La fuerza del espíritu

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“Las heridas del corazón son mucho más dolorosas que las del cuerpo. Y muchas de las enfermedades corporales se originan en el espíritu. Las que nos vienen del exterior son bien pocas. Hay veces en que tomamos una medicina para sudar, pero no lo conseguimos; no obstante, basta con que sintamos miedo o vergüenza una sola vez para que nos empiece a correr el sudor. Señal de que es fruto del espíritu”.

Kenko Yoshida, Tsuresuregusa

Aunque es evidente que no todas las enfermedades proceden del espíritu (de la mente, el intelecto o lo psicológico, si se prefiere), la observación de Yoshida Kenko es extraordinaria y coincide con ideas de Oliva Sabuco y otros precursores del estudio de lo psicosomático, concepto tan mal empleado  pero tan acertado también.


 [Citado en Waste Web en octubre de 2004, comentado en 2013]

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Q’enqo y el prueba vírgenes

 Q’enqo está muy cerca del Cusco, un poco más allá de Saqssaywaman. Llegamos allí a caballo y nuestro guía nos contó cosas muy interesantes.

Con Carlitos cerca de Q’enqo. Al fondo se ve una llama o una vicuña

En primer lugar, nos dijo, que hay un Q’enqo grande y un Q’enqo chico. Del Q’enqo chico no recuerdo nada ahora, excepto que está a unos 150 metros (¿?) del grande. Según dice Víctor Anglés, estos lugares no se llamaban así en época incaica, sino que el nombre lo recibieron en época republicana.

Q'enqo, cerca del Cusco

Q’enqo, cerca del Cusco

Nuestro guía nos contó que Q’enqo era un santuario inca, y que la gran piedra que domina el lugar era un puma gigantesco que los españoles destrozaron.

También nos enseñó una gruta donde se practicaba el sacrificio de las llamas. En tiempo de los incas, aquella gruta no era tan oscura, pues en una de las paredes había un gran disco solar que reflejaba la luz del sol hacia el interior de la gruta.

Durante el sacrificio de la llama, primero se le ataban las patas en una gran mesa de piedra, y luego se tendía al animal en otra gran masa pétrea, donde se le cortaba la cabeza. Después llevaban la sangre de la llama a una canaleta, la vertían allí y si, al llegar a una bifurcación, caía hacia el abismo, sería un mal año, pero si caía hacia la izquierda, hacia una especie de tinaja de piedra, sería un buen año.

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Nuestro guía nos mostró la figura de una llama, la de un puma y la de un cóndor, grabadas en las piedras. La de la llama parecía evidente que se debía a una rotura accidental del terreno; la del puma parecía haber sido hecha recientemente (había rocas blancuzcas, huella de golpes recientes); tan sólo la del cóndor parecía un resto auténtico, aunque no estoy seguro de que se tratase de un cóndor: también podía ser el pie de una estatua.

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Lo siguiente que vimos fue el lugar donde se probaba a las vírgenes. La mujer ponía los pies sobre dos poyetes de piedra. Si su orín caía justo en un pequeño agujero, era virgen, si caía fuera, no lo era y, por tanto, no podía casarse con un señor principal. Le pregunté al guía qué hacían a la mujer si no era virgen: “¿La mataban?”. Me respondió: “No, la dejaban, pero no podía casarse con ese señor principal”.

qenqo

Victor Anglés dice que las figuras cercanas a la canaleta son dos: un ave y un mamífero parecido a un castor. En cuanto al prueba vírgenes, lo llama gnomon lítico del Intiwatana u observatorio. Es decir, una especie de observatorio astronómico.

Dice también Anglés que Q’enqo fue un lugar, muy importante y que probablemente estaba allí la tumba de Pachacutec. Durante el incanato tal vez se llamó Mant’ojlla o Mantocalla.

