Epicuro

El ilustre enfermo

Epicuro es uno de los ilustres enfermos más famosos de todos los tiempos.

Nació en el año 341 antes de nuestra era en Samos. Estudio con Nausífanes, seguidor de Demócrito, y acabo estableciéndose en Atenas.

Allí, cuando ya Alejandro había dejado su vida en el Palacio de Nabucodonosor, crea su propia escuela, a semejanza del Liceo de Aristóteles y la Academia de Platón. La suya se llamó el Jardín.

Escribió muchísimas obras, en cuyos títulos se adivina que le interesaron todos los asuntos, aunque está muy difundido el tópico que asegura que despreciaba todos los conocimientos que no fueran el de la búsqueda de la felicidad. A él y a su escuela se les acusó de buscar ciegamente del placer y de intentar satisfacer los más bajos instintos del ser humano.

Sus doctrinas inspiraron el poema quizá más extraordinario de todas las épocas: De rerum natura  (De la naturaleza). Lucrecio se suicidó.

La filosofía epicúrea y la estoica fueron durante muchos años las dos escuelas principales en Roma, y el ruido sus combates todavía debe estar viajando entre las estrellas. Séneca, el estoico más célebre admiraba, sin embargo, a Epicuro y no se dejaba llevar por algunas simplezas de la escuela estoica acerca de este pensador.

En cuanto Epicuro, las informaciones sobre su carácter son contradictorias. Se dice que la envidia era en el una pasión no reprimida, qué insultó de palabra y por escrito a todos los filósofos; que su fatuidad le llevaba a celebrar como un día especial el de su cumpleaños, fatuidad que cómete casi toda la humanidad (yo no lo hago, consciente de que el mundo nada ganó con mi aparición).

Otros dicen que era amable, bondadoso y moderado en sus placeres, y que siempre se preocupó del bienestar de sus discípulos y amigos.

Como los sabios taoistas decía que el filósofo no debe meterse en asuntos políticos y que debe ser autosuficiente o autárquico, lo que no está reñido ni con un cierto amor al prójimo ni tampoco con el elogio de la amistad como fuente de la más perfecta felicidad, cómo lo recuerda Carlos García Gual.

En el Jardín de Epicuro podían entrar mujeres, incluso prostitutas, y esclavos, y todos eran tratados de la misma manera.

Epicuro, que predicaba una filosofía del placer y la felicidad, estuvo enfermo gran parte de su vida. A veces no podía abandonar su lecho de enfermo. Carlos García Gual lo compara, en este sentido, con Nietzsche y con William James.

Decía Nietzsche de Epicuro:

“Una felicidad tal solo la ha podido encontrar un experimentado sufridor, es la felicidad de un ojo ante el que se ha vuelto sereno el mar de la existencia y que no puede saciarse de contemplar la superficie de la piel marina, nunca antes se presentó una moderación tal de la sensualidad”.

Se puede comprender fácilmente que Epicuro considerarse como estado placentero el estado de salud, es decir el estado el que no sentimos dolor.

Y esta es una carta que escribió cuando ya la enfermedad estaba llevando a su cuerpo al final de la vida:

Cuando estoy pasando y  a la vez acabando los felices días de mi vida, te escribo las siguientes líneas. Me continúan las afecciones de vejiga e intestinales, que no dan tregua al exceso de gravedad que les es propia. Pero se enfrenta a todo eso la alegría espiritual, fundada en el recuerdo de las conversaciones filosóficas que sostuvimos nosotros. Por otro lado, tú, de acuerdo con tu dedicación a mi persona y a la filosofía, cuida de los hijos de Metrodoro.

(1996)

 


[Escrito en 1996, durante mi enfermedad. Publicado en 2011 y de nuevo en 2020 durante el coronavirus]

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Dolor desplazado y fantasmas

Una comparación interesante entre el cuerpo humano y las casas habitadas por fantasmas: cuando sentimos un dolor en el hombro, eso puede deberse a un problema que tenemos en el hígado. El lugar del que procede el dolor y el lugar en el que sentimos el dolor no se corresponden necesariamente.

Lo mismo sucede con los edificios: a veces oímos a nuestro vecino rascar la pared, o dar golpes, y lo oímos con gran nitidez, pudiendo localizar con gran precisión la procedencia del sonido. Y entonces, como me sucedió  a mí ayer, nos acordamos de que no tenemos vecino.

