Hable como un verdadero experto

Lenguaje de expertos /1

language-expertsSi usted quiere ser un experto en arte y literatura, filosofía y sociología, y si pretende usted optar a alguna ayuda, beca o premio oficial relacionado con el sector del arte, lo más importante no es que aprenda todas las cosas que ese tipo de expertos aprende. Eso puede ser útil, pero le llevará demasiado tiempo. Lo que importa es que usted aprenda a hablar y a escribir como ellos. Veamos algunos consejos de urgencia.


1)  No diga “persona”, diga “sujeto”

2)  No diga “lugar”, diga “espacio”

3) “No diga “lugar de encuentro o reunión”, y tampoco “sociedad”, diga siempre “espacio social”.

4) Diga a menudo:

a.   “Estructura”, pero no refiriéndose a edificios.

b.  “Consenso” pero no aplicado a la política ( como el consenso entre varios partidos). Por el contrario, úselo para relacionar entes concretos o abstractos que carezcan de cualquier atisbo de la voluntad o conciencia necesaria para establecer un consenso. Por ejemplo: “Se muestra así un consenso entre el espacio social y la estructura productiva”

c.   “Flujo” y “reflujo”, pero no referido a la regla de las mujeres.

d.  “metáfora”. Esto es lo mejor de lo mejor. Todo son metáforas, amigo mío, las cosas metaforizadas no se sabe si han existido alguna vez, porque todo es metáfora de algo. Si quiere rizar el rizo y epatar a la audiencia, puede usted darle la vuelta a las metáforas más conocidas: “A mí, los falos siempre me han parecido una metáfora de los faros”

e.   “lenguaje”, para referirse a cualquier cosa, desde la construcción de un hormiguero por las hormigas a los procesos gástricos.

f.    “continuo” y “discontinuo”

g.  “lineal” y “elíptico”, pero no en contextos relacionados con el dibujo o la astronomía.

h.  “contexto”, en cualquier contexto.

i.     “extremos”, “extremista”: para referirse a las propuestas artísticas de alguien o a sus ideas políticas (siempre, en este último caso, de un modo elogioso)

j.     “interno” y “externo”, pero intente no emplearlos como opuestos, sino más bien mostrar que lo interno es lo externo y a la inversa, o que ambas cosas son lo mismo. Recuerde, además, que una de las conclusiones inevitables a la que llegan los expertos cuando la discusión ya se hace un poco fatigosa es que “Todo es lo mismo en definitiva”

k.  “Identidad” y “diferencia”

l.     “performativo” y “preformativo”, “labor”, “configurar”.

m. “sistema”: siempre que pueda, es perfecto en combinación con “contexto”.

n.  “sentido” y “producción de sentido”, aunque no tenga ningún sentido. La segunda expresión tiene puntuación extra.

o.  “perfil”, en lugar de “retrato” o “descripción”, pero nunca referido a un rostro, sino siempre a una mente, a una biografía, por ejemplo, o a una actividad política.

p.  “minoridad”. Puntuación máxima.

q.  “criticidad”, y todo lo que termine en “idad”

r.    “implementar”: no abuse de ello, porque ya ha pasado al lenguaje de los políticos.

s.   “vertebrar”. No lo use, no sea antiguo hombre, que se le va a notar (ver, sin embargo, el  anexo “Expertos y marxistas“)

t.     “discurrir”, “Economía cultural”, “pasividad existencial” y “afirmación”.

Si usted, siguiendo estos consejos, escribe un texto convincente y en el que todo el mundo entiende lo que ha dicho, entonces es que ha hecho usted algo mal: ha fracasado y se van a dar cuenta enseguida de que usted no es un experto. Un experto ha de ser convincente, pero no se debe entender lo que dice, aunque todo el mundo jure que lo ha comprendido todo.

lenguaje

Memento

Recuerde siempre la anécdota de Eugenio D’Ors:

D’Ors dictaba los textos a su mecanógrafa Angelita.

Cuando terminaba, le preguntaba:

-¿Se entiende, Angelita?

-Perfectamente, maestro.

-Pues entonces, oscurezcámoslo.”

Y recuerde también la máxima de Cossio

“Ya que no podemos ser profundos, seamos al menos confusos.”

 

Lecturas recomendadas

lenguaje-johnny_automatic_wise_owl_on_booksLea usted a muchos autores franceses de la segunda parte del siglo XX. Empiece con Sartre, siga con Foucault, Derrida, Lacan, Althusser etcétera. No se preocupe si no entiende nada o si lo que entiende le parece poco interesante, lo importante es ir contagiándose de la manera de expresarse.

Hoy en día, lo más actual es repasar los escritos de Guy Debord y los situacionistas.

Es decir, escriba usted como un español del siglo XXI que quiere escribir como un francés del siglo XX que imita a los alemanes del XIX. Espeso y contundente, con cierto aroma científico pero con argumentos siempre incomprobables.

 

Dos buenos ejemplos para memorizar (¡¡ejemplos reales!!)

EJEMPLO 1

“El espacio social queda evocado en la imagen de una mesa redonda, una estructura democrática, igualitaria. Mesa sobre al que se produce sentido y donde se llega al consenso de la realidad por medio del lenguaje, que cumple una labor preformativa. Sin embargo se presenta aquí como un espacio ciego: Ausentes las imágenes, la representación opera a través de la palabra, del sonido que se articula en el “tiempo real”. La continuidad del flujo temporal es una metáfora psíquica construida y reforzada por el lenguaje -lineal o continuo como el tiempo común o consensual. Lo discontinuo supone una pérdida, una negación, el vacío, la muerte, la nada. Sin embargo, estas nociones negadas por la sociedad, están en nosotros. La vida se opone a la vida. El ser es contradictorio, dramático, extremo.

