2.7 Conclusión

democrito

Sólo queda por comentar una cuestión que es tal vez la central en todo estudio de la ética aristotélica: el de su misma definición. La de Aristóteles es el ejemplo más repetido y el modelo más señalado de ética eudemonista, y además teleológicamente eudemonista. Sin embargo, ambos conceptos nos son tan trasparentes, ni su aplicación tan evidente como pueda parecer.

Si no un error, la definición de la ética aristotélica como eudemonista puede ser una gran simplificación, o la descripción de un hecho trivial, pero no carente de consecuencias.

¿Es la ética de Aristóteles, en definitiva, eudemonista?

Parece serlo, desde el momento en que el propio Aristóteles así lo afirma, pero, como se ve claramente en el texto citado en la nota 9, también las demás éticas a las que se enfrenta lo son (a excepción tal vez de la de Platón): Todos los hombres están de acuerdo en que el bien supremo es la felicidad. Esto significa que la ética de Aristóteles es eudemonista, sí, pero de un modo semejante a como la física es materialista, o la matemática “calculista”. es decir, que el hecho de que aquello que estudian, y admiten estudiar, los físicos sea la materia (lo que Aristóteles definiría como el ente móvil), no significa ni mucho menos que todos ellos (los físicos) tengan un mismo concepto de qué sea la materia. La materia, tal como se define, por ejemplo, por las teorías más avanzadas de la Física actual, no se parece en nada a la materia tal como fue entendida hasta finales del siglo XIX. Los físicos actuales, aún reconociendo que se dedican a estudiar los fenómenos puramente físicos, y no los espirituales, no los biológicos, por ejemplo, pueden llegar no sólo a cuestionar la noción clásica de materia, sino a definir ésta como algo muy cercano a eso que se llamaba espíritu. Con ello, se ve que incluso una actividad definida como materialista, puede al final cuestionar su mismo presupuesto central cuando llega el momento de definirlo. Lo mismo sucede con la ética de Aristóteles: el fin de la misma es la felicidad, por supuesto, pero también lo es para la ética de Demócrito, la de los epicúreos, la de los estoicos (sutilezas terminológicas aparte) y muchas otras. Intentar acercarse a la ética aristotélica desde la oposición que enfrenta a las éticas eudemonistas con las no eudemonistas, o materiales frente a formales (que suelen fecharse a partir de Kant) es correr el riesgo de malinterpretar y no llegar a comprender la especificidad misma de la ética aristotélica, e incluso de ni siquiera ver los puntos de contacto que se pueden establecer entre ella y algunos de los desarrollos propuestos por las llamadas éticas no eudemonistas y las de los valores. La causa de esta confusión que lleva frecuentemente a un estéril academicismo terminológico en el que los perfiles de las palabras impide ver el trazo conceptual, tal vez se halle en el propio Aristóteles.

Porque Aristóteles se plantea varias cuestiones que quizá no sean equivalentes. Se pregunta, en efecto cuál es el fin al que deben aspirar los hombres, y cuál es el fin al que quieren aspirar los hombres. Se pregunta, dicho de otro modo, cuál sería el estado ideal que definiría al hombre feliz, pero también cuál es la función propia del hombre, que éste tiene que cumplir para ser verdaderamente hombre. Por ello, la ética de Aristóteles parece exigir, o al menos eso me parece, el cumplimiento de unas condiciones fundadas ante todo en el vivir conforme a la razón. A quien cumple estas condiciones no le está asegurada la felicidad en su pleno sentido, de tal modo que si le preguntáramos si es feliz por cumplir los dictados de la razón, podría respondernos: “No lo sé, pero sé que sería infeliz si no pudiera [o no pudiera intentar] cumplirlos”. No me es posible tratar con el rigor y extensión precisos este asunto, ni tampoco el de la concepción teleologista de Aristóteles, que ha causado no menos confusión en sus comentadores.