Los ruidos en un edificio son como el dolor en un cuerpo humano: no hay una necesaria correspondencia entre el lugar en el que se escuchan y el lugar donde se originan.

(1996)

Comentario en 2011

Me alegra haber encontrado esta antigua anotación, porque, muchos años después de escribirla, encontré la fascinante comparación que hace Walter Murch entre el dolor desplazado y las películas:

“A veces parece que una escena no funciona y se elimina de la película, pero el error no está en la escena, sino en otras escenas anteriores que hacen que esa escena no funcione”.

Son tres comparaciones interesantes: dolor desplazado, casas fantasmales y películas, de un fenómeno semejante, que tal vez se podría llamar causas desplazadas.
Intentaré encontrar más ejemplos.


[Escrito en 1996, durante mi enfermedad. Publicado en 2011 y de nuevo en 2020 durante el coronavirus]

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Metáforas de cine

Aceptar que la Tierra es redonda y que no se caen los que viven en “el lado de abajo”, y que, además, el planeta se mueve en el espacio a una velocidad vertiginosa sin que nos caigamos todos, es algo que choca contra la intuición y que desafía al sentido común. No es extraño que muchos se negaran a aceptarlo durante siglos.

El cine también nos ha hecho aceptar con naturalidad algo que parece completamente absurdo: que lo que nos parece una acción continua en realidad esté compuesto por fotogramas independientes de imágenes estáticas.

Esta asombrosa revelación nos prepara para aceptar asuntos todavía más extravagantes, como algunas consecuencias de la física cuántica o la relativista. El cine, en efecto, es un término de comparación estupendo para la física cuántica, porque los electrones también “se saltan los intermedios”.

En efecto, el electrón no pasa gradualmente de una órbita a otra, sino que salta de una a otra sin transición: ahora está en esta órbita y después está en la siguiente, pero no atraviesa el estado intermedio. Eso es lo que se llama un salto cuántico. Del mismo modo, en la proyección de una película, a pesar de la apariencia de continuidad, se salta de un fotograma a otro y de una serie de fotogramas a la siguiente. No hay continuidad bajo las apariencias, ni en el cine ni en el mundo subatómico.

Fotogramas del átomo

Aunque puede parecer extraño que no veamos los espacios de celuloide que hay entre fotograma y fotograma, lo verdaderamente asombroso es que no percibamos la oscuridad en la que permanecemos durante gran parte de la película.

En efecto, el obturador tiene que interrumpir el haz de luz del proyector dos veces en cada fotograma, para que tengamos la ilusión de movimiento. De este modo, el celuloide avanza un fotograma cada 42 milisegundos, pero el fotograma no es mostrado durante toda la duración de esos 42 milisegundos.

En realidad, el fotograma se muestra durante 8,5 milisegundos, pero luego es ocultado por el obturador durante 5,4 milisegundos; se muestra de nuevo otros 8,5 milisegundos, se oculta otros 5,4 milisegundos y es mostrado finalmente otros 8,5 milisegundos. Es decir, vemos el fotograma durante 25,5 milisegundos y no vemos nada durante unos 16 milisegundos.

En realidad, como dicen Bordwell y Thompson, en una película que dure 100 minutos, “¡el público está sentado en absoluta oscuridad durante casi cuarenta minutos!”

Heráclito decía panta rei, todo fluye. Ahora sabemos que es posible que algo no se mueva y que ni siquiera se vea durante un 40 por ciento del tiempo, como las imágenes de los fotogramas del cine, y que, sin embargo, puede parecer que se mueve de manera continua.

Así que podemos preguntarnos si ese río de Heráclito que nunca es el mismo río, no será tan sólo una ilusión, y concluir que tal vez tuviera razón su rival, Zenón de Elea, cuando afirmó que el movimiento no existe. También la realidad que vemos podría no ser continua. Tal vez el movimiento que creemos ver es creado por nuestra percepción, que quizá funcione como un proyector de cine, creando continuidad donde no la hay. Tal vez vivimos en un universo estático o parpadeante sin saberlo.


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La polémica acerca de Soñadores, de Bernardo Bertolucci

Antes de ver la película de Bertolucci Soñadoreshabía asistido a algunas discusiones acerca de la postura política de los personajes. Unos defendían la postura de Matthew, el americano, otros la del francés, Theo.

