Sistemas de símbolos, prejuicios y aprendizaje

color

Dice Descartes en Principios de la filosofía:

“Cuando decimos que percibimos colores en los objetos, en realidad es lo mismo que si dijéramos que percibimos algo que ignoramos qué es, pero que producen en nosotros una sensación muy clara y manifiesta, que se llama sensación de los colores”. (Principios de la filosofía, punto 70)

Se me ocurre algo que no sé si tiene mucho que ver con esto, pero que sí se relaciona con las metáforas y con algunas afirmaciones de los relativistas culturales. Es lo siguiente.

Si durante la infancia, o durante nuestro aprendizaje, adoptamos un determinado conjunto de símbolos, como el matemático, el musical, el lógico, el religioso o místico, etcétera, es posible que, después, sólo podamos asegurar que realmente comprendemos una cosa cuando logramos traducir o adaptar esa cosa a ese nuestro primer lenguaje. Es decir, traducimos lo desconocido a lo conocido, del mismo modo que, como dice Descartes, tenemos una sensación de color ante ciertos estímulos, pero ello no significa que sepamos por qué se produce esa sensación.

babelPor ejemplo, he hablado en otra entrada dedicada a Descartes de mis problemas con la lógica, mi necesidad de traducir las fórmulas lógicas a un lenguaje cotidiano para entenderlas plenamente, pero en algunas personas que han seguido estudios de letras la incapacidad de comprender o asimilar razonamientos abstractos o estrictamente formales puede llegar a ser extrema.

Otro ejemplo: los defensores de un lenguaje fisicalista estricto sostienen, implícita o explícitamente, que los fenómenos sólo pueden ser descritos en el lenguaje de la física y/o  en el de la lógica. Por el contrario, quienes, como Smullyan (que es, por otra parte, un gran lógico formal), se sitúan cerca de ideas características del taoísmo, replican que esas explicaciones fisicalistas no explican nada.

La verdad es que para casi todos nosotros resulta mucho más fácil entender y comprender una descripción antropológica o un poema de Shakespeare al modo tradicional que esa misma descripción o poema convertida en dígitos binarios, algo que no le cuesta nada hacer a un ordenador, que, por su parte, sí es incapaz, por el momento, de procesar información al modo tradicional humano, ambiguo e indeterminado.

Es decir, si adoptamos un patrón de comprensión determinado, lo más habitual será que no lleguemos a comprender realmente algo hasta que dispongamos de una traducción a nuestro lenguaje (cuando apliquemos  un proceso comparativo (isomorfismo, metáfora, etc.) entre lo que conocemos y lo que queremos conocer. Pero no creo que esto apoye el relativismo, ni siquiera las tesis de Lakoff y Johnson.

[4 de marzo de 1990]

***********

Nota en 2014

Algunas sugerencias del texto no sé a qué se refieren exactamente (pues este texto pertenece a unos apuntes de hace más de veinte años), como la mención a “las tesis de Lakoff y Johnson”, que supongo que se refiere a la tesis que sostienen en su libro Metáforas de la vida cotidiana, que ahora no recuerdo con precisión, pero que supongo que es algo semejante a: “Todo nuestro conocimiento es metafórico”.

Lo del relativismo supongo que se refiere a que los relativistas dicen que las diferentes culturas no se pueden entender porque cada una habla su propio lenguaje. Por eso sugiero que aunque es cierto que el lenguaje (entendido en el sentido de concepción sobre el mundo o la realidad) que hemos aprendido nos condiciona y a veces nos obliga a traducir lo diferente a nuestro propio lenguaje, ello no impide que pueda haber comunicación, discusión, entendimiento y decisión a partir de esas “traducciones”.

Nota en 2019

Una bonita casualidad ha querido que esta entrada se actualizase precisamente hoy, en que estaba pensando, por diversas razones en lo que contaba el filósofo de la ciencia Paul Feyerabend: que nunca entendió realmente lo que había significado el holocausto hasta que lo vio contado en una película. Quizá sea un buen ejemplo del poder de la narrativa, que es casi siempre el primer lenguaje que aprendemos, y al que, por lo tanto, estamos atados emocionalmente.