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ÉTICA DE DEMÓCRITO Y ARISTÓTELES

2.6 Pensamiento, palabra y acción

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2.4 Acceso del hombre a la felicidad

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1.9 La felicidad en la adversidad

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1.8 ¿Cómo se puede acceder a la felicidad?

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1.7 Bienes exteriores: del cuerpo y del alma

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1.5 La felicidad es un fin perfecto

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1.4 Refutación de la idea platónica de “Bien”

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1.1 Bienes y fines. La política y el bien supremo

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Introducción

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2.5 Lo bueno y lo malo y el criterio

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1.6 ¿Qué es la felicidad?

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La felicidad y los tres modos de vida

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1.2 El bien supremo es la felicidad

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ÍNDICE

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La felicidad es el bien supremo y el fin de la vida

Ética de Demócrito y Aristóteles 2.2


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2.1 La ética de Demócrito

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2.7 Conclusión

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2.3 Los bienes exteriores

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CUADERNO DE FILOSOFÍA

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Más sobre ética y metafísica

Moises-y-las-Tablas-de-la-Ley

En La metafísica de la ética hable del problema de subordinar la ética a la metafísica. Aquí intento aclarar y ampliar la cuestión.

Hay diversas maneras de justificar nuestras normas éticas, consejos o reglas acerca de cómo debemos comportarnos, qué es bueno y qué es malo, etcétera.

Una manera es recurrir al examen de la realidad conocida, examen que puede ser más o menos preciso o equilibrado, pero que busca en lo observable, en lo que se puede compartir y experimentar, las razones para comportarnos de esta o de la otra manera: hay quienes quieren basarse en la biología, los genes, o en el estudio de la historia, o en la psicología, o en ninguna disciplina concreta, sino en el examen del comportamiento ético como tal.

Otro modo muy distinto de justificar la ética es recurriendo a una instancia superior, como un Dios, un destino o una teoría incomprobable o in-discutible (no discutible) acerca de la esencia de la realidad (una metafísica).

Las religiones suelen justificar la ética recurriendo a una instancia superior: Moisés, por ejemplo, aparece con las tablas de la ley que le da un dios desconocido, que ni siquiera se identifica claramente (“Yo soy el que soy”). Moisés con esas tablas va a los judíos y les dice: “Hay que cumplir estos preceptos”. “Por qué?” – preguntan ellos. “Porque esa es la voluntad de Dios: quien los cumpla estará a bien con él, quien no los cumpla a mal”.

Es decir, no es que los preceptos estén bien o mal en sí y se pueda discutir su validez: es que Dios lo ha decidido así.

Una propuesta semejante a esta es la que se ve en la Baghavad Gita india: cuando el héroe Arjuna se estremece ante la posibilidad de masacrar a sus enemigos, que en parte son sus propios parientes, el dios Krishna le muestra que en el orden global del universo esas muertes no significan nada y le anima a la masacre: le muestra, en definitiva, una metafísica capaz de justificar ese crimen, que ahora, desde un plano superior, resulta ser sólo aparente.

Ese es el camino normal de las religiones: inventan una explicación de la realidad y a partir de ella justifican las normas éticas: Dios lo quiere, la lucha entre el Bien y el Mal cósmicos lo hace necesario,  el tejido de la realidad exige sacrificios periódicos (digamos, sacrificar cautivos al Sol o quemar herejes en la hoguera).

Pero de vez en cuando surgen diversos personajes reformadores, como Buda, Jesucristo, Zaratustra, Mahavira y quizá hasta Francisco de Asís, que aunque suelen asociarse a la religión organizada, actúan de distinta manera.

Estos personajes defienden ciertas normas éticas, como el Óctuple Sendero de Buda, que indican lo qué es bueno y lo qué es malo, o al menos cómo encontrar un remedio al dolor y el sufrimiento (tema del que se ocupan las Cuatro Nobles Verdades); o Jesucristo con sus consejos, como: “Por sus actos los conoceréis”, “El que esté libre de pecado que arroje la primera piedra”, etcétera.