 

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2012: no sé si lo pensé entonces, pero al leerlo ahora, el sacrificio de la llama me ha traído inevitablemente a la memoria el célebre y terrible sacrificio del caballo o Ashvameda que se practicaba en India.

Todas las fotos tomadas por Karina Pacheco, salvo que se indique lo contrario

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[Escrito en 1997]

La memoria de lo incompleto

Anoche, con Marcos, hablamos de la memoria de los camareros, que recuerdan lo que no han servido.

Es una de las versiones de un experimento, se encarga a los camareros de un local diversas comandas. En un momento dado, con alguna excusa, como una alarma de incendio, se interrumpe la tarea con muchas comandas todavía sin servir. Tiempo después se pregunta  a los camareros por las comandas que hicieron ese día: recuerdan las que quedaron incompletas, pero han olvidado las que sí completaron. Este es un asunto acerca del que mi amigo Eduardo Daswani sin duda tendría mucho que contar, porque es la persona que conozco que más sabe del arte de los camareros.

camarero

En mis clases he comparado este curioso resultado de la memoria de lo incompleto en los camareros con el método que el guionista de cómic Chris Claremont empleó para dar nueva vida a los X Men: creaba más y más tramas que quedaban abiertas. Eso hizo protestar a los lectores, pero Claremont tenía una respuesta, como expliqué en Las paradojas del guionista :

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La muerte de Fénix

“A pesar de que Claremont convirtió a los X Men en el cómic más vendido de la editorial Marvel, superando incluso al mítico Spiderman, los lectores le reprochaban que había abierto muchos enigmas en las aventuras y que tardaba mucho en resolverlos. Jim Shooter, editor jefe de la editorial, le transmitió un día las quejas de los lectores y le pidió que empezara a resolver las cuestiones pendientes y también que resucitara de una vez al personaje de Fénix, como pedía el público. Claremont le respondió: «El secreto está en no contentarlos nunca, Jim, pensé que tú también lo sabías».

Lo que quería decir Claremont es que para mantener interesado al lector de cómic hay que proponerle muchos enigmas y dejar muchas preguntas en el aire: ¿qué sucederá cuando Rondador Nocturno descubra que su madre es Mística?, ¿cuál es el verdadero origen del esqueleto de adamantium y las garras de Lobezno?, ¿cuándo se producirá el enfrentamiento final entre Magneto y el Profesor Xavier?El lector tiene que creer que esos misterios van a ser resueltos y que sus preguntas serán respondidas. Pero el día en que el guionista se decida a revelar el origen de Lobezno o el parentesco de Rondador y Mística, la serie habrá perdido muchos de sus mayores alicientes y el lector ya no irá corriendo al quiosco para comprarse el siguiente número de los X Men.

Viajaba en un tren camino de casa de mi madre cuando escribí esta nota

Viajaba en un tren camino de casa de mi madre cuando escribí esta nota

En mis cursos, especialmente en los intensivos de guión, dejo muchos temas abiertos. Podría decir lo de Claremont: “Así volvéis a mis clases”, pero, claro, eso no suele suceder, excepto en lugares como la Factoría del guión, en los que los alumnos se matriculan en diversos cursos y me los encuentro varias veces año tras año. En los cursos que empiezan y terminan en un plazo previsto, supongo que esta sensación de que quedan cosas abiertas hace desear a algunos alumnos, como me dijeron en el reciente intensivo de verano, que el curso durara más. Eso es, desde luego, mucho mejor que el deseo de que se acabe de una vez. En cualquier caso, del mismo modo que Claremont, muchos de los asuntos los dejo incompletos a propósito, para que sigan siendo un estímulo en el que se seguir trabajando y evitar que se conviertan en un tema cerrado y olvidado, como suele suceder cuando se explican las cosas de tal manera que parece que no hay nada más que descubrir, al modo de los gurús de guión de Estados Unidos.