Error: puede que no exista la vista de a2a6ee47y5

Relativismo cultural y malos tratos

imagesCARI919CImaginemos que yo le cuento a una amiga  que en otro país conocí a un señor encantador, pero que pertenecía a una etnia en la que estaba permitido pegar a las mujeres, así que ese señor me contó entusiasmado cómo pegaba todos los días a su mujer y cómo ella lo aceptaba sin protestar, porque esa era la costumbre.

Mi amiga, a la que conozco por sus simpatías feministas y su lucha contra el machismo y los maltratadores, me sorprende al responderme que hay que comprender a este hombre porque pertenece a una cultura diferente y no podemos juzgar desde nuestros propios esquemas una tradición ajena.

¿Cómo es posible que mi amiga me responda de esta manera?

La respuesta es, por supuesto, que mi amiga es una relativista cultural, así que, gracias a sus ideas antropológicas, ha podido reprimir la indignación que sin duda se habría despertado en ella si yo le hubiera dicho  que el maltratador era un amigo mío, alguien que pertenecía a nuestra propia cultura.

Reacciones semejantes a la de esta amiga (no tan imaginaria), se dan con frecuencia cuando hablas con relativistas culturales, en especial con antropólogos. Si la cuestión del maltrato se le plantea a un varón relativista, él tendrá incluso menos dudas que la mujer, sin duda porque la mujer relativista sentirá una mayor tensión intelectual y emocional entre sus ideas en general y sus ideas en particular acerca de una cultura ajena.

Esa actitud de respeto a los maltratadores es definida por sus partidarios como respeto a las culturas. Quizá lo sea, puesto que, sean lo que sean las culturas, es obvio que no tiene nada que ver con el respeto a las personas.

Ahora bien, si una situación equivalente a la que he descrito se da en la propia cultura, la actitud del maltratador es condenada sin paliativos…

Sin embargo, bien podría decirse que un señor que pega a su mujer en España lo hace porque ha recibido una determinada educación y pertenece también a una determinada cultura: la española. Si somos honestos, él sigue una tradición de siglos, mientras que los que nos oponemos a esa tradición de siglos somos peligrosos innovadores, como cuando rechazamos otros rasgos propios y característicos de la cultura española como son el maltrato a los animales en las fiestas populares.

Si el relativismo cultural se aplicase de manera coherente, deberíamos también respetar las costumbres de nuestra cultura, que estaban ahí antes de que llegásemos nosotros. Sin embargo, lo habitual es que todo el mundo reaccione indignado contra el maltratador y que se intente acabar con ese comportamiento, mediante razones o mediante castigos legales. Si alguien de nuestra cultura hace algo que consideramos erróneo, cruel o injusto, intentamos convencerlo e incluso obligarlo a cambiar de actitud. Lo hacemos porque consideramos que estamos con una persona con la que se puede razonar y argumentar o que, si no reacciona y depone su agresividad y violencia contra otros, debe ser castigada de algún modo.

Ahora bien, como ya he dicho, eso no sucede cuando estamos ante alguien de otra cultura, porque con esa persona de una cultura ajena se renuncia a hablar, razonar o argumentar. Esa diferencia de trato entre los nuestros y los ajenos no es muy distinta del racismo y el paternalismo, aunque se disfrace de respeto a lo diferente. En cuanto a mí, prefiero discutir con personas y no con culturas encarnadas, porque, como decía Chesterton, no es lo mismo amar a la Humanidad que amar a los hombres.


[Escrito en mayo de 1996]

cuadernodefilosofia

Toda la filosofía en este enlace

Error: puede que no exista la vista de a2a6ee47y5

Ética, costumbres. sociedad, prejuicios

Error: puede que no exista la vista de 229955b1gt

Homosexualidad en México

Conocí a un hombre en México que estaba atormentado porque era homosexual y no se atrevía a admitirlo. Pensaba escribir algo sobre ello y el relativismo cultural.

Pero tal vez lo escriba más tarde, porque ahora, súbitamente, acabo de darme cuenta de que no me porté bien con él, de que he sido cruel e injusto. No le ayudé a contarme su problema porque me cansaba tanta autocompasión, pero ahora me doy cuenta de que su angustia podía ser debida a no querer admitir que le gustaban los hombres (y pienso que esa puede ser una angustia real y legítima), pero también, y sobre todo, a que temía que, al confesármelo, yo no quisiera seguir siendo amigo suyo.

Es fácil descargar la conciencia escribiendo, pero también escribiré a Xavier.


Lo del  relativismo cultural en Relativismo cultural y malos tratos