Este tipo de personajes no justifican sus normas éticas en la metafísica, al menos no de una manera tan absoluta como lo hacen profetas como Moisés o Mahoma; algunos de estos reformadores probablemente ni siquiera creían en las divinidades (como es el caso casi seguro de Buda), o no parecían tener un gran interés en asentarlo todo en la divinidad, algo que se puede pensar incluso de Jesucristo, en el que a veces parece que la metáfora religiosa es una más de sus parábolas y que lo que le importa son difundir esas normas éticas más que el hecho de que eso es lo que quiera o no quiera Dios: “No se hizo el hombre para el sábado, sino el sábado para el hombre”, “Haz a los demás lo que desearías que ellos te hicieran a ti”, en vez de: “Haz a los demás lo que Dios quiere que les hagas”.

Sin embargo, no se puede negar, al menos en el Jesucristo trasmitido por la posteridad, un cierto recurso a la verdad revelada, a la metafísica como justificación de la ética, pero no es ni mucho menos tan fuerte como en otros profetas. Podemos dudar también si el Jesús histórico (de cuya existencia no hay certeza) consideraba tan claramente que sus ideas eran buenas porque eran las ideas de Dios o más bien porque lo eran en sí mismas… aunque Dios también las quisiera, una tesis que recuperaría Leibniz: “Dios está en cierto modo obligado a querer lo que es bueno” (principio de razón suficiente).

Ahora bien, este tipo de personajes suelen acabar convertidos en dioses, ya lo desearan ellos o no, y su sistema ético entonces se eleva a las alturas metafísicas y lo que antes se justificaba mediante la razón, el sentimiento, la compasión o el sentido común ahora se sostiene en una compleja metafísica (incluyo en la metafísica a cualquier religión) que es lo que a partir de ese momento explica qué es lo que se debe o no se debe hacer: no porque sea bueno hacerlo, sino porque lo quiere Dios, el Destino o lo que sea.

Con esta transformación o divinización, esas ideas pierden casi todo su fundamento y la intención de personas como Buda queda, en mi opinión, terriblemente deformada y convertida en una especie de batiburrillo de dioses, reencarnaciones o renacimientos, mística barata y superstición. Creo que a Buda no le preocupaba demasiado la esencia de la realidad, al menos para justificar sus normas éticas, e incluso creo recordar que hay algún testimonio suyo en este sentido, algo así como. “Sea como sea la esencia de la realidad, mis consejos acerca del dolor valen lo mismo”

Por eso considero que la ética no se puede subordinar a la metafísica, que era precisamente el reproche que le hacía Aristóteles a su maestro: Platón justificaba la bondad como imitación de la Idea del Bien. Esas Ideas están en algún lugar en el que nuestras almas han vivido antes de morir (es decir, nacer) y nosotros debemos imitarlas. De este modo, cualquier discusión ética empieza a carecer de sentido, porque todo depende de revelaciones y creencias indemostrables e indiscutibles: “Yo sé lo que quiere Dios”, “el Avalokitesvara se ha reencarnado en el próximo Dalai Lama”, “el Papa es la voz de Dios en la tierra”, etcétera.

En definitiva, uno de los personajes de Dostoievsky, creo que Iván Karamazov, decía que “Si Dios no existe todo vale”, pero yo creo más bien lo contrario: “Si Dios existe, cualquier cosa vale”, porque todo depende de su capricho, de su voluntad y nos resulta imposible saber, con nuestros limitados medios, qué hacer o qué no hacer, ya que tal vez no coincida con lo que él ha determinado en su divina omnipotencia, como le pasa al pobre Arjuna, que no quiere matar, pero que descubre que las leyes del cosmos le indican que debe hacerlo, así que alegremente se lanza a la masacre.

El escritor Saramago tampoco creía en la frase del personaje de Dostoievsky y decía a la manera de los estoicos: «No, no es cierto eso, tienes una conciencia que sustituye a Dios y tienes que hacer las cosas bien».