EJEMPLO 2

Dos condiciones de posibilidad para hacer sostenible este esquematismo. Primera: su minoridad, cuanto más micro sea el aparato, menos requerimientos de ingeniería para equilibrar energía de gasto y ecuación de audiencia. Y segunda: la consistencia de sus contenidos de criticidad. Desasistida de instrumentos que implementen su credibilidad por la posición de fuerza ocupada en el sistema institucional, su única potencia, como inductora de interés público la extrae de su participación en el público y libre juego de las argumentaciones, de la pública exposición del pensamiento y su contraste. Cierto que eso determina su enorme fragilidad -y si se quiere la certidumbre de una muerte rápida tan pronto como se produce decaimiento de la tasa de interés cognitivo- pero al mismo tiempo ello asegura la pertinencia de su existir”.


Epílogo en 2015: a pesar de que han trascurrido unos doce años, el lenguaje de los expertos no ha cambiado demasiado (parece evolucionar mucho más lentamente que cualquier otra jerga), así que muchas palabras y expresiones todavía le resultarán útiles. Pero también será necesaria una actualización, por supuesto.


 Esta entrada pertenece a mi Diccionario para idiotas ilustrados (antes conocido como Diccionario para intelectuales selectos)

[Escrito en 2003]


SIGNOS

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Democracia e imperio

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Este artículo fue publicado en el periódico El Independiente el sábado 23 de marzo de 1991

Ilustración de LPO para El Independiente

Ilustración de LPO para El IndependienteBertrand Russell dijo varías veces que prefería un imperio mundial a una pluralidad de Estados enfren­tados. Algunos teóricos actuales sugie­ren que ese imperio podría establecerse bajo el mando bicéfalo de la ONU (po­der político) y de los Estados Unidos (poder militar). Aunque las declaracio­nes de Russell fueron hechas durante la «guerra fría», cuando las alternativas parecían ser imperio mundial o conflicto nuclear, la propuesta de un Gobierno mundial no es mala, e incluso sería el ideal al que debería tender la humani­dad. No creo, sin embargo, que ese ideal coincida con el de quienes abogan por el imperio americano. De lo que se trataría, en mi opinión, sería de establecer un Gobierno mundial democrático, no un imperio mundial regido por una o varias naciones, ya sean éstas democráticas o no.

No me cabe ninguna duda de que no hay sistema político mejor que la demo­cracia, pero también sé que el que una nación sea democrática no implica que su política exterior también lo sea: la In­glaterra colonialista era democrática puertas adentro, pero profundamente antidemocrática en su actuación como imperio. Y éste es el tipo de imperio en que confían quienes quieren entregárse­lo a los Estados Unidos. Un imperio en el que habría ciudadanos de primera, los estadounidenses; de segunda, sus alia­dos del mundo desarrollado, y, por últi­mo, súbditos, el resto del mundo. Un imperio en el que unas cuantas naciones democráticas se esforzarían por mante­ner su altísimo nivel de vida a costa del resto del mundo, interviniendo con toda la contundencia militar necesaria cuan­do su privilegiada situación se viese amenazada.

Es muy difícil, desde la perspectiva de un ciudadano europeo, darse cuenta de lo injusto que es el mundo actual. Porque se puede afirmar, es cierto, que el llama­do mundo occidental es el mejor de los mundos, pero no de los posibles (que son infinitos), sino de los habidos hasta aho­ra. Así parece indicarlo la desaparición de la esclavitud, la mejora de las condi­ciones laborales y la progresiva libera­ción de la mujer. A muchos hombres esto último, la no discriminación desde su nacimiento de la mitad de la humanidad, apenas les parece relevante, como muestra el que argumenten sin ningún sonrojo que en esta o aquella época la sociedad era más libre, justa e igualitaria que en la actual.

Occidente, pues, atra­viesa por uno de sus mejores momentos, pero el resto del mundo pocas veces ha estado peor que ahora: 1.500 millones de personas pasan hambre en África, Asia y Sudamérica, 1.000 millones de chinos viven bajo una dictadura cruel (con la que el Gobierno español parece llevarse muy bien) y al menos otros 1.000 millones de seres humanos pade­cen distintas formas de opresión. Un cálculo muy optimista nos permite afir­mar que 500 millones de personas dis­frutan del mejor de los mundos, mientras tal vez 4.000 millones viven en condiciones lamentables. Condiciones que, o bien han sido provocadas por el primer mundo, o bien, cuando no ha sido así, éste ha mantenido la situación, e in­cluso se ha aprovechado de ella, a pesar de estar en sus manos la posibilidad de remediarla o paliar en gran medida su carácter trágico.

Volviendo al imperio bicéfalo pro­puesto, su poder político, la ONU, está poco capacitado para extender la justicia en el mundo, pues no sólo carece de de­mocracia interna (cinco países con dere­cho a veto), sino que parece sólo intere­sado en defender, cuando lo hace, los de­rechos de los estados, y no los de los in­dividuos. Así, permite el asesinato de decenas de miles de iraquíes para liberar un Estado de dos millones de habitantes, pero no hace nada realmente significati­vo por los 1.000 millones de chinos que viven bajo la dictadura, ni por las muje­res de los países islámicos, ni siquiera por los iraquíes asesinados por Sadam Husein (si Husein se hubiese limitado a matar a su propio pueblo, nada le habría pasado). La doctrina de la ONU en este aspecto es que el asesinato y la dictadura están permitidos siempre y cuando sean autóctonos y no pongan en peligro el «statu quo». En cuanto al poder militar de ese Gobierno mundial, los Estados Unidos, casi sobra todo comentario. Ha­ce poco se acusaba a los pacifistas y a los izquierdistas de ingenuos, pero parece mentira que alguien crea todavía que los Estados Unidos y sus aliados se esfuer­zan en extender la democracia, mantener la paz y acabar con la pobreza. Más asombroso resulta confiar en que ésas serían sus obsesiones si se le entregase el mando universal, cosa que quizá ya se ha hecho de facto.

