El multiforme Ulises
Homéricas 006

ulises

En El tema de Ulises, un libro que sería injusto no considerar delicioso, W.B. Stanford  escribe:

“De los héroes homéricos, y, de hecho, de todos los héroes de la mitología griega y romana, Ulises fue de lejos el más complejo tanto por el carácter como por las hazañas… Su carácter era más variado y más ambiguo que el carácter de cualquier figura de la mitología griega o de la historia, al menos hasta Arquíloco”.

Ulises, en efecto, no es un héroe al que se pueda entender tan fácilmente como al iracundo y caprichoso Aquiles, al soberbio y maleducado Agamenón, al depresivo y fatuo Áyax, al vano y simplón Menelao o al valiente Diomedes. Aunque esos personajes no se deberían reducir a los epítetos que yo les he regalado de manera apresurada, no pueden tampoco compararse con la riqueza de matices que ofrece Odiseo, al que nos hemos acostumbrado a llamar Ulises, lo que es una muestra de su ya temprana universalidad, puesto que Ulises, en la mitología grecorromana no juega casi ningún papel, excepto cuando es mencionado en algunos episodios de la Eneída de Virgilio. Precisamente esas menciones latinas son las responsables de la mala fama de Odiseo en la posteridad, algo que Stanford analiza con verdadera precisión de cirujano en uno de los capítulos de su libro. Para los romanos, que presumían con cierta tosquedad de su rigor y seriedad, de su confiabilidad y sentido del deber, Ulises representaba a los griegos, mentirosos y astutos, en los que nunca se podía confiar.

“Ulises, desde su aparición en la Ilíada y la Odisea hasta su actualización en el Ulises de James Joyce y en Odisea de Kazantzakis ha hecho honor al homérico calificativo de varón de multiforme ingenio, polytropos, y ha sido considerado: un oportunista en el siglo –VI, un sofista o demagogo en el –V, un estoico en el siglo –IV; en la Edad Media se convertirá en un audaz varón, un empleado sagaz o un explorador precolombino; en el siglo XVI será un modelo para los ingleses protestantes, en los inicios del XVII un ejemplo de mala fe calvinista y luego un modelo para la Contrarreforma española; también en el siglo XVII fue visto como un príncipe o un político, en el siglo XVIII un filósofo o un Primer Hombre, en el siglo XIX un viajero byroniano o un esteta desilusionado, en el siglo XX un protofascista o un ciudadano humilde de una megalópolis moderna”.

Ulises y Polifemo, por Flaxman

Todos esos personajes, todos esos Ulises tan diversos, han convivido a través de los siglos en los versos de las dos obras homéricas, lo que no resulta extraño, pues el propio Homero parece dudar o no conocer del todo el verdadero carácter de su héroe, no sólo porque nos ofrece un retrato no del todo coincidente en la Ilíada y la Odisea, sino porque nos reserva también sorpresas inesperadas, como la matanza final de la Odisea o el momento en el que descubrimos, poco antes de aquella escena brutal, cuando su criada Euriclea le lava los pies y reconoce la cicatriz de su muslo, que el gran héroe es nieto de Autólicos. Ese dato, que quizá es clave para comprender la verdadera naturaleza de Ulises, lo esconde Homero cuidadosamente verso tras verso. De hecho, cuando Homero menciona en la Ilíada a Autólicos, en una escena protagonizada por Ulises, no llega a decir que ambos fueran parientes, lo que resulta bastante inexplicable. Es de suponer que a los primeros oyentes o lectores de la Odisea debía producirles un curioso efecto enterarse de repente de que Ulises era nieto de Autólicos. El lector se preguntará por qué es tan importante ese dato que Homero nos hurta hasta llegar al desenlace, pero esa es otra historia que quizá haya ocasión de contar en una futura homérica.

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 [El tema de Ulises, se publicó en 1954]


 [Este texto fue publicado en la página Divertinajes, dentro de la serie titulada La ilusión imperfecta, pero ahora he preferido clasificarlo en Homéricas]

Las 900 tesis homéricas es una investigación en la red. Todos los textos son provisionales y están en permanente revisión, por lo que no conviene tomárselos muy en serio. Como su nombre indica, la investigación está dedicada a Homero y a las obras que se le atribuyen, y en especial La Ilíada y La Odisea.