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Esta entrada es un intento de respuesta apresurado a la perplejidad de Paloma Jiménez Arellano, quien en un comentario en Facebook acerca de mi entrada “La metafísica de la ética” decía: “Pues la verdad es que, a pesar de haber leído tu articulo con atención , no entiendo que tiene que ver una cosa con la otra…” Espero que ahora haya quedado más explicado, aunque es un asunto de cierta complejidad que quizá requiera más explicaciones.

2015: al releer ahora la metafísica de la ética, no entiendo qué es lo que no entendía Paloma: es evidente a qué me refiero y cuál es la relación entre la metafísica y la ética en todas las doctrinas, ideologías o religiones que subordinan la ética a la metafísica.

 

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La metafísica de la ética

Aristóteles se opuso de manera explícita en su Ética a Nicómaco a la metafísica de las ideas de Platón, ese mundo de los Arquetipos o Formas perfectas del que el nuestro es sólo una vulgar copia.

De este pasaje de la Ética nicomaquea procede sin duda la célebre frase transcrita en latín: “Amicus Plato, sed magis amica veritas” (“Soy amigo de Platón, pero más amigo soy de la verdad”):

“Esta investigación nos resulta difícil por ser amigos nuestros los que han introducido estas ideas. Parece, sin embargo, que es mejor y que debemos sacrificar incluso lo que nos es propio, cuando se trata de salvar la verdad, especialmente siendo filósofos; pues siendo ambas cosas queridas, es justo preferir la verdad” (1096a, 10-15).
Platón señala al cielo, Aristóteles a la tierra. Platón sostiene su "Timeo", Aristóteles su "Ética" (suponemos que la nicomaquea, no al eudemia)

Platón señala al cielo, Aristóteles a la tierra. Platón sostiene su “Timeo”, Aristóteles su “Ética” (suponemos que la nicomaquea, no la eudemia)

Lo que crítica Aristóteles es la noción platónica de Bien Universal, pues a Aristóteles lo que le preocupa es la obtención práctica de ese bien que se busca: de nada sirve definir un bien idealizado pero inalcanzable para el ser humano. El reproche más o menos explícito a Platón es que lo que hace con su mundo de las Ideas es subordinar la ética a la metafísica.

Es un reproche que sin duda se puede hacer a algunas variantes del budismo, especialmente al Vajrayana, que, tras convencernos desde el punto de vista ético, nos aleja cuando descienden a una metafísica detallista y sutil que, no es que no tenga interés, sino que parece sobreponerse a la ética: de repente, parece que debemos hacer esto o lo otro no porque sea bueno, sino porque coincide con la estructura oculta de la Realidad, ya se trate de la rueda de las reencarnaciones o del velo de la ilusión.

El gran problema de esta incursión o excursión a la metafísica, en la que caen tantas doctrinas que pretenden legislar sobre la ética, es que hacen depender sus ideas de hipótesis abstractas que dependen tan sólo del capricho, la fe o la arbitrariedad de quienes las imaginan: que hay un Dios, que hay muchos, que hay alma o no la hay, que sólo existe lo Absoluto, la Gran Madre o la Energía, que todos somos Uno o que no hay nada, que existe otro mundo…

En definitiva, mera palabrería, al menos en el estado actual de nuestro conocimiento sobre el universo, interesante para discusiones ligeras, pero carente de cualquier validez para legislar, o siquiera para opinar acerca del comportamiento humano o la sociedad.

Este es un reproche que se puede hacer con toda justicia a todos los sistemas éticos que sufren de elefantiasis metafísica, como las seis escuelas ortodoxas de India y muchas variantes del budismo, o el taoísmo mágico y alquímico que empezó a desarrollarse a partir de la dinastía Han. Y, por supuesto, es aplicable al islamismo, el judaísmo y el cristianismo.