No es necesario ser «visceralmente antinorteamericano» —cosa que yo no soy ni he sido nunca— para darse cuenta de que la política actual de los Estados Unidos se halla muy lejos de las ideas de sus padres fundadores, y que a la poderosa industria de armamentos no le puede interesar un mundo sin gue­rras. Los que todo lo justifican podrán argumentar, nuevamente, que lo anterior es la clásica teoría del complot, que la prosperidad occidental no tiene nada que ver con el hambre del Tercer Mun­do, que la industria de armamentos es un negocio ruinoso y que la democracia y el bienestar no sólo se dan en el mundo occidental, sino en todo el planeta. Podrán, por tanto, seguir pensando que se debe animar a Estados Unidos a mantener el orden internacional. Pero, si todavía piensan que ese orden y ese imperio tie­nen algo que ver con los propuestos por Russell, deberían volver a leer no sólo sus escritos políticos, sino también algu­no de sus cuentos («Zahotopolk», por ejemplo) para comprobar lo equivo­cados que están.


NOTA EN 2016: veinticinco años después, sigo estando de acuerdo en las líneas fundamentales del artículo, aunque podría hacer unas cuantas matizaciones, que reservo para otra ocasión.  La guerra con Saddam Husein de la que hablo no es la invasión de Iraq, sino la primera guerra del Golfo para liberar Kuwait. Como es obvio, la situación de la mujer en el mundo musulmán ha empeorado en muchos lugares, entre ellos Iraq y Kuwait, y el radicalismo islámico ha aumentado mucho desde entonces y es ya, quizá la mayor amenaza para un mundo civilizado.


POLÍTICA

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Ventanas que hablan

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De mis clases escolares de literatura recuerdo algo que se comentaba una y otra vez, no sé si por la afición de mis profesores al asunto o debido a que repetí el mismo curso varias veces: me refiero al motivo de cómo la naturaleza se conmueve con el poeta y se solidariza con sus penas y alegrías. Si la memoria no me engaña, casi siempre se aludía a poetas y escritores medievales o renacentistas, tal vez Gonzalo de Berceo, Garcilaso de la Vega y, por supuesto, los que llegaron con la época romántica. Creo que más de una vez he escuchado o leído que este conmoverse de la naturaleza era un motivo literario que no se encontraba en Grecia o Roma, donde la naturaleza, como mucho, lo que hacía era conmover al poeta pero no conmoverse con el poeta, limitándose a ser un escenario, un locus amoenus o “lugar agradable”, pero no una extensión del alma sufriente o alegre del poeta. Sin embargo, me parece que en las Tristes de Ovidio se podrían encontrar ejemplos de ese contagio de la emoción a la naturaleza misma. Y creo, casi sin ninguna duda, que también existen ejemplos semejantes en la antigua China.

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Lo que ignoro es hasta dónde (o hasta cuándo) debemos retroceder para encontrar no ya árboles que inclinan sus ramas para llorar con el paseante desdichado, o arroyos que se llevan sus lágrimas, sino ventanas que también se deciden a participar de esas emociones.

Es cierto que, a primera vista, las ventanas son algo bastante pasivo, pero en manos de un buen escritor pueden llegar a ser bastante expresivas, como demostró Shakespeare en la célebre escena del balcón de Romeo y Julieta, con aquella ventana  “que habla y no dice nada”. O, en Proust, aquella ventana de Odette que le dice a Swan:  «Aquí está ella, con el hombre al que esperaba».

Las ventanas no sólo nos hablan en ciertas ocasiones, al permanecer cerradas o entreabiertas, o al filtrarse una luz por una rendija, que nos revela que hay alguien despierto en la habitación, sino que también pueden mostrar lo que debería permanecer oculto, como exclama Dickens en Casa desolada:

«¡Ven, noche!,¡ven, oscuridad!; pues no podréis llegar demasiado pronto, ni permanecer demasiado tiempo en semejante lugar. ¡Acudid, luces rezagadas, a las ventanas de estas horribles casas; y vosotros que cometéis iniquidades en su interior, cometedlas al menos con la cortina echada ante esta escena espantosa! ¡Ven, luz de gas, a arder lúgubremente sobre la verja de hierro en la que el aire emponzoñado deposita ungüentos brujeriles de viscoso tacto!».

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Ilustración de Nuestro común amigo, de Charles Dickens

Las ventanas, además de las puertas, son la manera en la que una casa se comunica con el exterior, pero las puertas casi siempre permanecen cerradas a los extraños. Las ventanas pueden estar abiertas, entreabiertas, cubiertas por cortinas o persianas que sin embargo revelan sombras o dejan escapar la luz, y que pueden revelar más de la cuenta.

El cardenal Mazarino, que fue sin duda uno de los hombres más prudentes que han existido, tenía cada día  preparado sobre su mesa un papel en el que había escritas unas frases sin importancia, para ponerlo a la vista de quien entrara en su despacho, ocultando rápidamente aquellos documentos en los que estaba realmente trabajando. Pero, como sabía que también las ventanas podían hablar recomendaba en su Breviario:

«Es importante que las ventanas se abran hacia dentro y que el marco de las mismas esté pintado de negro, para que no se distinga si están abiertas o cerradas».

