Un hermoso símbolo

Una amiga de mi madre me regaló en una acalorada discusión, a los postres de una cena, un hermoso símbolo, en el que me siento representado.

Hablábamos de esto y lo otro, de Irak, de Euzkadi, de Irlanda, de Israel, de Palestina, y ella me dijo:

__Pero es que tú oscilas, te ondulas de un lado a otro.

Me di cuenta de que tenía razón: yo me ondulaba de un lado a otro. Y sin embargo, tenía también la sensación de moverme siempre en la misma dirección.

__ Sí -le respondí-, me ondulo, pero si te fijas bien, verás que este movimiento sinuoso y ondulante tiene algo siempre en común: “No matarás”. Siempre estoy contra los que matan, contra los asesinos, sean de un lado o de otro, contra la justificación del crimen. Así que es un movimiento ondulante pero muy firme y nada ambiguo: donde está la muerte, no estoy yo.

La imagen que me vino a al cabeza es fácil de adivinar: la serpiente.

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Una serpiente que va esquivando a los que asesinan y a los que entienden y justifican el asesinato, la tortura, la pena de muerte o la violencia.

Quiso después la casualidad, que al día siguiente, en la Biblioteca Nacional, me dieran un sobre de azucar y que en el sobre de azucar viese esta imagen:

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Por último, recordé que cuando se reformó el cielo astrológico, incorporando uno o dos nuevas constelaciones y símbolos, la serpiente y la ballena, a mí me correspondiese precisamente Ophiochus, la serpiente.

Y con esta hermosa imagen de la serpiente, que hago mía, me doy una excusa para escribir un nuevo texto de la sección ¡Discusión! que parecía hibernada, y que a partir de ahora se llamará: “La lengua de la serpiente”.

 

 


[Escrito el 6 de diciembre de 2003]

 

POLÍTICA

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La ciencia confirma noALT
(La página noALT /002)

En el año 2004 se publicaron varios artículos haciéndose eco de un experimento realizado en la Universidad de California. Los resultados son muy interesantes y confirman la tendencia que tenemos de ver la realidad en campos enfrentados, y cómo dejamos de observarla una vez que hemos tomado partido. A continuación, copio la noticia acerca del experimento tal como fue publicada en la revista El Ciervo.

Los experimentadores colocan en la máquina a un votante convencido de Bush y le ponen una imagen del presidente.
El cerebro reacciona así: “Este es el mío, mira que bueno y guapo es”. Luego sale Kerry, el rival, y en el cerebro del paciente se activa una sección más racional, capaz de distinguir entre lo malo (sobre todo) y lo bueno del personaje.
O sea, que cuando ves a tu candidato la respuesta es emocional: este es el mío, que nadie lo toque, yo soy como él, todo lo hace bien.” Y cosas así. En cambio, cuando sale el otro, se activa la parte del raciocinio, de buscar por dónde flaquea. Qué curioso.    (“El mío es un amor”, El Ciervo, mayo 2004)

 John Kerry      George Bush
¿Son tan distintos Bush y Kerry?

El experimento parece mostrar lo poco de fiar que somos como analistas políticos, pues parece muy difícil que nuestras opiniones se puedan separar de nuestra ideología y de nuestros deseos. La conclusión es que nuestros argumentos están motivados mas por el odio y el amor que por la razón. Como decía un ilustrado francés: “Nuestras razones son las esclavas de nuestras pasiones”. Primero decidimos que es lo que queremos pensar, y sólo después buscamos razones para justificar esa elección.

Nassim Nicholas Taleb pone un ejemplo de cómo funciona nuestra incapacidad de para razonar cuando hay emociones de por medio:

 “El problema de la confirmación es un asunto omnipresente en nuestra vida moderna ya que en la raíz de muchos conflictos se halla el siguiente sesgo mental: cuando los árabes y los israelíes ven las noticias, perciben historias diferentes en la misma sucesión de hechos. Asimismo, demócratas y republicanos miran a partes distintas de los mismos datos y nunca convergen en las mismas opiniones. Una vez que en la mente habita una determinada visión del mundo, se tiende a considerar sólo los casos que demuestren que se está en lo cierto. Paradójicamente, cuanta más información tenemos, más justificados nos encontramos en nuestras ideas.”

Es muy posible que la única vez que hayamos razonado sea aquella primera vez, tal vez en la adolescencia, en la que elegimos nuestro bando. A partir de entonces, adquirida ya la seguridad de nuestra ideología, nunca hemos necesitado volver a pensar de verdad.

Es evidente que si a alguien la mera visión de un político le causa irritación, sarpullidos, alergia, ira incontenible, sus opiniones acerca de cualquier cosa que diga ese político no resultarán muy fiables.