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Para leer un trabajo en el que comparé la ética de Aristóteles y la de Demócrito: Comentario a Ética de Demócrito y Aristóteles]
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Mi metafísica

metafisica flammarion

No me gusta la palabra metafísica. No me gustan los planteamientos metafísicos ni los sistemas filosóficos metafísicos.

Las filosofías de corte metafísico siempre -o casi siempre- me han parecido casi indistinguibles de las filosofías místicas.

Existe en mí una fuerte tendencia a identificar los términos metafísica-mística-mítico, quizá por la proximidad de su sonido.

Pero se me dice que el rechazo de la metafísica es un planteamiento metafísico y que detrás de toda física hay una metafísica. Yo acato esta opinión tan extendida, aunque no la comparto, o la comparto de un modo trivial.

Me explicó: sé que la palabra ‘metafísica’ procede de un célebre accidente: cuando Andrónico de Rodas ordenó las obras de Aristóteles, incluyó varios tratados de contenido diverso en un sólo volumen. Este volumen lo situó a continuación de la Física, así que acabó siendo llamado Metafísica (meta= después, a continuación).

A causa, pues, de este afortunado error, se ha denominado ‘metafísica’ al estudio de aquello que está más allá de la física. Dicho de otro modo: la metafísica se ocupa de lo que realmente existe, mientras que la ontología estudia lo que meramente hay (lo aparente).
He aquí el motivo de mi rechazo a la metafísica. Yo creo que es una falacia distinguir entre lo que realmente existe y lo que existe aparentemente, puesto que, aunque creo que pueden existir cosas que no conocemos o que no percibimos (pero que quizá llegaremos a percibir), esas cosas existen tan realmente como existen las cosas aparentes.

Pero de eso hablaré más adelante.

Así pues, mi metafísica no postula una realidad trascendente.

Luego, creo yo, es impropio incluso considerarla metafísica.

Pero, como está establecido, como ya dije antes, que el rechazo de la metafísica es una elección metafísica, acepto considerar lo que viene a continuación como mi metafísica.

(1) NO EXISTE UN MUNDO REAL Y UN MUNDO APARENTE
El mundo que percibimos es considerado mera apariencia por los esencialistas y por los místicos. Yo creo que el mundo que percibimos es resultado de la interacción entre nuestros sentidos y el mundo exterior. Ed Witten dice que existen unas partículas diminutas llamadas ‘supercuerdas’. Una de estas partículas es respecto a un átomo como un átomo es respecto al planeta Tierra. Nuestras dimensiones no nos permiten percibir las supercuerdas y posiblemente nunca podremos percibirlas, ni siquiera indirectamente.

Pero Witten ha imaginado modos de contrastar su teoría. Por ello, su teoría no es una teoría metafísica.

Pero imaginemos que todo nuestro universo fuese una simple supercuerda en un superuniverso inimaginablemente grande. En ese superuniverso podrían existir seres parecidos a nosotros, pero a una escala increiblemente mayor a la nuestra. Desde un punto de vista metafísico, ese universo sería lo que realmente existe, siendo nuestro universo mera apariencia.

Desde otro punto de vista, igualmente metafísico, la verdadera realidad -el soporte de todo lo aparente- sería la constituida por las diminutas supercuerdas de nuestro propio universo. Pero, en mi opinión, esto es solo un problema de escala.

El superuniverso es un superuniverso para nosotros, pero para sus habitantes sería un universo hecho a su propia escala. Ellos no podrían percibir la supercuerda que es nuestro universo, e incluso podrían pensar que la verdadera realidad es la constituida por supercuerdas como la que constituye nuestro universo (pese a que no pudieran percibirlas).

Con todo este esfuerzo de imaginación, lo único que quiero decir es que, existan o no microuniversos y macrouniversos, nuestro propio universo tiene el mismo derecho a ser considerado real. Si existe una cadena interminable de universos, eso no significa que no sean todos ellos igual de reales.

