Shakespeare trivial

En la obra que se atribuye a Shakespeare y Fletcher Historia de Cardenio, que es una traducción de la Doble Falsedad de la que hablara Theolbald, sorprende cómo los diálogos se suceden con cierta soltura pero sin mayor interes, cómo se repiten cosas ya dichas y aquí y allá comparaciones insípidas, como esta:

 DOROTEA “Vete, señor, que tus palabras son impropias y suenan mal y en falso tus canciones, e incluso tu perfume que percibo no me halaga tanto como aquel que despide la violeta de los campos nuestros”

¿Qué sentido tiene una comparación tal? ¿A qué vienen aquí los campos, si estamos en una villa? No es mala la idea de que una mujer desprecie las palabras, las canciones e incluso el perfume de su pretendiente. Pero está tan mal llevado, que se pierde lo que de interesante pudiera tener la idea. Si la escena trascurriese en el campo, no sería difícil decir que ese perfume odiado oculta el otro tan amado, de alguna manera más o menos ingeniosa, pero tal como está el verso carece de sentido o su sentido es trivial.


[Publicado en 2007]


OTRAS ENTRADAS SHAKESPERIANAS

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Definición de prejuicio

Sobre este tema se ha escrito mucho. Ya veremos las opiniones de Bacon, Leibniz y Descartes, por ejemplo.

Pero adelantaré una definición intuitiva, o apresurada, si se prefiere:

“Prejuicio es aquello que se opina sin poder justificar por qué”.

Las dificultades de una definición como ésta saltan inmediatamente a la vista, pero la iré puliendo, analizando ejemplos concretos.

El primer ejemplo es el de una amigo que nos dice:

“No me gusta este autor, no he leído nada suyo, pero ni me interesa ni tengo intención de hacerlo”.

Supongamos que el autor en cuestión es, para citar a alguien conocido, Isaac Asimov, célebre en todo el mundo por sus libros de ciencia ficción y de divulgación científica.
Lo primero que observamos es el error lógico de tomar la parte por el todo: a nuestro amigo no le gusta Isaac Asimov y, sin embargo, no ha leído ningún libro suyo, incluso añade con malicia que ni siquiera tiene intención de hacerlo. ¿Cómo es esto posible?

Posiblemente porque lo que sucede es que no le gusta Isaac Asimov como persona, y por ello induce (o abduce) que tampoco le gustará cómo escritor.

Naturalmente, se trata de una inferencia muy arriesgada, pero todos hemos caído en ellas alguna vez: por ejemplo cuando rechazamos leer a autores de conocida tendencia fascista o nazi. Así, por ejemplo, es evidente que las personas interesadas en el surgimiento del nazismo -aunque no sean especialistas en el tema- deberían leer Mein Kampf (Mi Vida) de Adolf Hitler. Pero pocas personas lo hacen (yo admito que no lo he leído, aunque sí tengo intención de leerlo).

Pero volvamos a Asimov. Ya he señalado uno de los primeros rasgos de los prejuicios: “tomar el todo por la parte” (metonimia). Ahora bien, en el caso de Asimov y nuestro amigo, nuestra amistad con este último nos permite intuir que la metonimia es doble. En realidad, la metonimia esencial no es la que une a ‘Isaac Asimov persona’ con ‘Isaac Asimov autor’, sino la que conecta al ‘Isaac Asimov autor’ con la imagen pública de Isaac Asimov, o si se prefiere la “Fama de Isaac Asimov”. Porque, en primer lugar, parece claro que creer que se sabe cómo es una persona conociendo tan sólo lo que se publica acerca de ella -incluídas las entrevistas- es muy arriesgado. De eso tal vez hablaré más adelante. Pero el problema es que en realidad nuestro amigo a lo mejor ni siquiera debe su prevención contra Asimov a la imagen pública de Asimov, sino que este prejuicio nace de la fama misma de que disfruta Asimov (de que disfrutaba, q.e.p.d.). Con ello, llegamos a uno de los motivos más comunes a tantos prejuicios: la fama.

La fama, como es sabido, produce dos movimientos contrarios en el espectador: admiración y desprecio. El desprecio está muy ligado a la envidia. Naturalmente, el envidioso no se reconoce jamás, o casi nunca, como tal envidioso, y su desprecio hacia muchos personajes famosos se justifica con razones que la mayor parte de las veces son correctas, porque tal vez nadie merece la fama de la que disfruta. ¿Estoy diciendo, entonces, que el envidioso tiene razón?

No exactamente, porque la envidia no es algo que dependa de una supuesta coherencia lógica, sino que es un sentimiento y, debido a ello, está más relacionado con la ética o la moral, o quizá con el carácter. Es una pasión generalmente mediocre, tanto como su opuesto, la admiración desmesurada.

Pero volvamos a la fama. En muchas personas, y de esto puedo hablar por propia experiencia, se produce un sentimiento de aversión hacia personas o cosas populares, precisamente porque son populares. Uno se cansa de que todo el mundo se deshaga en elogios hacia una película y acaba perdiendo las ganas de ir a verla. Tal vez en ello juega su papel la envidia, aunque es discutible que la envidia se dirija contra una película.