 

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El héroe en el estiercol

“Ya iban a coger el premio, cuando Áyax, corriendo, dio un resbalón -pues Atenea quiso perjudicarle- en el lugar que habían llenado de estiércol los bueyes mugidores sacrificados por Aquiles, el de los pies ligeros, en honor de Patroclo; y el héroe llenóse de boñiga la boca y las narices. El divino y paciente Ulises le pasó delante y se llevó la cratera; y el preclaro Áyax se detuvo, tomó el buey silvestre, y, asiéndolo por el asta, mientras escupía el estiércol, habló así a los argivos:

-¡Oh dioses! Una diosa me dañó los pies; aquélla que desde antiguo socorre y favorece a Ulises cual una madre.

Así dijo, y todos rieron con gusto.”
(Homero, La Ilíada, canto XXIII, 770-785)

 

Nada transmite tanta sensación de vida a la narrativa como eso que James Wood llama la hecceidad, el recurso a lo concreto, a lo palpable, esos detalles que parecen innecesarios y que, precisamente por ello, nos llaman la atención como si fueran reales, como si no formaran parte del mecanismo previsible puesto en marcha por el narrador:

“Por hecceidad entiendo el estiércol de vaca en el que resbala Áyax cuando corre en los juegos funerales en el libro XXIII de la Ilíada”.

Allí, en las llanuras de Troya, corriendo en los funerales de Patroclo, el gran héroe Áyax de Telamón, compite con el odiado Ulises en una carrera que dará al ganador una hermosa crátera de plata. Cuando parece que va a obtener la victoria y ya se lanza sobre el ansiado premio, resbala en el estiércol de vaca y cae de bruces sobre él. ¡Qué gran detalle de Homero! Es un primer atisbo de la manera en la que Shakespeare mezclará lo sublime con lo grotesco, logrando así conmovernos en el momento trágico sin que al mismo tiempo sintamos que todo es una farsa acartonada.


Áyax se lamenta

Para quienes no conozcan la historia de Áyax, hay que decir que fue uno de los principales héroes de la guerra de Troya, junto a Aquiles, Héctor, Ulises y Diomedes. Guerrero salvaje y violento, vencedor en decenas en combates, temido por los troyanos, altivo y orgulloso, siempre preocupado por su fama y por el elogio ajeno. Tras la humillación en los funerales de Patroclo, sufrirá otra afrenta semejante cuando, tras la muerte de Aquiles, las armas del héroe vayan a parar a manos de su odiado Ulises. Será entonces cuando lo grotesco vuelva a aparecer en la vida de Áyax, pues dominado ya por la locura, ataca a las vacas y ovejas que los griegos han robado a los troyanos, creyendo que se enfrenta a Ulises y sus hombres. Es un motivo que anuncia, como el lector habrá advertido, uno de los episodios de ese otro célebre loco llamado Don Quijote. Después, cuando recupera la cordura, avergonzado y desesperado decide matarse. Pero incluso en ese último instante lo grotesco aparece de nuevo y evita una muerte sublime, o cuando menos digna. Pues Áyax es invulnerable y cuando se lanza sobre su espada, el arma se dobla como un arco. Tras varios intentos, decide hundir la espada en el único lugar vulnerable, su axila.


El suicidio de Áyax

La acumulación burlesca que cae sobre el héroe Áyax, que se aleja del tono grandilocuente de la Ilíada nos hace sospechar que existe alguna animadversión del narrador hacia el héroe. Es algo que a veces podemos descubrir al leer una novela o leer un guión: que allí se encuentran también las antipatías personales del autor, como cuando un guionista de un programa infantil que dirigí hace tiempo le hizo decir a uno de los payasos: “Si es que sois de la piel del diablo, parecéis antenistas”. Una alusión tan  inesperada a una profesión tan concreta nos hace pensar que el guionista tuvo algún problema personal con un antenista y nos parece por un momento escuchar al autor que se esconde detrás de la narración. Robert Graves, de hecho, pensaba que el episodio de la muerte de Patroclo escondía una crítica de Homero a los griegos, encubriendo sus intenciones con un “lenguaje épico burlesco, seguro de que sus señores no se darán cuenta de lo agudo de la sátira”. Graves establece una comparación muy interesante:

“Puede decirse que, en cierto modo, Homero se anticipó a Goya, cuyos retratos caricaturescos de la familia real española estaban pintados tan magníficamente que podían ser aceptados por las víctimas como parecidos sinceros”.


