Contra la razón

Gente que jamás ha leído una linea de los partidarios del relativismo cultural -y mucho menos de sus detractores-, se lanza con pasión al ruedo y en cualquier conversación proclaman: “Todo es relativo”, impidiéndo o pretendiendo impedir que razones de una manera mínimamente sensata sobre cualquier cuestión. La opinión de esta gente es que, puesto que todo es relativo, tiene tanta razón el que corta cabezas como el que sacrifica niños a los dioses.

Ya he escrito y escribiré sobre el relativismo cultural, pero ahora me interesa descubrir por qué la gente tiene tanta facilidad para quedarse con todas aquellas ideas que, ya sea en su origen, ya un poco pervertidas por sus exégetas, atacan al pensar razonado.
¿Por qué la gente goza con los fracasos (la mayoría de las veces sólo supuestos) de filósofos o científicos? Parecen considerar una equivocación científica como un triunfo de la humanidad y son expertos en mil artes diversas, especialmente en la astrología y la quiromancia.

Hasta aquel que jamás ha leído un libro de psicología o filosofía es capaz de definirse a sí mismo o a cualquier otra persona con un único dato: el signo de su nacimiento.

Recuerdo que en una ocasión C… y yo leímos las predicciones astrológicas de una revista. Sorprendentemente parecían señalar hechos y situaciones bastante acertadas. Lo más divertido vino cuando la semana siguiente vimos en esa revista una Fe de Erratas: “los signos y la predicción de cada uno de ellos no se correspondían la semana pasada, la predicción del primer signo debía ir bajo el segundo signo, etcétera”.


[Escrito en 1987. Son anotaciones de un diario, no un artículo]

Acerca de las descripciones

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En La imagen de Goethe hice una larga descripción del retrato que Tischbein hizo de Goethe:

“Sereno, con una leve melancolía que ya no es la del joven que inició el movimiento romántico, sino la del hombre que ha regresado a la época clásica y se siente como en casa entre los restos del gran arte de la Antigüedad. Apoyado sobre las venerables ruinas, casi como una madame Recamier en una chaisse longue, con una mano casi sensual que descansa junto a la rodilla, mientras que la otra se deja caer, pero sin abandonarse del todo, mostrando en el índice la voluntad vigilante del hombre que es consciente de todo lo que hace y que dirige su vida con paso firme, proporcionando incluso a la posteridad la imagen que desea que se conserve de él.

La mirada y el gesto de los labios muestran al mismo tiempo seguridad en sí mismo y disposición a escuchar a los demás, una tolerancia movida por la misma cortesía y sentido de la oportunidad que le hace usar una capa para proteger su vestimenta de las incomodidades del viaje y del polvo inevitable de las ruinas.

En el cielo, algunas nubes oscuras que se alejan y comienzan a ser vencidas por el azul limpio y claro que rodea su cabeza y casi parece nacer de ella, como una metáfora de su cortesía de escritor y filósofo: la claridad y la sensatez.

Como único detalle fuera de tono puede señalarse el sombrero de ala ancha, mal calzado en su cráneo poderoso, lo que quizá se deba más a un error del pintor que al descuido de su propietario”.

 Describí el cuadro por dos motivos: primero, para mostrar que se puede hacer una descripción bastante convincente y que esa descripción sea, al mismo tiempo, fundamentalmente falsa. Esa es una costumbre muy extendida: se elige una fotografía, un retrato o un paisaje, el que más se ajusta a nuestros intereses, y se convierte en símbolo y arquetipo absoluto de la persona o cosa representada. De este modo, todo lo que vamos describiendo parece probar nuestra opinión, pero en realidad sólo seleccionamos lo que coincide con ella. Pondré un ejemplo.

En vez de decir que en el cuadro de Tischbein el cielo parece abrirse paso entre las nubes tormentosas alrededor la cabeza de Goethe, bien podría haber dicho:

 “La tormenta se precipita sobre Goethe, amenazando con sumergirlo en las tinieblas, lo que se acentúa por la presencia de las ruinas, amenazas de las que no podrá protegerle esa ligeracapa de viajero que ya ni siquiera le cubre entero, pues una pierna traviesa asoma y ya la mano sobre la rodilla parece dispuesta, en un gesto decidido, a apartar a un lado el manto y liberarse, del mismo modo que la cabeza parece querer liberarse del artificio del sombrero, ya apenas sostenido en un equilibrio imposible”.

En realidad es facilísimo hacer hablar a las imágenes a nuestra conveniencia, si sabemos dirigir toda la luz de nuestro análisis al punto que más nos conviene.

Por otra parte, hice esa descripción de la foto de Goethe porque quería entrenarme un poco. No soy muy aficionado a las descripciones y además se me dan muy mal. Tal vez una cosa se deba a la otra. De vez en cuando intento practicar este arte de la descripción y esta era una buena ocasión. Es algo que debo aprender, aunque no es mi intención abusar de  fuegos de artificio semejantes al que he empleado al describir el cuadro de Tischbein.

Alguien que hace muy buenas descripciones de imágenes es Javier Marías, que en uno de sus libros, creo que en Vidas escritas, describe algunas fotografías. de personajes eminentes Muchos de esos retratos de retratos son muy hermosos, varios verdaderos, casi todos tramposos.

En realidad, la descripción de la imagen de alguien ya célebre es casi lo mismo que hacen los astrólogos cuando confeccionan la carta astral de Napoleón: “Saturno en el ascendente marca la guerra y el éxito, pero Urano en la casa 12 señala el riesgo de una ambición sin límites; Venus junto a Marte en Piscis indican infidelidades de alguien muy próximo…”

Es el razonamiento conocido como post hoc, ergo propter hoc: “Después de esto, se demuestra que antes sucedió esto otro”. Es decir, una vez que ha pasado algo, se explica fácilmente por qué ha pasado.


EL RESTO ES LITERATURA

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ÁLBUM DE FOTOS Y TEXTOS

Acerca de las descripciones

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Metáforas del cuenco

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Mi mesa y mis dioses

FOTOGRAFÍA


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Hojas en el vacío

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Cuenco lleno

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Cuenco iluminado

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