La razón de que estuvieran completamente pintadas de negro es fácil de entender, pero ¿por qué convenía que se abrieran hacia dentro? No estoy seguro, pero es probable que fuera porque es más difícil descubrir a un espía que se oculta tras unas ventanas que se abren hacia la calle.

*******

Cob Prefacio a Goethe

El Breviario de los políticos, atribuido al Cardenal Mazarino, ha sido publicado en español por la Editorial Acantilado

Las ventanas de Shakespeare: “McLuhan y Shakespeare en un balcón de Verona
Las ventanas de Proust: “Otras ventanas indiscretas“.

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Otras ventanas

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Expertos y marxistas

Lenguaje de expertos /2

marxism[Escrito en 2003]

Sin duda, usted, al ver la lista de palabras recomendadas en Hable como un verdadero experto, se habrá dado cuenta de que existe un cierto aire de familia entre el lenguaje de los expertos y el de los antiguos marxistas. No es extraño, puesto que hasta hace no mucho ambas tendencias y lenguajes solían ir unidos: los expertos (o quienes más presumían de serlo) eran casi siempre marxistas. Por otra parte, seguramente  ya habrá notado usted  que en los últimos años vuelven a soplar vientos marxistas, o al menos una brisa neomarxista, tras el silencio en que cayeron bajo los cascotes del muro de Berlín. Sin embargo, le recomendamos (emplee siempre que pueda este tipo de plural, aunque sólo opine usted), que no se arriesgue todavía a utilizar expresiones como:

marxism stalin1)  “superado”, “metalectura”, “Modo de Producción”.

2) “praxis” (sustituya esta utilísima expresión por “practicidad”),

3) “burgués”, “burguesía”: los burgueses desaparecieron al mismo tiempo que los marxistas, aunque gente poco informada todavía se refiere a ellos, causando hilaridad o incomprensión en las filas más jóvenes de los expertos.

4) “Desviaciones”.

5) “Articular” (esta expresión ya ha pasado al lenguaje vulgar), “enfoque, “factores económicos”.

6) “Aporte dialéctico” (y todas las variables de “dialéctica”).

7) “lógicamente necesario” (en contextos no lógicos)

8) “objeto real-concreto”, y  todas las combinaciones con guión en las que cualquiera diría que se está diciendo lo mismo a un lado y al otro del guión (¡Pero no es así, ojo!, es sólo una trampa dialéctica).

Sin embargo, este es un momento ideal para que usted compre las obras completas de Marx, Engels, Lenin, Mao , Stalin, Althusser, etcétera, que los marxistas vendieron hace 10 o 15 años y que todavía se pueden encontrar a precios de risa en las librerías de saldo. A lo mejor, dentro de poco, los precios se disparan.


Epílogo en 2015: la predicción, en cierto modo se ha cumplido y ahora, en 2015, con la crisis, los libros marxistas han regresado a las librerías e incluso vuelven a escucharse palabras perdidas. Así que, esté usted muy atento a las novedades y a los nuevos vientos que soplan: desempolvar el viejo repertorio le puede resultar muy útil.

Nuevo epílogo en 2019: el renacer del marxismo o de tendencias cercanas o con un aroma semejante, no ha sido tan dominante entre la intelligentsia como hasta 1989, quizá porque ahora no hay intelligentsia, pero sí ha traído un nuevo lenguaje


[Escrito en 2003]

 Esta entrada pertenece a mi Diccionario para idiotas ilustrados (antes conocido como Diccionario para intelectuales selectos)


Karl Marx y el marxismo

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SIGNOS

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POLÍTICA

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Simbolismo

Symbolism, por Michael C.Place

Todos somos simbolistas.

Escribimos mediante símbolos. De ahí la redundancia del simbolismo.

No sé si lo dice Borges o si lo pensé a partir de Borges. En cualquier caso, estoy de acuerdo, y es algo que se olvida a menudo por los realistas.


[Escrito el 19 de septiembre de 2008]

Sobre este asunto, ver: Ricardo II, Julieta y Shylock: el tercer nivel de sentido


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Otras ventanas indiscretas

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En McLuhan y Shakespeare en un balcón de Verona recordé aquel pasaje de Romeo y Julieta en en el que la ventana de Julieta parece decirle algo a Romeo, aquella ventana o aquella luz “que habla sin decir nada”. No es la única ventana parlanchina de la literatura. Nabokov recuerda en su Curso de literatura europea la ventana de Odette en Proust.

Sucede cuando Swan, tras ver a Odette una noche, es asaltado por los celos y empieza a sospechar que ella se ha desembarazado de él porque espera a otro amante. Toma entonces Swann un coche de alquiler y se detiene casi enfrente de la casa de ella:

«En medio de la oscuridad de todas las ventanas de la calle, con las luces apagadas hacía tiempo, vio una solamente, de la que brotaba por entre las contraventanas cerradas como una prensa de uvas que comprime la pulpa misteriosa y dorada, la luz que llenaba la habitación, y que durante tantas noches, en cuanto la veía de lejos al llegar a la calle, le llenaba de gozo con su mensaje: «Aquí está ella, esperándote», y que ahora le torturaba diciéndole: «Aquí está ella, con el hombre al que esperaba».»