Pero Marcos y yo también comentamos otra curiosa incompletitud: la de esos amores que quedaron a medias, que no llegaron siquiera a existir. Muchos de ellos seguimos recordándolos durante años y años,  a pesar de su brevedad, mientras que olvidamos o apenas pensamos en otros que cristalizaron, se desarrollaron y desaparecieron de muerte natural, digamos. No todos lo amores completos se olvidan, por supuesto, pero lo asombroso es cómo recordamos algunos tan breves que apenas duraron un instante.

Yo recuerdo a una muchacha en Formentera, a la que sólo vi una tarde junto a una playa de rocas, cuando ella me pidió que moviera su hamaca. Yo tenía apenas diecisiete años. Hablamos un poco, cruzamos miradas intensas, mi timidez impidió que sucediera algo más, como tantas otras veces, pero recuerdo aquel momento con una intensidad incomparable, del mismo modo que recuerdo cómo vi desde la distancia subir a un autobús en Oviedo a una muchacha de Baeza a quien nunca volví a ver, o como recuerdo todavía a María Angeles cantándome “Alfonsina y el mar” junto a las lagunas de Ruidera, y a su hermana Rossi, y a una muchacha con la que apenas me crucé en la calle Echegaray de Madrid una madrugada de Año Nuevo, hace quizá diez años: una mirada de interés, un momento de duda, un instante para decidir si nos vamos juntos y… nunca más. O Sili, aquella muchacha para la que escribí más de una decena de poemas a los 15 o 16 años, y con la que sólo llegué a cruzar una cuantas palabras y muchas miradas furtivas, y las dos amigas con las que estuve una noche en las laderas del Parque del Oeste, que llegaron a mí no sé como y que desaparecieron de la misma misteriosa manera. Recuerdo esos momentos con una claridad asombrosa y todos ellos comparten una cualidad: son amores incompletos, como las comandas de los camareros o las tramas de los tebeos de Chris Claremont.

Escribí hace muchos años, una tarde en Buenos Aires acerca de esta persistencia de los amores no cumplidos:

“Algunos ya no tenían rostro, pero entre los demás, aquellos que le devolvían el recuerdo de una persona olvidada, algunos le causaban el dolor de la ocasión perdida, de la promesa no cumplida.  Promesas que se había hecho a sí mismo, cuando todavía pensaba que el tiempo era una extensión sin límite en la que todo había de tener su cumplimiento”.

Y así seguimos recordando todos esos amores incompletos, cuyo cumplimiento situamos en un punto indeterminado de nuestro futuro, hasta que nos damos cuenta, como decía Gil de Biedma, que de todo, o al menos de todo aquello, hace ya veinte años.

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LAS PARADOJAS DEL GUIONISTA

Reglas y excepciones en la práctica del guión
Alba Editorial, 390 páginas

En formato papel y ebook electrónico
Casa del Libro//Amazon

web del libro: Las paradojas del guionista

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Borregos


A lo largo de la historia de la humanidad, le deja a uno pasmado la facilidad con que millones de personas han seguido sin dudar las normas de los lugares comunes y la hipocresía dominante y se han olvidado de pensar más allá de lo admitido en su propio círculo.

Lo que más asombra es que en en las larguísimas listas de reyes, caudillos y soberanos que han existido, casi ninguno de ellos se haya decidido a escribir unas memorias en las que se sincere y cuente, con un pie ya en la tumba y lejos de sufrir cualquier represalia, toda la gran mentira de la que ha sido partícipe. Porque ellos, los poderosos, son los primeros que, como borregos, se creen todo esa farsa que representan o que, aunque no crean en ella, al menos renuncian a hacerla pública, aunque sea a título póstumo.

