2.7 Conclusión

democrito

Sólo queda por comentar una cuestión que es tal vez la central en todo estudio de la ética aristotélica: el de su misma definición. La de Aristóteles es el ejemplo más repetido y el modelo más señalado de ética eudemonista, y además teleológicamente eudemonista. Sin embargo, ambos conceptos nos son tan trasparentes, ni su aplicación tan evidente como pueda parecer.

Si no un error, la definición de la ética aristotélica como eudemonista puede ser una gran simplificación, o la descripción de un hecho trivial, pero no carente de consecuencias.

¿Es la ética de Aristóteles, en definitiva, eudemonista?

Parece serlo, desde el momento en que el propio Aristóteles así lo afirma, pero, como se ve claramente en el texto citado en la nota 9, también las demás éticas a las que se enfrenta lo son (a excepción tal vez de la de Platón): Todos los hombres están de acuerdo en que el bien supremo es la felicidad. Esto significa que la ética de Aristóteles es eudemonista, sí, pero de un modo semejante a como la física es materialista, o la matemática “calculista”. es decir, que el hecho de que aquello que estudian, y admiten estudiar, los físicos sea la materia (lo que Aristóteles definiría como el ente móvil), no significa ni mucho menos que todos ellos (los físicos) tengan un mismo concepto de qué sea la materia. La materia, tal como se define, por ejemplo, por las teorías más avanzadas de la Física actual, no se parece en nada a la materia tal como fue entendida hasta finales del siglo XIX. Los físicos actuales, aún reconociendo que se dedican a estudiar los fenómenos puramente físicos, y no los espirituales, no los biológicos, por ejemplo, pueden llegar no sólo a cuestionar la noción clásica de materia, sino a definir ésta como algo muy cercano a eso que se llamaba espíritu. Con ello, se ve que incluso una actividad definida como materialista, puede al final cuestionar su mismo presupuesto central cuando llega el momento de definirlo. Lo mismo sucede con la ética de Aristóteles: el fin de la misma es la felicidad, por supuesto, pero también lo es para la ética de Demócrito, la de los epicúreos, la de los estoicos (sutilezas terminológicas aparte) y muchas otras. Intentar acercarse a la ética aristotélica desde la oposición que enfrenta a las éticas eudemonistas con las no eudemonistas, o materiales frente a formales (que suelen fecharse a partir de Kant) es correr el riesgo de malinterpretar y no llegar a comprender la especificidad misma de la ética aristotélica, e incluso de ni siquiera ver los puntos de contacto que se pueden establecer entre ella y algunos de los desarrollos propuestos por las llamadas éticas no eudemonistas y las de los valores. La causa de esta confusión que lleva frecuentemente a un estéril academicismo terminológico en el que los perfiles de las palabras impide ver el trazo conceptual, tal vez se halle en el propio Aristóteles.

Porque Aristóteles se plantea varias cuestiones que quizá no sean equivalentes. Se pregunta, en efecto cuál es el fin al que deben aspirar los hombres, y cuál es el fin al que quieren aspirar los hombres. Se pregunta, dicho de otro modo, cuál sería el estado ideal que definiría al hombre feliz, pero también cuál es la función propia del hombre, que éste tiene que cumplir para ser verdaderamente hombre. Por ello, la ética de Aristóteles parece exigir, o al menos eso me parece, el cumplimiento de unas condiciones fundadas ante todo en el vivir conforme a la razón. A quien cumple estas condiciones no le está asegurada la felicidad en su pleno sentido, de tal modo que si le preguntáramos si es feliz por cumplir los dictados de la razón, podría respondernos: “No lo sé, pero sé que sería infeliz si no pudiera [o no pudiera intentar] cumplirlos”. No me es posible tratar con el rigor y extensión precisos este asunto, ni tampoco el de la concepción teleologista de Aristóteles, que ha causado no menos confusión en sus comentadores.

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ÉTICA DE DEMÓCRITO Y ARISTÓTELES

2.6 Pensamiento, palabra y acción

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2.4 Acceso del hombre a la felicidad

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1.9 La felicidad en la adversidad

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1.8 ¿Cómo se puede acceder a la felicidad?

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1.7 Bienes exteriores: del cuerpo y del alma

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1.5 La felicidad es un fin perfecto

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1.4 Refutación de la idea platónica de “Bien”

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1.1 Bienes y fines. La política y el bien supremo

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Introducción

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2.5 Lo bueno y lo malo y el criterio

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1.6 ¿Qué es la felicidad?

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La felicidad y los tres modos de vida

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1.2 El bien supremo es la felicidad

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ÍNDICE

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La felicidad es el bien supremo y el fin de la vida

Ética de Demócrito y Aristóteles 2.2


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2.1 La ética de Demócrito

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2.7 Conclusión

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2.3 Los bienes exteriores

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CUADERNO DE FILOSOFÍA

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1.9 La felicidad en la adversidad

Statue of Aristotle

Por último, Aristóteles expone de nuevo la cuestión de los bienes exteriores, pero esta vez para analizar sus consecuencias. Si es cierto el dicho de Solón de que no podemos llamar feliz a un hombre hasta que sepamos cómo acaba su vida[1], la felicidad sería algo voluble y cambiante, a merced de las circunstancias[2]. Sin embargo, esta conclusión no es necesaria, dice Aristóteles, porque la felicidad depende de las acciones virtuosas (de cumplir esa función intelectiva propia de la naturaleza humana), de tal modo que el hombre virtuoso lo es toda su vida, si es que ha de serlo de un modo excelente[3]. Las circunstancias externas no pueden, pues, cambiar su virtud. El hombre feliz, en consecuencia, no será desgraciado, aunque tampoco venturoso, incluso si es objeto de las peores calamidades[4]. Con ello, Aristóteles parece introducir la idea de una satisfacción que da el hecho mismo de ser virtuoso, asociando, al mismo tiempo, el significado corriente de felicidad con el término “venturoso”[5]. Más adelante se verá la importancia que esta satisfacción que la virtud proporciona por sí misma tiene para Demócrito. Para terminar, Aristóteles añade que si un hombre actúa de acuerdo con la vida perfecta, y además está suficientemente provisto de bienes externos durante toda su vida, podemos llamarlo con todo derecho feliz[6]. Feliz y venturoso, debería, tal vez, decir.