Eso me hizo pensar más de la cuenta durante la película en lo que decía el francés y en lo que decía el americano. La verdad es que no vi muy claramente en qué bando podía estar yo. A veces estuve de acuerdo con el francés, como cuando critica la guerra de Vietnam o cuando defiende a Chaplin frente al nuevo rey emergente de los cinéfilos (Buster Keaton). Pero, otras veces me pareció más sensato lo que decía el americano: la parte final donde dice que los cócteles molotov son fascismo embotellado.

Creo que una de las cosas que hace muy bien Bertolucci en Soñadores es mostrar a veces dogmáticos a sus personajes, pero no mostrarse él dogmático: un personaje dice una cosa y el otro dice otra, pero Theo y Matthew no son teorías encarnadas: son personas. Se equivocan a menudo, dicen cosas absurdas, a veces incluso sabiendo que las dicen. Esto se trasmite a veces de manera llamativa al mantener el plano del rostro de alguien que acaba de decir algo: esos instantes de más nos permiten descubrir que no cree de verdad en lo que dice, o que ya está cambiando de opinión.

Así sucede, creo yo, en la parte en la que Theo habla de la revolución Cultural china y del libro rojo de Mao. Es fácil ahora estar doblemente de acuerdo con los argumentos de Matthew, puesto que ahora todos sabemos y queremos saber qué fue la Revolución Cultural China, que consistió no sólo seguir como un dogma un único libro, sino  en asesinar por él. Pero Theo no sabe eso y habla del libro no como de un arma violenta, sino como de algo que puede llevar una sociedad mejor. Cuando Matthew le muestra lo que significa seguir un único libro, Theo parece comprenderlo, a pesar de que el final de la película parezca desmentirlo, cuando Theo “se junta con una multitud para hacer el mal”. Sin embargo, ¿cuántos no actuaron entonces como Theo, repitiendo consignas pero viviendo de una manera que desmentía esas consignas, creyendo y no creyendo en lo que hacían? El que esté libre de pecado, que no tire la primera piedra: yo también tiré una vez un cóctel molotov, aunque lo dirigí contra el asfalto de una calle vacía y creo que me arrepentí esa misma noche.

Pero no siempre actuamos de manera racional, ni siquiera siguiendo nuestras propias razones, y esa es una cosa que Soñadores muestra bien. Ahora es muy fácil ver que el americano tiene razón en las cosas más importantes (excepto Vietnam), pero quizá se nos escapan opiniones más cercanas a la de Theo en otros asuntos más actuales.


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¿Qué diría Mathew hoy? y Brasil

en Soñadores, de Bernardo Bertolucci

Estos días he discutido con dos personas acerca del mismo tema: las medidas adoptadas en Brasil contra los turistas estadounidenses, en reciprocidad o represalia por las medidas que los estadounidenses adoptan con los turistas brasileños (o con todos los turistas).

Con las dos personas con las que he discutido, el fondo de la cuestión ha sido el mismo: a ellos les parecía estupendo lo que hacía Brasil y a mí me parecía un sin sentido. Antes de ver Soñadores, yo mismo dije a una de esas personas que responder a la humillación con la humillación, a lo policial con lo policial y al fascismo con el fascismo no es mi ideal de la lucha contra la humillación, lo policial y el fascismo. Me parece que Matthew dice lo mismo al final de la película, así que me sorprende que quienes elogian lo que dice Matthew no vean la semejanza entre ambas situaciones.

Es fácil darse cuenta de cuál era la postura correcta hace 35 años (en 1968), pero creo que no es tan difícil ver el paralelismo con lo que sucede en Brasil. Si Estados Unidos adopta una postura que consideramos denigratoria y abusiva, difícilmente me puede parecer que esté bien que Brasil adopte esa misma política denigratoria y abusiva.

Otras personas se han mostrado inmediatamente indignadas por la supuesta reciprocidad brasileña y han imaginado, como yo, a turistas de carne y hueso humillados en una aduana, y no en leyes y símbolos. Algunas personas se han dado cuenta del error y han rectificado fácilmente.

Si no menciono ningún nombre aquí es porque hacerlo sería abusar de una posición de poder, la de alguien que tiene a su disposición una página web. Así que si alguno de ellos quiere responder, anónimamente o no, puede hacerlo, porque aquí es posible que yo haya simplificado, tergiversado o, sencillamente, no expresado sus argumentos en defensa de la reciprocidad brasileña.