Supongo que habrá algunas excepciones y sería interesante estudiarlas, hacer una lista de impostores confesos, pero yo sólo recuerdo ahora a Casanova, quien en sus memorias confiesa, entre otras cosas, todas sus farsas espiritistas. Debido a este arranque de sinceridad, Casanova ha perdido la posibilidad de ocupar un lugar de honor en la lista de célebres paranormalistas, junto a Cagliostro, el Conde de Saint Germain y otros célebres embusteros. Casanova, por cierto, conoció y compartió farsas con los dos mencionados, Cagliostro y Saint Germain.

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 [Escrito el 10 de febrero de 2006]

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wasteweb

Hirokazu Kore Eda

Kore Eda se caracterizó en sus inicios por hacer girar su cine, ya se tratase de documentales o de películas de ficción, alrededor de su pensamiento ético, social y político, sin caer en el panfleto o la manipulación.

Muchas de las películas de Kore Eda tienen algo de documental y alguna relación con acontecimientos concretos, incluso, como admite Kore Eda, Maborosi, en la que la protagonista es una mujer que no consigue entender por qué su marido se suicidó, algo también hasta cierto punto frecuente en Japón.

kore eda August without him

La vida del primer enfermo de SIDA que lo declaró públicamente en Japón

Without memory, la vida de una persona que ha perdido la memoria episódica a causa de una medida sanitaria injusta.

 

I just want to be Japanese, en la que Park es un coreano que fue alistado a la fuerza en el ejército japonés y que, terminada la guerra, pierde la nacionalidad adquirida y se convierte en un ciudadano invisible.

Sin embargo… en la que un funcionario tiene que elegir entre sus convicciones y los intereses del gobierno para el que trabaja.

Maboroshi no hikari (1995)

Yukimo (Mariko Esumi), una mujer  viuda tras el suicidio inexplicable de su marido, viaja a un pueblo de pescadores, donde conoce a Ikuo (Tadanobu Asano), un pescador viudo.

 

 

distance kore eda Distancia

Varios familiares de adeptos de la secta El arca de la verdad, que asesinaron a más de cien personas, se reúnen en el lugar donde vivieron sus hijos.

After Life (1998)

En una extraña y solitaria residencia los muertos tienen que elegir el momento de su vida que quieren recordar para toda la eternidad.

He dedicado una entrada a la película en After Life

 

kore eda nadie sabe Nadie sabe

Los protagonistas son cuatro niños abandonados por su madre; algo todavía frecuente en Japón cuando una mujer encuentra un nuevo marido que le exige abandonar a sus hijos.

 

HANA (2006)

Cuenta la legendaria historia de los 47 ronin, que se sacrificaron para vengar a su señor, pero lo hace desde un punto de vista heterodoxo, mostrando la historia sin ningún heroísmo.

Habló de Hana, y en especial en relación con el complejo asunto de la verosimilitud en el cine en: Hana y la verdad verosímil.

 

Still Walking (2008)

La familia Yokoyama se reune para recordar a su hijo, que murió al salvar a otro muchacho, quien también asiste a la reunión.

 

 

 

Air Doll (Muñeca de aire)

Una muñeca de aire cobra vida y empieza a llevar una existencia paralela más allá de su convivencia con su propietario.

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hana kore eda

Kore Eda con uno de los actores de Hana

En contra del tópico que dice que nunca hay que trabajar con niños ni con animales, a Kore Eda le gusta mucho trabajar con niños

La página de Kore Eda (en japonés)

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[Publicado el 14 de enero de 2008. Revisión en septiembre de 2012]

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Para ver todas las entradas dedicadas al guión y al cine: Cine y guión. Todas las entradas

ENTRADAS DE CINE 

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CUADERNO DE JAPÓN

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Los falsos recuerdos

Javier Sampedro cuenta que en la Western University de Washington se convoco a varias docenas de estudiantes con la excusa de hacer un análisis experimental relacionado con la precisión de sus recuerdos.

Los investigadores hablaron previamente con los padres para que les contaran anécdotas de sus hijos.

Después, contaron a los estudiantes tres historias ciertas (las que les habían contado los padres) y una falsa, y les preguntaron si las recordaban.