Aquí tenemos una luz, que se escapa como el jugo de una fruta aplastada entre los quicios de las contraventanas (Proust utiliza “la metáfora de la fruta dorada”, nos dice Nabokov), una luz que habla con Swan pero que, siendo la misma, le dice cosas diferentes: «Aquí está ella, esperándote», decía antes,  «Aquí está ella, con el hombre al que esperaba», dice ahora. Swan continúa su diálogo con la ventana, acercándose a ella:

“Tenía que saber quién era; se deslizó a lo largo de la pared hasta la ventana, pero no consiguió ver nada entre las tablas oblicuas de las contraventanas; sólo oyó, en el silencio de la noche, el rumor de una conversación”.

Proust, en una interpretación del caracter de su personaje que nos ofrece tanta o más luz que esa ventana que deja filtrar la luz, nos presenta los sentimientos de Swan y el placer que encuentra a pesar del dolor que siente en ese instante, el placer de la verdad:

«La misma sed de saber con que en otro tiempo había estudiado historia. Y acciones que hasta ahora le habrían avergonzado, tales como espiar por una ventana, y quién sabe si sonsacar mañana, con hábiles preguntas, a algún testigo casual, sobornar a los criados, escuchar detrás de las puertas, no le parecían ahora sino métodos de investigación científica de auténtico valor intelectual, tan apropiados para la búsqueda de la verdad como descifrar manuscritos, cotejar testimonios, interpretar monumentos».

Nabokov compara este ansia de saber con “la misma verdad interior que Tolstoi buscaba por encima de la emoción”. Y ahora, Swann, obsesionado por todo lo que dice esa ventana, llega a interpretarla como quien descifra un texto antiguo:

“Sabía que se podía leer la verdad de las circunstancias, por cuya exacta reconstrucción habría dado la vida, detrás de aquella ventana iluminada, como bajo la dorada y luminosa encuadernación de uno de esos preciosos manuscritos, ante cuya riqueza artística el erudito que los consulta no puede permanecer insensible. Experimentaba una voluptuosidad en conocer la verdad que tanto le apasionaba en ese ejemplo único, efímero y precioso, en aquella página traslúcida, tan cálida y hermosa”.

Pero Swan no sólo ha encontrado ese placer de la verdad que la ventana le ha revelado, sino que, además, quiere que ellos, Odette y su amante, sepan que él lo sabe:

“La superioridad que sentía —y que con tanta desesperación deseaba sentir— con respecto a ellos, residía quizá menos en el saber que en demostrarles que sabía». 

Así que, decide revelarles su presencia y llama con los nudillos en la contraventana. La ventana se abre, pero no se asoma Odette, sino dos señoras:

«Como había adquirido la costumbre, cuando iba muy tarde a visitar a Odette, de identificar su ventana con la única iluminada entre tantas ventanas semejantes, se había equivocado y había llamado a la ventana contigua, que pertenecía a la casa de al lado.»

Magnífico desenlace, sin duda, que muestra con humor cuántas veces nuestras suposiciones acerca del mundo se alimentan de nuestras propias obsesiones y cómo, a partir de un pequeño atisbo, como la luz de una ventana, nos lanzamos a una fabulación cuya única piedra de toque es esa misma obsesión, ese detalle al que nosotros hemos dado sentido y significado. Si Swann, aquella noche, hubiese contemplado la ventana y después hubiera regresado sin querer revelarse a la infiel Odette, nunca habría descubierto la magnitud de su error y habría conservado aquel momento como una prueba, ya inevitablemente irrefutable, de la traición de Odette.

ventana de Odette

La ventana de Odette (Méry Laurent)

De momentos semejantes está llena nuestra vida emocional, de tantas y tantas conversaciones con ventanas silenciosas que nos hablan con su luz o su oscuridad, teléfonos que nos gritan con su silencio, frases que nos atormentan, a pesar de que ya no recordamos que nunca fueron pronunciadas por nadie, escenas que de tanto imaginarlas se han incorporado a nuestros recuerdos o que, al menos, han modificado nuestros sentimientos, alejándonos de manera casi siempre irrecuperable de aquellos que las protagonizaron, casi siempre sin saberlo ellos mismos, pues muchas de sus acciones sólo han tenido lugar en el interior de nuestra propia cabeza.

Descifrar el mundo y sus signos, en definitiva, es fácil pero también necesariamente fatal cuando el mundo, las ventanas, las puertas, los teléfonos y las calles se convierten en una extensión de nuestra propia interioridad: siempre dicen lo que queremos o tememos escuchar.

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Otras ventanas

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Todas las entradas de literatura en: El resto es literatura

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Sextina de amistad

EL ALBUM DE PANDORA

Leí algo acerca de los Álbumes de Pandora en un libro que tenía que corregir para la editorial Mondadori. Se trataba de un estudio sobre Rembrandt, si no recuerdo mal. En ese libro se explicaba que en la época de Rembrandt era frecuente tener un Álbum de Pandora, es decir, un libro con hojas en blanco. El libro se iba llenando con dibujos o con regalos: una flor seca que han besado los labios del amante, una cinta de tela con la que ella ataba su cabello.

Tal vez en el libro se explicaba que Rembrandt tenía un Libro de Pandora en el que dibujaban sus amigos pintores, o tal vez algunos de sus dibujos se han conservado en los libros de Pandora de sus amigos. No me acuerdo.

Es fácil darse cuenta de que el Álbum de Pandora es una versión amable de la célebre caja de Pandora de la mitología griega, un mito que aprovecho para recordar ahora.

En los primeros tiempos, el titán Prometeo había robado a Zeus el fuego y se lo había entregado a los desdichados hombres que vagaban como salvajes por la tierra, sumidos en uan oscuridad perpetua. Prometeo, además, había logrado capturar todos los males y los había encerrado en una vasija para que no acosasen a los humanos.

