Espíritu de pez, de Pu Song Li: el amor y las convenciones

Al leer varios pasajes de un cuento de Pu Song Li, escribí en el margen del libro: “Esklepsis, Seres de papel, Smullyan: el gusto de ver a alguien como tú”.

Me refería a una sección que tenía en mi revista Esklepsis dedicada a seres de papel, es decir, a personajes que habitan en libros. También al gran lógico Raymond Smullyan y a un texto suyo en el que comenta un poema de Tachibana Akemi, en el que Akemi dice que es un palcer encontrar en los libros a personas que piensan como tú. Así que yo me alegraba de encontrar a alguien como Smullyan, que pensaba como yo que es un placer encontrar a alguien que piensa como tú, y que además se alegraba de encontrar a alguien como Akemi, que también pensaba en el placer de encontrar a alguien como tú en los libros. Y ahora, al leer el cuento de Pu Song Li “Espíritu de pez”, me sentía yo como el joven al que describe:

“En la aldea de Hebei vivía el joven Mu Changong, un devorador de libros. Poseía una habilidad especial para elegir los que más convenían a sus gustos y a sus necesidades, es decir, los que iban a entretenerle o le formarían.
Solía leer en un lugar junto al muelle, pues al levantar la cabeza repasando mentalmente un pasaje que le había llamado la atención, le encantaba poder contemplar ese escenario.

Sin embargo, el padre del muchacho quería que se ocupase de los negocios, así que Mu Changong tuvo que dirigir uno de sus almacenes, “cosa que el joven pudo hacer fácilmente, al ser muy despierto y tener una mente práctica o imaginativa, de acuerdo a la situación que se dispusiera a afrontar”.

Me gustó mucho esto de una mente capaz al mismo tiempo (o en distintos tiempos) de ser práctica o imaginativa, porque no creo que sean características incompatibles.

Cuando cumplió dieciséis años, su padre le llevó a Wuchang (Hubei) para celebrarlo. Allí el joven se dio cuenta de “lo importante que es poder contemplar en la realidad lo que se ha leído, porque se capta mejor lo que pretendió contar el autor, al mismo tiempo que se buscan lugares, momentos y emociones que de otra manera hubieran pasado desapercibidos”.

El caso es que el joven estaba recitando unos poemas a la ciudad junto al río cuando oyó unas risas y vio a una hermosa muchacha y su rostro “quedó en su mente como se retiene el deslumbramiento provocado por el sol cuando se mira hacia él mucho tiempo”.

Tiempo después, el joven recibe la visita de una mujer que le dice que viene en nombre de su hija Bai Qiulian, que también se había enamorado de él. Sin embargo, el padre del joven no consiente en esa boda y el joven no sabe cómo oponerse a su padre. La joven va enfermando y, tras diversas peripecias y superar la oposición del padre, los dos jóvenes se casan, pero un día se descubre  de manera terrible el secreto de Qiulian: es una mujer pez.

En el cuento queda claro que el amor está por encima de las convenciones y se ve que a pesar de que estamos acostumbrados a hablar del férreo tradicionalismo chino (los deberes familiares y todo lo que ello implica), también allí, como en el resto del mundo, a menudo esas convenciones eran vistas como una injusticia. Queda claro el público lector se solidarizaba con esos amantes que se oponían a las normas. Me recuerda en este sentido, a La mere coupable y La ecole des meres, de Marivaux. De hecho, también hay varias obras de teatro chinas que muestran que una cosa eran las leyes y las convenciones y otra lo que la gente pensaba en su fuero íntimo, cuando veía a dos amantes. Allá, como aquí, solían pensar que el amor estaba por encima de esas reglas y obligaciones. Otra cosa, por supuesto, es que, una vez que salían del teatro, después de soltar las riendas de sus emociones, se comportaran de la manera en la que las convenciones lo exigían.

Leyendo un pasaje pensé en un argumento similar al de este cuento, pero en el que el padre se enamoraría de la muchacha, y finalmente ella de él.