En la primera prueba, los estudiantes ratificaron el 84% de las historias ciertas y el 0% de las falsas.

Sin embargo, una semana después, ya un 20% de los estudiantes recordaba la historia falsa, incluso algunos estudiantes aportaron detalles nuevos de esas historias falsas.

En un experimento similar, Elizabeth Loftus de la Universidad de California en Irvine dijo que había logrado que el 36% de los sujetos de un experimento de similares características recordasen el gran abrazo que les dio Bugs Bunny en Disneylandia. Es decir, el 36% recordó que el célebre conejo de la Warner les dio un abrazo en territorio enemigo, en Disneylandia (de donde le echarían a tiros como dice Sampedro).

La investigadora cuenta los mejores trucos para implantar recuerdos inventados, y Sampedro añade algunos consejos para contar mentiras, que yo recuerdo haber aplicado alguna vez.

La conclusión es que no nos podemos fiar en absoluto de nuestra memoria.

Sé de otra investigación, que a menudo cuento (pero que no sé dónde he leído), en la que los sujetos del experimento eran ni más ni menos que Dean Martin y Frank Sinatra. Resulta que les llamaron a un programa de televisión y les preguntaron si recordaban la primera vez que se conocieron (o algo parecido) en el show de Johnny Carson. Los dos dijeron que sí y empezaron a recordar un montón de detalles: que Frank llevaba un traje nuevo que se había comprado en Europa y que Dean le tiró sin querer una copa encima, que Frank tuvo que quitarse la chaqueta y cantar en camisa, etcétera.

Después de recordar aquella anécdota tan graciosa, en la que Frank y Dean estaban de acuerdo en casi todos los detalles, ambos pudieron ver la grabación de aquel programa: no había chaqueta comprada en Europa, ni copa derramada sobre ella, Frank no cantó en camisa ni sucedió nada de todo aquello.

Es bastante conocido también lo que cuenta Borges que decía su abuelo: que no le gustaba recordar algo porque, entonces, la siguiente vez que recordaba ese momento ya no recordaba realmente ese momento, sino la vez que lo recordó.

No es ninguna tontería, aunque encierra una paradoja, pues entonces nunca puedes disfrutar de ningún recuerdo a lo largo de tu vida.

Hace unos años empecé a escribir unos pequeños textos llamados Memorabilia, en los que anotaba recuerdos precisos y concretos. Es decir, sólo escribía lo que recordaba de manera vívida, como un destello o resplandor, sin añadir detalles, sin situar ese recuerdo ni explicar las circunstancias (porque todo eso es probablemente añadido).

Por ejemplo: aquella noche en la que mi amigo Jesús, un cura amigo suyo del Internado y yo salimos de Rock Ola y, mirando el edificio de las Torres Blancas, el cura dijo: “Debe ser maravilloso estar en el último piso haciendo el amor en este momento”.

Algo así debimos ver aquella noche (Las Torres Blancas acechan, por David Framil Carpeño)

Me doy cuenta de que, al volver a recordarlo ahora, como decía el padre de Borges, recuerdo la vez que lo recordé para escribir el memorabilia. Pero, afortunadamente, el destello, la imagen breve de ese instante, permanece todavía en mí.

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[Escrito en 2003]

Memorabilia

Memorabilia-cabecera

Aquí están las páginas más autobiográficas. Fundamentalmente fotos y vídeos antiguos.

