50 años haya aumentado de manera tan llamativa el número de mujeres escritoras, pintoras, científicas. Es decir, que cada vez sean más las que destacan en todas esas tareas para las que “no están preparadas genéticamente”, como demuestra que hasta ahora no hubiesen destacado en ello, y como lo demuestra asimismo el que tampoco destaquen en los países islámicos, excepto en porcentajes casi simbólicos.

Numerosas asociaciones en defensa de la diferencia han comenzado a donar fondos para que los investigadores encuentren más diferencias entre hombres y mujeres, que permitan regresar a la tranquilidad de un pensamiento único en el que los hombres piensan todos de una manera y las mujeres de otra manera. No se duda que, dependiendo del dinero recaudado, se lograrán grandes avances en los próximos días.


 

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Recuerdos de infancia y Feynman

Me han sorprendido algunas coincidencias entre mis aficiones y las de Feynman. La diferencia es que yo solo he pensado algunas de las cosas que él pensó, pero que él, además, las desarrolló de una manera práctica.

Este texto es un fragmento extraído de la ficha del libro de Feynman ¿Está usted de broma, señor Feynman?

Me he encontrado como él, y supongo que como muchos otro s niños, ante el problema de tener que apagar un pequeño incendio, consecuencia de jugar con fuego. Siempre me gustó hacer pequeñas fogatas en los ceniceros o en el suelo de mi habitación, aunque mi intención era observar cómo se quemaban los papeles, retorciéndose en la llama, y a veces añadía soldaditos de plástico que se retorcían en un pavoroso incendio en medio de la batalla.

Creo que también tuve una vez un problema bastante grave (en Barcelona) con un juego de química que me regaló mi padre.

Hablando de juegos infantiles, recuerdo que en una ocasión decidí jugar a las canicas en mi habitación, de la misma manera que lo hacía en el patio del colegio. La cosa consistía en meter las canicas en un agujero. Como el suelo de mi habitación no tenía agujeros, al principio intenté jugar lanzando las canicas hacia la abertura de un vaso tendido horizontalmente, una idea que se me ocurrió al ver que así era como Rip Kirby jugaba al golf en su casa, pero lo cierto es que este sistema no me agradaba demasiado, así que decidí hacer un verdadero agujero. Cogí un cuchillo y empecé a rascar entre cuatro baldosas. No sé si esa misma noche o días después conseguí abrir un agujero bastante considerable a costa de estropear cuatro baldosas.

No recuerdo muy bien cómo me las ingenié para ocultar el agujero a la vista de mi madre, pero sí sé que ella acabó descubriéndolo y mi juego de canicas acabó, al poner una especie de parche de yeso en el lugar que antes ocupaba (o no ocupaba) mi agujero.

No son anécdotas divertidas como las de Feynman, pero me agrada recuperar hechos de esos años que creía haber olvidado. Por alguna razón, que no me explico, me cuesta mucho recordar sucesos anteriores a mis catorce años, aunque ese agujero en mi memoria también parece que está siendo rellenado en los últimos meses, quizá porque me esfuerzo en ello.

A mí también me gustaban mucho las radios, y he perdido bastante tiempo intentando arreglarlas después de haberlas desmontado, aunque con escaso éxito, al contrario que Feynman. Ahora intentaré arreglar una que tengo totalmente destrozada (para ello necesitaré un soldador), animado por los relatos de Feynman.

Recuerdo que también me sorprendió descubrir, en el curso de mis fracasadas reparaciones de radios, que al tocar el altavoz se oía el ruido del roce, pero nunca llegué a intuir la aplicación de este descubrimiento para usar el altavoz como micrófono.
Siguiendo con este pequeño recuerdo de sucesos de infancia: Santos Parrilla me contó una vez que un día se encontró a mi padre y le preguntó:

-¿Qué tal están tus hijos? (yo tenía unos dos años y mi hermana tres)
– Bueno, la niña está muy bien.. pero Daniel me parece que ha salido algo retrasado.
-¿Y eso?
– Bueno tiene casi dos años y todavía no habla ni una palabra.

Por cierto, para corregir este aparente retraso me dieron pastillas de fósforo o algo parecido.

Quizá esta tardía incorporación al lenguaje hablado haya sido la causa de que hasta los veinte años fuese yo incapaz de pronunciar la “s”, y de mi mala vocalización (que aún constituye uno de mis peores defectos, aunque espero corregirlo). Tal vez también influya en el hecho de que suele resultarme mucho más fácil y productivo expresarme por escrito que oralmente.

También me han contado que una vez me encerradon junto a otro niño en una habitación llena de juguetes, para poder estar ellos, los mayores, tranquilos. Yo no soporté el encierro y empecé a lanzar desde la ventana uno tras otro todos los juguetes, hasta dejar la habitación vacía. Según alguna versión, tal vez exagerada, los adultos entraron en la habitación justo a tiempo de evitar que tirase por la ventana a mi compañero de juegos.

Pero no era mi intención al empezar a escribir esto hablar de mí, o al menos no sólo de mí, sino de Feynman y de algunos rasgos caracteríales que compartimos. Lo anterior valdrá para cuando me decida a contar historias de mi infancia (entonces intentaré narrarlas de manera más divertida).

Comparto con Feynman esa “especie de compulsión para resolver rompecabezas y acertijos”; quizá esa compulsión sea la causa de que se me den bien los tests de inteligencia, no porque yo sea más inteligente que quienes obtienen peores resultados, sino porque disfruto resolviendo problemas. Creo que he leído, o me han dicho, que una persona de 25, 30 o 40 años no puede superar la puntuación que obtuvo en un test de inteligencia a los 14 o a los 18 años. Yo no creo que sea así. Creo que lo que pasa es que la gente suele tener menos deseos de resolver acertijos cuando deja atrás la adolescencia, que su capacidad de resolver problemas decrece o se dirige hacia otro tipo de cuestiones. Estoy convencido de que puedo mejorar la puntuación que obtuve en aquel test que hice a los 14 o 15 años. De hecho, lo hice en una ocasión, tras comprarme un libro de test de inteligencia.

Es curioso que, no sé si este año o el año pasado, se me ocurrió hacer lo que Feynman cuenta en las páginas 27-28: me propuse hallar por mí mismo y sin usar ningún tipo de ayuda, teoremas geométricos, reglas, relaciones, etcétera. Creo que también empecé con los triángulos, pero lo dejé después de descubrir dos o tres resultados. El asunto consistía en dibujar, por ejemplo, un triángulo con los tres lados iguales y descubrir maneras de calcular las distintas relaciones entre los ángulos, el área, etcétera. He de decir que mis conocimientos de geometría son practicamente inexistentes (por cierto, tengo que leer un artículo de Gardner en el que propone al lector hallar teoremas que sirvan para una geometría no euclidea; él mismo describe cómo es esa geometría).

También he sido y soy muy aficionado a inventar soluciones ingeniosas a pequeños problemas (en el libro de Feynman: páginas 28 a 35), aunque raramente las llevo a la práctica, y a hacer pequeñas investigaciones caseras. Durante algunos meses llevé a cabo una especie de experimento con lentejas, plantándolas en cajas de huevos de plástico y controlando rigurosamente, en una libreta que aún conservo, su crecimiento. Recuerdo que trazaba gráficos en los que cada ejemplar de lenteja era definido por un color y un nombre. Los nombres estaban sacados, si recuerdo bien, de la historia antigua: Asurbanipal, Akenaton, Alexander, etcétera.