La familia real española vista por Goya

Detalles del cuadro de Goya

Resulta en efecto bastante evidente que, aunque la familia real fuese efectivamente tan fea, un pintor cortesano no fuera capaz de esconder un poco sus defectos. Del mismo modo, la gran paradoja de esa epopeya griega que es la Ilíada es que en ella todos los héroes griegos son infames, con la excepción de Diomedes, el anciano Néstor y, tal vez, Ulises: Aquiles es un histérico egocéntrico que envía a la muerte a su amante Patroclo y rehúye el combate con torpes excusas acerca de una esclava que le han robado; Agamenón es un general soberbio e incapaz de mandar a sus tropas, Menelao un fatuo despistado y trivial que merece haber perdido a Helena; Áyax un loco ridículo, iracundo y envidioso, al que Homero, como hemos visto, hace revolcarse en estiércol de vaca.

 


 [Este texto fue publicado en la página Divertinajes, dentro de la serie titulada La ilusión imperfecta. La versión presente, en la que he añadido algunas cosas,  pertenece tanto a la página de mitología Numen, como a La ilusión imperfecta, inventario de efectos narrativos, que es, a su vez, un complemento en Internet de mis libros Las paradojas del guionista y El guión del siglo 21]


 

LA ILUSIÓN PERFECTA

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El álbum de Pandora


Pandora

Leí algo acerca de los álbumes de Pandora en un libro que tenía que corregir para la editorial Mondadori. Se trataba de un estudio sobre Rembrandt, si no me equivoco. En ese libro leí que en la época era frecuente tener un Álbum de Pandora, es decir, un libro con hojas en blanco.

El libro se iba llenando con dibujos o regalos: una flor seca que han besado los labios del amante, una cinta de tela con la que ella ataba su cabello, el dibujo de un amigo, el poema de otro.

Una de las cosas que solía haber era un cuestionario, que una vez rellenó Proust en el Álbum de Pandora de una amiga, por lo que ahora se conoce como el Cuestionario de Proust, pero de eso hablaré otra ocasión.

Tal vez en el libro que corregí se explicaba que Rembrandt tenía un Libro de Pandora en el que dibujaban sus amigos pintores, o tal vez, al contrario, que algunos de sus dibujos se han conservado en los libros de Pandora de los que fueron sus amigos. No lo recuerdo.

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Portada de un Álbum de Pandora, creo que de Jan Six, en el que tal vez Rembrandt dibujó un pequeño regalo

 

Es fácil darse cuenta que el Álbum de Pandora es una versión amable de la célebre leyenda de la caja de Pandora de la mitología griega, que aprovecho para recordar ahora.

El titán Prometeo había robado a Zeus el fuego y se lo había entregado a los hombres. Además, había logrado capturar todos los males y los había encerrado en una vasija para que no acosasen a los seres humanos. Para vengarse, Zeus encargó a Hefesto, el herrero divino, que fabricase una mujer semejante a las diosas. Esta mujer fue llamada Pandora.

Atenea la vistió, las Gracias la llenaron de joyas, las Horas la cubrieron de flores, Afrodita le dio su belleza y, por último, Hermes le confirió la maldad y la falta de inteligencia. Lo que no sé es si con el don de Hermes se quiere significar que Pandora era malvada y tonta o que lo son todas las mujeres. Existen muchos mitos en los que las mujeres cometen una torpeza llevadas por la curiosidad y cargan a la humanidad con una desgracia, el más célebre sin duda es el de Eva en el Paraíso; pero a veces estos mitos podrían esconder un sentido contrario, al asociar a las mujeres a la sabiduría y el conocimiento, como sí se hace claramente en el que hasta ahora es el primer gran relato conocido, la historia sumeria y asirio-babilónica de Gilgamesh, cuando Shamhat es enviada por el rey Gilgamesh a los bosques para civilizar al hombre salvaje Enkidu.

Después de dar vida a la figura de Pandora, Zeus envió a esta primera mujer como regalo a Epimeteo, hermano de Prometeo.

Pese a los consejos de su hermano, Epimeteo, que era célebre por no ser muy listo, se casó con Pandora.

La caja de Pandora, por Arthur Rackman

La caja de Pandora, por Arthur Rackman

La curiosidad de Pandora le llevó a abrir la vasija en la que Prometeo había encerrado todos los males, que se escaparon y se extendieron sobre la tierra. Sólo quedó dentro la esperanza, que con sus consejos falaces y sus pobres consuelos, impide a los hombres suicidarse.

Algo semejante sucede en el Génesis cuando Eva cuando da a probar a Adán el fruto del árbol del conocimiento.

Pero hay otra versión, sin duda de un autor optimista, según la cual Zeus había puesto en la vasija los bienes, como regalo para la humanidad. Al abrir Pandora la caja , los bienes escaparon hacia el Olimpo, excepto la esperanza.

En recuerdo de ese antiguo mito, los álbumes de Pandora servían para almacenar regalos de amigos.

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[23 de junio de 2009]

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