 

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Larga noche de amor en el Cuarteto de Alejandría

He reanudado la lectura de El cuarteto de Alejandría, de Lawrence Durrel. Nada más empezar el capítulo en que lo dejé el año pasado, me encontré este pasaje:

“Podemos contemplar toda nuestra vida como una noche de amor. Imaginemos las caricias y los placeres que nuestro cuerpo recibe en esa noche de amor, la piel que se desliza junto a la nuestra, su calor, su firmeza y su blandura, su humedad. Cada una de estas sensaciones es unos de los recuerdos que hallaremos años después en nuestra memoria, cada hermoso movimiento, cada gesto de ternura acariciará nuestra sensibilidad, pero ahora no desde fuera hacia dentro, sino desde dentro hacia afuera. Somos un cuerpo amado en una noche de placer que dura décadas, y del mismo modo que un cuerpo se excita, se relaja o vibra, así lo hace y lo hará nuestra existencia, enriquecida sensualmente con cada instante de placer.”

( Cuarteto de Alejandría, Justine , 153)

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[Fotografía de Lawrence y Nancy Durrell]

[Publicado en 2003]


EL ESPEJO

El espejo

“Os entrego este librito para que os miréis en él como en un espejo y no para que con él miréis a otros como a través de un monóculo”. Lichtenberg “Es un placer cuando, en un libro que examino al … Sigue leyendo

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Johnson y el espectador ingenuo

Samuel Johnson, en el postscriptum a su Defensa de Shakespeare,  termina con una encendida defensa de la ingenuidad que el espectador o el lector debería recuperar para no justificar o confundir sus meros prejuicios con valores como el refinamiento, la exigencia estética … Sigue leyendo

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Benjamin Constant y el espíritu de contradicción

EL ESPEJO

“Otras veces, harto yo mismo de mi silencio, me entregaba a ciertas bromas, y mi ingenio, al ponerse en movimiento, me arrastraba más allá de toda mesura. Revelaba en un día las ridiculeces que había observado durante un mes. Los … Sigue leyendo

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DT

No verse a sí mismo

En On Having no Head, Harding destaca el hecho de que nunca vemos nuestra cabeza, excepto en un reflejo.
A veces me ha interesado esta imposiblidad de vernos a nosotros mismos, excepto en un reflejo: resulta que en la práctica totalidad de nuestras experiencias no aparece nuestro rostro. En la mayor parte de nuestra, vemos las escenas en las que participamos, los rostros y las expresiones de los demás, pero no nuestras propias expresiones. Por eso resulta a veces difícil identificarnos con lo que recordamos, y sospecho que, al recordar, a menudo ponemos imágenes de nuestra propia cosecha que no pudimos ver realmente. Si recordásemos de verdad una escena tal como fue, sólo veríamos las imágenes a la manera de una cámara subjetiva cinematográfica: las cosas entrarían en nuestro campo de visión: una figura que se acerca, un primer plano de un rostro, unos labios en primerísimo plano y la oscuridad de un beso.

Se da la paradoja de que una persona se conoce menos a sí misma de lo que la conocen las demás, al menos en el plano físico. Mi hermana me ha visto más de lo que me he visto yo mismo, en lo tocante a las expresiones del rostro. Y mi gestualidad es casi desconocida para mí, puesto que uno no actúa de la misma manera ante un espejo que ante los demás. Por eso, cuando una cámara nos ha filmado de improviso y luego vemos las imágenes, a menudo sentimos cierta extrañeza, porque nos descubrimos muy diferentes de como nos habíamos imaginado. Es como cuando oyes tu voz grabada y te das cuenta de lo distinta que es a cómo tu mismo te oyes.

Por cierto, es un asunto bastante interesante lo antes insinuado: una persona se conoce a sí misma en lo psíquico más de cuanto los demás puedan llegar a conocerla, mientras que en lo físico se conoce menos de lo que los demás la conocen. En lo psíquico se podría recordar precisamente lo que decía Borges en Borges y yo: todo eso que los demás conocen de Borges pertenece al otro Borges. Son retazos de su psiquismo encarnados en conversaciones, escritos, etcétera.
El propio Borges, por cierto, unifica en cierto modo ambos mundos en otro texto, en el que cuenta como los rasgos sucesivos de ese mundo literario que un hombre ha ido dibujando acaban trazando la imagen de su cara.