Es otro tipo de sentimiento que tiene más que ver con el espíritu de contradicción. Yo he cometido muchos errores llevado por esta ciega pasión. He despreciado a pintores, películas, actores, escritores, políticos, artistas, de los que no sabía nada.
Afortunadamente, he llegado a darme cuenta de lo injusto de esta actitud y he reconsiderado muchas de mis opiniones, alcanzando, si no un juicio más justo, sí un criterio más equilibrado, o al menos eso creo.

Y además, el problema es que en este sentimiento, como suele suceder en las pasiones de los seres humanos, se mezclan muchos factores: envidia y espíritu de contradicción ya han sido mencionados, pero a ellos va asociada la ligereza y la soberbia del juzgar sin conocer.

El espíritu de contradicción, en efecto, te lleva a opinar de las cosas sin conocerlas, y acabas comportándote como esos terapeutas que dicen a su paciente que no le conviene leer tal libro, aunque ellos, los terapeutas, tampoco lo hayan leído.

Ahora bien, alguien pensará: ¿no nos estamos desviando del tema de los prejuicios?

No, porque la envidia, la ligereza, el juzgar sin conocer y el espíritu de contradicción siguen encajando en la definición de prejuicio: “Aquello que se opina sin poder justificar por qué”.

Ahora bien, antes de continuar hay que precisar que en esta definición se ha de entender ‘justificar’ en su pleno sentido, y no como sinónimo de ‘explicar’. Porque uno puede explicar sus prejuicios y sus manías: “Le tengo manía a este hombre porque es gordo y fofo”, pero una explicación tal no parecerá justa y equilibrada a un testigo imparcial.

Naturalmente, ahora podríamos emplear diez o doce páginas en discutir qué es la imparcialidad y quien puede juzgar y con qué criterio. También podríamos divertirnos un rato con argumentos como: “¿Es que acaso el que un tipo sea gordo y fofo no es un criterio tan válido como cualquier otro?”

Podría hacer todo eso, pero esto es una cosa que también acaba cansando y no sé cómo no se aburren los filósofos del lenguaje, los epistemólogos y los relativistas culturales, que se ven obligados a escribir cien páginas de auto-crítica y situacionismo para poder dar a la luz pública una idea que sólo ocupa tres páginas o tres frases. Antes podía ser más entretenido, porque el relativismo era un bicho raro, pero ahora que se ha convertido casi en una tradición unánime…

He intentado en el párrafo anterior atacar los prejuicios bordeando yo mismo la línea del prejuicio, no sé si el lector se habrá dado cuenta. Porque, parece que intento refutar el relativismo, la filosofía del lenguaje y la epistemología con argumentos similares al de “Este tipo me cae mal porque es gordo y fofo”. Sin embargo he intentado evitar el prejuicio…

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[Escrito antes de 1994]

[1994: El texto no sé si acaba abruptamente. A pesar de dirigirme a un lector, es un apunte personal que escribí sin ninguna intención de que se hiciera público, a no ser que mi memoria me traicione y sea parte de algún proyecto que he olvidado, pero parece una investigación acerca de los prejuicios, en la que iba a examinar lo que opinaban diversos autores].


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La memoria de lo incompleto

Anoche, con Marcos, hablamos de la memoria de los camareros, que recuerdan lo que no han servido.

Es una de las versiones de un experimento, se encarga a los camareros de un local diversas comandas. En un momento dado, con alguna excusa, como una alarma de incendio, se interrumpe la tarea con muchas comandas todavía sin servir. Tiempo después se pregunta  a los camareros por las comandas que hicieron ese día: recuerdan las que quedaron incompletas, pero han olvidado las que sí completaron. Este es un asunto acerca del que mi amigo Eduardo Daswani sin duda tendría mucho que contar, porque es la persona que conozco que más sabe del arte de los camareros.

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En mis clases he comparado este curioso resultado de la memoria de lo incompleto en los camareros con el método que el guionista de cómic Chris Claremont empleó para dar nueva vida a los X Men: creaba más y más tramas que quedaban abiertas. Eso hizo protestar a los lectores, pero Claremont tenía una respuesta, como expliqué en Las paradojas del guionista :

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La muerte de Fénix

“A pesar de que Claremont convirtió a los X Men en el cómic más vendido de la editorial Marvel, superando incluso al mítico Spiderman, los lectores le reprochaban que había abierto muchos enigmas en las aventuras y que tardaba mucho en resolverlos. Jim Shooter, editor jefe de la editorial, le transmitió un día las quejas de los lectores y le pidió que empezara a resolver las cuestiones pendientes y también que resucitara de una vez al personaje de Fénix, como pedía el público. Claremont le respondió: «El secreto está en no contentarlos nunca, Jim, pensé que tú también lo sabías».

Lo que quería decir Claremont es que para mantener interesado al lector de cómic hay que proponerle muchos enigmas y dejar muchas preguntas en el aire: ¿qué sucederá cuando Rondador Nocturno descubra que su madre es Mística?, ¿cuál es el verdadero origen del esqueleto de adamantium y las garras de Lobezno?, ¿cuándo se producirá el enfrentamiento final entre Magneto y el Profesor Xavier?El lector tiene que creer que esos misterios van a ser resueltos y que sus preguntas serán respondidas. Pero el día en que el guionista se decida a revelar el origen de Lobezno o el parentesco de Rondador y Mística, la serie habrá perdido muchos de sus mayores alicientes y el lector ya no irá corriendo al quiosco para comprarse el siguiente número de los X Men.