Cuando los místicos dicen que el mundo material, el mundo que percibimos, es sólo apariencia, y que en realidad sólo existe Dios y nosotros -nuestras almas-, o únicamente Dios, no dicen nada.

Me explico: sea o no éste un mundo aparente, muestra una asombrosa coherencia y obedece más o menos a leyes concretas, así que, sea o no el mundo real, para habitar en él hemos de comportarnos como si lo fuera.

Dicho de otro modo, que puede parecer algo paradójico: lo aparente existe, al menos en cuanto aparente. Así, existe esta pluma y este papel, y la mesa en la que escribo, aunque sólo existan aparentemente, y no existe, ni siquiera aparentemente, una paloma en vez de la pluma y una naranja en vez del papel, y un puñal en vez de la mesa.

M… me dijo algo muy interesante respecto a este tema de lo real y lo aparente: “lo numénico (lo real) es numénico en tanto en cuanto no es percibido, convirtiéndose en fenoménico al ser percibido”. Cuando me lo dijo no estuve muy seguro de que sea lo mismo que yo opino, pero ahora me parece que sí lo es.

Si lo interpreto bien, significa que algo es numénico para nosotros a causa de nuestras limitaciones sensoriales, perceptivas o racionales, es decir, no es fenómeno. Pero esta categoría de numénico es, en cierto modo, un accidente: para un ser del macrouniverso, su propio universo sería fenoménico, y el nuestro numénico. Pero, en definitiva, ambos universos existirían.

Creo, en efecto, que esta es una manera distinta de decir algo que coincide con mi opinión de que sólo existe lo fenoménico, no en tanto que es percibido, sino en tanto que hipotéticamente perceptible (las supercuerdas podrían existir y no ser percibidas jamás, pero hipotéticamente podrían ser percibidas por seres más diminutos que ellas).

Aunque quizá convendría matizar esa frase de que sólo existe lo fenoménico: a mí, más que decidir si esto o lo otro o aquello existe, lo que me interesa es destacar que lo aparente existe. Así que la frase debería ser: “Lo fenoménico existe”, o “lo aparente es tan real como las supuestas esencias incognoscibles”.

Voy a explicar brevemente la modificación de la frase en el siguiente apartado.

(2) LA EXPLICACIÓN DE CÓMO ES UNA COSA NO ES LA EXPLICACIÓN DE LO QUE UNA COSA ES (O AL REVES)
Leyendo un texto acerca de los escépticos, encontré que Demócrito es citado entre sus predecesores -de los escépticos-; a pesar, se añadía, de que proponía un programa dogmático o esencialista:

“En apariencia lo dulce, en apariencia lo salado, en realidad, átomos y vacío”.

No voy a emprender aquí una nueva defensa de Demócrito e incluso admito que es muy posible que tenga razón el crítico, pero a la conocida frase de Demócrito es perfecta para explicar este segundo punto.

Yo creo, en efecto, que lo dulce y lo salado son producto de una determinada composición molecular. En eso estoy de acuerdo con Demócrito. Creo también que las cualidades sensibles dulce y salado dependen del ser percipiente y de la comparación, como decía..(?)
En lo anterior también estoy de acuerdo con Demócrito y con Berkeley.

Ahora bien, en lo que no estoy de acuerdo es en que lo dulce y lo salado sólo sean aparentes. Creo que son producto de la interacción entre una estructura molecular o material y un ser percipiente, pero en cuanto que son percibidos, existen. Y además, la estructura molecular que provoca en un hombre la sensación de lo salado sigue existiendo aunque no siempre haya de provocar la misma sensación (por ejemplo, para un hombre con el paladar quemado, no resultará salado lo que es para mí), incluso, la misma cosa puede parecerle a alguien salada y a alguien dulce.

Pues bien, lo que yo rechazo es el planteamiento esencialista que sostiene que una cosa es aquello por lo que ha llegado a ser o aquello de lo que está compuesta.