Una reacción emocional extrema es comprensible en un momento concreto, pero su persistencia en toda situación impide cualquier posibilidad de entender algo acerca de la realidad, o de intercambiar opiniones de manera razonable con otras personas, excepto como compartirían una conversación un par de magnetofonos, como decía Ortega, o como la comparten dos hinchas del mismo equipo después de un penalty dudoso.

Las reacciones instintivas y la razón son casi siempre incompatibles. Es por eso que no es recomendable legislar en un momento de gran excitacion social, por ejemplo, tras una serie de terribles asesinatos.

Cuando a Primo Levi, que había estado prisionero en el campo de concentración de Auschwitz, se le pregunto como reaccionaba instintivamente ante una injusticia, el respondió: “Yo no respondo nunca instintivamente, y si lo hago, intento controlarlo”. Una cosa, en efecto, es sentir emociones y entusiasmos, lo que es del todo razonable, y otra muy distinta intentar legislar o dictaminar en medio del entusiasmo.

El experimento, de todos modos, confirma la tendencia partidista que tenemos, pero no la explica. Muestra que los votantes de Bush ya han decidido que Bush es bueno y que Kerry es malo, asi que es lógico que se activen las zonas de sus cerebros relacionadas con la razón o con la emoción, según el caso. Pero el experimento no nos dice por qué han decidido con tanto ardor que Bush es un monstruo o un héroe.

Tras esa clave andan ahora muchos investigadores: si se consigue averiguar cómo meter dentro de un cerebro una opinión, quizá se descubra como conseguir algo que a menudo parece imposible: como sacar una opinión de un cerebro.

Me gustaría añadir ahora, en 2011, que el experimento, por otra parte, explica de manera clara esa asombrosa situación en la que nos vemos tantas veces, cuando hablamos con una persona acerca de los crímenes de Fulano y estamos completamente de acuerdo en que son detestables, pero luego empezamos a hablar de Mengano y, ante las mismas situaciones que acabamos de condenar resulta que nuestro interlocutor no las considera criminales.

Es por un lado una prueba de algo positivo: cualquiera puede distinguir los crímenes mediante la razón. Pero, por otro lado, muestra algo muy negativo: cualquiera es capaz de ocultar los crímenes si tocan  a su emoción. Situaciones como estas podemos encontrarlas en cualquier polémica política alternante, dicotómica, maniquea, como Israel/Palestina, Estados Unidos/URSS, derecha/izquierda, etcétera. Se razona con precisión y fiereza acerca de un lado de cada par y se olvida al instante todo lo que se acaba de decir al considerar el otro lado.

La única escapatoria a ese pensamiento alternante es encontrar algo que pueda situarse por encima del par a discutir, como la oposición frontal a toda acción criminal.


Los comentarios son muy bien recibidos

 [Publicado por primera vez en 2004]

NOTA 2012: cómo sé que nada puede ser confirmado de manera definitiva, ni siquiera por la ciencia, no empleo la expresión “La ciencia confirma noALT” de manera dogmática, sino, digamos, como sinónimo de “La ciencia (un experimento científico) aumenta la probabilidad de que noALT sea cierto”.


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El Salmo 137 y la influencia babilonia

He escrito varias veces acerca del Salmo 137, y lo he comparado con un pasaje de la Epopeya de Gilgamesh:

 Junto a los ríos de Babilonia,

allí nos sentábamos, y aun llorábamos,

acordándonos de Sión.”

(Salmo 137)

“Gilgamesh, entonces se sentó
y lloró.
Y las lágrimas resbalaban por sus mejillas.”
(Epopeya de Gilgamesh)

Me llamaba la atención que en ese pasaje se emplease la misma figura literaria cuando el  narrador primero se sienta y, sólo después de hacerlo, llora. El recurso, que es uno de esos momentos en los que nos parece estar viendo la vida misma y no una ficción literaria, aquello que Stendhal llamaba “ilusión perfecta”, ha sido empleado también, y no cabe duda de que lo hizo imitando el Salmo 137, por Elizabeth Smart en el título de uan de sus novelas: En Grand Central Station me senté y lloré, y más recientemente por Paulo Coelho: A orillas del río Piedra me senté y lloré.

Antes de continuar, no debo ocultar que algunos hebraístas explican lo de sentarse antes de llorar como una referencia a que los protagonistas adoptan una actitud religiosa que consiste en sentarse y elevar los brazos en plegaria al Señor, gritando y lamentándose en ocasiones. Pero yo seguiré con la otra interpretación, que considero de mayor interés literario.