Viajaba en un tren camino de casa de mi madre cuando escribí esta nota

Viajaba en un tren camino de casa de mi madre cuando escribí esta nota

En mis cursos, especialmente en los intensivos de guión, dejo muchos temas abiertos. Podría decir lo de Claremont: “Así volvéis a mis clases”, pero, claro, eso no suele suceder, excepto en lugares como la Factoría del guión, en los que los alumnos se matriculan en diversos cursos y me los encuentro varias veces año tras año. En los cursos que empiezan y terminan en un plazo previsto, supongo que esta sensación de que quedan cosas abiertas hace desear a algunos alumnos, como me dijeron en el reciente intensivo de verano, que el curso durara más. Eso es, desde luego, mucho mejor que el deseo de que se acabe de una vez. En cualquier caso, del mismo modo que Claremont, muchos de los asuntos los dejo incompletos a propósito, para que sigan siendo un estímulo en el que se seguir trabajando y evitar que se conviertan en un tema cerrado y olvidado, como suele suceder cuando se explican las cosas de tal manera que parece que no hay nada más que descubrir, al modo de los gurús de guión de Estados Unidos.

Pero Marcos y yo también comentamos otra curiosa incompletitud: la de esos amores que quedaron a medias, que no llegaron siquiera a existir. Muchos de ellos seguimos recordándolos durante años y años,  a pesar de su brevedad, mientras que olvidamos o apenas pensamos en otros que cristalizaron, se desarrollaron y desaparecieron de muerte natural, digamos. No todos lo amores completos se olvidan, por supuesto, pero lo asombroso es cómo recordamos algunos tan breves que apenas duraron un instante.

Yo recuerdo a una muchacha en Formentera, a la que sólo vi una tarde junto a una playa de rocas, cuando ella me pidió que moviera su hamaca. Yo tenía apenas diecisiete años. Hablamos un poco, cruzamos miradas intensas, mi timidez impidió que sucediera algo más, como tantas otras veces, pero recuerdo aquel momento con una intensidad incomparable, del mismo modo que recuerdo cómo vi desde la distancia subir a un autobús en Oviedo a una muchacha de Baeza a quien nunca volví a ver, o como recuerdo todavía a María Angeles cantándome “Alfonsina y el mar” junto a las lagunas de Ruidera, y a su hermana Rossi, y a una muchacha con la que apenas me crucé en la calle Echegaray de Madrid una madrugada de Año Nuevo, hace quizá diez años: una mirada de interés, un momento de duda, un instante para decidir si nos vamos juntos y… nunca más. O Sili, aquella muchacha para la que escribí más de una decena de poemas a los 15 o 16 años, y con la que sólo llegué a cruzar una cuantas palabras y muchas miradas furtivas, y las dos amigas con las que estuve una noche en las laderas del Parque del Oeste, que llegaron a mí no sé como y que desaparecieron de la misma misteriosa manera. Recuerdo esos momentos con una claridad asombrosa y todos ellos comparten una cualidad: son amores incompletos, como las comandas de los camareros o las tramas de los tebeos de Chris Claremont.

Escribí hace muchos años, una tarde en Buenos Aires acerca de esta persistencia de los amores no cumplidos:

“Algunos ya no tenían rostro, pero entre los demás, aquellos que le devolvían el recuerdo de una persona olvidada, algunos le causaban el dolor de la ocasión perdida, de la promesa no cumplida.  Promesas que se había hecho a sí mismo, cuando todavía pensaba que el tiempo era una extensión sin límite en la que todo había de tener su cumplimiento”.

Y así seguimos recordando todos esos amores incompletos, cuyo cumplimiento situamos en un punto indeterminado de nuestro futuro, hasta que nos damos cuenta, como decía Gil de Biedma, que de todo, o al menos de todo aquello, hace ya veinte años.

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LAS PARADOJAS DEL GUIONISTA

Reglas y excepciones en la práctica del guión
Alba Editorial, 390 páginas

En formato papel y ebook electrónico
Casa del Libro//Amazon

web del libro: Las paradojas del guionista

MEMORABILIA

Primer intento filosófico

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Sobre dogmatismo, bluejeans y Coca-Cola

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Primera afición al teatro

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Segundo intento filosófico

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Pobrecito mío

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Recuerdos de infancia y Feynman

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Coincidencias con Proust

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Las tres caras

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El credo de un escéptico apasionado: “No te contagies”

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Por qué a un joven no le gustaban otros jóvenes

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Las lecciones de la experiencia

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Modelo de portada

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El destino y el camino

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Oskar

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Retrato con una camisa de rosas

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Tal como éramos

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Uno de mis exlibris

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No verse a sí mismo

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Verse en otros

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Atisbos de inmortalidad en la librería Rafael Alberti

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Larga noche de amor en el Cuarteto de Alejandría

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Los falsos recuerdos

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La identidades asesinas

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Yo soy la materia de mi web

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Quién toca esta web me toca a mí