Para deshacer los favores del titán a los hombres, Zeus encargó al herrero divino Hefesto, que fabricase una mujer semejante a las diosas. Esta mujer fue llamada Pandora y reunió todas las perfecciones divinas. Atenea la vistió, las Gracias la llenaron de joyas, las Horas la cubrieron de flores, Afrodita le dio su belleza y, por último, Hermes le confirió la maldad y la falta de inteligencia. Después de dar vida a la figura, Zeus envió a esta primera mujer como regalo a Epimeteo, hermano de Prometeo.

Pese a los consejos de su hermano, Epimeteo, que no era muy listo, se casó con Pandora.

Como era de esperar, pues lo mismo sucede en el Génesis con Eva, la curiosidad de Pandora la llevó a abrir la vasija en la que Prometeo había encerrado todos los males, que enseguida se escaparon y se extendieron sobre la tierra. Solo quedó dentro de la vasija la esperanza, que con sus consejos falaces y sus pobres consuelos, impide a los humanos suicidarse.

Pero existe otra versión, de un autor optimista, según la cual en la vasija Zeus había puesto los bienes, entregados como un presente para la humanidad. Cuando Pandora abrió la caja, todos los bienes escaparon hacia el Olimpo, excepto la esperanza.

Todo lo anterior me sirve para explicar en qué consiste esta sección de Esklepsis: recuerdos de mis amigos, no necesariamente regalos que me hayan hecho.

Sin embargo, empezaré con un presente que hice yo a un amigo.

 

Sextina de amistad

Se trata de un tipo de poema bastante complejo y en completo desuso llamado sextina, aunque tengo la duda de si Gil de Biedma llegó a escribir alguna en el siglo XX.

El poema se compone de seis sextetos y un terceto final. Ahora bien, las últimas palabras de los versos de cada sexteto son siempre las mismas, pero ordenadas de diferente manera.

La palabra que está al final del primer verso es la que pasa a ser la primera en el siguiente, mientras que la primera del primer verso se convierte en la segunda. El resto igual: la quinta pasa a tercera y la segunda a cuarta; mientras que la cuarta pasa a tercera y la tercera a cuarta.

Además de esto, en el terceto final se han de utilizar las seis palabras, dos en cada verso (se supone que una en cada hemistiquio). Es más fácil ver esta combinatoria en el poema que explicarla. De todos modos, en la siguiente tabla se puede ver la estructura de una sextina, con las palabras de final de verso que yo mismo empleé en mi primera sextina:

1er verso      2ºverso        3er verso    4º verso        5ºverso       6ºverso
sextina          paciencia   oculto          amistad        prisión         arte
arte               sextina       paciencia    oculto           amistad       prisión
oculto           amistad      prisión         arte              sextina         paciencia
prisión          arte            sextina         paciencia     oculto          amistad
amistad        prisión       arte              sextina         paciencia    oculto
paciencia     oculto         amistad       prisión         arte              sextina

 

Llamé a esta sextina, que escribí tumbado sobre la hierba en el parque del Retiro de Madrid, Sextina amicitiae, es decir, sextina de amistad.


 

SEXTINA AMICITIAE (1991)

                                              A Manuel Abellá

Será esta la primera sextina
que componga de ingenio mi arte
buscando el feliz hallazgo oculto
en los versos de la métrica prisión
en que voluntario me encerró amistad
y en que me mantiene paciencia.

Si virtud teologal es la paciencia
obra divina ha de ser esta sextina
que ha de redimirme por amistad
y en alquimia de técnica y arte
permitirme escapar de la prisión
hallando el camino ahora oculto.

Muchas dificultades, no lo oculto,
podrían acabar con mi paciencia
y cerrarme en del oprobio la prisión
quedando en el limbo la sextina
de las inconclusas obras de arte
que a buen puerto no llevó amistad.

Mas si sudor es lo que exige amistad
no han de dejar mis versos oculto
que mayor esfuerzo por el arte
no se encontrará ni más paciencia
que la que da carne a esta sextina
cubriendo su esqueleto que es prisión

Otra peor y más terrible que prisión
desgracia sería perder la amistad
por no saber componer una sextina,
aunque mi temor yo aquí no oculto
de que esta de Job la paciencia
no haga olvidar la falta de arte.

Como el titán Prometeo dando el arte
de hacer fuego padeció cruel prisión
soportando el suplicio con paciencia
por tener de los hombres la amistad
dejo yo un álbum de Pandora oculto
que esperanza convirtió en sextina.

En fin, no oculto que esta mi sextina
hija es de paciencia y no tanto de arte
de días prisión y castigo de amistad.

***********

[Artículo publicado por primera vez en el número 3 de mi revista Esklepsis 3, 1997]

Ver también: El álbum de Pandora

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¿Qué culpa tiene la rosa?

La rosa es uno de esos símbolos literarios o imágenes poéticas tan manoseados que se han convertido casi en un cliché. “No la toquéis más, así es la rosa”, decía Juan Ramón Jiménez, tocando, también él de nuevo, la rosa en un poema. Alguien dijo una vez: “El primero que comparó los labios de su amada con una rosa era un genio, el último es un imbécil”.

Pero hay aquí una observación que hacer: ¿qué culpa tiene la rosa?, ¿es que la rosa no sigue siendo, a pesar de todo, una hermosa imagen, un reflejo o réplica de los labios amados? La mejor defensa de la rosa que yo conozco, aparte de la de Juan Ramón Jiménez (que es más una súplica o un mandato), es la de Chesterton.