Si descomponemos una naranja en moléculas, podremos decir que está compuesta de moléculas, pero no que la naranja es las moléculas, que la naranja no existe y que sólo existen las moléculas. Si dijéramos tal cosa, también podríamos decir que no existen las moléculas, sino sólo los electrones, o las supercuerdas, etc.

Dicho de otro modo: un gajo de naranja no es una naranja. La piel de la naranja no es la naranja. Ahora bien, esto no significa que la naranja sea una entidad mágica.

En definitiva, descendiendo a la manera de una metafísica fisicalista, a través de partículas cada vez más pequeñas no explicaremos qué es una naranja, a lo sumo explicaremos cómo es una naranja. Y aún en el caso de que explicásemos qué es una naranja (aún admitiendo esta concesión lingüística) ello no hará menos real a la naranja.

Al final del punto (1) dije que explicaría por qué es mejor decir “lo aparente es tan real como las supuestas esencias incognoscibles”, que decir “sólo existe lo fenoménico”.

Creo que ya está bastante explicado. Sólo añadiré una cosa: si cogemos una naranja y le quitamos la piel, la pulpa, el jugo, etcétera, nos quedaremos sin naranja. ¿Dónde está la naranja? Alguien dirá: la naranja son los átomos. Pero los átomos no son de color naranja, ni saben a naranja. Otro dirá: la naranja está contenida en la semilla, en el ADN del naranjo, que es distinto al de un almendro. Aún admitiendo eso -que no lo admito-, el ADN de un naranjo, o la semilla, no es esta naranja concreta, así que si la naranja fuese la semilla, ¿qué es todo eso que tiene la naranja y que no tiene la semilla? ¿Acaso no existen todas esas cosas?

Así que no creo que explicar cómo están hechas las cosas sea explicar qué son en esencia las cosas. Relacionado con esto -aunque no directamente con estos comentarios-, diré que no comparto la opinión de que descubrir las causas últimas, por ejemplo las leyes de la naturaleza, sirva para resolver los problemas morales, éticos o políticos del hombre. Hay pensadores que parecen creer que una perfecta explicación del mundo tendrá un efecto redentor sobre la sociedad humana. Yo creo que como mucho -y no es poco- nos servirá para rechazar dogmatismos religiosos o de otro tipo, pero no para indicarnos cómo debemos vivir.

Es no sólo una ingenuidad, sino un absurdo indeseable, pensar que conocer la estructura de la materia nos va a servir para comunicarnos mejor unos con otros. Que un zapato esté o no compuesto de átomos le es absolutamente indiferente a un zapatero (como mucho le servirá indirectamente para adquirir mejores productos, como pegamentos obtenidos en laboratorio).  Como escribí hace años: (???)

Con esto no quiero decir que haya que despreciar los conocimientos científicos, ni mucho menos. No hay nada que me interese más que las cuestiones científicas, excepto la mitología, creo.

Pero si queremos conocer la pintura de Miguel Angel, de nada nos servirá una descripción de los átomos que componen cada uno de sus frescos de la Capilla Sixtina.

Para lo que sí nos servirán los métodos científicos será para limpiar esos frescos y poder conocerlos tal como eran cuando Miguel Angel los pintó.

Con esto termino por ahora con este segundo punto.

(3) NO EXISTEN FUERZAS O PODERES OCULTOS SITUADOS MÁS ALLÁ DEL TIEMPO

Es decir: no existe Dios.

Por supuesto, esto, como todo, es una opinión que puede ser equivocada, pero, ¿para qué fingirse un pudoroso agnóstico? Sinceramente, creo que no existe Dios.

He escrito: “Situados más allá del tiempo”, porque es la única característica que en este momento se me ocurre para distinguir las ideas más o menos místicas de la divinidad de la posibilidad de que existan poderes o fuerzas ocultas para nosotros, pero no por ello trascendentes o misteriosas.