Etimología platónica de Il Saggiatore


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Fotografía familiar

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La memoria de lo incompleto

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El cuestionario de Proust

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Círculos en el agua

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No verse a sí mismo

En On Having no Head, Harding destaca el hecho de que nunca vemos nuestra cabeza, excepto en un reflejo.
A veces me ha interesado esta imposiblidad de vernos a nosotros mismos, excepto en un reflejo: resulta que en la práctica totalidad de nuestras experiencias no aparece nuestro rostro. En la mayor parte de nuestra, vemos las escenas en las que participamos, los rostros y las expresiones de los demás, pero no nuestras propias expresiones. Por eso resulta a veces difícil identificarnos con lo que recordamos, y sospecho que, al recordar, a menudo ponemos imágenes de nuestra propia cosecha que no pudimos ver realmente. Si recordásemos de verdad una escena tal como fue, sólo veríamos las imágenes a la manera de una cámara subjetiva cinematográfica: las cosas entrarían en nuestro campo de visión: una figura que se acerca, un primer plano de un rostro, unos labios en primerísimo plano y la oscuridad de un beso.

Se da la paradoja de que una persona se conoce menos a sí misma de lo que la conocen las demás, al menos en el plano físico. Mi hermana me ha visto más de lo que me he visto yo mismo, en lo tocante a las expresiones del rostro. Y mi gestualidad es casi desconocida para mí, puesto que uno no actúa de la misma manera ante un espejo que ante los demás. Por eso, cuando una cámara nos ha filmado de improviso y luego vemos las imágenes, a menudo sentimos cierta extrañeza, porque nos descubrimos muy diferentes de como nos habíamos imaginado. Es como cuando oyes tu voz grabada y te das cuenta de lo distinta que es a cómo tu mismo te oyes.

Por cierto, es un asunto bastante interesante lo antes insinuado: una persona se conoce a sí misma en lo psíquico más de cuanto los demás puedan llegar a conocerla, mientras que en lo físico se conoce menos de lo que los demás la conocen. En lo psíquico se podría recordar precisamente lo que decía Borges en Borges y yo: todo eso que los demás conocen de Borges pertenece al otro Borges. Son retazos de su psiquismo encarnados en conversaciones, escritos, etcétera.
El propio Borges, por cierto, unifica en cierto modo ambos mundos en otro texto, en el que cuenta como los rasgos sucesivos de ese mundo literario que un hombre ha ido dibujando acaban trazando la imagen de su cara.

Y sin embargo, a pesar de todo lo anterior, a pesar de que en nuestros recuerdos no deberíamos ver nuestro rostro, me da la impresión de que a veces en nuestros recuerdos nos situamos en el punto de vista de un tercer observador externo, entrando nosotros mismos en plano, viéndonos como un personaje más, con nuestro rostro, lo que, como dije antes, sólo sucede en raras ocasiones, por ejemplo si hay un espejo en el que reflejarnos.

De todos modos, también hay que tener en cuenta que no sólo quedan grabados en nuestra memoria los datos visuales, sino también los sonoros, olfativos, gustativos y, sobre todo, los del tacto. Precisamente a través de los recuerdos táctiles, podemos inferir algunas imágenes visuales, por ejemplo el recuerdo de una sonrisa nuestra, que aunque no pudimos ver en el momento, quizá sí que llegamos a sentir en nuestro rostro.

Defensa del error por Milton y Selden

Esto que Milton atribuye a Selden recuerda mucho a algunos de los mejores pasajes escritos siglos después por Stuart Mill en Sobre la libertad:

“Selden demuestra… que todos los pareceres, es más, todos los errores, conocidos, leídos y cotejados, son de capital servicio y valimiento para la ganancia de la verdad más cierta”. (Areopagítica)

John Selden,  considerado por Milton el más sabio de la época, es un personaje muy interesante, gran  experto en leyes y en religión comparada, hizo esa defensa del error en un libro dedicado a la ley natural y el derecho de gentes entre los hebreos: De jure naturali et gentium juxta disciplinam Ebraeorum, en 1640.

También el propio Milton recurre a los Padres de la Iglesia para defender el error, a veces de manera irónica:

“¿Quién no hallará que Ireneo, Epifanio, Jerónimo y otros descubren más herejías de las que aciertan a refutar cumplidamente, eso sin contar que más de una vez resulta la herejía opinión más verdadera?” .

“Ni cabe olvidar que el agudo y despejado Arminio fue pervertido mediante el solo examen de un discurso innominado, escrito en Delft, que al principio examinó a fondo para refutarlo.”

Se podría también recordar la más reciente y muy elocuente defensa del error por parte de Karl Popper.

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 [Publicado el 7 de diciembre de 2007]

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Verso y prosa en Ovidio y Moliere

Ovidio Cornwallis cita esto que decía Ovidio de sí mismo:

Quinquid conabar dicere, versus erat

[“Everything I tried to say came out as poetry”]

[“Todo lo que intento decir me sale en verso”]

No sería difícil imaginar esta frase de Ovidio como el inesperado origen de la graciosa variante de Moliere y su burgués gentilhombre que “hablaba en prosa sin saberlo”.