Como es obvio, al comparar los dos textos, podría parecer que yo estaba sugiriendo de manera implícita que los judíos autores del himno (atribuido al rey David) habían copiado el recurso literario de sentarse y sólo después llorar, del poema de Gilgamesh o de algún texto similar de la cultura mesopotámica. En efecto, esa era mi intención. Creo que el motivo literario mencionado, e incluso otras partes del salmo, fue tomado de fuentes mesopotámicas.

Con esta hipótesis en mente, he investigado un poco y he averiguado algunas cosas interesantes. Pero antes conviene recordar el salmo:

 SALMO 137
Junto a los ríos de Babilonia

Junto a los ríos de Babilonia,
nos sentábamos a llorar,
acordándonos de Sión.
En los sauces de las orillas
teníamos colgadas nuestras cítaras.
Allí nuestros carceleros
nos pedían cantos,
y nuestros opresores, alegría:
“¡Canten para nosotros un canto de Sión!”
¿Cómo podríamos cantar un canto del Señor
en tierra extranjera?

Si me olvidara de ti, Jerusalén,
que se paralice mi mano derecha;
que la lengua se me pegue al paladar
si no me acordara de ti,
si no pusiera a Jerusalén
por encima de todas mis alegrías.

Recuerda, Señor, contra los edomitas,
el día de Jerusalén,
cuando ellos decían: “¡Arrásenla!
¡Arrasen hasta sus cimientos!”
¡Ciudad de Babilonia, la devastadora,
feliz el que te devuelva el mal que nos hiciste!
¡Feliz el que tome a tus hijos
y los estrelle contra las rocas!

Naturalmente, el hecho de que en el salmo se mencione dos ciudades mesopotámicas como Babilonia y Edom ya nos hace pensar que mi hipótesis no es tan insólita. Se supone que el salmo fue escrito durante la cautividad de los judíos en Babilonia, cuando Jerusalen fue invadido por los babilonios de Nabucodonosor II y el rey Jeconías fue deportado a Babilonia. Ya antes, su padre, el rey Joaquím de Judá, se había entregado a los invasores y había sido deportado a Babilonia, junto con diez mil judíos. Hay que recordar que los asirios habían destruido poco tiempo antes el otro reino judío, el de Israel, haciendo emigrar a sus pobladores, las famosas diez tribus perdidas de Israel. Por fin, como ya he dicho, hacia el -586 los babilonios invadieron nuevamente Jerusalén y en esta ocasión incendiaron la ciudad y destruyeron el templo, deportando a su población. De este modo se puso fin a los dos reinos judíos, aunque todavía se produjo una nueva deportación en -582. Pocos judíos permanecieron en Palestina y, de los que no fueron deportados, muchos acabaron emigrando a Egipto.

La primera y la segunda deportación judía a Asiria y a Babilonia

La primera y la segunda deportación judía a Asiria y a Babilonia

El Salmo 137, aunque se atribuye al rey David por convención, fue probablemente escrito varios siglos después de su reinado, por exiliados judíos en Babilonia, como parece demostrar el propio texto: “Junto a los ríos de Babilonia”.  Los  “ríos” de los que se habla parece que son los canales de agua de aquella ciudad asombrosa que fue Babilonia.

Los judíos exiliados tuvieron la suerte o la desgracia de vivir en Babilonia poco antes de su caída definitiva como gran potencia y ya cerca del final de las culturas mesopotámicas como tales, que se remontaban a tiempos de los sumerios, allá por el tercer milenio antes de nuestra era.

Vivieron en el reino Neo-Babilonio de Nabucodonosor, que había derrotado al reino asirio de Nínive, y que acabó a su vez conquistado por los persas de Ciro, y ,más tarde por Alejandro Magno, quien quiso restaurar el esplendor perdido de Babilonia, pero murió envenenado aates de lograrlo. Ciro, el rey persa, permitió a los judíos regresar a Palestina, así que es muy posible que el judaísmo deba su pervivencia a quien hoy Israel considera su gran enemigo: Irán, es decir, la antigua Persia.

Mural de la sinagoga Hurva de Israel, que representa el pasaje del Salmo 137

Mural de la sinagoga Hurva de Israel, que representa el pasaje del Salmo 137

Parece que los judíos no fueron esclavizados en Babilonia, o al menos no sufrieron tortura y grandes castigos. Por ello, aunque hay discusión entre los estudiosos, en la traducción del salmo se deberían emplear palabras como “captores” y “opresores” y no, como se hace en ciertas ocasiones “torturadores” o incluso “carceleros”, pero no me atrevería a meterme en cuestiones filológicas hebraicas:

“En los sauces de las orillas
teníamos colgadas nuestras cítaras.
Allí nuestros carceleros
nos pedían cantos,
y nuestros opresores, alegría”

La misma situación que parece transmitirnos el poema está lejos de parecer una cárcel: los judíos tienen colgadas sus cítaras en los sauces y sus captores les piden que entonen alguno de los cantos de Sión. Sin embargo, los judíos no quieren entonar ese canto. ¿Por qué?