Y sin embargo, a pesar de todo lo anterior, a pesar de que en nuestros recuerdos no deberíamos ver nuestro rostro, me da la impresión de que a veces en nuestros recuerdos nos situamos en el punto de vista de un tercer observador externo, entrando nosotros mismos en plano, viéndonos como un personaje más, con nuestro rostro, lo que, como dije antes, sólo sucede en raras ocasiones, por ejemplo si hay un espejo en el que reflejarnos.

De todos modos, también hay que tener en cuenta que no sólo quedan grabados en nuestra memoria los datos visuales, sino también los sonoros, olfativos, gustativos y, sobre todo, los del tacto. Precisamente a través de los recuerdos táctiles, podemos inferir algunas imágenes visuales, por ejemplo el recuerdo de una sonrisa nuestra, que aunque no pudimos ver en el momento, quizá sí que llegamos a sentir en nuestro rostro.

Nazismo en Hungría

Hungría ha tenido la desgracia, como le sucedió a algunos otros países del este de Europa , de conocer el totalitarismo fascista y el comunista. Si la memoria no me falla, todo comenzó en los años 20 con el Terror Rojo, que después fue sustituido por el Terror Blanco, mucho más cruel y sanguinario. El Terror Blanco derivó hacia el fascismo de Horthy, que acabó uniéndose a la Alemania nazi. Hungría, por lo tanto, luchó en la Segunda Guerra Mundial junto a Hitler.

El lago Balaton

Las doctrinas totalitarias se basan en el relativismo cultural, como ya dijo explícitamente Mussolini en su día. Consideran que no puede existir un verdadero diálogo entre culturas diferentes y que, por ello, la única manera de decidir qué cultura es mejor es el uso de la fuerza. Los totalitarismos también aplican la doctrina extrema del darwinismo social, que inventó el sobrino de Darwin, Francis Galton: la supervivencia del más fuerte. El relativismo y el darwinismo social son nombres modernos para seguir aplicando el comportamiento salvaje e instintivo, aunque a veces la izquierda haya recurrido al relativismo convirtiéndolo incluso, erróneamente, en sinónimo de respeto y diálogo entre culturas diferentes.

Debido a estos fundamentos teóricos, los totalitarismos, ya se basen en ideas comunistas, fascistas o simplemente en la identificación con un líder (como Franco), no pueden cooperar y colaborar, excepto de manera transitoria. Si Mussolini predica que la raza superior es la latina y concretamente la italiana, Hitler asegura que lo es la germana, mientras que el húngaro Horthy cree que esa raza superior es la magiar. Difícilmente puede fraguarse una alianza duradera: tarde o temprano, cada uno querrá aplicar sus ideas hasta el final y chocará con sus antiguos aliados. Mussolini, el pionero de los totalitarismos “de derechas”, soñó durante un tiempo que la raza, la etnia, la cultura o la civilización latina iba a recuperar la gloria de la antigua Roma. Pero los fracasos de sus andanzas en Europa y África y el impresionante poder germano le obligaron a ceder el primer lugar a Hitler.

Si las potencias del Eje hubieran ganado la guerra, no habría pasado mucho tiempo hasta que estallaran los conflictos entre germanos y latinos, aunque, probablemente, las primeras víctimas habrían sido los eslavos. Tras ellos, quizás le llegaría el turno a los magiares, cultura única y aislada, y más teniendo en cuenta que Hitler había nacido en el antiguo imperio austrohúngaro, al que detestaba por su convivencia de culturas diversas.

Todo esto explica el que durante la guerra existieran tensiones entre los nazis alemanes y los fascistas húngaros. El régimen de Horthy persiguió a todas las minorías, incluida la alemana. Tras la Segunda Guerra Mundial, el régimen comunista impuesto por los rusos intentó no dar importancia a este dato, porque de ese modo podían acusar a la minoría alemana de la responsabilidad del pasado nazi de Hungría y así descargar la culpa de los propios magiares. Esa explicación contenía tan sólo un pequeño gramo de verdad, pero sirvió a los húngaros de la época comunista para mantener su conciencia tranquila.