Algunos pasajes que me han gustado o me han llamado la atención:

¡Claro, como en los libros que lees! -estalló el hombre de negocios-. Juegas con sueños y los haces reales, pero la vida es muy distinta”. 

 

“La grácil muchacha, cuyos vestidos eran como el estuche que medio esconde las joyas más valiosas de un cuerpo sublime…”

 

– Pero el otro día te reíste de mis poemas, dulce Qiulian.
– ¡Oh, no… Nunca como una burla! -protestó ella, igual que una admiradora que no ha sido entendida-. Recordé mis primeros juegos con las amigas, yendo en una barca. Nos hacíamos cosquillas, sin agresividad, mientras hablábamos de los chicos que nos gustaban… Aquello era el despertar del amor, o mejor diré comenzar a abrir las puertas para asomarse al amor… Tú me trajiste estas evocaciones, y no pude contener mi risa de felicidad. debes comprenderlo.

 

“Porque eran unos amantes especiales, de los que creen en los sueños y saben cómo funciona la comunicación sin palabras: emoción junto a emoción, risas que alimentan otras risas, lágrimas que llaman a otras lágrimas, al saber que la felicidad les pertenecía en exclusiva”.

 

“Más radiante resultó la luna de miel, cuando los dos pudieron convertirse en uno, gracias a un encuentro pausado, al principio, y agitado después. Sin prisas, al pertenecerles todo el tiempo del mundo”.


[Escrito en 1998. El texto en otro color es de 2018]

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Coincidencias con Proust

Pu Song Li decía en uno de sus cuentos que no hay nada más delicioso que encontrar en un libro a un personaje o a un autor que opina lo que nosotros. Lo mismo dice Raymond Smullyan en Silencioso Tao.

Obtuve esta noche esa deliciosa sensación leyendo a Proust. El narrador de En busca del tiempo perdido desarrolla una idea que, de manera exacta y precisa, coincide con algo que me interesa muchísimo desde hace unos años. Me resultó asombrosa la coincidencia, no porque la idea en sí sea más o menos original, más o menos insólita: sin duda lo han pensado muchos otros además de Proust y yo. Pero la manera en la que Proust lo explica es casi exactamente la misma que he empleado yo, tanto por escrito como, más frecuentemente, de viva voz. Por ahora, copio aquí lo que dice Proust:

“Y ese miedo a un porvenir en que ya no nos sea dado ver y hablar a los seres queridos, cuyo trato constituye hoy nuestra más íntima alegría, aún se aumenta, en vez de disiparse, cuando pensamos que al dolor de tal privación, vendrá a añadirse otra cosa que actualmente nos parece más terrible todavía: y es que no la sentiremos como tal dolor, que nos dejará indiferentes, porque entonces nuestro yo habrá cambiado y echaremos de menos en nuestro contorno no sólo el encanto de nuestros padres, de nuestra amada, de nuestros amigos, sino también el afecto que les teníamos; y ese afecto, que hoy en día constituye parte importantísima de nuestro corazón, se desarraigará tan perfectamente que podremos recrearnos con una nueva vida que ahora sólo al imaginarla nos horroriza; será, pues, una verdadera muerte para nosotros mismos, muerte tras la que vendrá una resurrección, pero ya de un ser diferente y que no puede inspirar cariño a esas partes de mi antiguo yo condenadas a muerte. Y ellas -hasta las más ruines, como nuestro apego a las dimensiones y a la atmósfera de una habitación- son las que se asustan y respingan, con rebeldía que debe interpretarse como un modo secreto, parcial, tangible y seguro de la resistencia a la muerte, de la larga resistencia desesperada y cotidiana a la muerte fragmentaria y sucesiva, tal como se insinúa en todos los momentos de nuestra vida, arrancándonos jirones de nosotros mismos y haciendo que en la muerta carne se multipliquen las células nuevas”.

Me gustaría decir al menos tres cosas relacionadas con lo que dice Proust, pero no las diré aquí, para que cada uno pueda disfrutar y reflexionar sobre el asunto sin contaminar las ideas de Proust con las mías.


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