 

 

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Todas las entradas relacionadas con la literatura

EL RESTO ES LITERATURA

 

 

La fuerza teórica de Marx

Karl Marx

Ahora que el marxismo ya casi ha desaparecido como religión o ideología dogmática, quizá ha llegado el momento de releer a Marx como a un interesante pensador del que se pueden aprender muchas cosas (a menudo en contra de los propios marxistas). Porque es cierto que su capacidad argumentativa era asombrosa, por lo que no es extraño que muchos quedaran tan seducidos por ella que perdieran la capacidad de razonar por sí mismos, o que otros, como en el caso de Walter Benjamin, intentaran adaptar su propio pensamiento a los presupuestos marxistas (coincido con Scholem en que eso fue un error por parte de Benjamin). Recientemente, incluso el Papa Ratzinger ha reconocido esa capacidad teórica de Marx, considerando que su error fue el materialismo (en mi opinión, eso fue más bien uno de sus aciertos).


Karl Marx y el marxismo

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Don Quijote y los pedantes

El prólogo de Cervantes a Don Quijote es una verdadera delicia. Es una parodia de los prólogos al uso de la época, en los que se incluían todo tipo de recomendaciones del libro y del autor, por parte de gente célebre, desde literatos, condes y duques hasta amigos del autor o expertos en la materia.

Ilustración de Ricardo Balaca, 1880

Es algo parecido a lo que se hace hoy en día en la contraportada de muchos libros, especialmente los de Estados Unidos, en los que siempre hay frases como:

“Un libro imprescindible para cualquier interesado en la historia del requesón” (Peter Larre, Los Angeles Times)

 

“John Smith es el gurú de los equilibristas sobre longaniza y su libro es la Biblia en la materia” (Brandan Fraser, The New York Times)

 

“Mi vida cambió después de leer Cómo montárselo con un hamster (Jane Fanda).

Es también semejante a lo que sucede con la colección amarilla de Anagrama, en la que absolutamente todos los libros que publican son “la mejor novela en décadas”.

Por su parte, Cervantes, cuenta en su prólogo que está un poco avergonzado porque no tiene conocidos de importancia que puedan avalar su libro con sus sonetos y recomendaciones:

“Sólo quisiera dártelo mondo y desnudo, sin el ornato de prólogo, ni de la innumerabilidad y catálogo de los acostumbrados sonetos, epigramas y elogios que al principio de los libros suelen ponerse. Porque te sé decir que, aunque me costó algún trabajo componerlo, ninguno tuve por mayor que hacer esta prefación que vas leyendo.”

Tampoco tiene su Don Quijote citas de autores célebres:

“…sin acotaciones en las márgenes y sin anotaciones en el fin del libro, como veo que están otros libros, aunque sean fabulosos y profanos, tan llenos de sentencias de Aristóteles, de Platón y de toda la caterva de filósofos…”

Pero un amigo le dice que no tiene que preocuparse por carecer de todos esos aditamentos, porque eso se puede solucionar fácilmente. Y le da unos buenos y divertidos consejos que puedes leer tú mismo, oh preclaro lector, en El Quijote.

En cuanto a los sonetos y recomendaciones, al parecer en muchos libros los escribían expertos en la materia, por ejemplo, grandes estrategos o militares si era un libro acerca de la guerra, o teólogos y religiosos si era un libro acerca de Jesucristo. Así que en el Quijote, que trata de caballeros andantes, lo razonable sería que fueran gentes de esa profesión quienes escribieran los sonetos. Y así Cervantes ofrece una ristra de sonetos escritos por Amadis de Gaula, Don Belianís de Grecia y Orlando Furioso dirigidos a Don Quijote. Pero también se incluyen dedicatorias de célebres escuderos destinadas a Sancho Panza, o de doncellas que se dirigen a Dulcinea del Toboso. Incluso hay versos elogiosos escritos por caballos célebres y dedicados a Rocinante, como éste que es célebre por la frase de la metafísica y el hambre:

Diálogo entre Babieca y Rocinante
SONETO

B. ¿Cómo estáis, Rocinante, tan delgado?
R. Porque nunca se come, y se trabaja.
B. Pues ¿qué es de la cebada y de la paja?
R. No me deja mi amo ni un bocado.
B. Anda, señor, que estáis muy mal criado,
pues vuestra lengua de asno al amo ultraja.
R. Asno se es de la cuna a la mortaja.
¿Queréislo ver? Miradlo enamorado.
B. ¿Es necedad amar?
R. No es gran prudencia.
B. Metafísico estáis.
R. Es que no como.
B. Quejaos del escudero.
R. No es bastante.
¿Cómo me he de quejar en mi dolencia,
si el amo y escudero o mayordomo
son tan rocines como Rocinante?


[Publicado en Intruso 7 de marzo de 2005]

 

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EL RESTO ES LITERATURA

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Una imagen vale más que mil palabras

televisionpalabrasUna imagen vale más que mil palabras. Una imagen de televisión 50.000 palabras.

Aunque en la de 625 líneas vale: 625X625= 390.625 letras, a cinco letras por palabra, igual a: 78.000 aproximadamente.