Algo parecido sucedía en la República Democrática Alemana que, en un alarde de ficción histórica, siempre hizo como que el nazismo no tuviera nada que ver con ellos, sino sólo con los alemanes de la República Federal. Cuando estuve en Berlín Occidental en 1988 me asombró la memoria y el sentimiento de culpa de los alemanes, que incluso tenían un museo dedicado al holocausto en el antiguo Reichstag. Pero en el lado comunista apenas se hablaba del pasado nazi y se insistía en echar la culpa a los vecinos del otro lado de la ciudad y del otro país germano.

Lo mismo sucedía, según parece, en Hungría y quizás todavía sucede, porque en la Citadela hay un museo dedicado a la época nazi de Hungría en el que se condena aquella época, pero creo que no de la contundente manera que sería necesario. Es decir, no reconociendo la responsabilidad de gran parte de los húngaros en lo que sucedió.

 

[Publicado el 3 de noviembre de 2003]

CUADERNO AUSTROHÚNGARO

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Coincidencias con Proust

Pu Song Li decía en uno de sus cuentos que no hay nada más delicioso que encontrar en un libro a un personaje o a un autor que opina lo que nosotros. Lo mismo dice Raymond Smullyan en Silencioso Tao.

Obtuve esta noche esa deliciosa sensación leyendo a Proust. El narrador de En busca del tiempo perdido desarrolla una idea que, de manera exacta y precisa, coincide con algo que me interesa muchísimo desde hace unos años. Me resultó asombrosa la coincidencia, no porque la idea en sí sea más o menos original, más o menos insólita: sin duda lo han pensado muchos otros además de Proust y yo. Pero la manera en la que Proust lo explica es casi exactamente la misma que he empleado yo, tanto por escrito como, más frecuentemente, de viva voz. Por ahora, copio aquí lo que dice Proust:

“Y ese miedo a un porvenir en que ya no nos sea dado ver y hablar a los seres queridos, cuyo trato constituye hoy nuestra más íntima alegría, aún se aumenta, en vez de disiparse, cuando pensamos que al dolor de tal privación, vendrá a añadirse otra cosa que actualmente nos parece más terrible todavía: y es que no la sentiremos como tal dolor, que nos dejará indiferentes, porque entonces nuestro yo habrá cambiado y echaremos de menos en nuestro contorno no sólo el encanto de nuestros padres, de nuestra amada, de nuestros amigos, sino también el afecto que les teníamos; y ese afecto, que hoy en día constituye parte importantísima de nuestro corazón, se desarraigará tan perfectamente que podremos recrearnos con una nueva vida que ahora sólo al imaginarla nos horroriza; será, pues, una verdadera muerte para nosotros mismos, muerte tras la que vendrá una resurrección, pero ya de un ser diferente y que no puede inspirar cariño a esas partes de mi antiguo yo condenadas a muerte. Y ellas -hasta las más ruines, como nuestro apego a las dimensiones y a la atmósfera de una habitación- son las que se asustan y respingan, con rebeldía que debe interpretarse como un modo secreto, parcial, tangible y seguro de la resistencia a la muerte, de la larga resistencia desesperada y cotidiana a la muerte fragmentaria y sucesiva, tal como se insinúa en todos los momentos de nuestra vida, arrancándonos jirones de nosotros mismos y haciendo que en la muerta carne se multipliquen las células nuevas”.

Me gustaría decir al menos tres cosas relacionadas con lo que dice Proust, pero no las diré aquí, para que cada uno pueda disfrutar y reflexionar sobre el asunto sin contaminar las ideas de Proust con las mías.


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EL RESTO ES LITERATURA

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