[1] “Pues la felicidad requiere, como dijimos, una virtud perfecta y una vida entera, ya que muchos cambios y azares ocurren a lo largo de la vida, es posible que el más próspero sufra calamidades en su vejez… y nadie considera feliz al que ha sido víctima de tales percances y ha acabado miserablemente” (1100a,1-10). Y se pregunta: “¿no hemos de considerar feliz a ningún hombre mientras viva, sino que será necesario, como dice Solón, ver el fin de su vida” (1100a,10-15).
[2] “Porque está claro que, si seguimos las vicisitudes de la fortuna, llamaremos al mismo hombre tan pronto feliz como desgraciado, representando al hombre feliz como una especie de camaleón y sin fundamentos sólidos” (1100b,1-5).
[3] “Lo que buscamos, entonces, pertenece al hombre feliz, y será feliz toda su vida; pues siempre o preferentemente hará y contemplará lo que es conforme a la virtud, y soportará las vicisitudes de la vida lo más noblemente y con moderación en toda circunstancia” (1100b,15-25).
[4] “Y si esto es así [si el hombre virtuoso lo es por su apego a la virtud], el hombre feliz jamás será desgraciado, aunque tampoco venturoso, si cae en los infortunios de Príamo” (1101a,5-10).
[5] De todos modos, Aristóteles no es nada preciso al utilizar los términos venturoso y feliz (a no ser que se deba a un error del traductor), pues, a pesar de lo que dice en el texto de la nota 53, poco antes había dicho: “Así, si las actividades rigen la vida, ningún hombre venturoso llegará a ser desgraciado, pues nunca hará lo que es odioso y vil.” (1100b,30).
[6] “¿!Qué nos impide, pues llamar feliz al que actúa de acuerdo con la vida perfecta y está suficientemente provisto de bienes externos, no por algún período fortuito, sino durante toda su vida?” (1101a,15-20).
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2.4 Acceso del hombre a la felicidad

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1.9 La felicidad en la adversidad

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1.7 Bienes exteriores: del cuerpo y del alma

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1.5 La felicidad es un fin perfecto

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1.4 Refutación de la idea platónica de “Bien”

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1.1 Bienes y fines. La política y el bien supremo

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Introducción

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2.5 Lo bueno y lo malo y el criterio

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1.6 ¿Qué es la felicidad?

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La felicidad y los tres modos de vida

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1.2 El bien supremo es la felicidad

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La felicidad es el bien supremo y el fin de la vida

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2.4 Acceso del hombre a la felicidad

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Llegamos con esto a la cuestión que tanto preocupaba a Aristóteles: si el hombre aspira a la felicidad debido a la naturaleza, al azar, a la costumbre, o a la educación y la voluntad. Demócrito parece opinar que ello depende de la naturaleza: “Conocen lo bello y a él se abocan quienes por naturaleza están inclinados a él” (fr.888). Sin embargo, esta sentencia es negada, o c

uando menos matizada, en muchos otros fragmentos de Demócrito. La disparidad de criterio podría deberse a la consideración de lo bello, que tal vez no habría que identificar en Demócrito con lo bueno o con la búsqueda de la felicidad. El lamentable estado en que ha llegado a nosotros la obra de Demócrito impide pronunciarse de manera clara sobre este asunto, pero en contra de esa subordinación del obrar ético a la naturaleza parece ir el fragmento 1079: “Son más quienes se vuelven buenos por el ejercicio que quienes lo son por naturaleza”. Parece, pues, posible acceder al bien, y a la felicidad, mediante la voluntad, pues Demócrito anticipa la idea de que la naturaleza del hombre es no tener una naturaleza propia. El fragmento 764 expresa esto de manera rotunda y hermosa:

“La naturaleza y la instrucción poseen cierta similitud, puesto que la instrucción transforma al hombr

e y, al transformarlo, produce su naturaleza”.

De tal modo que, aunque algunos hombres parecen ser buenos por naturaleza, el hombre que no lo es, puede lograrlo mediante la educación de su voluntad y la imitación de los hombres buenos: “Se debe ser bueno, o al menos imitar al que lo es” (fr.757). Mondolfo, en efecto, ha señalado que para Demócrito “la función de la conciencia es una educación de la voluntad, y ha insistido en el nexo que la educación establece en el sistema democriteano entre una física determinista y una ética en la que cabe la libre elección humana (nota 303, pág.380 de Los filósofos presocráticos III).

En comparación, podemos traer aquí un texto de Aristóteles que pertenece al libro II de la Ética a Nicómaco, donde dice que:

“Ninguna de las virtudes éticas se produce en nosotros por naturaleza, puesto que ninguna cosa que existe por naturaleza se modifica por costumbre… De ahí que las virtudes no se produzcan por naturaleza ni contra la naturaleza, sino que nuestra naturaleza puede recibirlas y perfeccionarlas mediante la costumbre” (II,1,1103a,25).

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