 

 

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Mi metafísica

metafisica flammarion

No me gusta la palabra metafísica. No me gustan los planteamientos metafísicos ni los sistemas filosóficos metafísicos.

Las filosofías de corte metafísico siempre -o casi siempre- me han parecido casi indistinguibles de las filosofías místicas.

Existe en mí una fuerte tendencia a identificar los términos metafísica-mística-mítico, quizá por la proximidad de su sonido.

Pero se me dice que el rechazo de la metafísica es un planteamiento metafísico y que detrás de toda física hay una metafísica. Yo acato esta opinión tan extendida, aunque no la comparto, o la comparto de un modo trivial.

Me explicó: sé que la palabra ‘metafísica’ procede de un célebre accidente: cuando Andrónico de Rodas ordenó las obras de Aristóteles, incluyó varios tratados de contenido diverso en un sólo volumen. Este volumen lo situó a continuación de la Física, así que acabó siendo llamado Metafísica (meta= después, a continuación).

A causa, pues, de este afortunado error, se ha denominado ‘metafísica’ al estudio de aquello que está más allá de la física. Dicho de otro modo: la metafísica se ocupa de lo que realmente existe, mientras que la ontología estudia lo que meramente hay (lo aparente).
He aquí el motivo de mi rechazo a la metafísica. Yo creo que es una falacia distinguir entre lo que realmente existe y lo que existe aparentemente, puesto que, aunque creo que pueden existir cosas que no conocemos o que no percibimos (pero que quizá llegaremos a percibir), esas cosas existen tan realmente como existen las cosas aparentes.

Pero de eso hablaré más adelante.

Así pues, mi metafísica no postula una realidad trascendente.

Luego, creo yo, es impropio incluso considerarla metafísica.

Pero, como está establecido, como ya dije antes, que el rechazo de la metafísica es una elección metafísica, acepto considerar lo que viene a continuación como mi metafísica.

(1) NO EXISTE UN MUNDO REAL Y UN MUNDO APARENTE
El mundo que percibimos es considerado mera apariencia por los esencialistas y por los místicos. Yo creo que el mundo que percibimos es resultado de la interacción entre nuestros sentidos y el mundo exterior. Ed Witten dice que existen unas partículas diminutas llamadas ‘supercuerdas’. Una de estas partículas es respecto a un átomo como un átomo es respecto al planeta Tierra. Nuestras dimensiones no nos permiten percibir las supercuerdas y posiblemente nunca podremos percibirlas, ni siquiera indirectamente.

Pero Witten ha imaginado modos de contrastar su teoría. Por ello, su teoría no es una teoría metafísica.

Pero imaginemos que todo nuestro universo fuese una simple supercuerda en un superuniverso inimaginablemente grande. En ese superuniverso podrían existir seres parecidos a nosotros, pero a una escala increiblemente mayor a la nuestra. Desde un punto de vista metafísico, ese universo sería lo que realmente existe, siendo nuestro universo mera apariencia.

Desde otro punto de vista, igualmente metafísico, la verdadera realidad -el soporte de todo lo aparente- sería la constituida por las diminutas supercuerdas de nuestro propio universo. Pero, en mi opinión, esto es solo un problema de escala.

El superuniverso es un superuniverso para nosotros, pero para sus habitantes sería un universo hecho a su propia escala. Ellos no podrían percibir la supercuerda que es nuestro universo, e incluso podrían pensar que la verdadera realidad es la constituida por supercuerdas como la que constituye nuestro universo (pese a que no pudieran percibirlas).

Con todo este esfuerzo de imaginación, lo único que quiero decir es que, existan o no microuniversos y macrouniversos, nuestro propio universo tiene el mismo derecho a ser considerado real. Si existe una cadena interminable de universos, eso no significa que no sean todos ellos igual de reales.

Cuando los místicos dicen que el mundo material, el mundo que percibimos, es sólo apariencia, y que en realidad sólo existe Dios y nosotros -nuestras almas-, o únicamente Dios, no dicen nada.

Me explico: sea o no éste un mundo aparente, muestra una asombrosa coherencia y obedece más o menos a leyes concretas, así que, sea o no el mundo real, para habitar en él hemos de comportarnos como si lo fuera.

Dicho de otro modo, que puede parecer algo paradójico: lo aparente existe, al menos en cuanto aparente. Así, existe esta pluma y este papel, y la mesa en la que escribo, aunque sólo existan aparentemente, y no existe, ni siquiera aparentemente, una paloma en vez de la pluma y una naranja en vez del papel, y un puñal en vez de la mesa.

M… me dijo algo muy interesante respecto a este tema de lo real y lo aparente: “lo numénico (lo real) es numénico en tanto en cuanto no es percibido, convirtiéndose en fenoménico al ser percibido”. Cuando me lo dijo no estuve muy seguro de que sea lo mismo que yo opino, pero ahora me parece que sí lo es.

Si lo interpreto bien, significa que algo es numénico para nosotros a causa de nuestras limitaciones sensoriales, perceptivas o racionales, es decir, no es fenómeno. Pero esta categoría de numénico es, en cierto modo, un accidente: para un ser del macrouniverso, su propio universo sería fenoménico, y el nuestro numénico. Pero, en definitiva, ambos universos existirían.