La primera razón es obvia: su país ha sido arrasado, el templo de su dios destruido y ellos han sido forzados a emigrar a Babilonia.

La segunda razón es más interesante. Aunque Sión se suele identificar con Jerusalén o con Israel o con la Ciudad de David, en ciertos contextos se entiende también como una referencia al monte Sión o incluso al Templo del monte Sión. Su origen es una fortaleza jebusea llamada así, que fue conquistada por el rey David. Los jebuseos eran un pueblo semita al que no convendrá perder de vista en futuras investigaciones. Al parecer, aquel lugar, la colina de Sión, ya fue tomado por un lugar sagrado quizá desde el tercer milenio antes de nuestra era, con lo que los judíos, como después los cristianos y después los musulmanes, adoptaron Jerusalén como ciudad sagrada siguiendo el ejemplo de un pueblo anterior. Como es sabido, el honor de ser una ciudad sagrada para tres religiones ha supuesto para Jerusalén continuas guerras y conflictos, que continúan en la actualidad. Más una maldición eterna que una bendición.

En cualquier caso, Sión no se debe identificar, o al menos no siempre, con Jerusalén sin más, sino como Jerusalén entendida como símbolo de la religiosidad judía. En la clasificación de salmos y cantos incluso se distingue entre dos asuntos, los cantos de Sión y los de Jerusalén. El Salmo 137 pertenece a ambos géneros. Si no me equivoco es el único en el que se mencionan a la vez tanto Sión como Jerusalén. En consecuencia, en este contexto, al hablar de Sión en muchas ocasiones debemos entender cantos de alabanza a Yahveh, a Dios, mientras que al hablar de Jerusalén se alude a la ciudad perdida y que se añora desde el exilio.

La razón por la que los cautivos no quieren entonar un canto de Sión, como les piden sus opresores, se ofrece en el propio texto: esos cantos sólo se pueden entonar en el Templo, en el templo destruido de Jerusalén :

¿Cómo podríamos cantar un canto del Señor
en tierra extranjera?

Los expertos interpretan el pasaje anterior como si significara que entonar himnos de alabanza al señor en tierra extraña y lejos de la propia casa del señor es casi una impiedad. Creo que esa interpretación es correcta, pero cabe una remota posibilidad de que también aluda al rencor y a las dudas que al parecer sintieron muchos judíos durante su cautiverio en Babilonia acerca de un dios que, de nuevo, no había sabido protegerlos. Los judíos empezaban a preguntarse en los jardines de Babilonia aquello que se habían preguntado el ateo griego Diágoras de Melos, o aquel otro ateo indio que aparece en las Upanisads: “Si Dios no puede proteger su propio templo, poco podrá protegerme a mí”. Sin embargo, a pesar de lo tentador de esta última interpretación, creo que la interpretación correcta es la aceptada por los expertos: no está bien alabar al señor en tierra extranjera, o al menos entonar cierto tipo de cantos que están destinados al templo de Jerusalén.

Así que los narradores del salmo, que quizá sean un grupo de músicos, como parece revelar el que hayan dejado sus cítaras o harpas colgadas en los sauces, no pudiendo entonar un canto de Sión o de alabanza al Señor, ¿qué hicieron?

Probablemente decidieron entonar un canto de lamentación, como es el mismo Salmo 137, por lo que la composición, en cierto sentido, podría tomarse como un ejemplo de metalenguaje: “Me pides un canto de Sión y yo entono este canto de lamentación, porque no puedo entonar los cantos que me pides”. Lo cierto es que la clasificación del Salmo 137 resulta muy complicada, porque no tiene las características de otros salmos. Carece, por ejemplo, de la usual invocación inicial y no es un canto de ruego, imprecación, sermón o exhortación. Así que se ha definido como canto de lamentación, con elementos de nostalgia o saudade, y se ha comparado con mucho acierto con el fado portugués. También se sabe que la estancia de los judíos en Babilonia influyó mucho en la cultura y la música de los judíos.

Tal vez, esa sería mi aventurada hipótesis, los cautivos tomaron un aire musical, y tal vez una estructura e incluso algunas frases de cantos babilonios, y todo ello lo adaptaron a sus propios sentimientos, conservando frases como aquella en la que se sientan y lloran, que se encuentra al final de la Epopeya de Gilgamesh, cuando la serpiente roba a Gilgamesh la planta de la juventud y él se sienta y llora, quizá lamentándose, como harían siglos después aquellos judíos en Babilonia, y entonando un canto de saudade y tristeza antes de regresar, derrotado, viejo y cansado, a Uruk.

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