La fuerza gravitatoria era algo así como una fuerza oculta hace doscientos o trescientos años. La luz infrarroja, ultravioleta, los rayos laser o gamma, permanecían también ocultos a nuestros sentidos y a nuestro entendimiento, pero, una vez descubiertos, su estatus ontológico no es distinto del del continente americano cuando fue descubierto por los europeos. Ahora bien, todas las religiones o místicas sitúan a Dios más allá del tiempo, y ninguna de las cosas antes enumeradas se halla en un trastiempo, en una especie de eternidad, etcétera.

 

(4) EL UNIVERSO, LA NATURALEZA O LA REALIDAD NO SE DIRIGE A UN FIN, A UN OBJETIVO DETERMINADO
Es decir, no creo que todos los sucesos del universo tengan carácter teleológico. No creo tampoco en el Eterno Retorno. Por Eterno Retorno entiendo la repetición cíclica exacta del universo, pues el hecho de que el universo se cree y se destruya para volver a crearse no me parece que pueda considerarse eterno retorno, a no ser de manera trivial.

(5) NO CREO QUE EL UNIVERSO CON TODOS SUS HECHOS ESTUVIESE YA PREDETERMINADO DESDE SU NACIMIENTO
Es decir, suponiendo cierta, por ejemplo, la teoría del Big-Bang, no creo que en la remota singularidad inicial estuviese contenido todo el universo actual. Creo, como Martin Gardner, que hay creación auténtica.

(6) NO CREO QUE EN CUALQUIER PARTÍCULA DEL UNIVERSO ESTÉ CONTENIDO TODO EL UNIVERSO
No comparto la idea de Hegel, creo, que dice que conociendo una partícula se podría conocer todo el universo. Tampoco creo en la idea, también de Hegel, que dice que para conocer una partícula hay que conocer todo el universo. Como estas dos ideas parecen contradictorias, supongo que la primera no es de Hegel (a no ser que encajen en la unión de los opuestos hegeliana).

(7) CREO QUE LO QUE SE LLAMA ALMA O MENTE ES RESULTADO DE LA ESTRUCTURA CEREBRAL Y PRODUCTO DE LA EVOLUCIÓN. NO CREO QUE NADA ESPIRITUAL (PENSANTE) SOBREVIVA A LA MENTE DEL CUERPO

(8) En cuanto a la materia, no sé lo que es. Supongo que decir que todo es material es tan cierto y tan inútil como decir que todo es de color o que todo lo que es, es.

Ya he discutido un poco de esto en el comentario a los escépticos. Ahora sólo añadiré algo que grabé en cinta magnetofónica:

“Siempre me ha parecido que las tesis materialistas eran más honestas que las espiritualistas. Y que los filósofos más proclives a un cierto materialismo, que se llamaban a sí mismos o eran acusados de materialistas, eran más honestos, filosóficamente hablando al menos, que los espiritualistas. Naturalmente, esta es una apreciación muy subjetiva y muy discutible, pero casi puedo admitir que sigo opinando del mismo modo y que además hay motivos para opinar de esa manera. El espiritualismo siempre ha estado asociado a argumentos de autoridad y a no querer, negarse a ver, la realidad. Pues bien, a pesar de mi simpatía por el materialismo, ya hace algún tiempo, pero especialmente desde los últimos meses del año pasado, me he referido despectivamente a un cierto materialismo que he calificado como ‘grosero’. Ejemplos de ello son quienes dicen que el único conocimiento válido es el expresado mediante fórmulas lógicas o físicas (fisicalismo), etcétera. Este tipo de tesis me parecen bastante absurdas.


[Escrito en 1990 o antes]
Este texto es una sección al comentario dedicado a Sexto Empírico y los escépticos, y precede a la lectura de La Polémica del materialismo. Es una anotación apresurada en un cuaderno de estudio y por eso su expresión es a menudo cortante o falta de matiz. Además, faltan algunas citas que no sé si podré localizar ahora.

Metafísica
¿Cómo es el mundo?

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Entradas de filosofía que no se clasifican en ninguna sección específica.

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