Chesterton decía que aunque la rosa sea un símbolo muy viejo, cada nueva rosa es joven en las manos del amante o del poeta que la compara con los labios de su amada. Un tipo de defensa semejante es  lo que escribí junto a la fotografía de un bello atardecer en la ciudad uruguaya de Colonia:

Aunque se dice despectivamente: “Era un atardecer de postal”, hay que recordar que primero fueron los atardeceres y después las fotografías de atardeceres. Muchas personas parecen incapaces de disfrutar de la belleza porque les recuerda los comentarios sobre la belleza.

Ahora bien, la desactivada rosa cobra de nuevo fuerza si, repitiendo en esencia la comparación, varíamos levemente el contexto. Por ejemplo, si quien compara la rosa y los labios es una mujer hablando de un hombre, o hablando de otra mujer, o si es un hombre hablando de otro hombre. O si esa rosa alude no sólo a los labios o las mejillas encendidas de una mujer. Al variar levemente la comparación, al romper el hábito, la rosa parece cobrar nueva vida y renovarse.

Podemos sospechar que gran parte del interés de la película de Ang Lee Brokeback Mountain se debe a que el amor entre hombres resulta menos tópico en el cine que el de hombres y mujeres. Cuando la hosexualidad vaya perdiendo su carácter inevitablemente combativo, la rosa homosexual también acabará convertida en un tópico sin vida.

Pero las reflexiones anteriores no son el asunto al que me quería referir con la pregunta “¿Qué culpa tiene la rosa?”.

Volvamos a Chesterton e imaginemos a un joven que vive al margen de toda la literatura rosácea que nosotros conocemos y de sus metáforas. Por ejemplo, un joven de Babilonia o un joven de un lugar remoto y aculturizado. Este joven descubre un día que los labios de su amada y las rosas son semejantes. Las rosas le recuerdan los labios que tal vez ya besó y los labios le recuerdan las rosas que se abren dóciles a sus caricias. Este joven compara rosas y labios. Nosotros, conociendo quién es y dónde vive, descubrimos que la manida metáfora ya no lo es tanto, y le perdonamos la comparación que no perdonaríamos a nuestro vecino de la gran ciudad.

Algo semejante sucede en un delicioso relato que leí en una antología de literatura hebrea que compré hace poco en Buenos Aires. En ese cuento, que transcurre en Palestina hacia finales del siglo XIX, un judió procedente de Europa viaja con una mujer desconocida en un coche. El chófer es también judío, aunque ha vivido siempre en Palestina y, creyendo que el turista americano no habla hebreo, no para de insultar en voz alta al hombre y decirle a la mujer lo mucho que la ama, comparando sus labios con rosas, sus dientes con perlas y sus senos con palomas. Y allí está el turista, simulando no entender nada, molesto por los insultos pero fascinado por el discurso exuberante del conductor, como también lo estamos nosotros, los lectores.

Se ve por el ejemplo anterior que una misma metáfora, un mismo poema o un mismo discurso cambia sin cambiar y con las mismas palabras es diferente. Lo cierto es que para los seres humanos las cosas en sí no existen, o no pueden ser percibidas, sino tan sólo, como decía Leibniz, las relaciones entre las cosas. Un poema raramente se lee desde una posición neutral, por lo que a ese chófer analfabeto palestino (entonces a los judíos de Palestina se les llamaba todavía palestinos) le permitimos lo que no le permitiríamos a un poeta que ha ganado el premio Nobel, como Neruda.

Pablo Neruda

Neruda, al contrario que el chófer palestino, se ve obligado a hablar no sólo de rosas o de labios, sino también de metalenguaje:

“Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Escribir por ejemplo…”

Dice Neruda, y sólo después de este preámbulo dirigido a nuestro juicio crítico, se puede permitir la sucesión de tópicos:

«La noche está estrellada, y tiritan, azules, los astros, a lo lejos».

En una sociedad altamente culturizada, como lo es la nuestra o como lo fue la época del helenismo posterior a Alejandro, o la época Tang y Song de China, a un autor no se le perdona que no conozca su tradición y se le exige, además, que demuestre que la conoce, incluso aunque no venga a cuento, incluso, si no hay más remedio, de manera un poco pedante. Wittgenstein hablaba del valor de uso del lenguaje, pero en la poesía y las metáforas lo que se aplica es “el valor de lo usado”: mientras más usado, menos permitido.

Me atrevo a creer, en contra de la opinión común de los expertos, que esta exigencia es en parte un error. Que el lector debería ser capaz de abstraerse de muchos de los dogmas y prejuicios de su tradición cultural, y que a menudo la ironía y el metalenguaje suponen una pérdida mayor para la sensibilidad que la ignorancia. Pero es una opinión que no quiere ser dogmática, de alguien que ama también el metalenguaje (aunque a veces el metalenguaje está tan o más manoseado que la rosa) y que considera que el poema metalingüístico de Neruda es también hermoso, o que al menos lo son algunos de sus versos.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Escribir, por ejemplo: «La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos».

El viento de la noche gira en el cielo y canta.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.

En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.

Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.

Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.

Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche está estrellada y ella no está conmigo.

Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.

Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.

La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.

De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.

Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.

Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,
Mi alma no se contenta con haberla perdido.

Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo

Por otra parte, no creo que esté fuera de lugar ni sea pedante establecer aquí una comparación entre la manera en la que cada uno de nosotros vivimos nuestra vida y la manera en la que lo hacen las culturas desde el primitivismo al refinamiento (sin añadir a ambos términos ningún valor positivo o negativo). Me refiero a que del mismo modo que la rosa y los labios, los dientes y las perlas o los pechos y las palomas pierden su efectividad a medida que van siendo repetidos una y otra vez en una cultura, lo mismo nos sucede a nosotros cuando leemos por primera vez esas metáforas en la niñez y la adolescencia y cuando lo hacemos pasados ya muchos años: versos que nos emocionaron pierden ahora gran parte de su poder y algunos se deslizan, incluso a pesar de las coartadas metalinguisticas, inevitablemente hacia lo cursi y lo artificioso. Eso es lo que me ha sucedido al volver ahora a leer el poema de Neruda, que tanto me emocionó en la infancia y del que, como dije antes, ahora sólo salvaría algunos versos que escapan del tópico vacío o recargado.

Me doy cuenta de que con esta última observación, quizá estoy refutando casi todo lo que he dicho antes.

*********

Un tipo de defensa de la rosa semejante a la de Chesterton  son los poemas Fábula del origen del mundo y primera tentación, que publiqué en el weblog Pasajero.

Vínculo a: Atardecer en Colonia

[Publicado por primera vez el 5 de marzo de 2005]

 

Fábula del origen del mundo y primera tentación

 

   1
In ilo tempore

En el principio, las rosas eran rosas
los dientes eran sólo dientes
y las perlas escasas.

Las mujeres peinaban su cabello rubio
el oro se extraía de las rocas y los ríos
y las palomas volaban en el cielo,
en vez de refugiarse en el pecho
de las muchachas.

Pero, ¿cómo no emparejar
dientes y perlas, oro y cabello
senos y palomas?

Lo uno por lo otro
Hermosa manera de no llamar
a las cosas por su nombre.

 

2
La Caída

La rosa, la rosa, la rosa, la rosa
la rosa, la rosa, la rosa,
la rosa
la rosa
la rosa

la rosa

Miles de rosas multiplicadas,
copias de copias pisoteadas
marchitas por el uso
cansadas y repetidas rosas
reflejos de una rosa que huye
del espejo.
Copia sin original.

 

3
Resurreción

Aunque muerta cada día,
renace la rosa
en cada gesto del amante que
ignorante o sabio
de nuevo la ofrece.

 

4
El Juicio

Sea rosa la rosa
y continúe en el jardín
para que la roben
los amantes.

Sea también figura y cifra
en los versos y en la literatura.

Gocen unos y otros con su rosa
Ámenla los amantes
con amor doble, 
sin restar vida a la vida
al sumar conceptos.
Sin impedir al arte
el placer de ser espejo,
o el de no serlo.

Sea la vida vida, y además,
literatura.

 


[Publicado por primera vez el 9 de diciembre de 2006 en Pasajero]


POESÍA

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NOSTOI

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Viaje al Oeste

Viaje al Oeste es una novela china muy célebre (en China) y larguísima. Más de 2000 páginas en la edición de letra un poco pequeña de Siruela.

Aunque a veces me he oído decir que no me gustan las novelas largas, si me observo con atención enseguida me doy cuenta de que esa es una de mis mentiras más llamativas acerca de mí mismo.

Mis libros de cabecera han sido durante años…

Memorias de Casanova, que ocupan entre 3000 y 5000 páginas (ahora lo estoy leyendo en su idioma original, francés)

…las Mil y Una Noches, que seguramente sobrepasan las 2000

…los Ensayos de Montaigne, que son una especie de novela mitad ensayística mitad autobiográfica que debe tener al menos 1500 páginas

…los Diálogos de Platón, que sin duda pasan de las 1000, y más si les añadimos las interminables e interesantísimas notas

…el Genji Monogatari, de Murasaki Sikibu, unas 2000 páginas

En busca del tiempo perdido, de Proust, digamos que 3000 páginas como poco

La Rama Dorada de Frazer (unas 850)

La Diosa Blanca, de Robert Graves (¿700?)

…las Historias de Herodoto, entre 1000 y 1500

…la Biblia (1500)

…el Heike Monogatari (850)

…la Historia de la decadencia y ruina del Imperio Romano, de Edward Gibbon (¿3000?)

El hombre sin atributos (¿2000?), de Robert Musil

Las variedades de la experiencia religiosa, de William James (700)

La estructura de la teoría de la evolución, de Stephen Jay Gould (1400)

…la Historia General de la Piratería, de Ángeles Masiá de Ros (700)

Enterrad mi corazón en Wounded Knee, de Dee Brown (600)

La educación sentimental, de Flaubert (¿600?)

…y otras que ahora no recuerdo, entre ellas largas historias o enciclopedias filosóficas, históricas y mitológicas.

El Viaje al Oeste es una más de estas lecturas que parecen interminables, y que a veces se prolongan durante años (como las Memorias de Casanova, con las que llevo más de diez años en sus dos versiones), proporcionando un placer continuo, tal vez semejante al de ver cómo crecen tus hijos o cómo tus amigos se hacen viejos. El libro probablemente no cambia a lo largo de esos añós, excepto porque el papel empieza a amarillear, pero el lector, es decir tú o yo, sí va cambiando. De esto se puede hablar mucho, pero lo dejo para otra ocasión.

Viaje al Oeste, conocido popularmente como “Las aventuras del rey mono”, es un libro de aventuras y no hace falta que te diga quién es su protagonista.

Wu Kung el rey mono

Es un mono, en efecto, pero también aparecen un cerdo y un caballo, y un monje budista, y muchos demonios, y el taoísta Lao Dan, autor de Dao De Qing [Tao Te King o Lao Zi], y Buda y un montón de dioses.

No sé si te has dado cuenta de que en algunas de mis páginas hay una pequeña mascota que se llama Wu kung.

 

Wu Kung es uno de los nombres del rey mono.

 

***********

[Publicado en Anacrónico en ]