Creo, en efecto, que esta es una manera distinta de decir algo que coincide con mi opinión de que sólo existe lo fenoménico, no en tanto que es percibido, sino en tanto que hipotéticamente perceptible (las supercuerdas podrían existir y no ser percibidas jamás, pero hipotéticamente podrían ser percibidas por seres más diminutos que ellas).

Aunque quizá convendría matizar esa frase de que sólo existe lo fenoménico: a mí, más que decidir si esto o lo otro o aquello existe, lo que me interesa es destacar que lo aparente existe. Así que la frase debería ser: “Lo fenoménico existe”, o “lo aparente es tan real como las supuestas esencias incognoscibles”.

Voy a explicar brevemente la modificación de la frase en el siguiente apartado.

(2) LA EXPLICACIÓN DE CÓMO ES UNA COSA NO ES LA EXPLICACIÓN DE LO QUE UNA COSA ES (O AL REVES)
Leyendo un texto acerca de los escépticos, encontré que Demócrito es citado entre sus predecesores -de los escépticos-; a pesar, se añadía, de que proponía un programa dogmático o esencialista:

“En apariencia lo dulce, en apariencia lo salado, en realidad, átomos y vacío”.

No voy a emprender aquí una nueva defensa de Demócrito e incluso admito que es muy posible que tenga razón el crítico, pero a la conocida frase de Demócrito es perfecta para explicar este segundo punto.

Yo creo, en efecto, que lo dulce y lo salado son producto de una determinada composición molecular. En eso estoy de acuerdo con Demócrito. Creo también que las cualidades sensibles dulce y salado dependen del ser percipiente y de la comparación, como decía..(?)
En lo anterior también estoy de acuerdo con Demócrito y con Berkeley.

Ahora bien, en lo que no estoy de acuerdo es en que lo dulce y lo salado sólo sean aparentes. Creo que son producto de la interacción entre una estructura molecular o material y un ser percipiente, pero en cuanto que son percibidos, existen. Y además, la estructura molecular que provoca en un hombre la sensación de lo salado sigue existiendo aunque no siempre haya de provocar la misma sensación (por ejemplo, para un hombre con el paladar quemado, no resultará salado lo que es para mí), incluso, la misma cosa puede parecerle a alguien salada y a alguien dulce.

Pues bien, lo que yo rechazo es el planteamiento esencialista que sostiene que una cosa es aquello por lo que ha llegado a ser o aquello de lo que está compuesta.

Si descomponemos una naranja en moléculas, podremos decir que está compuesta de moléculas, pero no que la naranja es las moléculas, que la naranja no existe y que sólo existen las moléculas. Si dijéramos tal cosa, también podríamos decir que no existen las moléculas, sino sólo los electrones, o las supercuerdas, etc.

Dicho de otro modo: un gajo de naranja no es una naranja. La piel de la naranja no es la naranja. Ahora bien, esto no significa que la naranja sea una entidad mágica.

En definitiva, descendiendo a la manera de una metafísica fisicalista, a través de partículas cada vez más pequeñas no explicaremos qué es una naranja, a lo sumo explicaremos cómo es una naranja. Y aún en el caso de que explicásemos qué es una naranja (aún admitiendo esta concesión lingüística) ello no hará menos real a la naranja.

Al final del punto (1) dije que explicaría por qué es mejor decir “lo aparente es tan real como las supuestas esencias incognoscibles”, que decir “sólo existe lo fenoménico”.

Creo que ya está bastante explicado. Sólo añadiré una cosa: si cogemos una naranja y le quitamos la piel, la pulpa, el jugo, etcétera, nos quedaremos sin naranja. ¿Dónde está la naranja? Alguien dirá: la naranja son los átomos. Pero los átomos no son de color naranja, ni saben a naranja. Otro dirá: la naranja está contenida en la semilla, en el ADN del naranjo, que es distinto al de un almendro. Aún admitiendo eso -que no lo admito-, el ADN de un naranjo, o la semilla, no es esta naranja concreta, así que si la naranja fuese la semilla, ¿qué es todo eso que tiene la naranja y que no tiene la semilla? ¿Acaso no existen todas esas cosas?

Así que no creo que explicar cómo están hechas las cosas sea explicar qué son en esencia las cosas. Relacionado con esto -aunque no directamente con estos comentarios-, diré que no comparto la opinión de que descubrir las causas últimas, por ejemplo las leyes de la naturaleza, sirva para resolver los problemas morales, éticos o políticos del hombre. Hay pensadores que parecen creer que una perfecta explicación del mundo tendrá un efecto redentor sobre la sociedad humana. Yo creo que como mucho -y no es poco- nos servirá para rechazar dogmatismos religiosos o de otro tipo, pero no para indicarnos cómo debemos vivir.

Es no sólo una ingenuidad, sino un absurdo indeseable, pensar que conocer la estructura de la materia nos va a servir para comunicarnos mejor unos con otros. Que un zapato esté o no compuesto de átomos le es absolutamente indiferente a un zapatero (como mucho le servirá indirectamente para adquirir mejores productos, como pegamentos obtenidos en laboratorio).  Como escribí hace años: (???)