[Ver también Soñadores y La polémica acerca de Soñadores]

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Brendan Dawes y Walter Murch, una historia de amor

Hay pocas cosas más hermosas que descubrir que dos personas que amas se aman entre sí. Esto me acaba de suceder con Walter Murch y Brendan Dawes.

Walter-Murch-at-the-Chicago-Humanities-FestivalWalter Murch es un editor o montador y técnico de sonido que ha trabajado en varias películas de Coppola. Colaboró en la primera edición de Apocalypse Now junto a otros editores, que se las tuvieron que ver con los miles de metros de fotograma rodados. Muchos años después hizo él sólo el remontaje de la película: Apocalyse Now Redux.

Murch es una de las personas que más me hacen disfrutar y que más admiro. Me parece inteligente e ingenioso, sensible e inquieto. He leído su libro En el momento del parpadeo y las largas conversaciones con Michael Ondaetje en The Conversations.

Brendan Dawes

Brendan Dawes es un sabio digital que trabaja con Flash y otros programas. Su página web es una de mis preferidas desde hace tiempo y ya era hora de que hablara de él. Tiene un montón de cosas fantásticas en su página y parece tan inquieto e inteligente como Murch.

Le chiflan, según parece, las películas de los años 70, pero también de los 60 y 50, y los créditos de artistas como Saul Bass. A través de la página de Dawes obtuve el cadáver de Anatomía de un asesinato que usé en mi página Cadáveres Exquisitos.

Lo curioso del asunto es que descubrí a Murch hace poco, por casualidad, al ver The Conversations en una librería de Londres. Me lo compré y disfruté muchísimo.

Sin embargo, a Brendan Dawes lo descubrí mucho antes, al comprar en Madrid un libro para programar con Action Script en Flash. Un libro sencillo pero extraordinario, del que quizá ahora empezaré  a sacar frutos. Pero lo más importante del libro es a quien muestra detrás: Brendan Dawes. Continuas visitas a su página me confirmaron la impresión inicial.

Es decir, Dawes no me llevó a Murch ni Murch a Dawes, así que encontrar una relación entre ellos era sólo una hipótesis… que ni siquiera se me ocurrió plantearme.

Hoy (3 de marzo de 2004), al visitar la página de Dawes para recomendarla en este weblog, he encontrado muchas cosas nuevas. Ha variado muchísimo el diseño y me gustaría que  pudierais ver la versión anterior, pero no sé si Dawes tiene un Cronoweb, como yo.

En cualquier caso, hay muchas novedades, como tarjetas de felicitación (ya he enviado a varios amigos algunas) y decenas de cosas fascinantes, entretenidas, divertidas, útiles o curiosas, muchas de ellas de uso libre.

Una de ellas es un proyecto que se llama Cinema Redux. Al leer el título pensé al instante en Walter Murch por Apocalypse Now Redux. Al ver las miniaturas del proyecto, no me cupo ninguna duda de que tendría algo que ver con  Murch. Escribí “Murch” en el buscador de la página de Dawes y ¡voila! ¡Eureka! ¡Ajá! Ahí estaba Walter Murch en varios lugares, pero sobre todo en Cinema Redux.

También encontré en la página de Dawes una crítica muy elogiosa a The Conversations. Precisamente Dawes está ahora aprendiendo a editar y ya ha hecho varios vídeos muy chulos. Como él dice, lo mejor para aprender es hacer algo concreto, que es lo mismo que yo hago con mi historieta Craven.

Lo que ya sería una delicia descubrir algo que una a Fisk con Dawes y Murch.

 Nota en 2015: Vuelvo a visitar la página de Dawes, que de nuevo ha cambiado mucho, pero sigue repleta de cosas interesantes y sorprendentes: Brendan Dawes. Y allí sigue Saul Bass on the Web:

 saulbass-brendan Dawes


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Soñadores, de Bernardo Bertolucci

Debido a algún prejuicio o idea hecha, no tenía ganas de ir a ver esta película. También los espectadores somos a veces como esos productores americanos que valoran a un director en función de su última película. Y supongo que no me gustó la última película que vi de Bertolucci, aunque lo cierto es que tampoco recuerdo que me disgustara.

1

Al empezar la película fui arrebatado por ella inmediatamente y me pasé todo el principio en un estado parecido a la enajenación o la borrachera mental. Después, caí de ese estado: la película me siguió interesando, pero no provocaba ya en mí sensaciones tan intensas.