Con esto no quiero decir que haya que despreciar los conocimientos científicos, ni mucho menos. No hay nada que me interese más que las cuestiones científicas, excepto la mitología, creo.

Pero si queremos conocer la pintura de Miguel Angel, de nada nos servirá una descripción de los átomos que componen cada uno de sus frescos de la Capilla Sixtina.

Para lo que sí nos servirán los métodos científicos será para limpiar esos frescos y poder conocerlos tal como eran cuando Miguel Angel los pintó.

Con esto termino por ahora con este segundo punto.

(3) NO EXISTEN FUERZAS O PODERES OCULTOS SITUADOS MÁS ALLÁ DEL TIEMPO

Es decir: no existe Dios.

Por supuesto, esto, como todo, es una opinión que puede ser equivocada, pero, ¿para qué fingirse un pudoroso agnóstico? Sinceramente, creo que no existe Dios.

He escrito: “Situados más allá del tiempo”, porque es la única característica que en este momento se me ocurre para distinguir las ideas más o menos místicas de la divinidad de la posibilidad de que existan poderes o fuerzas ocultas para nosotros, pero no por ello trascendentes o misteriosas.

La fuerza gravitatoria era algo así como una fuerza oculta hace doscientos o trescientos años. La luz infrarroja, ultravioleta, los rayos laser o gamma, permanecían también ocultos a nuestros sentidos y a nuestro entendimiento, pero, una vez descubiertos, su estatus ontológico no es distinto del del continente americano cuando fue descubierto por los europeos. Ahora bien, todas las religiones o místicas sitúan a Dios más allá del tiempo, y ninguna de las cosas antes enumeradas se halla en un trastiempo, en una especie de eternidad, etcétera.

 

(4) EL UNIVERSO, LA NATURALEZA O LA REALIDAD NO SE DIRIGE A UN FIN, A UN OBJETIVO DETERMINADO
Es decir, no creo que todos los sucesos del universo tengan carácter teleológico. No creo tampoco en el Eterno Retorno. Por Eterno Retorno entiendo la repetición cíclica exacta del universo, pues el hecho de que el universo se cree y se destruya para volver a crearse no me parece que pueda considerarse eterno retorno, a no ser de manera trivial.

(5) NO CREO QUE EL UNIVERSO CON TODOS SUS HECHOS ESTUVIESE YA PREDETERMINADO DESDE SU NACIMIENTO
Es decir, suponiendo cierta, por ejemplo, la teoría del Big-Bang, no creo que en la remota singularidad inicial estuviese contenido todo el universo actual. Creo, como Martin Gardner, que hay creación auténtica.

(6) NO CREO QUE EN CUALQUIER PARTÍCULA DEL UNIVERSO ESTÉ CONTENIDO TODO EL UNIVERSO
No comparto la idea de Hegel, creo, que dice que conociendo una partícula se podría conocer todo el universo. Tampoco creo en la idea, también de Hegel, que dice que para conocer una partícula hay que conocer todo el universo. Como estas dos ideas parecen contradictorias, supongo que la primera no es de Hegel (a no ser que encajen en la unión de los opuestos hegeliana).

(7) CREO QUE LO QUE SE LLAMA ALMA O MENTE ES RESULTADO DE LA ESTRUCTURA CEREBRAL Y PRODUCTO DE LA EVOLUCIÓN. NO CREO QUE NADA ESPIRITUAL (PENSANTE) SOBREVIVA A LA MENTE DEL CUERPO

(8) En cuanto a la materia, no sé lo que es. Supongo que decir que todo es material es tan cierto y tan inútil como decir que todo es de color o que todo lo que es, es.

Ya he discutido un poco de esto en el comentario a los escépticos. Ahora sólo añadiré algo que grabé en cinta magnetofónica:

“Siempre me ha parecido que las tesis materialistas eran más honestas que las espiritualistas. Y que los filósofos más proclives a un cierto materialismo, que se llamaban a sí mismos o eran acusados de materialistas, eran más honestos, filosóficamente hablando al menos, que los espiritualistas. Naturalmente, esta es una apreciación muy subjetiva y muy discutible, pero casi puedo admitir que sigo opinando del mismo modo y que además hay motivos para opinar de esa manera. El espiritualismo siempre ha estado asociado a argumentos de autoridad y a no querer, negarse a ver, la realidad. Pues bien, a pesar de mi simpatía por el materialismo, ya hace algún tiempo, pero especialmente desde los últimos meses del año pasado, me he referido despectivamente a un cierto materialismo que he calificado como ‘grosero’. Ejemplos de ello son quienes dicen que el único conocimiento válido es el expresado mediante fórmulas lógicas o físicas (fisicalismo), etcétera. Este tipo de tesis me parecen bastante absurdas.


[Escrito en 1990 o antes]
Este texto es una sección al comentario dedicado a Sexto Empírico y los escépticos, y precede a la lectura de La Polémica del materialismo. Es una anotación apresurada en un cuaderno de estudio y por eso su expresión es a menudo cortante o falta de matiz. Además, faltan algunas citas que no sé si podré localizar ahora.

Metafísica
¿Cómo es el mundo?

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cuadernodefilosofia

Entradas de filosofía que no se clasifican en ninguna sección específica.

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