Yo soy un buen espectador de cine porque me entrego a la película, pero un mal crítico porque no me entrego al análisis, así que tampoco lo haré ahora. Creo que las películas son un conjunto de cosas sencillas y complejas mejor o peor unidas y que es una soberbia extrema pretender reducirlas a un esquema crítico, detectar todos sus errores y aciertos como un entomólogo. Ponerle nombres a las cosas no significa haberlas entendido. A menudo significa todo lo contrario.

Simplemente intento aquí describir algunas ideas y emociones que la película me provocó. Muchas de esas emociones tienen que ver con el cine, porque Soñadores está llena de imágenes de cine que se entrelazan con la vida de los personajes. Imágenes de cine clásico y del cine que se hacía en los años en los que transcurre la película: Jules et Jim, Band apart… la nouvelle vague.

Ahora muchas de esas películas no son otra cosa que pasto para los críticos, pero para mí su fuerza permanece intacta, porque esa fuerza no depende de consideraciones estilísticas o ideológicas, esa energía sobrevive a pesar de todas las teorías con las que fueron hechas y con las que son analizadas hoy.

Umberto Eco es un ensayista al que me gusta mucho leer, pero tiene una tendencia enfermiza por las dicotomías, por el “o esto o lo otro”. Es un gran representante de lo que Ana Aranda llama el pensamiento alternante. Una de las célebres dicotomías de Eco es la de “apocalípticos e integrados”. Otra, la que establece entre los críticos de narrativa o de cine: “orgásmicos” y “analistas”.

Si yo creyera en el pensamiento alternante de Eco, debería considerarme (como se ve por estos comentarios a Soñadores) entre los orgásmicos. Soy de los que dicen: “Oh!” “¡Ah!”, “Es una película deliciosa”, “me ha encantado”, etcétera.

Pero, como yo no comparto la afición de Eco por las dicotomías ni tengo ganas de pertenecer a ninguna banda intelectual, diré que también me gustan los análisis y algunos analistas. Como Chesterton decía de los liberales: “Siempre he creído en el análisis, pero hace tiempo que abandoné la infantil ingenuidad de creer en los analistas”.

Pero, claro, un buen análisis tiene que cumplir al menos una condición: si no logra mejorar la película, al menos no debería empeorarla y reducirla, trasformándola en menos de lo que es. Muchos críticos actúan como los jíbaros del Amazonas: se llevan la cabeza cortada para su colección, pero tan reducida y arrugada que ya apenas se distinguen los rasgos y es imposible saber si esta cabeza perteneció a Fulano y esta otra a Mengano: lo único que podemos saber es que las dos cabezas pertenecen al coleccionista.

Cuando vamos a un museo, unos cuadros nos gustan y otros no. Pasamos rápido por las salas que no nos ofrecen nada interesante y nos detenemos en las que nos muestran bellezas desconocidas, o quizá ya conocidas pero dignas de ser degustadas de nuevo. Una película, sin embargo, nos impone la secuencia con la que la recorremos. No podemos variar el itinerario, detenernos en una escena y hacerla eterna, como se hace eterno el instante de una noche de amor.

Es cierto, pero del mismo modo que no incendiamos el Museo porque nos haya disgustado la Sala 23, tampoco deberíamos hacer arder en el fuego de una crítica implacable una película que nos ha dado mucho placer y tal vez sólo un poco de aburrimiento o un mal movimiento de cámara.

Algunos críticos nos ofrecen siempre un juicio, un veredicto, pero ese no es el tipo de crítica que me gusta. Prefiero la manera de explicar y analizar, a veces hasta el detalle más nimio, que emplea Walter Murch. Después de leer lo que dice Murch, siempre tengo ganas de ver la película de la que habla y me da la sensación de que gracias a él, a Murch, he sabido ver cosas que no vi al ver la película.

Así que va llegando el momento de regresar a Soñadores, pues, para ser yo un orgásmico, este comentario parece más propio de un analista.

Sin duda este largo preámbulo se debe a que es la primera vez, creo, que en este o en otro blog he comentado una película, y me siento obligado a aclarar algunas cosas, para después hablar con naturalidad, pues el mundo de los cinéfilos está lleno de artificialidad. En definitiva, no hablo como crítico ni para los críticos ni pretendo que mis opiniones sean condenas o absoluciones. Son sólo opiniones del momento. Quizá en otro momento mis emociones y mis opiniones serían otras.

Continúa en La polémica acerca de Soñadores.


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